Capítulo 14 / "La fiera furiosa"

 

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—¡Chuy! ¿Eres tú, hijo de la chingada?! —tronó su mujer, golpeando el cristal como si fuera tambor de guerra.

El tío se quedó inmóvil, congelado como iguana al sol, todavía encima de Jessy. Ella volteó, y lo que vio fue a una mujer con cara de “te voy a enterrar vivo y ni el padre te salva” asomándose por la ventana.

—¿Quién es esa vieja? —preguntó Jessy, entornando los ojos como si quisiera escanear el alma del tío Chuy.

—No sé —respondió el tío, haciéndose más pendejo que un diputado.

—Pero te está hablando por tu nombre…

—Ay, mija… hay un chingo de Chuys en el mundo. Pero como yo, ninguno —remató, inflándose el pecho como gallo de pelea antes de que le caiga la zapatiza.

Error de novato: el tío Chuy no había puesto los seguros. Y pum… la puerta se abrió de golpe. Una mano con más coraje que misericordia lo jaló de la camioneta y lo estampó contra el piso. Cayó despatarrado, con el pantalón en las rodillas, sobre la tierra suelta.

—¡¿Qué vergas haces, hijo de tu reputísima madre?! —tronó la doña, repartiendo madrazos como piñata de posada.

—¡¿Otra vez con tus mamadas, infiel de mierda?! —Y ahí mismo se soltó a llorar, María Magdalena versión colonia popular, con un llanto tan escandaloso que hasta los perros se callaron para oír.

—Ya me lo decía mi comadre… que tú no ibas a cambiar nunca.

—Tranquila, tranquila, no es lo que parece, mi cielo… deja te explico —balbuceaba el tío Chuy, intentando cubrirse la cara con los brazos como si fueran escudos romanos.

—No, ya estuvo bueno. Ahorita les marco a mis hermanos pa’ que te revienten la madre.

Jessy, que estaba en pleno caos, se bajó el vestido, subió los calzones y se peló por la otra puerta de la mamalona. Entró a la casa de JR como si hubiera visto al mismísimo diablo en pijama.

La gritería sacó a todos de la casa. Y ahí estaba el espectáculo: la esposa del tío Chuy, soltándole puños a diestra y siniestra, y él, sin pantalones, intentando levantarse como potrillo recién nacido. Nadie metía las manos, no por falta de valor, sino por miedo a recibir dosis doble.

Cinco minutos de cátedra callejera después, la doña le arrebató las llaves, subió a sus hijas a la troca y se fue, llevándose con ella los pantalones y los calzones del tío.

JR y Buchango lo vieron sacudirse la camisa y las nalgas, que parecían empanizadas de tanta tierra.

—¿Qué, cabrones? —bufó el tío, con ojos vidriosos, tapándose el fierro con el sombrero—. No se pasen de verga… consíganme un pantalón.

En vez de reírse, fueron al cuarto y le dieron el pantalón más culero que encontraron: uno viejo, desteñido, con historia de cholos y pleitos. El tío lo miró con asco, pero se lo puso. Colgó su bocina al hombro y se perdió entre las calles oscuras, rumbo a suplicar perdón a su doña por enésima vez.

JR y Buchango, resignados, fueron al patio a buscar a Jessy y Bere. Las encontraron cuchicheando.

—¿Cómo están, viejonas? ¿Todo bien? —preguntó JR con sonrisa de diablillo.

—Sí… todo bien —respondió Jessy, aunque las manos le temblaban como si hubiera agarrado cables pelones.

—¿Qué fue lo que pasó?

—¿Quién era esa vieja? Me asustó machín…

—Es la doña de mi tío —respondió Buchango, sirviéndose un vaso de agua loca como si nada.

—¿Esposa? Él me dijo que estaba divorciado…

—Está cabrón… ese rollo le tira a todas, mija.

—Ay, güey… ya me voy a la verga. Ya le hablé a un amigo, ahorita llega por nosotras.

Ellos no dijeron más. Esperaron a que llegara el rescate de Jessy, y luego se sentaron a fumar en silencio. Treinta minutos de miradas huecas, con rolitas de Conjunto Primavera de fondo, hasta que JR bajó el volumen para soltar bomba:

—Oye, pariente… ya me aburrió el jale en la obra.

—¿Por qué, viejón? Si ahí somos la mera verga.

—No me gusta trabajar los sábados… y la neta uno se arrima unas chingotas.

—Ya sé, viejón… pero no hay de otra más que chingarle —respondió Buchango, mirando a los gallos.

—Fíjate que un tío mío trabaja en la maquila… gana más y ni sábados trabaja.

—Pero dicen que el trabajo en las maquilas está bien culero, viejón.

—Pues mi tío lleva tres años y ni se queja… hasta me dijo que están contratando. Me dejó pensando, la neta, pariente.

Buchango escupió un gargajo hacia las jaulas, y después de ver como las gallinas se peleaban, pensando que era una lombriz, respondió:

—Mi tío me dijo que iba a hablar con el inge pa’ que me hicieran maistro. Como quiera te jalo de chalán, viejón.

—¿Después de lo de hoy crees que nos va a ayudar? Si ni le caigo bien.

—Pues sí… en eso tienes razón.

Silencio. Hasta que JR se armó de valor:

—Este lunes le voy a caer a la maquila. ¿Fierro o qué?

Buchango tragó saliva.

—Fierro, viejón. La vida es un riesgo.

—Al millón, pariente. Sabía que podía contar contigo.

Los gallos comenzaron a cantar y el cielo se pintó de naranja y rojo: hora de dormir. Entraron a la casa, voltearon el colchón vomitado por la prima de Buchango y se dejaron caer… sabiendo que el lunes podrían terminar en la maquila… o en la calle.

En un pestañeo, ya se habían hecho las siete de la mañana, así que Buchango se levantó para irse a su casa. No había dado ni tres pasos fuera de la colonia cuando los perros famélicos del barrio lo olieron: "¡Carne cruda, muchachos!". Lo corretearon como si fuera repartidor de pollos, y el cabrón, motivado por la adrenalina y el miedo, llegó a su casa en tiempo récord: tres minutos.

Al entrar a su cuarto, tuvo que echar a Tyson de la cama. El perro se resistió, pero Buchango ya traía modo “fuera, chingada madre” y lo mandó a dormir al suelo. En cuanto su cabeza tocó la almohada, cayó rendido, echando un tufo a alcohol que podía usarse como repelente de mosquitos, mientras sus prendas apestaban a cigarro y le perfumaban todo el cuarto.

No fue hasta la una de la tarde que su madre, ya harta de escuchar sus ronquidos, lo levantó con un grito en la oreja digno de romper tímpanos:

—¡Levántate, cabrón! ¡Ya es la una! Nadie te manda a andar tragando mierda.

Su día empezó con todos los estragos de la borrachera: hocico hediondo a cigarro, boca seca como de crickoso y una jaqueca que le martillaba el cerebro. “Ya no vuelvo a tomar en mi vida”, se mintió a sí mismo, abrazando su mugrosa almohada como si fuera su último refugio.

Diez minutos después, se resignó a abandonar la comodidad de su colchón todo meado y se puso a acomodar papeles y la ropa para el día siguiente: día de ir a buscar trabajo. Las maquilas no le convencían; los albañiles siempre hablaban pestes de ellas. El simple hecho de no poder pistear en horario laboral ya le parecía un castigo de Dios, pero la chinga de la obra cada vez estaba más pesada. Kimberly se iba a mudar con él, y necesitaba los sábados libres para dedicárselos a la familia… y, claro, a pistear con su nuevo amigo JR.

Se dio un baño, se metió un par de sopas instantáneas y regresó a la cama. El celular en la mano, cerró los ojos… y ahí empezó el sueño cochinote: estaba encima de Jessy, a tres metidas de prepararle una jugosa quesadilla, cuando de pronto una mano lo arrancó de la cama y lo azotó al piso. Era Kimberly, llorando y soltándole chingazos, mientras JR, el tío Chuy y Bere se cagaban de risa y le señalaban con el dedo como niños de primaria.

—¡Buchango! —le gritaban, cada vez más fuerte—. ¡Buchango! El eco se mezclaba con unos golpes huecos… hasta que despertó exaltado. Eran las cinco de la mañana.

—¡Buchango! ¡Vámonos, güey! —la voz de JR sonaba urgente desde afuera.

Buchango agarró la almohada para taparse la erección matutina, recorrió la cortina y gritó:

—¡Ahí voy, viejón! ¡Dame cinco minutos!

—¡Fierro, pero apúrate, que se nos pasa el camión!

Se vistió en chinga, agarró la primera gorra que vio y salió. JR ya lo esperaba con cara de “me vas a hacer perder la chamba, cabrón”.

—Córrele, viejón, que se nos hace tarde.

Corrieron un par de calles hasta llegar con el tío de JR. El señor traía bata azul claro, lentes oscuros aunque todavía no salía el sol, botas negras del número 30 y un tufo a loción de tianguis que mareaba.

—¿Listos, chavalones? —preguntó.

—Al millón, tío. ¿Ya mero llega el camión? —respondió JR, todavía jadeando por la subida que corrieron por culpa de Buchango.

—Es ese que viene subiendo.

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Comentarios

  1. Está chido pero parte de estos capítulos ya lo había leído en la temporada anterior debo aclarar algunas partes otras si son nuevos espero que los demás capítulos sean diferentes claro siguiendo la trama y la historia del buen buchango

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