Capítulo 3 / "Regresando al pasado"


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Y dicho y hecho. Una horas después, llegó su madre, con los ojos tan hinchados que parecía que se había rifado una pelea con la vida... y la vida le había partido su m4dr3.

—Ya llegué, hijo —balbuceó, limpiándose los mocos con la mano como si fuera servilleta de fonda.

—Mira, mamá, él es Tyson. Está solito, ¿nos lo podemos quedar? Idalia lo miró, y al ver al niño tan contento dijo lo único que podía decir en ese momento:

—Sí.

—¡Gracias, mami! —gritó Buchango, mientras el perro le llenaba la cara de baba y esperanza.

La jefa, ya resignada, se tapó la nariz con la misma blusa que traía desde el lunes —y era jueves— para no tragarse el tufo criminal que dominaba la casa. Levantó una tabla que quién sabe cuántos orines había chupado, y la aventó al baldío. Buchango, como buen aprendiz, agarró un foco quemado y lo lanzó de igual manera. Tyson, el perro, nomás miraba con cara de “esto ya lo viví en otra vida”.

Pasaron el día limpiando aquel muladar con más historia que una primaria pública: pañales tiesos como tostadas, knd0nes como babosas secas, jeringas que contaban secretos, calzones que podrían tener fósiles, y cadáveres de ratas que ya eran parte de la decoración. Pero lo que les hizo fruncir hasta el alma fue una bolsa negra, inflada de pestilencia y con aroma a fosa clandestina. Idalia no se atrevió a abrirla. Nomás cerró los ojos y se encomendó al San Juditas, a la Virgencita y al Santo Niño de Atocha, por si acaso era un cristiano embolsado.

Cuando el sol cayó, unos vecinos les ofrecieron esquina de sala pa’ dormir. No en el sillón pulguiento que alguna vez fue de la abuela, sino sobre una cobija vieja, extendida en el piso frío.

—Mami, su tele se parece a la de la abuela —dijo Buchango, con la inocencia intacta de un niño que acaba de pelearse con un knd0n reseco.

Idalia lo abrazó fuerte, con una lágrima muda que no se atrevía a hacer ruido. Ya no podía reclamarle a la vida. Si quería un techo, había que tragarse el orgullo.

Esa noche lloró bajito, tan bajito que su llanto se camuflo con los sonidos que hacían los ratones durante la noche.

Al día siguiente, Idalia salió tempranito a buscar chamba. Dejó al morro con la vecina —la misma que probablemente se había mochado con medio cantón—, pero que ahora le ofrecía salchichas con cátsup y chesco en vaso de veladora. A Buchango no le pareció mal: descubrió que la pobreza, si la servías calientita y con azúcar, hasta sabía sabrosa.

Por la tarde, Idalia volvió acompañada de un ruco bigoton. Buchango, en su cabecita todavía ilusionada, pensó que era su abuelo. Pero la sonrisa se le borró cuando vio que el señor cargaba dos ventanas y una puerta que parecían sobrevivientes de un incendio.

—Conseguí trabajo en la ferretería, mijo. Ya podemos regresarnos a nuestra casa —dijo Idalia.

Buchango nomás asintió. Se tragó la emoción, los mocos y las ganas de tener una vida de comercial. Se metió a lo que ahora era su nuevo “hogar”, que era más refugio que casa. Idalia echaba ojitos al ruco, no por gusto, sino porque en la guerra se besa hasta al enemigo si trae agua. Cuando el señor terminó de instalar las ventanas y puerta, como quien arma una trampa, le pasó su número. Idalia lo recibió con la sonrisa forzada de quien ya vendió el alma... y pagó con propina.

De ahí, la casa agarró forma. Pintaron con cal, tallaron los pisos con escoba vieja, colgaron sábanas tiesas como cortinas y hasta Tyson ya tenía su rincón donde filosofar. Ya medio decente el nido, Idalia inscribió a Buchango a la primaria. Mientras él se aventaba el viacrucis escolar, ella le metía manita de gato a la pocilga. A la salida, la vecina —la de las salchichas— lo recogía, quizás por culpa, quizás por conveniencia.

Pero toda bondad en barrio tiene fecha de vencimiento. Un día la señora se hartó y empezó a tratar a Buchango con indiferencia. El niño, ya curtido, prefirió las calles. Ahí hizo nuevos amigos.

Y así, entre salchichas, basura con memoria y amistades con historial, Buchango creció. A los trece años, ya era un canijo que había reprobado sexto de primaria, con más mañas que útiles escolares. Su jefa andaba agria, Tyson más salvaje que callejero, y Buchango ya se sentía patrón de su propia película. Los malandros del barrio lo adoptaron como mascota: le enseñaron a robar en la tiendita, mangar billetes de la bolsa de su mamá y hasta lo premiaban con ropa de reo recién lavada. Él la lucía con orgullo, mientras su madre le compraba puro saldo defectuoso en “Le Paqué”.

Así, entre ropa regalada y sueños prestados, el niño que alguna vez soñó con pastel y cariño, aprendió que en Marraneras no se sobrevive siendo bueno. Se sobrevive siendo Buchango.

La jefa regresaba a las diez, pero él, más listo que el Tyson con hambre, se metía media hora antes. No por respeto, sino pa’ que no lo cachara en su vagancia. Tyson ya era su sombra oficial. Lo seguía pa' todos lados, como si en otra vida hubieran sido compadres.

Una tarde, Idalia llegó del jale y como de costumbre, se metió directo a bañarse. Buchango vio su oportunidad. No quería lana, ni dulces. Esta vez iba por algo más jugoso: un cigarro. Quería sentir el poder de un adulto en la boca. Pero la vida no perdona a los confiados.

—¡¿Qué estás haciendo, cabrón?! —tronó la jefa desde la regadera, con la furia de mil vírgenes decepcionadas. Sostenía la toalla con una mano y la cortina con la otra, como guerrera azteca lista para castigar.

Buchango brincó como rata sorprendida, volteando con una cara que mezclaba terror, culpa y la duda existencial.

—Nada, jefa... nomás buscaba un chicle.

—¿Chicle? ¿¡Qué te he dicho de agarrar mis cosas, animal!?

Y ahí empezó la m4dr!za emocional. No traía chancla ni cable, pero dolía como navaja oxidada en carne viva. Fue esa mirada de Idalia —la que no necesitaba levantar la voz pa' dejarte hecho kgada— la que empezó a desarmar a Buchango desde adentro.

El morro sudaba como chivo en feria, con el miedo trepándole por la espalda. No veía a su madre tan enkbronada desde la vez que reprobó sexto. Esa vez hasta la maestra le dijo: “No es que sea burro, es que ya se rindió”.

—Q-que no las vuelva a agarrar, amá —balbuceó, rojo como jitomate, con los ojos a punto de aguarse del puro susto.

—¿Y luego? —soltó Idalia, con la toalla agarrada como armadura de guerra y esa mirada que pelaba el alma. —¿Qué sh!ngad0s no entiendes? ¿Estás pndjo o qué?

Y es que Idalia, con el olfato más filoso que suegra en Navidad, ya se había dado cuenta de que Buchango le quería ver la cara. Y a ella, ni el diablo se la veía gratis.

—¿A ver, qué es eso que traes en la mano?

Buchango, con la dignidad hecha polvo, soltó el cigarro como si fuera papelito de lotería sin premio. Lo tiró al suelo con disimulo barato y trató de taparlo con el pie. A ver si con suerte el piso se lo tragaba.

—Nada, amá —mintió, tembloroso mostrando sus manos.

Pero lo que logró fue despertar la furia sagrada de Idalia, la de las madres que crían hijos con las uñas y coraje.

—¿¡Qué aventaste, pndjo!? ¡Lárgate de aquí!

Y que lo empuja con ese coraje acumulado de años fregando y tragándose la vida sin sal. Fue directo al cigarro, lo alzó con dos dedos como quien recoge una prueba en la escena del crimen.

—¿Qué es esto, hijo de tu p3r*4 m4dr3? —escupió, con el cigarro en alto como evidencia. —Ya me sospechaba que mis cosas no se perdían solas. ¡Te las tragas, kbr0n!

Pero la neta, lo que más le ardía no era la travesura del hijo, sino que le hubieran tumbado uno de sus cigarros, ese momentito de paz que tenía después del trabajo. Y eso... eso sí era pecado.

Lo agarró de la oreja como quien pesca al diablo con chancla y lo plantó frente al cigarro, como diciéndole: “Admira tu obra, cabrón”.

—No sé, jefa, creo que se me atoró en la pulsera cuando buscaba el chicle —dijo Buchango, metiendo el choro más barato de su vida.

—No me haces pndja, sí te vi cuando lo tiraste. ¿Ya te sientes muy machito o qué, kbr0n?

—Se lo juro, amá, fue sin querer —imploró con los brazos alzados como quien espera plomazo y solo quiere que le den chance de despedirse.

Pero la jefa, con fuerza de madre soltera y corazón parchado, le metió un jalón de oreja que lo mandó a la otra esquina del cuarto como trapeador viejo.

—¡A partir de mañana ya no vas a la escuela, animal! ¡Total, ni sirves pa’ eso! —tronó Idalia, ajustándose la toalla. —Mañana mismo te vas con tu tío Chuy a ganarte el pan.

El tío Chuy. Así le decían al marido de la vecina chismosa —sí, la misma que saqueó la casa de la abuela en cuanto se puso fría—, pero en el barrio, familia es quien no te cierra la puerta, aunque te huelan las patas. Y ahí andaban los muy kbr0nes, diciéndole a Buchango que les dijera "tíos".

¿Y qué hizo el mocoso? Pues les dijo tíos. A lo pndjo, sí. Pero con cariño. Porque en un mundo donde te dan salchichas con cátsup y un rincón pa’ dormir, uno aprende a decir "gracias" aunque te lo cobren caro después.

Después de que su jefa lo empanizara contra el suelo con una chancla que parecía tener GPS, Buchango no lloró. Al contrario, el kbr0n se emocionó. ¿Dolor? Sí. ¿Vergüenza? También. ¿Ilusión? Más que un niño viendo piñata. Porque si algo lo motivaba en la vida —además de las salchichas con cátsup— era el legendario Tío Chuy.

Ese hombre era su Messi, su Maluma del multiperforado, su santo patrón de la mezclilla apretada. En Marraneras, Tío Chuy era leyenda: caminaba con ese tumbao de quien no tiene nada, pero lo presume todo. Siempre bien tronado con marcas pirata de alta gama: Abibas, Luis Butón, Polo Rey-Lauren. Olían a vinil y cloro, pero brillaban más que los focos del billar.

Para Buchango, vestirse como él era más que un sueño: era una misión espiritual. Así que dejar la primaria no le dolía ni tantito. No fue sacrificio, fue liberación divina. Como salir de la cárcel sin haber cometido el crimen... aunque en su caso sí, porque nunca hizo ni la tarea.

La neta, nunca conectó con la escuela. Él entraba y los pupitres rechinaban, como diciendo: "¡Otra vez este güey!" Las maestras lo miraban con ese odio contenido que solo se ve en los ojos de quien ya perdió la esperanza. Y él, pues él solo iba por el desayuno gratuito y a jugar a las canicas en el recreo.


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Comentarios

  1. Allí dice que estaba en 5to de primaria, después dice que abandonaría la secundaria..... Pónganse de acuerdo!!

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