Capítulo 74 / "La proeza"

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Había que hacer fila para todo, hasta para ir al baño. Cuando ya casi llegaban a canjear sus boletos, una voz dulce les habló por las espaldas.

—Hola, Buchis —dijo la vocecita que los hizo voltear.

¡Oh sorpresa! Era La Pollita, con un bikini diminuto que dejaba poco a la imaginación. Los dos se bajaron los lentes pa’ admirar bien su figura.

—Ya acepté tu solicitud —dijo la fina dama, metiéndose a la fila con ellos.

—Ah, sí, viejóna. Al millón, pa’ darle like a todas tus fotos.

El Chófis tosió pa’ llamar la atención de Buchango y hacer la presentación.

—Ah mira, plebita, este es mi carnal: el Chófis.

—Mucho gusto, Sergio Tobareñas para las mijas —dijo el Chófis, extendiendo la mano y jalándola pa’ plantarle un beso bien jugoso en la mejilla.

—Diana, mucho gusto. Ay, qué rico hueles —dijo la Pollita.

—Así huelo siempre, mija. Cuando quieras te enseño todos mis perfumes —respondió el Chófis, bien presuntuoso, queriendo impresionar.

—No estaría nada mal —contestó coqueta la Pollita, viendo las cadenas que traía el Chófis.

Seducir a la Pollita no le costó nada al Chófis, bastó su estilo y actitud pa’ que la chica se interesara.

Cuando salieron de la fila, buscaron un lugar pa’ dejar sus mochilas, comer y echarse el rato. Dondequiera que iban, la Pollita era el centro de atención: chiflidos, piropos y gritos de “¡socio!” no paraban.

Pasaron por donde estaba Juan y su familia, y ahí la Pollita se puso más intensa.

—Vamos a meternos a la alberca, chicos —sugirió, jalando de la mano al Chófis.

—Espérame, mija, déjame quitarme la playera y los tenis —dijo el Chófis, quitándose todo rápido.

Los tres se lanzaron al agua mientras Juan los veía desde lejos, con cara de Don Ramon encabronado. Su familia cargaba con la bronca.

—Ya quita esa cara de perro, si no nos querías traer, no lo hubieras hecho —le decía la esposa.

Juan llegó al límite cuando vio al Chófis cargando a la Pollita entre sus hombros. Se fue emputadísimo, diciendo que iba al baño.

Por ahí andaba el lamehuevos, y Juan le encargó una misión muy especial.

—Oye, güey, necesito que le tomes unas fotos a Diana con esos güeyes y me las mandes por Whats —ordenó Juan.

—Simón, jefecito. ¿Dónde están?

—Sígueme y disimula, te voy a presentar a mi familia, de allí los vas a ver.

Los dos caminaron hacia la familia de Juan, que presentó al lamehuevos como su empleado favorito y mejor amigo. Después de despedirse, el lamehuevos cazó la ubicación de su objetivo.

Mientras tanto, el Chófis aprovechaba las turbias aguas para meter mano a la Pollita, arrimando su nutria tiesa para que sintiera toda la vigorosidad. Casi le metia el de dulce, sin que nadie se diera cuenta.

Pero el infiltrado ya había tomado fotos comprometedoras que en minutos mandaría a Juan.

Juan, que tenía bien fichada a la Pollita en redes, cometió la peor cobardía: envió las fotos desde un perfil falso a la pareja de Diana con el siguiente mensaje:

<<Mira aqui estoy disfrutando 😋 de tu vieja mientras tú estás de cuernudote pendejo>>.

Lo hizo con la intención de evidenciar a la Pollita, para que fuera a buscarla y la encontrara con las manos en la masa.

Juan los siguió desde lejos, conteniendo sus celos y esperando que explotara el drama.

Mientras tanto, nuestros compas disfrutaban el día como nadie. Le echaron pachita al alcohol que traía el Chófis y poco a poco se fueron emborrachando.

Fue entonces que el Chófis le dijo a Buchango, ya bien borracho:

—Carnal, voy a acompañar a esta morra al baño —dijo mientras aplicaba la tercera técnica secreta, “fajarse la nutria” para disimular su erección, dejando la cabeza al aire, ya que andaba sin playera.

Buchango, que ya cachaba el plan, solo le soltó con una sonrisa pícara:

—Fierro, viejón. Ahí te encargo unos globos pa’ la fiesta.

El Chófis sonrió y chocó las palmas con Buchango, retirándose abrazando a la Pollita.

Nuestro héroe se quedó tirado en el césped, echándose unas frituras, cuando vio pasar a Bere con una playera grande y un short de fútbol que reconoció. La siguió con la mirada hasta que llegó con un tipo alto que cargaba a una bebé con playera de fútbol con el número 5 y la leyenda <<Gutiérrez>>. El tipo volteó y reconoció a Buchango.

—¡Buchas! ¡Qué tranza, cabrón! —gritó el tipo, caminando con la bebé en brazos hacia él.

Nuestro héroe lo reconoció al toque: uno de sus compas del antiguo equipo de futbol.

—¡Qué rollo, viejón! ¿Qué cuentas o qué? Qué milagro, plebe —soltó Buchango, dándole un choque de manos.

—Nada, aquí con la family, pasándola chido. ¿A poco tú trabajas aquí? —respondió el güey, arrullando a la bebita.

—Simón, tengo poquillo, viejón. ¿Tú también chameas aquí? —se hizo güey Buchango.

—Nel, la que trabaja aquí es mi señora. Allá anda. ¡Bere, ven! —gritó el cuernudo a Bere, que estaba a veinte metros clavada en su cel.

Bere nomás movió la cabeza en negativo y siguió en su mundo, ignorando el llamado de su marido. Esa pinche Bere bien astuta, no quería ver enfrente al relevo de su marido.

—Perdón, Buchas. A veces se pone mamona, pero es buena onda. Oye, y ¿por qué ya no fuiste a los partidos? —preguntó, intentando sacar plática.

—Es que me fui a jugar con los refuerzos del América, allá me pagan todo, hasta los tenis, viejón —mintió Buchango, esperando que le creyera, pero el otro sabía que el Buchas era bien malo para el balón.

—Ah, no pues, chido. Luego me invitas a verlos entrenar.

—Simón, viejón. Nomás que son bien mamones, no dejan llevar ni familia, pero cuando haya chance te aviso —respondió Buchango, medio ebrio.

—Arre pues, mi Buchas, me voy que luego se enoja la fiera.

—Fierro pues, viejón, pásatela al millón.

Buchango ya cachaba que a ese tipo lo cargaban de mandilón, y así supo que lo que Bere decía de su marido eran puras mentiras. Se recostó en el pasto, mientras el Chófis se ponía a sacar punta a la crayola color carne.

Habían pasado ya cincuenta minutos desde que esos dos se habían ido al baño, y la botella ya estaba vacía. Fue cuando el Chófis y la Pollita aparecieron.

—Oye, mijo, tengo que llevar a esta morra a su casa. ¿Me calmas o qué? —dijo el Chófis, ya con tono preocupado, como si se le hubiera bajado la peda.

—¿Qué pedo? ¿Por qué, viejón? ¿Van a volver? —preguntó Buchango intrigado, viendo la preocupación en la cara del Chófis.

—Es que el vato le marcó a esta morra, y según ella ya está en casa, pero el güey va para allá. Tiene que llegar antes que él —susurró el Chófis al oído.

—Fierro pues a la verga, viejón. Yo los acompaño —dijo Buchango, agarrando mochilas y dejando un chingo de basura tirada, incluida la botella.

Juan, a lo lejos, se regodeaba, ya le habían contestado el vato de la Pollita y sabía que su teatro se les iba a caer.

Los tres subieron al Chico Malo, que todavía olía a pescadería porque el Chófis ya le había dado uso de motel. Arrancaron a madre y sin música por la tensión.

Llegaron a las afueras de un fraccionamiento de lujo. La Pollita ya se había cambiado, porque la ropa interior se le había manchado con el relleno, que el Chófis le había metido como pavo navideño.

—Aquí es, papi. Te debo una, luego hablamos —dijo la Pollita, dándole un beso en la boca al Chófis y bajando corriendo.

El Chófis colgó la tanga de la Pollita en el tablero del camión como si fuera un trofeo y arrancó a toda prisa.

—Oye, viejón, ¿por qué tanto misterio?

—No mames, mijo. El sugar de esa morra es el capitán de la policía, pero el güey es casado y esta morra le dijo que le calmara su pedo o le soltaba la sopa a su esposa —respondió el Chófis, mordisqueándose las uñas.

—A la verga, viejón, ¿y cómo supo ese güey que andaba allá?

—Le mandaron fotos con nosotros, pero la morra dijo que eran de antes, de cuando no andaba con él. Espero que el güey se la trague, esta morra es bien cabrona.

—A huevo que sí. No creo que quiera dejar ir a ese jamonzote —dijo Buchango, palmoteando al Chófis.

—Muy rica la morrita, mi Buchas. Mil gracias por el paro, te debo una.

—No hay bronca, viejón. Y tú, ¿Cómo estuvo la jugada? —preguntó Buchango, ansioso por detalles, como yo.

—Tan chingón que quedamos de seguir viéndonos, mijo. ¿Para qué te digo más? —respondió el Chófis, bien orgulloso.

—Cuéntame cómo la agarraste o qué le hiciste, viejo. Ándale —insistió Buchango.

—Pues la hice mía, mijo, no me gusta andar de bocón con mujeres —respondió seco, como caballero.

—Pinche Chófis culo, yo sí te cuento todo.

—Cálmate, pá, tú me cuentas por meco —rió el Chófis—. Oye, mijo, ya no quiero ir para allá. Ya me chingué a esta morra, ahora quiero ir a dormir porque ando bien desvelado, y al rato es la carne asada en tu cantón.

—Fierro al cantón, viejón. Yo también voy a checar que no falte nada, comprar carbón y pedirle el asador a mi tía.

El Chófis dejó a Buchango en su casa y se fue a descansar; faltaban cuatro horas para la carne asada en casa de nuestro héroe.


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