Capítulo 1 / "Selección natural"


Una madrugada lluviosa de marzo, allá por los años noventas, en un barrio más olvidado que el presupuesto de la Secretaría de Cultura, se oían unos alaridos tan rotundos que más de uno llegó a pensar que estaban m4t4nd0 a alguien, o que se había desatado una campal entre vecinos borrachos. Pero no, era Idalia, una joven de 19 años en labor de parto, gritando con una fuerza digna de concurso de gritos en feria de rancho.

El escenario era digno de un documental de pobreza extrema de NatGeo: una casa que parecía a punto de colapsar, con paredes que lloraban humedad y un colchón tan viejo que ya era considerado patrimonio cultural por la UNESCO. Idalia se retorcía entre sábanas tiesas y frías, mientras su madre intentaba hacerla parir como en los tiempos del Porfiriato, porque ni dinero para taxi había.

Idalia Caste Herrera, nombre de reina de telenovela de los 90, había llegado desde el sur del país buscando el “sueño fronterizo”: trabajar en maquila, rentar cuarto en una vecindad, comer Maruchan y mandar uno que otro centavo a la familia. En su corta estancia (dos años), su historial laboral era más largo que su lista de parejas sentimentales. No era irresponsable, era “incomprendida”.

La última parada en su tour laboral fue una maquiladora, donde por fin había encontrado algo de estabilidad… hasta que se cruzó con Gumersindo. Un sujeto casado, con cara de que olía a fabuloso con caguama, le juró amor eterno con los clásicos: “ya no amo a mi esposa”, “nomás estoy con ella por los niños” y “dormimos en camas separadas”. Idalia, ciega de amor (y lógica), le creyó todo. Hasta que cayó embarazada, y descubrió la verdadera cara de su amado.

—No puedes estar embarazada, Idalia. Yo estoy casado, tengo familia. Y conociéndote, quién sabe si sea mío —dijo él, sacando su lado más cobarde y corriente.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Eres el único con el que he estado! —contestó ella, más herida que la selección mexicana en octavos de final. Gumersindo la tomó del brazo y le dijo:

—¡Ya no quiero saber nada de ti! ¡Y que ni se le ocurra decirle algo a mi vieja!.

Acto seguido, desapareció más rápido que el aguinaldo en diciembre. Idalia lloró con ganas, se tragó el orgullo y las lágrimas, y se fue hecha una Magdalena a su casa, donde encontró consuelo entre regaños y abrazos de su madre.

Al día siguiente, más emperifollada que para una boda, volvió a la maquila lista para exigir sus derechos a Gumersindo. Pero él ya se había evaporado del mapa. Según “fuentes fidedignas” (ósea, los chismes de la línea), se había ido con su familia a otro estado. Idalia se convirtió en la comidilla del área, el pan de cada chisme y el platillo fuerte en el menú del morbo. No soportó esta situación mucho tiempo, por lo que decidió renunciar, y dejar su seguro, prestaciones y hasta una tanda atrás.

Pero esa madrugada, su ingenuidad ya cobraba factura. En ese cuarto mugroso, sobre un colchón con manchas que contaban su propia historia, nació el pequeño producto del engaño: un niño rosadito, chillón, con cara de que ya sabía que venía a sufrir.

—Es un varoncito, hija. Nomás míralo, ¿a poco no está bonito? —dijo la madre de Idalia, limpiándole la cara con una toalla que bien pudo haber sido trapeador en su vida pasada.

Idalia lo miró con cara de “y ahora qué hago”, sintiendo un odio que venía más de la frustración que del corazón. Le recordaba al id!*ta que la dejó tirada. Le puso de nombre: Buchango, en honor a su difunto abuelo, porque si algo tienen estas historias, es tradición.

Así llegó Buchango al mundo: como resultado de una mezcla entre malas decisiones, falta de preservativos y promesas falsas. Creció en la pobreza con los abrazos de abuela, porque su madre lo trataba con más frialdad que las noches de invierno.

Los fines de semana eran los días en que Idalia se perdía, como toda una mujer soltera en cacería. Buchango se quedaba bajo cuidados de la abuela, como ya era de costumbre. Hasta que un domingo, apareció de la nada, acompañada con un hombre diferente: Este no apestaba a caguama ni tenía cara de antecedentes penales. Este saludaba, decía “buenas noches” y al parecer tenía todos sus dientes.

—¿Cómo está mi niño hermoso? Te traje una sorpresa, cierra los ojos —dijo Idalia, tan amorosa que su hijo y su madre pensaron que era un simulacro del DIF.

Sacó de su bolsa un regalo y lo puso en las manos de Buchango, como si quisiera borrar años de abandono con plástico chino. Al abrir los ojos, empezó a romper el papel desesperadamente, casi se va de espaldas del brinco que pegó, al darse cuenta que era un carrito de juguete, hasta escupió la tortilla dura con frijoles que estaba mascando. Abrazó a su madre, y comenzó a jugar con el.

Todos se regocijaban al verlo, como quien se conmueve viendo a un perrito callejero comer algo digno. Quizá esa fue, sin exagerar, la media hora más feliz en la infancia de Buchango. Treinta gloriosos minutos en los que jugó, rió y hasta olvidó que vivía en una casa donde la puerta era una cortina, y el baño un viejo bote de pintura sin tapa. Pero la felicidad, como siempre, venía con reloj.

Aprovechando que el niño estaba distraído con su carrito chino, Idalia se le acercó a la abuela con una voz bajita y mirada de culpa de confesionario.

—¿Puedo hablar contigo, amá?

—Sí, hija. Si quieres vamos pa’ fuera —respondió la abuela, mientras salían hacia el "corral", que de corral solo tenía el nombre, porque lo que era, era un terreno baldío con más basura que contenedor de plaza comercial, delimitado por tarimas apolilladas que un buen soplido podría tumbar.

Idalia prendió un cigarro y extendió la cajetilla ofreciéndole uno a su madre:

—¿Quieres amá?, son de los que te gustan.

—No hija, gracias, pero ya no fumo.

—Amá… tengo que decirle algo importante —balbuceó Idalia nerviosa, arrojando el humo del cigarro hacia arriba.

Pero antes de que pudiera continuar con su novela, la abuela decidió ir directo al capítulo que le interesaba:

—¿Aparte de que tienes novio y no me habías dicho nada, kbr0na?

—Ay, amá, ya estoy grande. No soy una niña pa’ que me ande cuidando.

—¡Pues me preocupas, hija! Nomás quiero saber con quién te relacionas.

—Perdón amá, la entiendo. Ya no volverá a pasar.

—Y bueno, hija de la sh!ng4da, ¿Qué me querías decir?

Idalia lo volteó a ver a su acompañante, como pidiéndole apoyo moral, pero el tipo se hizo el ciego y se volteo para otro lado. Así que, sin otra salida, Idalia clavó los ojos en sus zapatos polveados y escupió la bomba:

—¡Estoy embarazada!

La abuela, al escuchar semejante atrocidad, se fue de espaldas... casi. Alcanzó a agarrarse de la mesa de lámina de Corona, esa que servía de comedor, plancha, escritorio y altar de santos. Tomó aire tocándose el pecho y soltó:

—¿Estás pndja o qué? ¡Si no puedes con uno, y ya quieres parir otro! Esta casa no es orfanato pa’ que me sigas trayendo niños. ¡El pobre Buchango anda tragando sopas Maruchan y tú piensas en hacer más! ¡Si ni zapatos le compras al pobre!

Idalia, sin argumentos ni defensa, hizo lo que siempre hacía cuando se le acababan las excusas: llorar. Y llorar con todas sus armas: mocos, sollozos, temblores, y esos ojitos de "pobrecita de mí" que usaba como último recurso. Pero esta vez, la abuela ya no caía. Solo soltó un suspiro que sonó a "ya me tienes hasta la madre", torció los ojos como tragando limón y esperó a que terminara su show.

Después de unos minutos de lloriqueo, Idalia entendió que esta vez su mamá no cedería. Se limpió los mocos y lágrimas con la blusa, como toda una dama de rancho, y soltó:

—Pues no estoy pidiendo tu opinión. Lo voy a tener te guste o no. Mi novio es ingeniero y me va a sacar de trabajar.

La abuela la miró, como si en ese momento quisiera pedirle a Dios un rayo que la fulminara.

—Bueno pues, ya te dije. Nomás no quiero que en unos meses vengas llorando, que te dejaron, y que te ayude. Porque ya se te acabó tu pndja.

—Eso nunca lo verán sus ojos, señora. Primero se mu3re usted antes de que eso pase —espetó Idalia, sacando el cobre con voz altanera y mirada de niña berrinchuda.

La abuela quedó en shock. No dijo más. Un par de lágrimas se le escaparon, pero no iba a darle el gusto. Se dio la media vuelta y entró a la casa, como quien se resigna a ver cómo su hija se hunde con todo barco.

Y sí, otra vez Idalia estaba embarazada por andar haciendo "networking" en los famosos convivios de la maquila. Ahí conoció al ingeniero: 39 años, más feo que una patada en los huevos, pero con carro, casa y gastos médicos mayores. Idalia, como buena negociante de ilusiones, lo vio y pensó: "Aquí me amarro". Se dejaron llevar por el reguetón, el Bacardí barato, y las miradas seductoras. Al final, se fue a dormir a su casa... o más bien, a “formarle las patitas al muñeco”.

Esa noche Idalia entró a la casa escupiendo corajes y aventando bolsas negras como si fuera a desalojar un narcofondo. La pelea con su madre le había encendido los demonios, y ahora los traía desatados. Empezó a echar sus tiliches a lo loco, como si cada calcetín fuera un recuerdo que quería olvidar a patadas. Luego fue por Buchango, que seguía en el piso, jugando con su carrito ya sin una llanta.

—Vámonos, hijo —le dijo, jalándolo del brazo como si fuera carrito del Aurrera.

—¿Adónde vamos, mamá? —preguntó con esa inocencia tan rota que hasta el viento la pisaba sin pena.

—Lejos de aquí... a nuestra nueva casa.

Buchango se limpió los mocos con la manga tiesa llena de tierra de su camiseta, dejando ahí una obra abstracta de tristeza, bacteria y resignación. Sonrió. Una sonrisa de esas que uno pone cuando no entiende ni madre, pero se agarra al cariño como quien se agarra a una cuerda rota en medio del barranco.

Pero al salir, lo golpeó la realidad: la casa de lámina, refugio de promesas fallidas, los vio cruzar la puerta como si fuera un portal al nunca-jamás. Y en ese umbral, como estatua del dolor, estaba su “Nani”: la abuela, la jefa suprema del amor sin condiciones, llorando como si el alma se le saliera por los ojos y regresara en forma de suspiro.

—¿Por qué llora la abuela, mamá? —preguntó Buchango, bajito, como si ya sospechara que le estaban partiendo el corazón en cuotas.

—No lo sé, hijo. A lo mejor le cayó mal la cena… quién sabe —contestó Idalia, con el tono neutral de quien anda pidiendo combo en el McDonald’s.


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Comentarios

  1. Tengo el gusto de ser el primer comentario en esta tan ilustre novela maquilera, ya que alguna vez yo también fui guardia de seguridad y técnico de mantenimiento en una maquila.

    Esta novela me trae muy bonitos recuerdos y me divierten mucho las ocurrencias

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    1. Que paso con la serie de buchango deberias subirla de nuevo

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  2. Waaaa que historia

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    1. Típico verayorkcuzano, por eso les ase ver más bax

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  3. Una historia mas de un caso q parece no tener fin,cuantas idalias ahi en la ciudad?? Jajjajajajjajajapare de mamar wee y diga q de veracruz,sea claro cabron jajjajajajaja....

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  4. Bastante interesante la historia, ya me piqué!

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  5. Muy interesante el arguende jajaja

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  6. Pa cuando el live action de esta controversial novela.???

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  7. Ya le subiste de nivel, me gusta 👍, aplícate más

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  8. weyyy al fin encontré donde están los capítulos saludos desde el tiktok maquilero !!

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