Capítulo 22 / "El regocijo"
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La señora se le quedó viendo a Kevin un buen rato, como si tratara de adivinar si era un cobrador o un testigo de Jehová, y de pronto rompió en llanto. Se abrazaron como si les hubieran dicho que era el último día de la humanidad. Buchango y Rocío, de puro verlos, se aguaron también. “Sus corazones latían al millón”, diría Buchango si él escribiera esta historia.
—Ay, mi muchachote… mi Kevin… jamás pensé volver a verte —sollozaba ella, llenándole la frente de besos babosos.
Kevin nomás lloraba y le respondía los abrazos, como niño que por fin lo dejan salir al recreo. Se sumó Buchango con Rocío, y ahí se armó un abrazo colectivo bien pegajoso, de esos que hasta los vecinos dejan de barrer el frente para chismear desde la ventana.
—Pásense, muchachos —dijo la señora, y abrió la puerta de su “palacio”.
La noche se les fue platicando anécdotas viejas, como si estuvieran en un programa de radio de madrugada.
—¿Y cómo entraste a chambear si apenas tienes diecisiete? —preguntó la señora.
—Falsifiqué la carta de consentimiento de mis jefes.
—Estoy tan orgullosa de ti, mijo —le palmeó el hombro, como si hubiera dicho que ganó una beca en Harvard—. ¿Y tu novia?
—Ella no batalló… una prima le prestó los papeles.
—Pues qué bueno que estén aquí. Mañana vénganse a comer, y de ahí vamos a conocer a la esposa de tu hermano.
—Sí, jefa, saliendo del jale le caemos.
Esa noche Kevin sintió un cariño que en su vida había sentido. Porque aunque vivió mejor que Buchango, su jefe era más frío que beso de suegra, y de su madrastra mejor ni hablamos. Al menos su morra lo apoyaba y lo seguía a donde fuera. Buchango tampoco había sido el consentido de su mamá, pero JR siempre había sido como el hermano que nunca tuvo… hasta que llegó Kevin.
Ya tarde, Buchango y su madre los escoltaron hasta su casa, nomás para cerciorarse que llegaran enteros y, de paso, para que la señora ubicara dónde vivía su hijo. Y quién sabe qué milagro pasó, pero esa noche la jefa no le gritó ni una sola vez. El día terminó de lujo: madre e hijo cenando juntos, viendo su narco-serie favorita en ese viejo sillón hundido que olía a culo.
El viernes amaneció con promesas de emociones fuertes. Buchango llegó a esperar el camión, pero JR no estaba. Lo raro es que tampoco había contestado mensajes el día anterior. Preocupado, preguntó al tío de JR, pero el hombre se encogió de hombros:
—Ni idea, mijo… yo tampoco sé dónde anda.
Ya en el camión, Buchango venía más tenso que calcetín nuevo en pie de albañil.
—¿Qué pedo con el JR? —pensaba, con la mirada perdida en la ventana, como si en las calles polvorientas estuviera la respuesta.
A los pocos minutos se subió Kevin, y, como disco rayado, le soltó la misma del día anterior:
—¿Qué tranza, carnal? ¿Tu compa tampoco va a ir a jalar hoy?
—No sé, viejón, no me ha contestado los mensajes —dijo Buchango, fingiendo que revisaba el celular, aunque en realidad ya lo había visto como mil veces.
—No te agüites, cana. A lo mejor el homie ya le sacó al jale.
—No creo, viejón, sí le gustaba un chingo esta chamba.
—¿Y por qué no le marcas?
Buchango no le marcaba porque traía el saldo más seco que lonche sin mayonesa, pero se sacó de la manga una mentira de esas que solo él podía inventar:
—Ayer le marqué y no me contestó. Además, todavía es bien temprano —dijo, poniendo cara de filósofo barato, mirando al horizonte y sobándose el mentón.
—Ah, cabrón, eso sí está raro —dijo Kevin, levantando la ceja como sospechando algo.
—Ya sé, viejón, tira paro pa’ marcarle en la hora de la comida desde tu cel, chance de otro cel, sí contesta.
—Ya estás peinado pa’ atrás, chingón. En la botana le marcamos al hijo de su pinche madre.
La estrategia había funcionado: su miseria no quedó al descubierto. Porque neta, tener un celular de gama alta y no traer saldo era como traer troca del año y echarle veinte pesos de gasolina: un pecado social.
Dentro de la maquila, apenas empezaban a mover las manos, cuando el jefe de grupo se le arrimó sin decir buenos días, demostrando la finísima educación que traía:
—Señor, ¿usted sabe por qué no ha venido su amigo?
—Nel, jefe, la neta no. No lo he visto desde hace dos días.
—Pues si lo ve, dígale que si mañana no se presenta, lo vamos a dar de baja.
—Simón, yo le aviso, jefe.
El muy méndigo se fue sin un “gracias”; nada más se dio media vuelta y lo dejó hablando con el aire.
Llegó la hora de la comida, y después de degustar unas tostadas de frijoles salados, repollo triste y textura de carbón, el trío se fue al área de fumadores a echarse un taquito de cáncer.
—Viejón, préstame tu cel pa’ marcarle a mi camarada.
—Dese grasa, cana —dijo Kevin, pasándole el aparato como si fuera un arma secreta.
Buchango se alejó unos metros y marcó dos veces: nada.
—A lo mejor sigue dormido —pensó, regresando con Kevin y la novia.
—No contesta el güey, ya me preocupó.
—Intenta con el mío —le dijo Rocío, tendiéndole el teléfono.
—Gracias, viejona. Este será el último intento.
Se alejó y marcó: una, dos, tres veces. Nadie contestaba. A punto de rendirse, se aventó una cuarta. Justo cuando el tono seguía sonando, volteó y vio a Kevin señalarse la muñeca: ya era hora de volver. <<Perra madre, justo ahora>> pensó… pero ¡pum!, contestaron.
—Bueno, diga —dijo una voz femenina con acento boricua.
—¿Se encuentra JR? —preguntó Buchango, más desconcertado que niño viendo porno por primera vez.
—Lo siento, papi, creo que se equivocó de número.
—No creo, este número siempre es al que marco.
—Aquí no hay ningún JR, nene, lo siento.
—Bueno, gracias.
Colgó y revisó el número una y otra vez: era el mismo. Ni un dígito fuera de lugar. Y ahí sí se le empezó a enchuecar el alma. <<Seguro lo tumbaron los cholos, o la poli lo levantó, o la maña lo agarró por andar de hocicón>>.
Con las uñas ya en nivel “garras de gato callejero”, Buchango empezó a armar teorías más macabras que en los Expedientes Secretos X.
Buchango llegó a su área barrido, como si hubiera corrido un maratón de pura desgracia, y claro, eso no pasó desapercibido para el jefe de grupo, ese mirón profesional que nomás está cazando a quién joder. Apenas regresó de entregarle el celular a su cuñada y volvió a la línea, la ansiedad ya lo traía arrastrando el estándar de piezas, apilando material como si estuviera juntando para un altar de muertos.
El jefe, que nomás necesitaba tantita excusa para sacar sus complejos, se le fue encima.
—¡Buchango! —gritó, frunciendo la ceja como si estuviera oliendo un pedo ajeno.
Buchango volteó con cara de niño regañado. Si lo tenía a tres metros, ¿pa’ qué gritaba? Ah, claro: pa’ lucirse con su público. El supervisor, que estaba ahí dándole duro al Candy Crush, levantó la cabeza nomás pa’ ver el chisme y luego siguió en lo suyo.
—¡Venga pa’ acá! —tronó el jefe, cruzando los brazos como quinceañera enojada.
Ya todos sabían que eso no era pa’ darle un premio. La pura jeta y la voz lo delataban.
—Mande, jefe… —dijo Buchango, bajando la mirada como si estuviera confesando un pecado.
El jefe sonrió, mirando a la línea pa’ asegurarse de que todo mundo estuviera escuchando el show.
—Ya me tienes hasta la madre con tu mediocridad. Llegas tarde, no cumples el estándar… ¿No entiendes o estás pendejo? —gritó, volteando para todos lados como si estuviera en un mitin político.
Toda la línea lo escucho, y a Buchango le cayó la humillación como cubetada de agua fría. Pero Kevin, que estaba chambeando cerquita, escuchó la ofensa y se prendió como foco de cantina. Tiró la bata, salió disparado y fue a encararlo.
—¡¿Qué traes, hijo de tu puta madre?! —le ladró, empujandolo con tanta furia que lo mandó al suelo como costal de croquetas mojadas.
La línea entera sonrió al ver caer al verdugo. Kevin ya era el héroe, el mesías, el santo patrono de los obreros oprimidos.
—¡¿No que muy vergas, culero?! ¡Levántate, vamos a darnos en la madre! —escupió Kevin, apuntando su mirada como cuchillo.
El dizque líder, ese animal de dos neuronas, estaba tan asustado que ni cuenta se dio que se había orinado. El charco ya era público, al igual que su humillación y el supervisor, al ver el circo, se paró corriendo.
—¡Rápido, háblenle a seguridad! —chilló el lamehuevos, casi resbalando en el piso.
Buchango no podía creer que su hermano estuviera ahí defendiéndolo como perro bravo. El supervisor intentó sujetar a Kevin, pero este se lo sacudió como si fuera estambre, empujándolo hasta el otro lado del área.
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Aun sigo llorando desde que el Buchango estaba chillando como nena en el baño del maquilon...
ResponderEliminarTss ALV esto es arte, me cae.
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