Capítulo 46 / "El héroe"

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De pronto, el momento mágico de Buchango fue interrumpido por una llamada.

—¿Bueno? —contestó.

—¿Qué tranza, pá? Mandame la ubicación, ya acabé el recorrido —dijo el Chofis, con tono de que ya venía entrado.

—¡A la verga, viejón! Ya se me había olvidado. Ahorita te la mando en corto.

Pidió la clave del WiFi al Paisa y mandó la ubicación, y justo cuando se sentaba, ¡pum! Claxon de coche afuera. Buchango pensó: “Ay, güey, andaba cerca el Chofis”, pero al salir a la calle, casi escupió la cerveza por la nariz.

No era el Chofis... era Juan, su Judas, su némesis, su archienemigo, y no venía en burro: llegó en un Honda Civic bien tuneado, con un mofle que sonaba como dragón fumando foco. En serio, toda la raza pensó que era una avioneta.

Juan Bajó como protagonista de narco-serie y cerró la puerta del carro con la cadera, ya que traía una mano ocupada con un 24 de Ultras, y la otra con una botella de Buchanans 12. Nadie entendía cómo la había comprado solo; eso era como ganar una medalla olímpica entre buchones.

El paisa, como buen anfitrión, fue y lo saludó como si nada, y le dio el pase. Juan activó la alarma del carro, como pudo, agarró a la pollita de la mano y entró.

Buchango hervía como tetera. Se le notaba el coraje hasta en las orejas. “¿Quién vergas invito a ese güey”, se preguntaba. Así que fue directo a encarar al paisa.

—¿Qué pedo con ese pendejo, viejón? ¿Tú lo invitaste? —bufó con los ojos entrecerrados y la jeta de don Ramon.

—¿Pues qué querías que hiciera, güey? Es el jefe, la pollita fue la que lo invitó.

—Nomás que no se pase de verga el pendejo, si no va a haber vergazos —gruñó Buchango, mientras aventaba su lata vacía al piso.

No le quedó de otra más que tragar bilis y resignarse a ver cómo su archienemigo Juan, le robaba el show. El Buchis hervía por dentro, pero por fuera nomás sonreía como niño africano en comercial de Unicef. Juan era la sensación: todos querían cotorrear con él, tomarse selfies con la botella y chulearle el carro. y pa’ acabarla de chingar, Britany no dejaba de hablar de “lo guapos que se veían esos dos juntos”.

Nuestro héroe estaba quedando como el relleno de la fiesta: con su outfit de chacal premium y su peinado de barber de barrio, había pasado de protagonista a extra sin diálogo.

No obstante, justo cuando todo parecía perdido, y el alma se le escurría como maquillaje chino, se escuchó en el horizonte el retumbar de una máquina diesel. Todos callaron. No por respeto, sino porque esa madre no dejaba escuchar ni los pensamientos. Más fuerte que el Honda tuneado de Juan, y más amenazante que un pitbull suelto, era el camión del Chofis. ¡A huevo!

—¡El Chofis! —grito Buchango extasiado, pegando un brinco del bloque en el que estaba sentado; hasta el rostro se le iluminó como teporocho con Tonayan.

Él conocía ese motor mejor que su propio grupo sanguíneo. Al abrirse la puerta, lo primero que asomó, fue un par de tenis Puma Ferrari. El Chofis había llegado y descendía del camión como dios del olimpo. Traía una pata de elefante de Rancho Escondido en cada mano y de plus, a la prima buenota de Buchango.

Se le pasó la tristeza a nuestro héroe en cuestión de segundos: habían llegado los refuerzos. El Chofis saludo a Buchango y se integró como si fuera de la familia, y el ambiente revivió con más fuerza.

Eran las ocho de la noche y las bocinas hacían temblar la colonia Riveracruz. A esas alturas, medio mundo ya andaba con el switch volteado y la moral floja. El desmadre era total.

Como en toda fauna fiestera, la tribu se dividió en grupos: los cheleros de sillón, las señoras bailadoras, los que andaban viendo qué caía, y por supuesto, los machos alfa. Juan y Buchango peleaban a grito pelado como coyotes en celo, turnándose alaridos como si compitieran por el premio al más naco.

El paisa, mientras tanto, vivía su mejor momento, hablando con la amiga de Britany: sí, la del pantalón blanco. El compa ya llevaba un doce y ni se le notaba, porque su hígado ya había renunciado desde las siete.

Buchango, emocionado y entonado, se puso nostálgico y le echó corazón al momento:

—Te quiero un chingo, viejón, me salvaste la vida cuando llegaste— le decía al Chofis, abrazándolo con esa ternura que sólo el alcohol sabe sacar.

—Yo también te estimo, pá. Ya sabes que somos sangre.

—Y más porque no me dejaste solo con ese pinche gato inflado.

—¿Ese es el jefe mamón que decías?

—Simón, pariente, a la verga.

—No mames. ¿Y lo tienes aquí?

—Sí, viejón. Llegó valiendole verga el hijo de su perra madre.

—Vamos a partirle su madre, pá. No sabe con quién se mete ese cabrón.

Dato cultural innecesario: La frase “no sabe con quién se mete”, es patrimonio cultural de todos los machos de esta especie. La sueltan por puro instinto, se dice que la usan para intimidar a sus depredadores.

—Pues sí quisiera, viejón, pero primero quiero mojar la brocha, tú sabes... lo primero es lo primero.

—Ya rugiste. Tú nomás dime y en corto lo aplacamos.

—Por eso te quiero un chingo, viejón, no te abres pa’ los vergazos.

Britany ya andaba en modo karaoke desatado, pidiendo rolitas de Ballenny Rivera, como si estuviera en el Palenque. Era la señal divina. Buchango, en su mejor versión de Romeo chacal, se le pegó por detrás, y le susurró la propuesta indecente al oído.

—¿Arre a coshar o qué?

Britany se dio la vuelta como si hubiera escuchado la llamada de la selva; le agarró el mástil a Buchis, y con eso dijo más que mil palabras. Él, emocionado, la llevó al camión del Chofis, como quien lleva ofrenda al altar del amor.

Una vez recargados en el camión, con el motor apagado y la noche encendida, le entregó el regalo prometido: una bolsa de regalo reciclada, con el perfume que tanto anhelaba.

—¡Ay, Buchis, qué tierno! Este me encanta. Me lo voy a echar ahorita mismo pa’ ti.

Britany, con más alcohol en su sangre que el mismísimo perfume, intentó rociarlo sobre ella misma, pero lo tenía al revés. ¡Verga! Le dio tremendo atomizada al Buchis en la cara.

—Ay, qué tonta, ya ni sé lo que hago, perdóname, flaquito.

—No te agüites, mija. Aparte hueles riquísimo —respondió Buchango, tallandose los ojos y llorando como si estuviera picando cebolla.

Britany se vació casi media botella de perfume en las glándulas mamarias; parecía cucaracha fumigada, haciendo maromas para mantenerse de pie. Nuestro Héroe se acercó como sabueso sin correa, y sepultó su grasiento y sudado semblante en sus chichis, mientras aspiraba la fragancia barata como perico artesanal.

—Ay, Buchis, me estás calentando las aguas —musitó Britany entre jadeos, cerrando los ojos, mientras despeinaba a nuestro héroe entre caricias.

—Pues hay que calentar el boiler antes del chapuzón, ¿qué no?

—¿Y dónde nos bañamos, flaquito? —preguntó ella, mientras le sobaba el ganso desplumado.

Ni tardos ni perezosos, se treparon al “chico malo”, ese camión que olía a diésel y cantina de mala muerte. Al abrir la puerta, ¡sorpresa! El Chofis ya se había adelantado con su acompañante, y traían el motor encendido. No obstante, a como andaban de prendidos nuestros tortolitos, eso no los detuvo ni tantito.

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