Capítulo 48 / "Consecuencias"

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La amiga de Britany alzó la ceja al ver tanto billete y al Paisa tan establecido. Dicen que el amor entra por los ojos, pero la seguridad económica también lubrica.
—Fierro a buscar las birrias, ¿O qué, mi Chofis? Esto apenas va en el primer round.
—Fuga, mi Buchis —respondió aventando la última cheve al suelo, como quien termina un ritual.
Las hembras se quedaron custodiadas por el Paisa, mientras los alfas salían en busca del elíxir prohibido. Al salir a la calle, Buchango notó que el carro de Juan seguía ahí, solo, indefenso, como esperando el juicio final.
Guiado por el rencor y la testosterona sin control, aventó una enorme piedra directo al parabrisas. ¡Pum! Estrellado, como su ego después de la madriza.
—Ya, güey, no te metas en más pedos —dijo el Chofis, arrastrándolo al camión.
—Ese cabrón me cae en la punta de la verga, viejón. Para que no se le olvide quién manda —escupió Buchango, con voz de ardido.
—Ya cálmate, compa, luego se la cobramos con más estilo.
Abordaron el camión y se fueron, como si fueran dos piratas en busca del ron perdido. Pasaron cincuenta minutos —que en tiempo de borracho son como tres años— la banda ya andaba ansiosa, llegaron a pensar que ya los habían levantado, cuando de pronto, como aparición guadalupana, llegaron los dos héroes: con las cervezas bien frías. El coro de aplausos no se hizo esperar, parecía que traían el Santo Grial.
La bocina tronaba como si la colonia Riveracruz, como si estuviera despidiendo el año. Eran las tres de la mañana y ya sonaban esas mezclas prohibidas que solo salen cuando alguien anda pedo: un remix de Los Temerarios, Daddy Yankee y uno que otro opening de anime. No obstante, el cotorreo seguía vivo, caliente y desbordado. El ambiente olía a cheve derramada, fritanga y decisiones cuestionables.
El Paisa ya se había encerrado en el cuarto con la amiga de Kimberly. El vato llevaba meses afilando la bayoneta, y al fin, esa noche, parecía que por fin la estrenaría. Su sonrisa era la de un niño que le compran una cajita feliz.
Para las seis, la luz del sol enrojecía el horizonte y despertaba la resaca de todos. Nadie quería seguir ahí. Todos, menos la amiga de Britany. Subieron al camión del Chofis, con cara de "ya no vuelvo a tomar", (mentira eterna de cada amanecido).
La casa de el Paisa quedó toda meada, patas arriba, con condones usados como globos tristes en la sala. Pero así son estas fiestas: si no hay destrucción, no hubo diversión.
Al llegar a su casa, Buchango hizo su ritual de limpieza exprés. Se quitó la ropa toda puteada, se lavó la cara con jabón Zote, se echó perfume como si eso borrara el pecado, y se recostó en el sofá como quien no quiere ser descubierto.
Kimberly y el pequeño Natapluma dormían. Y así, entre olor a cantina vieja y un cuerpo golpeado por la vida (y por Juan), nuestro héroe cerró los ojos, esperando que, al despertar, la cruda no fuera moral.
No fue sino hasta las once de la mañana, que la Kimberly lo sacó del mundo de los sueños crudos, donde aún estaba metido en una nube de cheve, cigarro y pantuflas ajenas.
—¡Levántate, pinche borracho! ¡Llévame con mi mamá! —gritó Kimberly, mientras le jalaba la sábana con odio.
Y ahí, al descubrirle el pescuezo, se fue pa’ tras. No fue por los moretones en la cara de su macho, sino por los pinches chupetones nivel "Dracula 2000" que traía en el cuello.
—¡¿Qué verga es eso, Buchango?! ¡Estuvo buena la peda, ¿no, perro?! —gritó Kimberly como si le hubieran dejado la plancha en la cara, soltándole un cachetadón que casi le reinicia el Windows.
—No es lo que parece, mija, son rasguños del vato con el que me agarré a putazos ayer —argumentó Buchango, cubriéndose la cabeza, esperando más chingazos.
—Sí, ajá, cómo no, pinche ridículo. ¿A poco ese güey te hizo esos chupetones con los puños o qué, pinche pendejo? Ya vas a empezar otra vez con tus mamadas. A mí no me haces pendeja.
—Neta, amor, llegué tarde porque salí bien raspado de la bronca con ese cabrón.
—Sí, sí, ajá, lo que tú digas. Llévame con mi mamá, pero ya.
—Fierro, deja nomás me cambio.
Kimberly estaba hasta la madre, pero ya discutir con Buchango era como echarle gritos a una lavadora descompuesta: no escuchaba ni entendía, y si respondía, nomás era pa’ escupir más estupideces.
Una hora después, a las doce del día (porque el cabrón tardó como quince minutos en cada calcetín), salieron a la casa de los suegros, su único destino turístico, porque, siendo honestos, ese era el Disneylandia de Kimberly y el niño: aire acondicionado gratis, piso sin cucarachas, y chance y hasta comían carne.
Ya en la casa de los suegros, Buchango no entró. Se dejó caer en una hamaca como costal de papas, y se puso a roncar con la bocota abierta. Mientras tanto, adentro, madre e hija estaban teniendo una conversación digna de telenovela de horario estelar.
—Ya tomé una decisión, mamá —dijo Kimberly mientras le temblaba la voz.
—Sea cual sea, aquí tienes casa, mija, cuentas con nuestro apoyo.
—Decidí dejar al Buchango y venirme a vivir con ustedes. Si es que me aceptan, claro.
—¡Mijita! ¡Claro que sí! ¡Ese día lo vengo soñando desde que te fuiste con ese tipo!
—Pero no le digas nada a papá. Hasta el domingo que me recojan, ¿sí?
—Claro que sí, corazón, yo me puedo encargar de Natapluma, mientras trabajas. Verás que solita vas a brillar como nunca.
Se abrazaron, lloraron, pero no se sabe si Kimberly lloraba de tristeza, de alivio, o porque ya se le estaba cayendo el maquillaje. Juzgue usted.
Mientras tanto, afuera, Buchango soñaba con el rebote de las nalgas de Britany sobre sus ingles, y el eco de los aplausos que no eran para él. Ahí, roncando, no sabía que su mundo se le estaba cayendo más feo que el parabrisas del carro del Juan.
A las cinco y media, se regresaron porque el ídolo tenía partido a las seis y media. Lo prioritario, ¿no? Tomaron sus tiliches y se fueron a la parada del camión. Kimberly sabía que ese era su momento, ya que después del partido, ya no volvería a verlo.
—Buchango, tengo que decirte algo —soltó Kimberly, sin hacer contacto visual.
—¡¿Qué verga quieres?! —contestó él, bien a su estilo de macho incomprendido.
—Me voy a ir a vivir con mis papás.
—¡¿Qué?! ¡¿Estás loca o qué chingados?! ¿Y por qué no me habías dicho? Seguro tu mamá ya te metió ideas.
—No, idiota. Es que nunca estás. Nomás piensas en ti, en tus pinches pedas y tus compitas. ¿Y yo? ¿Y tu hijo? Tragando sopa de letras y llorando viendo novelas mediocres.
—¡Pero los amo! ¡Te lo juro que ahora sí voy a cambiar!
—Tienes dos pinches años diciendo lo mismo, Buchango. ¡Ya me cansé!
—No, ahora sí, mira, lo juro por San Juditas —imploró Buchango, tomando su dije con ambas manos.
—No necesito promesas, necesito paz. Puedes ver al niño, eso no te lo voy a negar, pero entre tú y yo, ya no hay nada.
Y así, con la misma rapidez con la que se evapora una quincena en la feria del pueblo, Buchango se quedó sin familia, sin dignidad… y con el cuello todo chupeteado, pa’ acabarla de chingar. El drama se había puesto denso y oscuro como sobaco de luchona en verano. Buchango, todavía con aliento a cerveza rancia y orgullo, pasó de la tristeza al encabronamiento, en menos de lo que tarda en sonar el tonito de WhatsApp.
—¡A huevo que ya andas con otro güey, ¿verdad?! Nomás dime quién es, pa' ir a romperle su puta madre al pendejo ese —vociferó Buchango, con la vena de la frente hinchada.
—No seas pendejo, si no soy tú.
—¡Yo no te he puesto el cuerno, pendeja! Nomás son tus pinches inseguridades de vieja tóxica —chilló Buchango haciéndose el digno, mientras se limpiaba una lágrima.
Y como buen cobarde con complejo de macho alfa, le soltó un manazo a Kimberly. ¡Sopas! Cachetada que hizo eco en todo el camión, como cuando avientas una chancla en un cuarto vacío.
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