Capítulo 10 / "Invitadas sorpresa"
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—Qué pedo, mijos. Aflojen la feria pa’ las birrias. El de la tienda me las deja baras; con unos trescientos por cabeza, hoy sí nos vamos hasta el fundillo.
—Ya está, tío. ¿Quiere que lo acompañemos o usted las arrima directo a la casa del JR?
—Simón, yo les caigo allá. Nomás paso a la casa por la mamalona y me tiendo, ¿eh? Y no se les olviden las morritas, que ya se me andan saliendo los mecos hasta por las orejas —dijo el tío Chuy, agarrándose la huilota como quien calibra el fierro antes de usarlo.
—Ya se la sabe, tío. De hecho, justo de eso le quería hablar. Una amiga de JR necesita que vayamos por ella a su casa; vive aquí en la otra colonia. ¿Nos hace el paro?
—Simón, mijo. Nomás me dan pa’ echarle gota a la mamalona, que ya anda chupando aire.
Entre JR y Buchango le soltaron cien pesos al tío. Él las embolsó sin drama y se subieron a la troca del maestro.
Al acercarse a la casa de JR, el tío Chuy les dijo:
—Ahí les caigo en caliente, pues.
Se bajó de un brinco, agarrando el sombrero con una mano y una lata de cheve con la otra, regalo de algún obrero generoso. Se le notaba más ganas de meter goles que de pistear, pero en el fondo, todos sabían que las morritas eran su prioridad número uno… y el alcohol la dos.
La troca del maestro siguió hasta dejarlos a unas casas del cantón de JR.
—Aquí nos bajamos, pariente —dijo JR, golpeando la carrocería pa’ avisar.
Brincaron de la troca como si fueran superhéroes de barrio, cayendo con rodilla y mano al suelo arenoso, aunque la entrada no impresionó a nadie más que a ellos mismos.
—Aquí está su humilde casa, pariente —JR señaló una vivienda modesta, pero un poco menos jodida que la de Buchango.
—Gracias, viejón. Ya sabe que igual aquí estoy pa’ lo que se ofrezca.
Se acomodaron en un par de botes de pintura en el diminuto patio de seis metros cuadrados de pura arena suelta, esperando la llegada del tío Chuy.
—No me habías dicho que tenías gallos, viejón —soltó Buchango, mirando unas jaulas apiladas contra la casa.
—Ah, no son míos. Son de mi hermano Isidro. El vato se dedica a eso.
—Oh… yo de morro también tuve, pero se me murieron —confesó Buchango, recordando los pollitos psicodélicos de feria que su mamá le regaló a los ocho años y que apenas aguantaron tres días vivos.
—¡Isidro! —gritó JR—. Sal pa’ presentarte a un compa.
—Fierro, viejón. No te apures —dijo Buchango.
De la casa salió un flacuchento menos agraciado que ellos, con ropa tan anticuada que parecía recién escapado de una foto vieja.
—¿Qué quieres, JR? —preguntó con tono amargado, desde la puerta.
—Ven, güey, te voy a presentar a un compa.
—¡Ash! —El morro caminó arrastrando los pies, torciendo los ojos como si lo obligaran a ir a misa.
—Mira, él es Buchango. Buchango, él es mi carnal Isidro.
—Mucho gusto, viejón —dijo Buchango, estrechándole la mano mientras pensaba: ¿Neta este güey tan meco es hermano del JR?.
—Igual —contestó Isidro, sin mirarlo a los ojos.
—Oye, va a caer el tío de Buchango y unas morras, por si quieres pistear.
Isidro se encogió de hombros y se regresó a su cuarto. Buchango, extrañado, se acercó a JR en voz baja:
—Oye, pariente… ¿no crees que tu carnal espante a las plebitas si se asoma? Te lo digo porque hoy traigo intención de remojar la brocha.
—No te apures, ese güey no pistea. Se va a encerrar en su cuarto, como siempre.
En ese momento, un corrido bien chacal salió del celular de Buchango: era el tío.
—¿Qué pedo, tío?
—Mijo, ya estoy afuera de la casa del JR —dijo en voz baja—. Pero surgió algo que no estaba en el plan.
—¿Qué pasó, tío?
—Sal pa’ decirte.
—Fierro, ahí voy.
Buchango salió preocupado y lo vio bajar de la mamalona con una sonrisa forzada. El tío se acercó y, casi en susurro, dijo:
—Valió madre, canijo… —mientras volteaba de reojo hacia la troca.
Buchango alcanzó a divisar dos sombras moviéndose dentro de la mamalona, y el morbo le empezó a zumbar en la nuca.
—¿Qué pedo, tío? No asuste.
El tío Chuy echó un vistazo rápido hacia la troca, luego jaló a Buchango un par de metros como si fueran a cerrar un trato clandestino.
—Pues que tu tía no me quería soltar las llaves, y me salió con la mamada de que nomás me las daba si me llevaba a tus primas.
—¿Y luego qué? —preguntó Buchango, ya sospechando el chisme feo.
—¿Pues que no miras, güey? Tuve que traérmelas.
—¿Las llaves?
—A tus primas, pendejo. ¿Tás ciego o te haces?
—Ah, sí, ya las vi —se rascó la cabeza, como si eso fuera a ordenar la situación.
A Buchango aquello no le daba buena espina. Las morritas eran puro cable de alta tensión: chismosas nivel profesional, capaces de irle con el cuento a su mamá. Cosa que pondría en peligro al tío Chuy.
—Ahí traigo las cheves —dijo el tío—. Puras barateras pa’ que rinda, pero si se acaban, tengo un pisto perrón guardado en la troca.
—Ya está, tío. Nomás falta ir por la amiga del JR.
—Bájale a la voz, cabrón —susurró el tío Chuy, llevándose el dedo a los labios y mirando de reojo hacia la troca—. A las plebitas nomás diles que es la prima de tu compa, pa’ que no armen mitote.
—Simón, no se me agüite. Voy por el JR pa’ avisarle.
En eso se bajaron las “primas”: Nataly y Kendra, dieciséis y diecisiete, arregladitas como para tomarse fotos pa’ las redes.
—Hola, primo, ¿Cómo has estado? —preguntó una con sonrisa de foto.
—Al millón, mija. Ya sabes: puro jale y más jale.
—¿No tienes un cargador que me prestes? —saltó la otra, sin levantar la vista del celular.
Justo salía JR, y al verlas se le aflojaron hasta las ideas. La mamá de las muchachas les había dejado el chisme en la sangre, pero el tío Chuy les heredó su belleza.
—Qué onda, pariente, ¿y esas bellezas? ¿No me las presentas? —dijo JR, metiéndole un codazo cómplice a Buchango.
—Simón, viejón. Ellas son mis primas: Nataly y Kendra.
—Mucho gusto, plebitas. Soy JR… para lo que se les ofrezca.
JR intentó saludarlas de beso, pero las morras le pusieron el brazo más duro que jícama de guisado maquilero. JR soltó el brazo, se dio la vuelta medio frustrado y le susurró a Buchango:
—Oye, ¿son apretadas tus primas o qué pedo?
—Dales unas cheves y luego hablamos, mi rey. No se me agüite.
Eso lo calmó; JR ya se estaba imaginando mínimo un beso… o dos, si la noche le sonreía. Fue entonces que el tío Chuy, ya con el radar encendido, se acercó como cazador oliendo presa.
—Mijo, vamos por tu prima antes de que se haga tarde —le soltó a JR, guiñándole el ojo como si estuvieran en la misma mafia.
—Ah sí, mi prima… ya hasta se me había olvidado —respondió JR, rascándose la cabeza.
—Aquí te dejo con las plebitas, Buchas. Cuídamelas, cabrón. Regresamos en corto.
Subieron a la mamalona y arrancaron rumbo a la famosa “prima” de JR.
—¿Y qué tal está la morrita? —preguntó el tío Chuy, mientras se rascaba la marmota sin un gramo de pudor.
—Pues… dos-dos, pariente. Sí jala.
—¿No hay bronca con la ley por la edad? —inquirió Chuy, pero más por formalidad que por moral.
—Todo en orden, pariente. Acaba de cumplir los dieciocho y le encanta el desmadre.
Una sonrisa lujuriosa se le dibujó al tío Chuy como anuncio de cantina.
—Como me las receto el doctor, mijo —y se acomodó la mazacuata porque el pantalón ya le estaba ahorcando la semilla.
—No se me agüite, mi mai. La morrita sí afloja.
El tío Chuy se pasaba la lengua por los labios como perro viendo carnicería, ya saboreándose la idea de tener a una morrita tierna y bien puesta entre manos. Esa noche iba a remojar la brocha aunque tuviera que empeñar la licuadora; nomás de pensarlo se le ponía la piel de gallina y otra cosa bien firme. Capítulo siguiente Aquí
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