Capítulo 4 / "Libros por herramientas"
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Estaba convencido de que el éxito no venía en libros. Que uno podía hacerse rico sin saber dividir, siempre y cuando supiera sumar billetes. Sus ídolos no sabían solfeo, pero bien que traían yate, vieja buena y collar de oro con la Virgen llorando.
Así que sí: a Buchango le brillaban los ojillos. Sentía que por fin la vida le abría una puerta... aunque fuera la de la obra en construcción, con olor sobaco y sueños baratos.
Esa misma noche, doña Idalia —con voz de comadre que ya no aguanta ni a su sombra— le marcó al Tío Chuy, ese prócer del desempleo glamuroso, pa’ que le diera “instrucciones laborales”. Que en Marraneras, todos saben que eso significa: “ya agarramos a otro pendejo que cargue bultos”. Y así, Buchango, entre cagado de miedo y emocionado como morro nuevo en el table, se sentó en ese rincón de casa al que con mucha fe le decían “sala”, pero que más bien parecía nido de gallinas flacas con TV.
Esperó unos veinte minutos… o lo que tarda la tanda de comerciales del Canal 5. Y de pronto: ¡fiuuuuuu!, un chiflido con acento de combi, seguido de un toc toc bien barrio. Buchango brincó como chapulín con hemorroides, directo a abrir.
Y ahí estaba. Monumental. Resplandeciente en mugre y sudor. El Tío Chuy. Una mezcla entre San Judas Tadeo y Paquita la del Barrio, versión varonil. Con su camisa tornasol abierta hasta el ombligo peludo, y pantalones tan entallados que sus huevos gritaban ¡Auxilio!.
Y esos zapatos... ahhh los zapatos. Blancos nivel quinceañera buchona, con un dragón plateado bien macizo que decia: “yo soy caro, aunque deba la tanda y me esconda del Coppel”. Para rematar su ‘outfit’, traía una mochilita rosa de princesas. Sí, rosa. Colgando como trofeo de guerra en su espalda sudada, y Buchango juraría por los cien baros que le voló a su jefa, que esa mochilita era de alguna de las primas bastardas.
Porque sí, el Tío Chuy tenía más hijos regados que volantes de campaña. Uno en cada colonia, dos en disputa, y las “oficiales”: tan bonitas como su madre… antes de que la vida la agarrara a sartenazos.
El Tío Chuy era la definición de machín de rancho: borracho legendario, siempre con lana pal’ chivo, troca tuneada, dos amantes que se odiaban sin saberlo, y todavía le alcanzaba pa’ barbacoa los domingos. ¿Con salario mínimo? ¡Pff! Magia. A veces se "perdía" material de la obra y aparecían billetes en su cartera. Puras coincidencias celestiales.
—¿Qué tranza, pinche Buchis? ¿Cómo andas, cabrón? —dijo el tío Chuy, tronandole un zape que casi le reinicia la infancia.
—Vientos, tío, ya lo estaba esperando —respondió Buchango sobándose la cabeza, mientras veía cómo su ídolo saqueaba el refri sin pena, como buen parásito de confianza.
—¿Que ya no quisiste seguir estudiando, pinche vaquetón? —preguntó con medio galón de leche chorreando del hocico y una salchicha verdosa colgando como bandera.
—Nel, tío, la escuela está de hueva. El dinero es lo mío, usted me entiende.
Y ahí estaban, compartiendo sabiduría del fracaso digno, cuando de pronto salió Idalia del baño, envuelta en una toalla que parecía robada de un motel de paso con goteras. Mojada y encabronada”.
—Así es, Chuy. ¿Qué te parece? El muy pendejo dice que prefiere trabajar. Que chingue a su madre la escuela, entonces.
—No hay pedo, Idalia. Déjalo ser, el morro necesita calle —dijo el Tío mientras aventaba saliva, leche y migajas de salchicha en cada palabra. Y de paso, no dejaba de clavarle el ojo a los pechos de su propia comadre, con la descaradez de un burócrata en día de quincena.
—Mejor, menos bronca pa’ mí —soltó Idalia mientras exprimía el pelo como trapeador y se regresaba al baño sin decir adiós. Dejó claro que el mundo se podía ir al carajo.
Después de chismear sabroso sobre el ratero de la tiendita y la prima que ya va en su tercer esposo, el ambiente quedó así: “hagan lo que se les dé la chingada gana”.
—Tío, la neta, yo sí quiero jalar. Ganar feria y andar bien perro, como usted —dijo Buchango, con los ojos chispeando.
—Pues qué crees, cabrón... Hoy es tu día de suerte. El maistro anda buscando chalán. Mañana pasa por mí a las seis. Si te animas, yo te levanto a las cinco y media. Pero aguas: el maistro no quiere huevones.
Y ahí quedó el morro, tieso, con cara de que ya se vio. Se imaginaba en un Tsuru tuneado, con luces neón y cumbias de fondo. Rodeado de morritas bailando como si estuviera en videoclip de reguetón chafa. Nadie, absolutamente nadie, iba a frenar al nuevo Buchango.
—A huevo, tío. Yo me alisto desde antes, no se preocupe.
El Tío Chuy se peinó los bigotes con los dedos pegajosos de leche y embutido, mientras seguía hurgando el refri con descarada confianza. Ya que confirmó que no había nada decente, cerró la puerta del refri con una patada suave y se giró hacia Buchango.
—No te me vayas a rajar, pues, cabrón. Mañana te llevas tus tenis y garras más madreadas. Yo me voy, que la fiera ya debe estar preocupada. Si no llego, me toca dormir en el asiento de la mamalona... otra vez.
Con eso último, el Tío Chuy se peló, llevándose consigo la caguama caliente envuelta en una bolsa de papel estrujada. Buchango se quedó en el marco de la puerta viendo cómo su tío se alejaba, con el pecho inflado como paloma. Estaba eufórico, como morro al que lo sacan del anexo. En cuanto lo perdió de vista, corrió a su cuarto como si hubiera visto al abonero, agarró su mochila de Gokú—la misma con la que cargaba los libros a los que les había garabateado más pitos que tareas—y los aventó al carajo. Los cambió por unos trapos viejos, un par de calcetines tiesos de tanto rehusarse, y unos tenis piratas que ya pedían esquina desde hace meses.
Esa noche se acostó tempranito, con una sonrisa tan grande que parecía que se había metido una pastilla de payaso. Por primera vez en su miserable existencia, sentía que su vida tenía rumbo: rumbo a la obra, claro. Ya no tendría que volver a ese pinche corral de la primaria donde lo veían como peste nomás por ser el más jodido del salón y por vestir como deportado.
Pero lo que más le calentaba el alma no era eso... era saber que ya no tendría que ver la jeta de esos maestros que, según él, "nada más lo traían de bajada". Esa noche soñó que las morras más guapas de la secu se le aventaban como fans locas, nomás al verlo bajarse del Tsuru tuneado que se había imaginado. Soñó que todos los que se burlaban de él —los fresitas que olían a Suavitel y los profes amargados que vivían endeudados con Infonavit— lo miraban con envidia desde la banqueta, amontonados como cochinos esperando alimento.
Y amaneció. Al abrir los ojos, Buchango brincó de la cama como resorte oxidado. Agarró su mochila, se echó una lavada a medias (con pura toallita húmeda) y se sentó en la sala, más ansioso que un crikoso. Se asomaba por la ventana cada cinco segundos, hasta que, de repente, el sagrado y escandaloso chiflido del Tío Chuy partió el alba en dos como cuchillo en mantequilla.
—¡Ya vámonos, puñetas! —gritó el Tío Chuy desde la calle, con esa voz que tenía el poder de levantar hasta muertos de la cruda. Buchango no esperó un segundo grito. Se levantó del sillón tan rápido que casi dejó un agujero en la tapicería. Salió disparado como si tuviera un cohete en el fundillo, y ahí afuera, junto al tío, esperaron a que pasara por ellos el transporte.
A los cinco minutos llegó: una camionetilla blanca, ya deslavada por el sol y la pobreza, rebosante de albañiles. Buchango y el tío Chuy se las arreglaron para meterse como sardinas en una lata apretada con sudor, herramientas y materiales. La troca arrancó entre humo, estornudos y reggaetón bajado de Telegram, perdiéndose en el rojizo horizonte.
Cuando llegaron a la obra, sin rodeos, pusieron a Buchango a batir cemento como esclavo egipcio. Una chamba sencilla, decían, pero que te revienta hasta el apellido. Era la prueba de fuego: si aguantaba, se quedaba; si no, pues que se fuera a llorar a los brazos de su madre. Pero justo cuando sentía que se le iban a zafar los brazos, el tío Chuy sacó su arma secreta: un gallito de risa.
—¿Jalas o te arrugas, Buchis? —dijo el tío Chuy conteniendo el aire y ofreciéndole el cigarro improvisado con el papel de un bulto de cemento.
Buchango dudó un segundo, pero al ver que los demás se lo pasaban como si fuera un Gatorade, le entró. Con las primeras caladas tosió como perro con moquillo, pero después de unos buenos jalones y un mareo que lo hizo ver a Gokú saludándole desde una nube, aguantó vara.
Fue ahí donde Buchango entendió que el cannabis era como el suero del albañil: sin eso, no hay rendimiento ni aguante.
A la hora del almuerzo, con los ojos más rojos que la salsa Valentina, se compró un bolillo tieso, una coca en bolsa y tres rebanadas de salchichón del que sabe a refrigerador viejo. Con eso se armó un suculento ahoga perros, digno del chef Ramsay.
Después de eso, entre palada y palada, y otra que otra calada del gallo del tío Chuy (sin albur), el día terminó. Buchango regresó hecho trizas: las manos ampolladas, la piel negra como noche sin luna y los músculos pidiendo clemencia. No tenía ni fuerza para hacerse la chaqueta… y eso ya es decir mucho.
Por un momento pensó en tirar la toalla. ¿Quién lo culpaba? Pero justo entonces, vio al tío Chuy quitarse las botas podridas y ponerse unos Puma Ferrari blancos, limpios como conciencia de político. Ese detalle, ese contraste absurdo, le devolvió la motivación.
—Algún día yo también me voy a poner esos tenis mamalones —pensó—. Pero primero, hay que aguantar vara.
—¡Ya vámonos, pinche Buchis! —gritó el tío Chuy, destapando una caguama con la pura uña y dándole un besote a la boquilla helada como todo un romántico—. Eso es todo por hoy, te la rifaste machín, canijo.
Buchango solo asintió con la cabeza, todo molido como maiz de menudo recalentado. Apenas pudo levantar el trasero del bote oxidado donde estaba sentado para arrastrarse hacia la troca del maestro. Ahí se hizo campo como pudo, entre albañiles sudados, costales de cemento robados, cubetas de pintura, herramientas, latas vacías de cerveza y una nube tan espesa de mariguana corriente que se hacía pasar por el humo de la carcacha.
En el camino de regreso, Buchango iba derretido en un rincón, escuchando las épicas pláticas de sus compañeros de gremio: unos hablando de mujeres que nunca existieron, otros presumiendo borracheras con caguamas fiadas, y otros más discutiendo si sus gallos le iban al América o al Cruz Azul. Todo esto ambientado con música norteña a todo volumen, emitida desde un celular que sonaba como radio de microbús.
Al llegar a casa, Buchango ni ganas tuvo de salir a echar desmadre. Se fue directo a darse un baño a medias, se puso su pijama oficial —short aguado y playera despintada de un candidato que perdió por goleada— y se preparó su cena gourmet: una sopita instantánea más salada que su existencia. Se dejó caer en la cama como gorda en tobogán, y con el tenedor aún en la mano, cayó muerto. Tan cansado estaba, que ni los resortes que sobresalían de la cama lo incomodaron.
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