Capítulo 9 / "Soy el JR"

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El resto del día, Buchango se quedó callado. Ni el celular tocó. Preparó la ropa para el jale, se durmió y al día siguiente, alarma en mano, se levantó con hueva. Los Puma Ferrari que soñaba no se iban a pagar solos.

Ya en la banqueta, esperando a su tío, más de a huevo que de ganas:

—¿Qué traes, puñetas? Traes cara de perro pañalero —soltó el tío Chuy.

—Nada, tío… ayer no fue mi día.

El tío nomás sonrió con malicia.

—No se agüite, mijo. Es la vida. Ya sé que el dulce no sabe igual con envoltura, pero, ¿pa’ qué andas metiendo el chile sin globo?

—¡A chinga! ¿Y usted cómo supo eso? —Buchango se quedó frío.

—Mijo, si todo el barrio ya sabe que dejaste panzona a la hija de un riquillo. El chisme me lo contó mi vieja —y le dio unas palmadas en la espalda que retumbaron más que sus palabras.

De la nada, entre un torbellino de polvo digno de película del oeste, apareció la troca del maestro. Traía sonando una rola que Buchango no conocía, pero que le movía las patas como si le hubieran metido corriente. El vehículo se iba desarmando en cada bache, pero seguía avanzando, echando un sonsonete tan necio que parecía que hasta las cucarachas del barrio querían salir a ver qué pedo.

Se estacionó frente a ellos y los bañó en una fina capa de tierra, dejándolos como donitas Bimbo. El maestro, con un cigarro en una mano y el volante en la otra, les gritó:

—¡Fierro, cabrones! ¿O se van a quedar ahí admirando mi belleza?

Sin hacerla de pedo, se subieron a la troca y comenzaron a saludar con palma y puño como buenos machos de obra. Pero la música chula que Buchango estaba degustando se detuvo de golpe cuando escuchó la presentación de uno de los obreros:

—Chuy, Buchis, él es mi morro, Arnulfo.

De entre la bola de albañiles apretujados, emergió un chamaco de la misma especie endémica que Buchango.

—Qué tranza, viejones, soy el JR.

Y claro, apodo de catálogo del barrio: si te llamas igual que tu jefe, te lo pones para no cargar con un nombre culero. Buchango quedó pasmado. El JR tenía porte chacalozo: acento afilado, léxico de narco de TikTok y, como joya de la corona, unos tenis con el cocodrilito bien plantado.

—¿Son originales, viejón? —le soltó Buchango con la bocota abierta.

—Claro que sí, pariente, me los trajo mi jefa de shoco, cuatrocientas bolas.

En el barrio, “bola” son dólares. Y “Shoco” es el Paso, Texas, EE. UU. Que parece tienda departamental gigante para los mexicanos con visa.

JR, como buen rey del flow, sacó de un bote de herramientas una bocinita en forma de lata de cerveza. Buchango ya iba a hacer el chiste de “¡rola pa’ pistear!”, pero el morro le picó un botón y soltó la artillería: corridos tumbados a todo volumen. JR cantaba como si esas rolas hablaran de su vida; Buchango, por su parte, nomás repetía las últimas sílabas para no verse perdido y movía la cabeza buscando la aprobación de su nuevo ídolo.

—¿Quién canta esas rolas, viejón? —preguntó como si estuviera preguntando por el secreto del universo.

—Corridos tumbados, pariente. Varios cantantes.

—Están bien mamalonas, viejón. ¿Me las pasas por Bluetooth?

—Fierro, pariente. Vente, dime cuáles.

—Todas, viejón. Todas me latieron.

—Fierro. ¿Cómo se llama tu Bluetooth?

—El Buchingón.

—Ahí te van, pariente.

Doce rolas después, llegaron a la obra. Todo el día, Buchango las trajo en repeat como niño con juguete nuevo… bueno, como simio con celular. Llegó la hora de la comida y se topó con JR. Obvio, no perdió la chance de agradecerle por la iluminación musical.

—Qué tranza, viejón. Están al millón esas rolitas.

—Ya sé, pariente. Especial pa’ pistear.

—¿Tú pisteas? —preguntó Buchango con media torta asomada de la boca.

—Pues claro, pariente. Desde los once años me pongo unas buenas.

Buchango abrió los ojos como si le hubieran dicho que Santa Claus sí existe. Él a esa edad ni al ganso le había jalado.

—Yo nomás en las quinceañeras con los compas.

—Ah, no, pariente, qué aburrido —dijo JR mientras se empinaba un refresco bien helado—. Es lo más chingón de la vida.

—Pos sí me gusta, pero mi jefita se pone de intensa.

—En mi casa no hay bronca, pariente. Hasta me pongo pedas con mi jefa. Cuando quiera cáigale y armamos la pisteada con corridos tumbados.

—¡Fierro, viejón! El sábado nos lanzamos.

—¡Fierro, fierro! ¿Conoces a unas plebitas pa’ invitarles? Si no, yo jalo con unas amigas a ver si prenden, pariente, pa’ que el ambiente se ponga al millón.

—¡Fierro, viejón! Hay que ponernos de acuerdo entre semana.

El tío Chuy, que traía las orejas de radar, alcanzó a cachar la plática y se les dejó ir por la espalda, agarrándolos de los hombros como si fueran sobrinos favoritos en Navidad.

—¡Arre, arre! ¿Dónde va a ser la pisteadera? —tronó, con ese tonito de “yo me apunto aunque no me inviten”.

—El sábado nos vamos a juntar en casa del JR, tío.

—¿Y qué? ¿No vas a invitar a tu tío más chingón a la party o qué?

JR lo volteó a ver como diciendo “tú decide, compa, que el ruco ya no está pa’ estos trotes”.

—Sí, tío, cáigale. Sirve que se lleva su bocina.

—Arre, pues, canijos, ahí me les pego el sábado. Eso sí, me jalan puras morritas chidas, ¿eh? Nada de feas ni gordas.

Apenas se perdió entre los andamios, JR se volteó con Buchango.

—Oye, pariente… ¿no está algo ruco tu tío pa’ cotorrear con nosotros?

—Sí, viejón, sí lo pensé, pero trae una bocina bien vergas con pantalla y karaoke… y troca. Con eso, seguro nos ayuda a ir por las plebitas.

—Ah, no, pues así sí cambia el asunto —respondió JR, más tranquilo, echándole otro trago a su refresco.

Entre mezcla y chismes, los dos siguieron trabajando, dándole duro a la pala, compartiendo porro como si fueran compadres de toda la vida. En esos días, JR y Buchango se hicieron uña y mugre: juntos pa’ todo, ya fuera batir diez bultos de cemento o cantar corridos tumbados a grito pelado, con una voz tan desgraciada que cualquiera que los escuchara prefería arrancarse las orejas con una cuchara oxidada.

La mariguana era su motor. Entre humo y pala, sus cuerpos empezaron a mutar: manos que antes parecían de doncella ahora eran pura piedra pómez; piel tan besada por el sol que ya competía con el cuello de un diabético; y la lengua, afilada para piropos guarrísimos y albures de alto calibre, nivel maestro de obra.

A la hora del desayuno, ya con el estómago rugiendo, se sentaron a planear la peda, porque ese día salían temprano.

—Oye, viejón. ¿Qué te dijeron las plebitas? ¿Sí van a jalar? —preguntó Buchango, amasando su ahoga perros con manos llenas de mezcla seca.

—Solo una confirmó, pariente, y tenemos que ir por ella. Esa morra no se suelta si no pasamos por ella y le invitamos la peda.

—No hay bronca, viejón. Si la plebita está buena, le decimos a mi tío que nos lleve en la mamalona.

—Al millón, pariente. Sirve que nos lleva por las birrias.

En eso cayó el tío Chuy, mordiendo un lonche de barbacoa con una mano y un refresco de envase de vidrio en la otra.

—Qué pedo, Rito. ¿Listos pa’ pistear o qué, morros?

—Más que listos, tío, andamos al millón, ya nos estamos ambientando —dijo Buchango, bajándose una chela.

—Ah, mendigos, saquen una. No sean marros.

Buchango le pasó la última del six. El tío la destapó y se la empinó de un solo jalón.

—¡Ahhh! Está bien pa’ entrar en calorcito. Ahorita voy por una lanita de un jalecillo pa’ irnos tomando unas en el camino.

—Fierro, pariente, pero que sean azules, que son las que nos gustan —sugirió JR.

—No, mijo, qué pues. Esas madres son pa’ nenas, pura agua. Unas rojitas bien muertas pa’ que vayan conociendo lo que toman los chiludos como yo.

El tío aplastó la lata vacía como si fuera hoja de papel y la aventó a la calle con estilo olímpico. JR y Buchango siguieron cotorreando hasta que se les acabó el tiempo de desayuno.

Para las doce ya estaban libres, y como era día especial, se pusieron sus mejores garras: camisas placosonas, loción de mercado y actitud de “hoy sí mojo”.

—Oye, viejón, ¿mañana me acompañas a comprar unos tenis al centro? —preguntó Buchango mientras se abrochaba la camisa.

—En corto, pariente. Me marcas cuando vayas pa’ mi casa.

—Ya dijo, canijo.

Cuando el maestro les pagó, Buchango ya tenía apartada feria para sus Puma Ferrari y el resto pa’ la peda. Entonces apareció el tío Chuy… y qué aparición. Sombrero que combinaba con las botas picudas, pantalón vaquero entallado con cinturón piteado, camisa con solo un botón abrochado. Era como ver a un protagonista de telenovela ranchera ochentera mezclado con un chavorruco rebelde que se niega a jubilarse.


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