Capítulo 19 / "Coincidencias"

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Entró a la casa azotando la puerta como si quisiera tumbarla, haciendo ruido a lo pendejo para que la señora saliera de su cuarto, ese cuarto improvisado con tarimas que parecía más bodega que dormitorio. Y sí, funcionó: su madre salió toda greñuda, lagañosa y con voz de recién despertada.

—¿Qué chingados traes? ¿Por qué andas haciendo tanto desmadre? —dijo, medio sacada de onda.

—¿Cómo se apellida mi hermano Kevin? —preguntó Buchango, poniendo trompa y fingiendo dignidad.

—Pos ya ni me acuerdo, mijo… eso fue hace un chingo: Salazar, Salas, Saucedo… sé que empezaba con “S”. El segundo apellido sí es Caste, como el tuyo.

—¿Y cómo es el bato?

—Blanco, y con un lunar grandote en la mano derecha.

Buchango no dijo más. Fue directo al refri, se armó algo pa’ comer y se puso a planear. Ya tenía suficiente pa’ rastrear al malandro: solo tenía que buscarle el lunar o checar el apellido y listo.

El resto de la tarde lo pasó en lo suyo: mensajeando a todas las morritas que tenía en Facebook y mandando solicitudes a cualquier hembra sabrosa que le saliera en sugerencias. Porque sí, él se sentía un macho alfa certificado: líder por naturaleza, galán por decreto divino.

Al día siguiente, nuestro héroe se levantó con actitud Sherlock Holmes versión barrio: iba a investigar como ninja, detective y cobrador de Coppel al mismo tiempo. Dos de las tres pistas de su madre ya eran medio camino.

Se clavó tanto en su celular que se le fue la noche… y si no se le hubiera muerto la batería del celular, ni se entera de que ya era de madrugada. Decidió dormir las dos horitas que le quedaban.

Más puntual que el lamehuevos de la línea, sonó la alarma. La pospuso cinco minutos… y otros cinco… y otros cinco, hasta que a la cuarta vez se resignó a levantarse para ir a enfrentar su destino.

En la parada del camión ya estaban JR y su tío.

—¿Qué rollo, pariente? ¿Ya andas al cien? —preguntó JR, dándole un palmazo en la espalda.

—Sí, viejón, ahora sí traigo todo el power —mintió.

—Fierro, esa es la actitud.

El camión llegó rápido y, ya arriba, JR sacó de su mochila dos latas de bebida energética de esas que te dan alas… o diarrea.

—Toma, pariente, pa’ que revivas.

—Gracias, viejo, neta sí me hacía falta. No dormí nada porque unas plebitas bien buenas me estaban mensajeando toda la noche pa’ que les hiciera el milagrito. Apagué el cel pa’ que dejaran de chingar —dijo Buchango, levantándose el cuello como si con eso se volviera irresistible.

—Ya sé, viejón. A mí me pasó igual, mira… esta hasta me dijo que me pasaba su pack si le recargaba cien varos. —¡No mames, está bien sabrosa! —soltó Buchango, arrebatándole el cel para hacer zoom como buen degenerado—. ¿Y ya te lo mandó o qué?

—Todavía no, pariente… Ayer le hice la recarga.

En eso, el malandro subió al camión con su novia y se sentaron a solo dos asientos de distancia.

Dato cultural innecesario: Todos los cholos tienen una ley no escrita (revelada por su profeta “El Miclo”), donde dice que todo malandro debe sentarse hasta atrás del camión, o será exiliado de su barrio y obligado a usar pantalón entubado y camisa rosa pastel.

Una fragancia tan rica que parecía receta secreta de catálogo Avon les reventó las hormonas a nuestros dos sementales de banqueta, justo cuando el malandro y su morrita pasaron rozándoles el ego.

—Ah, no mames, viejón… esa morrita huele como si se hubiera bañado en pecado— gruñó Buchango, levantando el hocico como vecino que huele carne asada ajena.

—Al millón, pariente. Si así huele por fuera, no me quiero imaginar cómo le ha de oler la pantuflita— respondió JR, cerrando los ojos como si estuviera orando, pero pensando puras marranadas.

—Oye, viejón, ¿te acuerdas ayer que se la hiciste de pedo al cholo ese y se abrió como cortina vieja?— dijo Buchango, soltando una risita cínica.

—Simón, pariente. Esos pinches cholos de barrio se sienten bien vergas, pero cuando ven que uno sí trae con qué, se aplacan de volada.

—Exacto, viejón, perro que ladra… termina pidiendo raid.

El transporte, que parecía mezcla entre pecera y limusina de quinceañera venida a menos, atravesó las trincheras —perdón, calles— hasta estacionarse frente a la maquilona. JR y Buchango, como todo buen aspirante a obrero clase premium, se estacionaron en el humo de su cigarro para ver bajar a las hembras de los camiones.

Quién lo diría… ni una semana cumplían y ya se comportaban como viejos lobos de línea, honrando la mítica frase que se escucha en cada pasillo grasiento: «Un maquilero no nace… se hace».

Después de desayunarse unos molletes más duros que el corazón de tu ex, con jugo de naranja que sabía más a jarabe para la tos, se lanzaron al área asignada. Ahí estaba el entrenador, junto a un güey de bata blanca y otro de bata roja. Los tres hablaban como si estuvieran cerrando un negocio, pero nomás estaban revisando papeles arrugados.

Quince eternos minutos después, todos en sus puestos, el entrenador pasó lista con cara de querer estar en cualquier otro lado. Al terminar, soltó la bomba:

—Buen día, jóvenes. Quiero presentarles a los que serán sus jefes directos.

El de bata blanca dio un paso al frente y, al verlo, JR y Buchango casi mojan el piso. El vato traía cadenas de plata: una de San Juditas y otra de la Santa Muerte, camisa desabrochada mostrando un pecho peludo digno de película setentera, corte de cabello estilo CR7 hecho seguro en una barbería chola, y unos Nike Shox tan limpios que parecía que flotaba.

—Buenos días, raza. Mi nombre es Alfredo Cháirez. Yo seré su supervisor y él es el jefe de grupo, Ricardo Robles. Cualquier cosa primero con él, ¿sale? Bienvenidos a esta gran empresa. Échenle ganas y un día podrán ser como nosotros.

Era el típico compa que se sentía tiburón por ser supervisor con primaria trunca, mirando a todos como si fueran becarios del infierno. El código postal pobre se le escapaba por los poros, pero él se creía portada de revista empresarial.

A JR y Buchango les cayó de lujo que el líder tuviera gustos igual de brillosos y corrientes que ellos. Nada raro, siendo el ahijado del gerente.

Al terminar la presentación, el jefe de grupo empezó a joder: parándose atrás, respirándoles en la nuca y supervisando hasta cómo respiraban. En vez de ayudar, hacía que el ambiente se sintiera como misa larga.

—¿Y este pendejo qué, viejón? Ya me tiene hasta la verga; le voy a reventar un puntazo si sigue de sombra— masculló Buchango.

—Ya sé, pariente. Yo también ya lo traigo atravesado. Me voy a quejar con el supervisor, al cabo es plebe.

Pero nuestro héroe tenía una misión pendiente: encontrar a su presunto carnal. En la hora de comida, Buchango vio al malandro en la fila y trató de verle la mano, buscando el famoso lunar, pero nomás se topó con un zoológico de tatuajes mal hechos.

El turno se le estaba yendo… hasta que la suerte le dio un codazo. Estaba en su puesto cuando el entrenador le entregó un chaleco de visibilidad. En eso, el malandro pasó detrás.

—¿Kevin Salazar Caste?— preguntó el entrenador.

—Sí, cana. ¿Qué se le ofrece?

—Toma tu chaleco y fírmame aquí, porfa.

Y ahí, como escena de novela barata, Buchango vio en la palma del vato un lunar más grande que el trauma infantil promedio… confirmando que sí era su hermano. El tiempo se detuvo. Los ruidos desaparecieron. Buchango quedó como zombie pegado a la mona.

Hasta que… plas plas… dos palmadas del jefe de grupo lo regresaron a la realidad.

—Ándele, mijo, que esas piezas no se van a hacer solas— dijo el jefecito, tronando los dedos como si fuera patrón de cabaret.

Buchango tragó saliva y siguió trabajando. Todos voltearon por el escándalo, así que JR se acercó con voz baja pero veneno en el tono:

—No dejes que te truene los dedos, pariente… pártele su madre.

Tras ver que el compa andaba más raro que un marrano en alberca y que no le soltaba prenda, JR se le quedó viendo fijo.

—¿Qué chingados te hizo ese hijo de su perra madre, pariente? Ahorita mismo le rompo su madre.

Dicho y hecho, JR agarró un pedazo de cable, se lo enredó en el puño como si fuera látigo y dio media vuelta pa’ irse en busca de pleito.

—¡No hagas una pendejada, viejón! —dijo Buchango, agarrándolo del brazo, sin alzar la mirada, con la voz más quebrada que espejo de cantina.

—Entonces, ¿qué tienes, pariente?

—Ya encontré a mi carnal, viejón —dijo Buchango, mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla.

JR se quedó como pendejo, parado ahí, nomás viendo. Ni un “órale” le salió.

—Tira paro, viejón. Cúbreme pa’ ir al baño. Si viene el jefe de grupo, dile que me sentí mal.

JR solo asintió y se puso en el lugar del héroe, mientras Buchango se encerraba en el baño pa’ soltar todo lo que traía atorado. Él se había imaginado a su hermano diferente, pero pues ni modo… aun así, encontrarlo le calentaba el corazón. Pensaba que con un par de corridos tumbados y unas cheves, el bato podía cambiar… como si esas rolas tuvieran el poder de bajar el coeficiente intelectual y darle nuevo corte de greña.

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