Capítulo 13 / "La resignación"

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Los tres machos agarraron sus vasos y fueron a repartirlos como si fueran pócimas de amor.

—Tengan, hermosas… ya no hay cheves, pero preparamos una bebida especial —dijo el tío Chuy, ofreciéndole uno a Jessy y otro a su amiga.

—¿Esas son aguas locas? —preguntó Jessy, con ceño fruncido y voz de “a ver si no me quieres envenenar”.

—Sí, mija… no se agüiten, me quedaron buenas. Échenle un trago.

—Bueno… la cosa es que apendeje —contestó Jessy, dándole un sorbo y sonriendo—. Están buenas.

Bere, al ver a su amiga aprobar, se lo empinó de un jalón.

—No saben a nada, nomás a piña y coco.

—Ese es el chiste, mija: que no sientas el madrazo y al rato ya andes encuerada cantando banda —rió el tío Chuy, empinándose el suyo.

Mientras tanto, la colonia Marraneras ardía en batalla campal de bocinas: corridos tumbados, reggaetón y cumbias a reventar. El volumen estaba tan pasado que, si alguien moría en la fiesta, nadie se iba a enterar hasta el lunes.

En menos de lo que canta un gallo, las aguas locas hicieron lo suyo: sentidos bloqueados, tripas flojas e instintos básicos activados al 100. Bere estaba más ansiosa que perro viendo carne asada: cada vez que se ponía así, entregaba el tesorito al primer valiente que le hiciera segunda.

El tío Chuy, convertido en pulpo, frotaba la pierna de Jessy mientras ella sonreía. Buchango ya veía venir la derrota: la batalla por ese quesito estaba perdida.

—Ven, Buchango… quiero mostrarte algo —susurró Bere, jalándolo hacia un baño de hoyo digno de película de terror.

—Espérate tantito, mija… ahorita vamos —dijo él, con la mirada clavada en cómo Jessy se hundía en las fauces del viejo lobo.

La escena parecía documental de cortejo animal: el tío Chuy desplegaba todo su arsenal de piropos, y poco le faltaba para mear alrededor de Jessy y marcar territorio. Él pensaba que era el macho alfa… sin saber que el verdadero depredador de la noche era JR, que ya estaba apapachando y besuqueando en los cachetes a las hijas del tío, con la paciencia de un pescador.

Y así, como si el mismísimo cupido hubiera estado borracho, el ambiente pasó de corridos y perreo intenso a puras baladas pegajosas. La temperatura subió, pero no por el clima: la colonia Marraneras estaba lista para el siguiente capítulo de esta novela de sudor y pecado.

De la nada, la hija menor del tío Chuy se levantó del bloque donde estaba sentada, y sin previo aviso empezó a vomitar como el exorcista. La hermana, con cara de “ya valió madre”, se levantó de inmediato a socorrerla.

—¿Qué te pasa, Naty? ¿Estás bien? —preguntó Kendra, toda angustiada.

—No… me siento bien mareada… quiero irme a la casa —balbuceó la pobre, con el vómito todavía escurriéndole por las narices como si fueran mocos nivel chef’s kiss.

—Vamos con mi papá, para que nos lleve a la casa.

Kendra, que ya traía encima tres aguas locas de más y medio tambaleo profesional, la agarró del brazo y se la llevó a rastras como costal de carbón. Al llegar con el tío Chuy, Naty se desplomó frente a todos, levantando polvo como costal de papas en bodega vieja.

—¡Mi princesa! ¿Qué te pasa? —gritó el tío Chuy, viendo a su hija medio inconsciente, tirada en la tierra como muñeca sin pilas.

—Anda bien tomada, apá… No me quiso hacer caso… Ya mejor llévanos a la casa —contestó Kendra, hincada junto a su hermana.

—¡Estás loca! Tu madre nos mata si nos ve así. Mejor la llevamos a la troca y que se le baje la peda ahí.

—No, apá… allá afuera no va a estar segura.

—Bueno pues, si muy chingona, tú dime, ¿qué hacemos? —tronó el tío Chuy, que no estaba de humor pa’ que le arruinaran su misión amorosa.

—No se preocupe, don —metió cucharada JR—. Que se acueste en mi cama; ahí nadie la va a molestar. Hasta le abro la cortina pa’ estarla cuidando.

—Ándale pues… Vente, mija, vamos a que te acuestes un rato.

El tío Chuy la cargó como pudo y la llevó al cuarto de JR. Levantó la cortina (porque ahí puerta no había) y se topó con una litera. En la cama de abajo, un rostro fantasmagórico iluminado por la luz azul del celular.

—¿Y este cabrón quién es? —soltó el tío con desdén.

—Es mi hermano, Isidro. No hay pedo, pariente, ahorita lo mandamos pa’ arriba.

—Buenas noches, joven —dijo el tío Chuy, quitándose la texana como si estuviera saludando a Pancho Villa.

Isidro ni se dignó en voltear, nomás siguió con su cara de “me vale madres”.

—Pásate a la cama de arriba, carnal, que se acueste la plebe. Tira paro —ordenó JR.

—Ah, pero como chingas… siempre las mismas mamadas contigo. Mejor te la cambio pa’ no batallar —refunfuñó Isidro, agarrando un rollo de papel y una vaselina como quien empaca su kit de supervivencia.

—En corto, pues… como te dé la chingada gana, pero ábrete a la verga.

Isidro se trepó a la cama de arriba, y el tío Chuy aventó a Naty a la cama con todo y zapatos. La morra ya estaba tan ida que ni un terremoto categoría apocalipsis la iba a despertar.

—¿No hay pedo con tus jefes? —preguntó el tío, mirando alrededor.

—Negativo, pariente. Andan con sus compadres, no llegan hasta mañana.

—Ah, pues con madre… gracias por el paro.

—Ya sabe, pariente. Lo que ocupe, nomás chifle.

—No, con eso está bien —dijo el tío, echando un ojo a su hija pa’ confirmar que seguía respirando.

La fiesta no podía morir ahí, no después de que las aguas locas ya traían medio rancho encendido. Después de unas cuantas rolas y tragos más, el tío Chuy lanzó su grito de guerra:

—¡Ahhhhhh, aaaahhh, jaaaaa!

Los que han escuchado a un macho ebrio saben que ese grito no es de alegría, sino un sonar de corneta pa’ que toda la manada se entere que ya anda en estado vulnerable… y peligroso. El rugido fue tan salvaje que la esposa del tío, que andaba a menos de un kilómetro, lo escuchó. Tras veinte llamadas ignoradas, salió disparada como bala, iracunda y con la intuición de madre gallina preocupada por sus pollitas.

Mientras tanto, en la fiesta, Buchango cumplía su parte del pacto: se llevó a Bere al baño viejo de hoyo, junto a las jaulas de los gallos. Ella se le fue encima como leona en ayuno, besándolo con hambre, pero Buchango no le seguía el juego; la cabeza la tenía en la oportunidad perdida por culpa del paro al tío Chuy. Entre tanto beso y manoseo, las gallinas y los gallos se alborotaban como si hubiera temblor.

Y así, con Buchango y Bere fuera de escena, el tío Chuy agarró a Jessy, que apenas y se sostenía en pie, y se la llevó a la mamalona. Esperó a que una patrulla de rondín pasara de largo y, sintiéndose libre, le soltó:

—Ahora sí, mija… prendiste el boiler, ahora te bañas.

Se bajó el pantalón y se le aventó encima, besándola y toqueteándola con una pasión que haría ver a Arriaga, de Amores Verdaderos, como un monje franciscano. Y justo cuando el gallo cantaba, se oyó la voz que ningún hombre quiere escuchar en ese momento:

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