Capítulo 7 / "Conociendo a los suegros"
Capítulo anterior Aquí
La respuesta de Kimberly se clavó directo en el corazón de Buchango, pero a pesar del dolor que lo acogía, buscó con esa lengua hábil la manera de convencerla.
<< Lo c pero x eso le voy a echar todaz las ganas d la bida para darlez todo lo ke yo no tuve y no lez falte nada >>
<< No lo se Buchis, déjame pensarlo, pero nos vamos a hacer cargo del niño si o si, el Domingo vienes a mi casa para decirle la verdad a mis padres >>
La plática se había apagado por ese día, pero el pinchi miedo que traía Buchango no se le quitaba ni con tres tonayans y una veladora de San Judas. Sentía como si el pánico le clavara las uñas más y más hondo en la piel. La semana se le hizo eterna… y no de esas eternas bonitas como cuando esperas la quincena, sino como cuando te dicen “hay junta obligatoria a la hora de la comida”.
Las cosas no habían salido como él quería, pero mínimo ya tenía el consuelo de no ser otro don huevón que deja al hijo tirado, como su jefe lo dejó a él. Había hecho lo que podía, que no era mucho, pero pues ahí quedó.
Llegó el domingo y el vato se emperifolló con lo “mejor” de su armario, o sea, pura fayuca de marca pirata. Según él, eso impresionaba hasta a la realeza británica, y como sabía que los suegros de Kimberly eran licenciados, pues pensó: Estos sí van a saber de buen vestir, no como la bola de prietos de mi barrio.
Pero llegando al fraccionamiento, se topó con el primer jefe final: los guardias de seguridad. Lo pararon como si llevara droga en la mochila. Lo interrogaron con preguntas pendejas de esas que ni al caso: “¿A qué viene? ¿Trae algo que declarar? ¿Cuál es la capital de Turkmenistán?”. Después de un rato de verlo como si fuera a robarse hasta las piedras, lo dejaron pasar.
Nomás tocó el timbre y ya estaba listo para salir corriendo, pero no nomás a su casa: hasta el otro lado de la frontera, empezar de cero, cambiarse el nombre a Buchango McQueen y vivir vendiendo churros en Las Vegas. Pero Kimberly abrió antes de que ejecutara su plan de fuga. Y ahí sí… ¡coco-wash instantáneo! La morra traía pijama con shorts cacheteros que dejaban media merca al descubierto. Fue como si sus siete centímetros (con amor y esperanza) se pusieran en modo huelga, exigiendo atención inmediata.
Kimberly ni en cuenta del bulto inesperado y lo invito a pasar.
—¿Sí practicaste lo que vas a decir? —dijo con esa voz de “si la riegas te mato”.
—Sí, no dormí en toda la noche nomás pensando en eso —contestó él, caminando como pingüino y con la mano en la bolsa caplicando la tecnica del “domador de bestias”.
—Yo quiero que me convenzas de por qué chingados debería quedarme contigo.
Y tómala, desde la cocina se escuchó la voz de la suegra:
—¿Quién era, hija? —salió limpiándose las manos en un trapo.
Buchango, tieso, se levantó del sillón todo encorvado, con una mano en la bolsa y la otra extendida para saludarla. Error. La señora lo dejó con la mano estirada, como poste de luz.
—Hija… ¿me explicas quién es él y qué hace aquí? —dijo con ese tonito que hacía temblar hasta a las macetas.
—Eh… es un… a-amigo de la prepa, ma-má —contestó Kimberly, tartamudeando como si tuviera un tazo atorado en la lengua.
La señora lo miró como si fuera cucaracha con tenis.
—Todavía estás castigada, ¿o ya se te olvidó?
Kimberly intentó explicar que era “importante”, pero la suegra ya estaba en modo CSI: sospechaba embarazo, noviazgo con ese espécimen, o las dos cosas juntas… lo cual para ella era la profecía del Apocalipsis.
—Pues esperemos a que llegue tu papá —dijo la señora con total autoridad.
Mientras tanto, Buchango sentía que se le resecaba la boca. El tiempo pasó lento, pero rápido se acabó la calma: escucharon el carro del suegro llegando. Buchango movía las piernas como si tuviera cucarachas en los calzones.
—Ya, güey, te ves bien nervioso —le dijo Kimberly.
—Pos no chingues, mija, tengo un chingo de miedo.
—¿Y crees que yo no? Nomás que yo sí sé disimular, menso.
El suegro entró renegando de que no encontró tocino en el minisúper y tuvo que ir con doña Pelos. Ni en cuenta del nuevo inquilino sentado en su sala, hasta que la señora le avisó:
—Gordo, nuestra hija quiere hablarnos a los dos.
—Nomás que no sea lo de Cancún otra vez, que este año no se va a poder —respondió, sin saber que estaba a segundos de recibir la bomba nuclear familiar.
Cuando el señor entró a la sala y vio el panorama, casi se le sale la bilis. Ahí estaba su princesa, su niña de sus ojos… y junto a ella, un fulano que parecía sacado de un filtro de “malviviente” en TikTok, sentado bien campechano en el sofá como si fuera dueño del lugar.
—¿Y este quién chingados es, Kimberly? —tronó el jefe de familia, con la vena de la frente ya marcándose como mapa de carreteras.
—Buenas tardes, don —atinó a decir Buchango, poniéndose de pie y estirando la mano para saludar.
Pero nada… el señor tambien lo dejó con la mano estirada, y miró a Kimberly con ojos de “aquí vamos a tener bronca”.
—Es de lo que quiero hablar con ustedes, papá.
—Tú sabes que estás castigada. No puedes traer a nadie. Despídete del fulano y vete a tu cuarto.
—Es mi novio, papá —soltó Kimberly, agarrándole la mano a Buchango como si estuviera presentando a un premio Nobel.
Buchango sintió que la sangre se le iba a los pies. Volteó a ver al suegro y fue como encontrarse de frente con el mismísimo diablo, pero versión jubilado. Trató de tragar saliva, pero estaba más seco que el Río Bravo. En vez de sostenerle la mirada, se clavó en unos elefantes dorados que tenían en la mesa de centro, pensando que si los veía lo suficiente, quizá se abriría un portal y podría escapar.
El señor avanzó despacio, con esa calma que da más miedo que un grito, y se sentó justo frente a ellos.
—¿Novio? —repitió, como si la palabra le supiera a caca.
—Sí, papá, así como lo escuchaste. Tenemos cuatro meses saliendo.
—¿Y cómo se llama este… pelafustán? —le disparó al instante, sin quitarle los ojos de encima.
Buchango estaba acorralado, mirando a todos lados como perro en casa ajena. La mamá de Kimberly solo observaba, como esperando que alguno explotara primero.
—Buchango —contestó Kimberly por él.
—¿Y qué clase de hombre se lleva a la hija de alguien sin antes pedir su mano?
—Ya, papá —saltó Kimberly, con tono seco—. Fue idea mía traerlo. Si hubiera sabido que se iban a poner así, ni les decía nada.
—¿Y qué? ¿El hombrecito es mudo o qué?
—No, señor… —contestó Buchango por fin, pero con voz más aguda que un gallo en invierno.
El señor se recargó en el respaldo, se sacudió la cabeza y sonrió de pura incredulidad.
—¿De dónde lo sacaste?
—Nos conocimos en la prepa —mintió Kimberly con la seguridad de una actriz de novela.
Cuando todos sabemos, que Buchango a duras penas llegó a sexto de primaria.
—¿Y a qué te dedicas, Buchango? —preguntó el suegro, entrelazando los dedos como juez a punto de dar sentencia—. ¿Qué metas tienes en la vida?
—Está trabajando, ¿por qué? —se metió Kimberly de inmediato.
—Silencio, deja que él conteste.
Kimberly lo volteó a ver con cara de “échale ganas, cabrón”.
—Pues… trabajo con un tío en la obra y… espero entrar a estudiar el próximo año.
—¿La obra? —repitió el suegro, sorprendido.
—Sí, señor.
—¿Y qué piensas estudiar?
Ahí Buchango se quedó como Windows 98 cargando. Nunca se había hecho esa pregunta. Lo único que sabía era que no podía decirle que quería ser el futuro capo de mexico. Pensó rápido, porque sentía que si se tardaba, el señor le iba a meter el zapato tan hondo que le iba a salir por la boca.
—Pues… esa carrera donde van a las escenas los crimenes y hacen autopsias, pa’ meterme de ministerial como en las series de la tele.
El señor se llevó las manos a la cabeza y entre dientes dejó escapar un “Dios mío”. En menos de dos minutos había detectado el nivel de mediocridad de Buchango con precisión de cirujano. La vena de la frente se le marcó más y, encabritado, se levantó del sillón rumbo a la cocina, donde su esposa ya lo esperaba para despacharse el chisme en privado.
—Kimberly, ven acá —soltó el papá con esa voz que ya de por sí te pone a sudar frío.
La morra se levantó rápido, como cuando te llaman los de recursos humanos en la maquila.
—No sé cómo conociste al tipejo ese, ni qué le viste, pero no tienes futuro con él. Y para que te quede claro: no tienes mi aprobación —soltó el jefe, bien fuerte, para que a Buchango le retumbara hasta el ombligo.
—Pero, papá… si…
—¡Pero nada! Ya dije. Y ahorita mismo te me largas a tu cuarto.
Kimberly, viendo que su papá no iba a soltar el brazo, decidió aventar la bomba nuclear:
—Estoy embarazada.
Capítulo siguiente Aquí


Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué te pareció el capítulo?