Capítulo 11 / "La batalla"
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Diez minutos de choro barato después, llegaron al punto donde iban a esperar a la amiga del JR. Justo cuando se acomodaban, JR sacó su ladrillo Nextel con clip de cinturón y dijo:
—Aquí espérame tantito, pariente, voy a marcarle a la plebita pa’ que no se me raje.
—Simón, mijo, tú date. Aquí aguantamos hasta que llegue la nalguita.
Marcó una vez… nada. Dos… menos. Y el tío Chuy ya empezaba a rascarse la nuca como perro pulgoso, con esa mirada de “ya valió madre, seguro la morra se me rajó”, pensó, mientras le daba traguitos nerviosos a su Coca tibia.
A la novena llamada, por fin contestó la Jessy y al tío se le aceleró el corazón como tráiler sin frenos.
—Bueno… ¿qué onda, Jessy? Aquí te estoy esperando donde quedamos —gruñó el JR, ya medio enchilado.
—Espérame cinco minutos, güey… ¿puedo llevar a una amiga? Es que Bere también quiere ir.
—Órale, dile que se apure, que se hace tarde a la verga.
La amiga, Bere, era de esas gorditas buen pedo que caen a todas las pedas con la esperanza de pescar un borracho descuidado.
El tío Chuy estaba más inquieto que testigo protegido, moviendo la pierna, sobándose la panza y haciendo como que se acomodaba el sombrero. De pronto, ¡pum!, de la esquina salieron las dos: entaconadas, maquilladas como catálogo de avon y con el cabello más liso que un elote.
—Mmmm… ¿ya viste ese culito? ¡Qué ricura, mi JR! —dijo el tío, con ojos de perro comiendo aguacate.
—¿Verdad que sí aguanta, pariente? —contestó el JR, sonriendo como niño en dulcería.
—Como me gufi mijo… Creo que hoy voy a hacer queso con toda la leche que traigo —remató el tío, untándose Vicks en los labios para darles “brillo de macho alfa”.
Jessy reconoció al JR y se acercó por el lado del piloto. Al tío le pegó su fragancia de tianguis directo en la cara, como cachetada de señora. Ahí estaba él: sombrero ladeado, camisa abierta hasta el ombligo, pecho lampiño, labios brillosos y un collar de plástico que pretendía ser de oro. Una postal digna de película mexicana de bajo presupuesto.
—Sorry por la tardanza, mijo. ¿No hay bronca si traigo a mi amiga Bere? —dijo Jessy, acomodándose el brasier como si no se notara.
Antes de que JR hablara, el tío Chuy metió su cuchara con voz melosa:
—Claro que no, preciosa… Jesús Manríquez para servirle, o Chuy Elizalde para usted, mi reina.
El tío inhalaba el aroma de la morra como si fuera resistol amarillo. Le faltaba poco para sacar la mazorca ahí mismo y empezar el fiestón.
—¡Ah, sí! Perdón, pariente, no las presenté… Ellas son Jessy y Bere, unas amigas.
—Mucho gusto, señoritas, un placer conocerlas.
El tío se bajó de la troca, les besó la mano como todo un caballero de cantina, pero a la de Jessy no la soltó ni aunque se la intentara quitar con soplete. Ella tuvo que jalar con fuerza para zafarse.
—¡Súbanse pues, viejonas! ¡Fierro a pistear! —gritó JR, con ganas de que empezara el desmadre.
El tío buscó en la guantera y sacó un disco rayado que decía “Éxitos de Los Acosta” escrito a mano. Lo metió al estéreo y empezó a sonar esa música cursi mientras las bocinas moribundas tronaban. Él, queriendo impresionar, se desabotonó el último botón de la camisa, encendió la troca y pisó a fondo, levantando polvo como burro en sequía.
Al llegar a la casa del JR, el tío bajó y hasta les abrió la puerta a las morras como si fueran reinas de belleza. Buchango estaba sentado en un bote, revisando conversaciones viejas en el cel y con la bocina sonando corridos tumbados a todo lo que daba.
—¡Qué onda, parientes! ¡Ya llegamos, que empiece la fiesta! —gritó JR, subiendo el volumen hasta reventar el oído.
Buchango agarró cinco cheves de la tina con hielo y las fue repartiendo, meneando la panza al ritmo de la música. Cuando llegó con Jessy, le aplicó el modo galán barato que le había copiado al tío Chuy.
—Perdón, mija, no nos han presentado… Me llamo Buchango, ¿y tú cómo te llamas, hermosa?
—Gracias, soy Jessy, y ella es mi amiga Bere —contestó ella, agarrando la lata con las dos manos.
El tío, que estaba con sus hijas, se paró de golpe como gallo al ver que le querían bajar la presa.
—¿Quieren algo de la tienda, hijas? —dijo rápido, mirando de reojo a Buchango.
—Sí, apá, unos jugos que tenemos mucha sed.
—Ándale pues, ahí se los encargo a tu primo.
Luego se acercó al Buchango y, con mano pesada en el hombro, le dijo:
—Oye, mijo… hazme paro. Vete por unos cigarros y jugos al OXXO, ¿o te agüitas?
—Sí, tío, en corto. ¿No me acompañan? —preguntó Buchango, mirando a las morras.
—No, mijo, ve tú solo, pa’ que llegues en corto —dijo el tío Chuy, cerrándole el ojo a Jessy como si le estuviera vendiendo una casa en preventa.
—Está bien, regreso en corto.
Buchango salió disparado al OXXO, que quedaba como a siete cuadras de la casa del JR, con ese paso de güey que sabe que la fiesta se le puede arruinar si tarda.
Y ahí mero empezaba la pelea más cochina y desleal por una morra en toda la colonia: el maestro contra el alumno. El tío Chuy, picaflor indomable y veterano de mil pedas, contra Buchango, aprendiz de galán, pero con hambre de triunfo. El problema: el tío traía dos minas terrestres llamadas Nataly y Kendra (sus hijas), y Buchango otra llamada Bere, que se le había pegado como chicle en zapato desde que lo vio. Y pues en el código sagrado de las amigas, Jessy no iba a voltearlo a ver sabiendo que su amiga ya andaba babeando por él.
Era una guerra de caballeros sin honor, donde la espada eran las mentiras y el escudo el alcohol. El tío Chuy se quedó cotorreando con las morras, pero bajita la mano, sin que sus hijas, que andaban pegadas al celular como si fuera respirador, se dieran cuenta.
—Qué guapas, señoritas. ¿Siempre se ven así de hermosas? —musitó el tío, echándose un trago largo de cerveza mientras, con el rabillo del ojo, vigilaba a sus crías.
—Gracias, solo cuando salimos a cotorrear —contestó Bere, bajándose la chiquifalda que nomás no quería quedarse en su lugar.
—Cuando quiera, mija —dijo el tío, volteando a Jessy con cara de jaguar en celo—. Cáigale, aquí siempre cotorreamos chido los morros y yo.
—Sí, está bien; JR ya me había invitado a otros cotorreos aquí antes, pero no los había visto.
—Ah, pues es que a lo mejor no habíamos coincidido, mija.
—Sí, tal vez sea por eso.
El tío, que de discreto tenía lo mismo que un gallo en biblioteca, cambió el tema… pero la cagó de manera magistral.
—¿Y luego, guapas? ¿Qué cuenta el novio?
—Ay, no, gracias, así estoy bien —dijo Jessy, echándose el cabello pa’ atrás en modo “seducción nivel telenovela”.
—¿Y usted, chaparrita? —preguntó el tío a Bere, destapando otra cerveza.
—Yo también, no me gusta rendirle cuentas a nadie. Aparte, amo estar soltera.
La realidad: ni los perros callejeros le ladraban a Bere, pero al lado de Jessy tenía que aparentar que era la última Coca del desierto.
—¿Apoco no tienen novio?
—No —contestaron las dos a la par.
—Pero sí han de tener un chingo de pretendientes, ¿no?
—Pues uno que otro por ahí —respondió Jessy, lista para soltarle el gancho—. Ya hablamos demasiado de nosotras, ahora es su turno… ¿Usted es casado o qué?
El tío abrió los ojos como si le hubieran preguntado la contraseña del cajero. Pero como sensei de Buchango, supo barajear sus cartas.
—No, ¿cómo cree, mi chula? Aunque usted no lo crea, este muñeco está divorciado. Las chamacas que están allá son mis hijas, pero hoy me tocó cuidarlas, así que me las traje —soltó el tío, con esa lengua mañosita y afilada, mientras se rascaba el bigote con la uña larga del meñique—. Nomás que sí son algo celosillas las condenadas, por eso no me desplayo enfrente de ellas.
—No, pues está bien. Yo una vez anduve con un casado y eran puras broncas con su esposa, por eso ya no me meto con casados —contestó Jessy, con el tono amargoso de una doña de cuarenta dejada con cuatro bendiciones y sin pensión.
Pero ojo: Jessy, a sus dieciocho, ya se había juntado un par de veces, tenía más de veinte novios en su historial y más aplausos que Cantinflas.
—Aclarando, preciosa, yo no estoy casado, ¿eh? Si te llegan a decir lo contrario, es pura envidia —dijo el tío, levantándose tantito el pantalón para que se le marcara el bulto.
Mientras tanto, del otro lado del patio, JR estaba sentado junto a la bocina, pisteando como si la cerveza light fuera agua (literal). Sus ojos se clavaron en Kendra, y tras unos minutos de miradas y sonrisitas, decidió tirarse al ruedo.
Se acercó con un seis en la mano y un cigarro en la otra.
—Hola, hermosas. ¿Puedo sentarme con ustedes?
—Sí, claro, no hay problema —dijo Kendra, echando una mirada rápida pa’ confirmar que su papá no estuviera encima.
—¿No quieren una birria? —ofreció JR, alargando las cervezas.
—No, gracias. Mi papá no nos deja tomar, somos menores todavía —contestó Nataly, seca como palo.
—Uh, qué mal… ¿y cuántos años tienen?
—Yo tengo diecisiete y mi hermana dieciséis.
El tío, sin dejar de hablar con las morras, ya tenía el ojo biónico detectando el pedo: sabía perfectamente que JR andaba cazando y, como macho viejo, reconocía al instante las técnicas de depredador. El problema: tenía que cuidar a sus crías y, al mismo tiempo, seguirle tirando el perro a Jessy.
¿Cómo lidiaría el tío Chuy con esta bronca para salirse con la suya? Pues como todo macho semental, lomo plateado de su especie: con un plan tan mañoso que ni el diablo lo hubiera firmado. El vato sabía que pa’ cazar se necesita distracción, y a veces hasta sacrificar a las crías.
—Ahorita regreso, hermosas —les guiñó el ojo, se empinó la chela de un trago, se limpió el hocico con la manga de su camisa chacalosa, y se fue derechito hacia JR con cara de perro bravo.
—¿Qué pasó, pariente? —preguntó JR, medio paniqueado por la jeta de bulldog que traía el tío Chuy.
—Hijas, necesito hablar con ustedes —dijo el tío, ignorando olímpicamente a JR como si fuera un poste.
La menor ya temblaba, porque esa cara combinada con alcohol, por lo regular, terminaba en cachetadas y gritos. Caminó con ellas hasta las jaulas de los gallos, con piso alfombrado de caca de perro, y ahí las abrazó como si fuera telenovela, pero con voz baja de mafioso les dijo:
—Las dejo que tomen… si prometen no decirle a su mamá.
¡Bingo! Trato hecho. Las morras casi aplauden.
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Tremendo el tío chuy
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