Capítulo 20 / "Mi hermano Kevin"

Capítulo anterior Aquí

Sus sollozos rebotaban en las paredes de azulejo barato. De pronto, tocaron la pared: <<tok! tok tok>>.

—¿Estás bien, cana?

Buchango se sonó los mocos como trompeta de mariachi e intentó poner voz firme:

—Sí, viejón, no te apures.

Esa voz le cayó como abrazo en peda. Y ahí estaban, hablando nomás por el eco, viéndose solo los tenis: de un lado unos Nike Cortéz relucientes; del otro, unos Puma Ferrari que gritaban “compa que se respeta”.

Ya más calmado, salió del baño y caminó rumbo a su área. Pero ahí estaba el jefe de grupo, con los brazos cruzados y cara de que le olía feo el mundo. JR ya estaba chambeando en su lugar, así que no quedaba otra más que enfrentar al ogro.

—¿Qué pasó, señor? ¿A dónde fue? ¿A quién le pidió permiso? —soltó el jefe, con la trompa más torcida que enchufe de tres patas.

—Nada, viejón… me sentí mal y tuve que ir al baño de volada —dijo Buchango, sintiendo que los huevos se le subían a la garganta. —Pero JR me cubrió.

El jefe se soltó riendo como burro viejo, haciendo que todos voltearan.

—¿Está pendejo o qué, mijo? Si él lo cubre, ¿Quién lo cubre a él?

—Pues… él casi no tenía trabajo, viejón.

—No me diga “viejón”, dígame señor jefe. Y la próxima me avisa. Que no se repita, o lo mando derechito a recursos humanos. ¿Claro?

—Sí, jefe… —respondió Buchango, encogiéndose de hombros como perro regañado.

Ese cabrón, que con trabajos había terminado la secundaria, no tenía ni idea de cómo tratar gente. Ni en el pinche ejército te tratan tan ojete. Y ahí es cuando uno recuerda: en cualquier trabajo —ya sea de maquiloco, godín o barriendo banquetas— nunca falta el pseudo líder con más ego que neuronas, que cree que humillar gente es “liderar”. Pero bueno, esa es otra historia…

Buchango se tragó el coraje y no le partió su madre nomás porque le gustaba el jale, y porque el jefe estaba más tronado que él. A los minutos, vio salir a Kevin del baño… y traía los mismos Puma Ferrari del compa que le había hablado allá adentro.

Buchango pensó: <<Mira nomás… no es tan culero como creía>>. Le sonrió, esperando que le regresara la mirada. Kevin volteó, lo reconoció por los tenis y pensó: <<¿Será joto este homie? Pos yo creo… con eso de que se agarró llorando en el baño>>. Y al instante desvió la mirada.

Nuestro héroe se llenó de sentimientos encontrados, mientras JR lo veía preocupado. No cantaba corridos, no volteaba a ver viejas, ni echaba chistes; nomás trabajaba y mascullaba palabras. JR, que ya lo conocía, decidió no picarle la herida hasta la salida.

Llegada la hora, después de fumarse un par de cigarros mentolados, Buchango rompió el silencio…

—Viejón, necesito que me hagas un parote —dijo Buchango, viendo el cielo gris y apestoso como si buscara inspiración en el smog.

—Tú dime, pariente, pa’ eso estamos.

—Ahorita me voy a bajar antes de llegar al cantón. Quiero que te bajes conmigo y me apoyes.

—Arre, pero te vas a pichar un seis el finde, ¿eh?

—Ya se la sabe, viejón. Hasta un doce y una morrita bien rica le voy a pichar a la verga.

JR nomás lo veía raro. Su compa traía una actitud más sospechosa que el precio de una tele nueva en el tianguis. No sabía qué pinche jugada traía Buchango, pero igual le dijo que sí. Así es la amistad, aunque huela a problemas.

El camión arrancó, y nuestro héroe no podía estarse quieto: movía las patas como perro ansioso, veía el celular cada tres minutos, y cambiaba de asiento como si trajera lumbre en el fundillo.

—¿Qué traes, pariente? Te ves bien ondeado —preguntó JR, aprovechando que el chofer cambió de rola. Y es que, ya saben, bandita maquilera: esos choferes siempre traen la bocina a reventar, como si el pasaje fuera sordo.

—Nada, viejón. No es nada malo —contestó Buchango, con la voz de quien dice todo y nada al mismo tiempo.

JR se quedó con la duda, pero mejor se fue a ver por la ventana. Unos minutos después, el camión entró en la colonia post-apocalíptica de Marraneras. Y ahí estaban: el malandro que Buchango creía su hermano y su morra, bajándose. Buchango le dio un llegue en el hombro a JR.

—Aquí mero, viejón. ¡Fierro!

JR se levantó detrás de Buchango, y este detrás de la pareja. JR no entendía ni madres: <<Se me hace que este güey se la hizo de pedo a mi compa>>, pensaba. Bajaron del camión, y Buchango se quedó parado viendo cómo arrancaba.

—¿Ahora qué, pariente? —preguntó JR, ya sintiéndose fuera de terreno seguro.

—Tú tranquilo y yo nervioso, viejón. No te desesperes —dijo Buchango, siguiendo con la mirada a su hermano.

El camión se alejó unos metros y Buchango gritó:

—¡Kevin!

El malandro y su morra se detuvieron y voltearon. Buchango camino hacia ellos con el pecho inflado como gallo de pelea. JR, al verlo caminar así, pensó: <<Ya valió madre, vamos a madrear a este cabrón>>.

Kevin, que tampoco sabía de qué iba la cosa, se quitó la mochila y el chaleco, y se los dio a su morra.

Cuando estaban a unos cuatro metros, JR salió disparado como toro en jaripeo y se aventó contra Kevin. Pero el instinto callejero del morro se activó, y le soltó una patada que le pegó en la nuca. JR cayó como costal de papas, tieso en la terracería.

—¡JR, no! —gritó Buchango, corriendo hacia su compa.

Kevin se puso en guardia, pero Buchango se hincó al lado de JR.

—Lo mataste, carnal… mataste a mi mejor amigo —dijo, con lágrimas y drama de novela de Televisa.

Kevin, con duda de si lo había mandado con San Pedro o no, se acercó y revisó los signos vitales.

—Nomás está desmayado. Eso se gana el puto por querer reventarme —contestó con la frialdad que solo las calles le pueden enseñar, y le dio la espalda a Buchango para ponerse su mochila.

Buchango dejó de chillar, se paró, y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Bueno… mi compa malinterpretó todo, pero yo tengo algo importante que decirte, viejón.

Kevin frunció el ceño: <<Con que no se me vaya a declarar este puto enfrente de mi morra, porque le parto su madre>>.

—Yo soy Buchango López Caste… —tragó saliva— tu hermano.

Kevin se quedó con la boca abierta. Su padre siempre le nego su existencia. Si no hubiera sido por un chisme de un familiar de su padre, que desató su duda. Nunca hubiera sabido que tenía un hermano… aparte de su hermanastro, claro.

—No digas mamadas, homie. ¿Cómo vas a ser mi carnal si ni pa’ las cejas nos parecemos?

—¿Ah, no me crees? Pues mira…

Buchango le enseñó la palma, y ahí estaba: ese lunar raro, como mancha de mora en banqueta. Kevin se le acercó, le agarró la mano y la miró un rato largo, como si estuviera descifrando un mapa del tesoro.

Buchango, con los ojos vidriosos y sonrisa de comercial de pasta dental, mostraba su dentadura extranjera —porque él sería de aquí, pero los dientes de fuera. Mientras veía sus manos juntas, sintió un par de gotas. Volteó pa’ arriba a ver si llovía… pero el cielo estaba más seco que Laura Bozzo. Eran lágrimas. Kevin lo abrazó como si hubiera ganado la final de la Champions sin jugar un partido.

—Yo sabía que tenía un hermano… yo también vine a buscandote, carnal —lloró Kevin, apretando a Buchango.

—No te preocupes, carnal. Ya se acabó la búsqueda.

Ahí estaban, dos vatos llorando en plena calle, hasta que la morra de Kevin los interrumpió:

—Oigan, no es por mala onda, pero la pinche gente chismosa ya le habló a la tira.

—Qué importa, mija. Si voy a la cárcel, que sea con mi carnal. Además, ni estamos haciendo nada malo.

—Ajá… y ese vato tirado en el suelo, ¿qué? —dijo ella, señalando a JR desparramado como costal de ropa sucia.

—No te apures, viejona, ahorita lo alivianamos —respondió Buchango.

—Ni madres, mejor vamos a cargarlo al cantón y ahí lo revivimos —ordenó Kevin.

Entre miradas de puro metiche, se echaron a JR al hombro y lo llevaron a la casa de Kevin.

JR empezaba a despertar, oyendo voces como si vinieran desde el fondo de un pozo. Abrió los ojos y lo primero que vio fue a una hembra que parecía salida de un sueño húmedo.

—Debo estar en el cielo, porque estoy viendo a un ángel —musitó JR, con sonrisa pendeja.

—No digas mamadas. ¡Ya despertó este güey! —anunció la morra.

Buchango se acercó en verguiza.

—¿Cómo estás, viejón?

—¿Dónde chingados estamos? ¿Qué pasó? —preguntó JR, sobándose el chichón.

—Pasó lo más perro de la vida, viejón —respondió Buchango, emocionado.

—¿Pues qué?

—Te presento a mi hermano: Kevin.

JR volteó, todavía medio incrédulo.

Capítulo siguiente Aquí


"Síguenos en Facebook 👍"


💙Gracias por leer💙

Comentarios