Capítulo 5 / "El ritual de apareamiento"
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Esa primera semana fue un putazo de realidad: puro solazo, puro esfuerzo inhumano y un chingo de aprendizaje callejero. Pero Buchango aguantó. ¿Por qué? Porque el cabrón tenía un sueño: comprarse ropa chida, ropa de marca, o aunque fuera clon, pero que oliera a nuevo y no a sobaco ajeno.
Llegó el viernes y el compa estaba frito en su cama, noqueado por otra jornada demoledora, cuando de repente, en plena madrugada, la puerta se abrió como en película de terror. Era su madre, más peda que tio en quinceañera, tambaleándose con una amiga robusta que venía cargando una caguama como si fuera suero intravenoso.
—¡Despiértate, cabrón! —gritó Idalia, con la voz arrastrada y ojos de huevo cocido.
—¿Qué pasó, amá? —dijo Buchango, tallándose los ojos con la misma mano que usaba pa’ rascarse los huevos.
—Vete al pinche sillón, aquí va a dormir mi amiga Brenda.
La doña Brenda, una señora con cuerpo de trompo de pastor y uñas postizas que parecían garras de raptor, le cerró un ojo a Buchango mientras se empinaba la cerveza sin perder contacto visual. Turbio.
—Pero, amá... —intentó protestar el pobre, con voz de víctima—. El sillón me pica bien feo y no puedo dormir a gus...
—¡Pero nada, animal! —bramó la señora, levantando la chancla como queriendo invocar a Satanás—. Ya te dije, y no se te olvide que me tienes que dar la mitad de tu semana pa’ los gastos, si no te me largas a la chingada.
No hubo más discusión. Lo levantó de un jalón, lo empujó al sillón, y ahí quedó tirado Buchango, todo espinado, resignado, crucificado en su martirio acolchonado.
Al día siguiente, sábado glorioso, la jornada fue corta: terminaron a las dos, pero no por misericordia, sino porque al contratista se le antojó pistear temprano. Todos se agruparon alrededor de la troca como palomas al pan, esperando su recompensa.
Cuando Buchango vio su primer sueldo, se le iluminaron los ojos como si estuviera viendo la luz divina. ¡Mil doscientos pesotes! Nunca en su vida había tenido tanto billete junto. Claro, seiscientos ya estaban condenados a desaparecer en las garras de su madre, si no quería dormir en la banqueta.
Llegando a casa, como buen ninja, Buchango dejó el dinero en un cajón de ropa y salió corriendo a la tienda. Se compró unas frituras extragrandes con el triple de salsa (el combo Buchango), un refresco bien frío; hasta dejó depósito por la botella y compró su primera cajetilla de cigarros —los más económicos, por supuesto. El tendero se los vendió sin sospecha, creyendo que eran para su madre, sin saber que el vicio ya se había pasado de generación.
Con su botín en mano, se fue a reunir con los compas del barrio, y entre papitas enchiladas y chistes pendejos, planeó la expedición épica: al día siguiente se lanzaría al centro de la ciudad para surtirse de estilo, con todo y compa pa’ que lo ayudara a escoger lo más fifi.
Por fin llegó el glorioso domingo, y Buchango no escatimó ni tantito en darse sus merecidos gustitos, como si fuera el narco del barrio. Primero, se dejó caer en un buffet chino del centro, donde, entre cucharada y cucharada de arroz con huevo seco, descubrió una cola misteriosa en su pollo a la naranja, probablemente de un dragón miniatura, pero eso no le quitó el hambre. Salió bien empanzado y se fue directo a la tienda de a lado, donde compró unos tenis con más logos que credibilidad, una camisa que parecía original si la veías con los ojos medio cerrados, y un pantalón que gritaba "Bersache". Todo de imitación, claro, pero él los portaría como si fueran traídos directo del Fashion Week de Tepito.
Apenas pisó su pocilga, se cambió con una emoción infantil. Se puso su conjunto nuevo, se paró frente al espejo, y se sintió el más vergas del universo. Nada como unas garras nuevecitas para subir la autoestima de un morro al que la vida le había enseñado a joderse desde los pañales. Caminaba por el barrio con aires de modelo, moviéndose como si la banqueta fuera pasarela y su sombra valiera millones. Buchango ahora era un hombre —al menos por fuera.
Claro, como todo asalariado irresponsable, se fundió el dinero como si le fueran a depositar al día siguiente. Cuando se dio cuenta, ya solo le quedaban cincuenta pinches pesos para sobrevivir el resto de la semana. Pero eso sí, andaba vestido como si fuera a una entrega de premios. A él no le importaba comer ahoga perros ni Maruchan toda la semana; esos platillos eran parte de su ADN desde que chupaba biberón.
Y así, entre cemento, humo de marihuana y sudor de pobre, pasaron tres años como si fueran tres días. Porque si algo tiene el mundo laboral, es que te traga el alma sin que te des cuenta. Para entonces, Buchango ya tenía más ropa que dignidad. Su primer gran acto de independencia fue comprarse un colchón todo miado, con más manchas que la hoja de antecedentes penales del Brayan, y una base de madera que crujía como si se estuviera quejando. Pero eso no le importaba, porque era mil veces mejor que seguir durmiendo en el sillón que le había dejado la columna más chueca que sus dientes, y eso es ya mucho decir.
Ya casi a sus dieciocho, Buchango andaba como perro en celo, buscando con quién afilar el machete. Le tiró el calzón a unas primas (porque barrio es barrio), aplicó los versos guangos que le enseñaban en la obra, pero ni así le daban chance de estrellar la nave. Estaba tan urgido, que hacía retos bien idiotas pa’ impresionar a las morritas: tomarse una de Tonayán como el Pirata de Culiacán, fumarse cinco Delicados al mismo tiempo, comprar un Buchanans entre once compas, y agarrarse a vergazos nomás pa’ lucirse. Pero ni así mojaba la brocha.
Hasta que un sabadito de calorón, un chalán soltó la bomba: iba a haber quinceañera en la colonia. —¿De quién? —¿A quién le importa, compa?
Lo que valía era la peda, el perreo a todo lo que da, y la posibilidad de apachurrar carne en la pista.
Buchango se fue a su cantón a prepararse como si fuera a los Oscars. Se puso un outfit digno del Valentín Elizalde (QEPD): botas que le costaron tres semanas de solazo, pantalón bien apretado, camisa entallada y un cinto que más que cinto era látigo pa’ jalar miradas. Andaba listo pa’ hacer historia… o por lo menos pa’ dejarse humillar con estilo.
Llegaron a la fiesta como ratas: cuando el guardia volteó, ¡sopas! Se metieron y se adueñaron de una mesa vacía. Pidieron chupe como si fueran los padrinos de la quinceañera, y al primer trago de tequila de dudosa procedencia, empezaron a vomitar. Pero no se rajaron: se sacudieron el vómito como guerreros y se lanzaron a la pista a perrear hasta el suelo, con pasos prohibidos de esos que dejan huella (literal, por el sudor y los residuos del vómito).
Y ahí, en ese caldo de baba, caguamas y música tronadora, apareció ella: Kimberly, la prima de la quinceañera. Morenita, coqueta y con una risa que le retumbó hasta en las tripas a Buchango. Él cayó de hocico. Ella nomás cayó en la trampa de los shots y el reguetón sucio. Bailaron, se rieron, y al final de la noche, intercambiaron redes como buen ritual de borrachos con wifi.
Pasaron dos meses de mensajitos calientes, reacciones sedientas y promesas que olían a mentira, hasta que Kimberly lo invitó a su fiesta de graduación. Ese día, Buchango se emperifolló como licenciado de TikTok. Llevaba el plan de confesarle su amor, entregarle el corazón y, con suerte, el fierro.
La “fiesta” y digo fiesta entre comillas, estaba bien pinche aburrida, no había alcohol, nadie bailaba, y tampoco había música a todo volumen. Con poca charla y cero ambiente, y todo porque el papá de Kimberly, viejo sabueso con olfato pa’ patanes, andaba cuidando la dignidad de su hija. Si no fuera porque salió a atender un cliente, la historia sería otra. Fue entonces que la fiesta se convirtió en Sodoma con Spotify Premium.
Los compas de Buchango sacaron las botellas sin etiqueta que olían a thinner y gasolina. Hasta al payaso lo empedaron. Cuando la música ya era puro trap sucio y el sudor resbalaba por las bocinas, una gordita despechada gritó:
—¡Vamos a jugar a la botella!
Y así empezó la ruleta rusa de babas.
Cada giro era un volado entre el deseo, la incomodidad y una posible infección. Se besaron el gordo con la flaca, el compa con el compadre, la ex con la tía. Un pandemónium de saliva. Fue entonces cuando un vato le tiró esquina a Buchango:
—Te reto a que te encierres en el clóset con la Kimberly por cinco rondas.
Kimberly, ya hasta las chanclas, dijo como quien firma un contrato con el diablo:
—Arre, Buchis. Entre más rápido, mejor.
Y vámonos. Se metieron al clóset, con media raza pegada a la puerta esperando que hicieran obscenidades o se desmayaran por la calor.
Buchango, bien nervioso pero bien puesto, nomás la vio y pensó: “De aquí soy, virgencita... no me sueltes”.
Pero el destino, como siempre, es más culero que justo.
Kimberly se le dobló en los brazos y empezó a vomitar como el exorcista.
—¿Kim, estás bien? —dijo el Buchis, mientras veía cómo llenaba una bota de su jefa con caldo de tamal y vodka.
Kimberly no dijo ni pío. Nomás se limpió con la mano, como quien termina una torta de chicharrón. Y fue ahí cuando el accidente ocurrió: Buchango la quiso enderezar y le rozó la chichi con la mano. El contacto fue como si le metieran corriente al tilín. Se puso firme en chinga, pero Kimberly ya se le había trepado con los labios llenos de residuos de cheve y Yakult.
Y ahí, entre vómito, ropa vieja y olor a loción rancia, se dieron el beso que cambiaría su historia. Uno de esos que mezclan pasión, asco y hambre emocional. Se abrazaron, se revolcaron, y el clóset fue testigo mudo del acto más romántico y asqueroso del año.
Cuando se abrieron las puertas, el escándalo era brutal: Buchango y Kimberly salieron despeinados, con la ropa toda mal puesta y un tufo a fermento que tumbaría a un buey. Olor a vómito, cloro, sobaco y caldo de jaiba vencido. Nadie dijo nada… pero todos sabían: el Buchis ya había metido gol.
Justo cuando el papá regresaba, vio el desastre: su hija parecía muñeca descompuesta y el Buchango con cara de "¿y si me escondo?". Se le metió el diablo, sacó a todos a la chingada y le prohibió a Kimberly juntarse con cualquier hijo de la chingada que no tuviera futuro ni en el INEA.
Castigo nivel cárcel sin visitas conyugales.
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😧
ResponderEliminarJajajaja siempre me cago de risa con estas historias jajaja
ResponderEliminarJajajajaja no mames, si viviera Bukowski te llamaría hijo pródigo, está muy chingón este y los demás relatos. Felicidades y sigue así
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