Capítulo 45 / "El buen anfitrión"

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Buchango, al ver el manoseo visual colectivo, se enceló más rápido que una tóxica viendo reacciones en Facebook. Apresuró el paso y la saludó, con un beso de esos que dicen “es mía, perros”. Después se posicionó como escudo humano detrás de ella, para taparle la retaguardia, como si eso sirviera de algo.

—Hola, preciosa, ¿de cuál juguetería te escapaste, muñeca? —le susurró al oído con voz seductora.

—Ya, que me chiveas —respondió Britany, haciéndose la inocente mientras le bailaba el cuello.

—Te ves riquísima, quisiera comerte aquí mismo.

—Mejor espérate a más tarde, guapito.

—¿Es promesa o amenaza, mami?

—Como lo quieras ver, el resultado será el mismo.

—Qué rico, esas mallas se te ven muy bien, eh.

—Gracias, hermoso. Si te gustan, te las doy, pero me las vas a tener que quitar —remató Britany, mientras restregaba su trasero contra el pobre Buchas, que ya estaba haciendo suficiente esfuerzo en su entrepierna.

—Me vuelves loco, plebe, ya quiero que acabe el turno —dijo Buchango, activando la técnica secreta: “domador de Bestias”, que consiste en sujetarse el miembro con una mano dentro de la bolsa del pantalón, para evitar que escape.

No obstante, el pobre no sabía que estaba creando un monstruo: por culpa de ese tipo de halagos, hay muchas morras con leggings, no autorizadas, rodando por el mundo, con más ego que vergüenza.

La pareja se sentó a compartir la pizza, mientras que a kilómetros de ahí, en la casa de Buchango, su esposa Kimberly e hijo comían arroz y frijoles, otra vez.

El día fue un carnaval de chisme, sudor y emoción. Antes de que sonara la campana de la libertad obrera, ya había quince confirmados pa’ la peda, casi todos de su área y algunos colados de otras líneas.

El Paisa, el valiente anfitrión, ya tenía todo listo. Había trapeado, levantado los calzones del tendedero, escondido la tapa del baño y guardado la pornografía de sus cajones. Se había puesto guapo también: pantalón planchadito, camisa de botones bien fajada, y hasta una loción de catálogo con olor a eucalipto y gasolina.

A la hora de la salida, el Paisa fue el primero en llegar al punto de reunión. A los minutos llegó Buchango con Britany, jalando más raza que antro nuevo con cover gratis. Dieciocho en total. Nuestro héroe volteaba a todos lados como perro buscando croqueta; quería ver si la pollita aparecía, pero nada, la ingrata brillaba por su ausencia. Tal vez por desconfianza, o tal vez porque sí quería a su marido; raro pero posible.

—Bueno gente, vamo a irnos, porque nos cambian de camión y a ver cómo le hacen pa’ llegar, pue— gritó el paisa, con tono de comandante en operativo especial, pero de mojarras al carbón.

Todos lo siguieron en fila india, mientras Buchango caminaba tomado de la mano con Britany, con el pecho inflado y los brazos abiertos, como si cargara dos sandías imaginarias.

Ya en el camión, la realidad los cacheteó: el camión era más chico que las ilusiones de un becario. Todos se subieron empujando y apartando lugar, como revendedores de pasteles de Costco.

—¿En cuánto tiempo llegas a tu cantón, viejón?

—Una hora, ma o meno. Oye, paisa, ¿Cuánto juntaste, pue? Se ve harta gente—preguntó con el ceño fruncido de logística nerviosa.

—Junté mil cuatrocientos, pariente. Tenga. Los demás me dijeron que llegando allá se mochan con algo, y yo le doy mi parte cuando cambie el billete, porque traigo uno de a quinientos y doña Mary ya me trae idea.

El paisa agarró la feria con una sonrisota de padrote jubilado, y sin pena, soltó su propuesta indecente en voz baja. Buchango se hacía pendejo, ya solo traía 200 pesos, si se los daba al Paisa se quedaba sin nada, por lo que decidió aplazar pagarle.

—Si me consigues a una de las amigas de tu señora, paisa, yo pongo tu parte.

—¡Fierro! ¿Cuál le gusta, viejón? En corto —respondió emocionado como si hubiera ocurrido un milagro.

—Con la del pantalón blanco y botas me conformo.

—Ya está, viejón. Esa será. Hasta va a mojar la brocha, usted relájese.

El Paisa ya se sentía en la cima del mundo. Un poco por la emoción de su primera peda como anfitrión, pero más por la posibilidad de estrenarse con una de las amigas de Britany. Por otra parte, Buchango no se diga, ya olía la gloria: esta noche consumaría el pacto carnal con Britany, y eso, en su escala de logros, iba justo arriba de terminar la secundaria.

—Oye, mija, hay que conseguirle una de tus amigas al Paisa. El compa se está portando chingon, y está solillo.

—Pues mis amigas escogen, corazón. Yo no las puedo obligara nada.

—Nomás diles que tiren paro por hoy, un besillo, un perreo, lo que sea. Para que el vato duerma agusto.

—Está bueno, llegando les digo. ¿Y qué vamos a tomar?

—Yajairo compró azulitas, pero si quieres otras, fierro.

—Esas no me gustan, prefiero las Ultra, y un Clamato, porfis, mijo.

—No te preocupes, princesa. Lo que tú quieras, te lo consigo.

Antes de que arrancaran los camiones, el paisa —que ya estaba bien alborotado, como puberto en clase de biología— le soltó un codazo a Buchango.

—¡Guacha, guacha, Buchis! quien va con el Juan.

Buchango volteó por la ventana, como quien va en el safari, y de repente, se topa con una cebra montando a un león: ahí estaba Juan... y no venía solo. Venía con la maldita pollita, su pollita, la traidora. Su sangre se volvió lava, pero se hizo el menso, como buen macho herido que no quiere soltar prenda con la tóxica a un lado.

—¿Quién, viejón? —preguntó con el cuello estirado como avestruz, fingiendo que no había visto nada, aunque los ojos casi se le salían de la cara.

—Va bien logrado el cabrón, seguro va a marcar tiempo extra.

Britany, que no era ninguna inocente, captó el chisme en el aire como radar de F-16.

—¿Quién va a dónde o qué?

—Unos vatos de la línea, mija, que según se odiaban a muerte —respondió Buchango disimulando.

—Pues que se odien, muy su pedo.

El trayecto siguió en modo festival, con la raza cotorreando como si fueran a Las Vegas, y no al foco rojo de la colonia. Los pasajeros legítimos del transporte, iban parados, sudando y maldiciendo pero a nuestra razita sedienta de fiesta le valía madre, estaban en modo party. Uno hasta sacó su bocinita bluetooth y la encendió, como si fuera DJ del Vive Latino. Se escuchaba puro tumbado alterado, el himno oficial del desempleo y la peda segura.

Una hora después, el Paisa le gritó al chófer y el camión se detuvo. Bajaron todos como ganado desbocado.

—Ya llegamos, solo hay que caminar un par de cuadras —dijo el paisa con tono de guía de excursión, aunque el paisaje parecía más un escenario de película post-apocalíptica.

Casas abandonadas, graffitis, perros que ya solo eran hueso, y una que otra bolsa de basura moviéndose sospechosamente, pero ellos caminaban como si fueran turistas europeos en París.

—Llegamos, bienvenidos a su casa —dijo señalando su nidito de amor: una casita de interés social que destacaba en ese caos.

Abrió una puerta lateral y el rebaño entró. En minutos, ya había raza pisteando hasta en el escusado. Se acomodaron en lo que hubiera: bloques, cubetas, sillas rotas, todo servía mientras hubiera cerveza.

Sacó una bocina con tripié, un par de grandes hieleras y las esperanzas de conseguir morrita. Los que no habían cooperado, se fueron al OXXO a comprar su trago. Buchango y Britany se lanzaron por un doce de Ultras y un Clamato, porque eran buchones pero de gustos “delicados”.

Al llegar, vieron que la hielera parecía la fila del cajero. Así que tuvieron que improvisar una con una vieja cubeta de pintura, que yacía en el patio. El ambiente era mágico: música a todo volumen, cerveza a morir y cotorreo.

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