Capítulo 2 / "Despedida dolorosa"

Capítulo anterior Aquí

Buchango la miró raro, como cuando uno huele que algo no cuadra, y luego volvió la vista a su nani. Y en sus ojitos, el aguacero se empezó a juntar. Las lágrimas no se anunciaron, simplemente se lanzaron al vacío como su!s!d4s de la ternura

—¿Ella no vendrá, mamá?

—No, hijo. La abuela ya no nos quiere en su casa —dijo Idalia, mintiendo con la seguridad de una influencer recomendando criptomonedas

Y ahí se acabó todo. Buchango entró en modo apocalipsis: gritó, pataleó, peleó con el cinturón de seguridad como si lo hubieran metido en una camisa de fuerza. Parecía perro chihuahueño en veterinario: puro miedo, pura rabia, puro amor sin permiso.

—¡Quiero quedarme con mi nani!, ¡quiero quedarme con mi nani! —berreaba, haciendo vibrar el carro como si tuviera bajo de competencia.

Intentó abrir la puerta. Bloqueada. Golpeó el vidrio con la mano abierta, como si pudiera romperlo.

—¡Naniii! —gritó, deshaciéndose por dentro.

La abuela se acercó, temblorosa, como si cada paso le costará un recuerdo. Tocó el vidrio. El nuevo galán de Idalia —ese tipo sin voz ni voto que parecía un accesorio del auto— bajó la ventana a regañadientes, más por lástima que por cortesía.

—Ya no llores, mijito. Pronto iré a visitarte —dijo con esa voz que cura fiebre y espanta pesadillas.

—No quiero irme. Quiero quedarme contigo —respondió Buchango entre sollozos y lágrimas.

—No estaré sola, mi niño. El abuelo ya va a regresar de su viaje.

El abuelo de Buchango ya era abono en la tierra. Pero en la cabeza del niño seguía explorando el Amazonas o trabajando en Alaska, recolectando cuentos para contarle al volver. Al menos, esa era la historia que le contaba la abuela.

—¿De veras, nani? ¿Me van a visitar?

—Sí, mi niño. Todos los días —dijo la señora, apretando los dientes, aguantando las lágrimas, jugando a ser fuerte.

Y entonces tomó su mano, la apretó con fuerza, puso algo en su palma y finalmente cerró sus deditos como quien encierra un secreto.

—Toma esto mi niño. Para que nunca me olvides. Siempre voy a estar contigo, aunque no me veas.

Buchango se quedó callado, más tranquilo pero todavía berreando bajito, como llanto en modo ahorro. Se pegó a la ventana para ver como su nani se hacía cada vez más chiquita, hasta desvanecerse el el polvo que levantaba el auto.

Buchango bajó la mirada. Abrió la mano. Ahí estaba San Juditas, frío pero firme como promesa de abuela. Se sentía como si llevara mil años esperando ese momento. Lo apretó con fuerza y suspiró.

La abuela seguía ahí parada. Con las lágrimas secándose en sus mejillas. Dos semanas antes, el doctor le había soltado la bomba: cáncer pulmonar. Pero ella decidió guardar el secreto a su familia. No iba a arruinarle el show a su hija, tampoco iba a montar el teatro con su tragedia. Así que se calló, se sonrió con la boca partida y se quedó ahí parada, viendo cómo su vida se alejaba con rumbo incierto.

Sabía que no los volvería a ver. Pero igual se quedó, respirando hondo, aguantando la vida con los dientes. Porque así son las madres: se rompen por dentro para que uno no se rompa por fuera.

Al pasar los días, y notar la ausencia de las visitas de la abuela, Buchango lloraba en silencio, abrazado a la pierna de su madre, como santo de yeso puesto en ofrenda.

—Quiero a mi nani, mami. Que viva aquí conmigo —rogaba Buchango, mientras los mocos le hacían bigote.

Pero su voz rebotaba en las paredes como mosca moribunda. A nadie le importaba. Su llanto fue ignorado como promesa de político en campaña. Y aunque al principio lloró hasta quedarse seco, con los ojos como pasitas y la garganta hecha lija. La rutina, las figuritas de acción chinas y los domingos de supermercado fueron haciendo su trabajo: distraerlo a billetazos.

Buchango creció. Y como acostumbra la vida cuando se le da la gana, fue echando polvo, olvido y rutina encima de los recuerdos, como cuando metes ropa sucia en una bolsa negra y ya ni te acuerdas qué apestaba más. De su nani solo le quedaban unos cuantos destellos en la memoria: la voz suavecita con olor a Vick VapoRub, el eco de unas historias inventadas con sabor a frijoles y calor humano, y las manos viejitas que sabían curar cualquier golpe, físico o emocional, con una tortilla calientita y tantita sal.

Cada vez que se llevaba la mano al pecho y sentía el frío plateado del San Juditas, algo le tronaba adentro. Como si alguien le susurrara bajito que todavía valía la pena creer en los abrazos. Porque aunque la memoria es traicionera, el corazón nunca olvida.

Idalia, en su infinita sabiduría de decisiones pendejas, cambió estabilidad emocional por piso firme, colchón decente y un “papá” de medio pelo con carro. A Buchango lo mudaron como si fuera mueble, y al llegar a su “nueva casa”, lo primero que le brilló fueron los ojos al saber que tendría cuarto propio. Se sintió importante, como si la vida por fin le hubiera hecho un upgrade. Ya no dormiría en un colchón con aroma a sopa instantánea de camarón.

Pero ni con cuarto nuevo, ni con caricaturas pirateadas, ni con Chocorroles de a dos por diez, se le llenaba el hueco que le dejó su nani.

Su madre, feliz como lombriz con su nuevo galán, lo dejaba encerrado mientras ella hacía “Cardio Extremo” en la habitación contigua. Él no entendía bien esos ruidos de muebles y quejidos, pero prefería concentrarse en los globitos del súper que en los traqueteos de la decepción.

Y entonces, llegó Kevin.

Un bebé tan blanco, tan cachetón, tan “hijo de comercial” que parecía que lo habían pedido por catálogo. Ese día hubo pachanga, pasteles, globos y hasta fotos con filtro. La madre de Buchango brillaba como foco nuevo en Navidad, y el galán se pavoneaba como si acabara de descubrir el agua tibia. Todo era perfecto... para todos menos para Buchango, que vio cómo su protagonismo se desinflaba.

Pero en lugar de llenarse de celos, le brotó algo más: cariño. De ese raro, del que no pide nada a cambio. Cuidaba al bebé como podía, con torpeza y ternura. Lo bañaba en leche sin querer, le prestaba sus juguetes, y lo cuidaba con más amor que el que él mismo había recibido. Y por un momento, la vida olía a aceite para bebé, a familia de mentiras, pero familia al fin.

Cuando Buchango cumplió cinco años, le hicieron su primera fiesta de verdad. Piso de foami, piñata, pastel con su nombre mal escrito “Bumaro” y un payaso que daba miedo. Él solo pidió un deseo: que la vida se quedará así, dulzona y tranquila.

Pero claro... Eso era mucho pedir.

La paz le duró lo que una promesa de abstinencia a su madre. A Idalia le volvió a picar la entrepierna y en lugar de rascarse con dignidad, prefirió engañar al único hombre que medio la quería. Y no fue por alguien mejor: fue otro pelafustán sin saldo y cara de que aún vivía con su mamá.

Resultado: la echó a la calle con un hijo en cada mano y bolsas negras llenas de ropa arrugada y sueños rotos. Game over.

El papá de Kevin, herido pero no tarado, peleó la custodia del bebe y la ganó sin sudar mucho. Idalia, derrotada, no tuvo de otra más que hacer lo que juró no volver a hacer: regresar con la cola entre las patas a casa de su madre.

Pero lo que encontró ya no era un hogar: era un campo de batalla. Sin ventanas, paredes con grafitis, el suelo tapizado de basura y silencio. Y lo peor: la abuela ya no estaba.

—¿Dónde está mi nani, mamá? —preguntó Buchango, revolviendo entre los restos como si pudiera encontrarla bajo un sillón.

Idalia tragó saliva. El nudo no bajaba ni con agua, ni con maruchan, ni con mentiras.

—No lo sé, hijo... tal vez... el abuelo vino por ella.

Metafóricamente hablando, era el peor de los escenarios que podía imaginar. Sus lágrimas brotaron sin permiso, sin filtro, sin maquillaje.

—¿Qué tienes, mami? ¿Estás triste?

—Nada, hijo. Nomás... se me metió una basurita al ojo.

—¿Quieres que te ayude a buscarla?

—No, mi amor. Quédate aquí tantito... Voy a preguntar a los vecinos.

—Sí, mami. No te preocupes —dijo Buchango, sin mover un músculo.

La incertidumbre le carcomía el coco como rata con hambre, así que Idalia, sin pensarlo mucho y con el hocico torcido de ansiedad, salió disparada a casa de la vecina más mitotera del barrio. Ahí, entre café rehecho y cizaña tibia, le soltaron la bomba que la dejó deshecha, como si le hubieran metido una plancha en el alma. Se quebró gacho. Lloró de esos llantos que ni la virgencita de parabrisas te consuela, llantos que no curan ni los abrazos falsos ni las frases mamonas tipo “todo pasa por algo”.

Tardó más de la cuenta en volver a la casa, donde su chamaco, ese torbellino humano con patas de chancla, ya estaba metido hasta las greñas en el corralón de atrás. Que de corral ya sólo tenía el nombre, porque de tanto abandono, aquello parecía basurero con complejo de ruina arqueológica.

Y sí, la abuela tenía razón. No era drama de señora con tiempo libre, no: era corazonada de esas que huelen a ataúd. Seis meses después de que la mandaron al carajo como perro viejo sin correa, la señora se apagó. El cáncer le ganó la última partida y la tristeza le terminó de rematar el alma, ahí nomás, entre las paredes húmedas y despostilladas que la veían m0r!r a diario. Cuando la encontraron, ya llevaba cinco días tiesa, con la mirada ida y abrazando una foto empolvada de su hija y nieto, como quien se muere esperando lo imposible. Para ese entonces, los gusanos ya le habían hecho maquillaje de ultratumba mejor que cualquier funeralero de colonia pobre.

Y como nadie fue a reclamar el cuerpo —porque así de jodido estaba el asunto—, la mandaron derechito a la fosa común, sin flores, sin responso, sin una maldita lágrima. La casa, que alguna vez fue hogar, acabó convertida en mercado de rapiña: los mismos vecinos que le echaban un “buenos días, doñita” le dejaron el cantón más pelón que refrigerador de soltero. En menos de dos meses, el lugar ya era picadero de viciosos, motel de paso y hasta letrina pública, todo en uno.

Mientras tanto, Buchango escarbaba en el tiradero del patio como si anduviera buscando algo de “oportunidad” en el tianguis. Y mira tú qué joya encontró: un cachorro flaco, dormido sobre una toalla que parecía haber sobrevivido a Chernóbil, con la lengua de fuera y cara de "ya suéltame de este mundo, por favor". Lo vio con emoción y lo cargó con cariño.

—Hola, pequeñín... ¿No tienes familia? —le dijo, como si fuera una escena sacada de la Rosa de Guadalupe —Debes estar sediento.

El cachorro, más lleno de pulgas que de esperanzas, se le echó encima como si hubiera encontrado al Mesías en miniatura. Buchango, sin pensarlo mucho y con la creatividad de quien nunca ha tenido un Tamagotchi, lo bautizó:

—Eres un guerrero, te vas a llamar Tyson. Cuando llegue mi mamá, le digo que te quedas con nosotros.


Capítulo siguiente Aquí


"Síguenos en Facebook 👍"

💙Gracias por leer💙

Comentarios

  1. Waoh!
    No puedo esperar a leer los otros capítulos ♥️👌

    ResponderEliminar
  2. Ojalá pronto saques los demás capítulos. Una triste realidad que viven esos pequeños.

    ResponderEliminar
  3. Me encanta leer sus capítulos

    ResponderEliminar
  4. Es realmente una novela digna de reflexionar y reconocer el arte novelesco que encierran la líneas del drama con la realidad esas palabras que transmiten sentimientos, emociones alegrías y realidades, felicitaciones al autor tienes todo mi respeto y admiración, hacía tiempo que no disfrutaba tanto tanto una lectura, gracias 🙏🏻 Jesús Nájera admiro y respeto tu trabajo

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

¿Qué te pareció el capítulo?