Capítulo 23 / "La rabia de Kevin"

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La gente, vuelta loca, gritaba: <<¡Pártele su madre! ¡Agárralo a vergazos! ¡No que muy vergas putito!>>

El jefe se levantó, todo meado y tambaleante, como bambi recién nacido.

—Tranqui… carnal… yo no… no quiero problemas —balbuceó, manos al frente, al borde de llorar.

—Ni madres, ese, ¡abrácese! —dijo Kevin, poniéndose en guardia.

Los golpes llovieron como deuda en quincena. Kevin le dejó la cara como mango magullado, y el otro nomás pedía piedad, llorando como niño regañado.

—¿No que muy vergas, güey? —se burlaba Kevin, mientras le metía otro par de chingadazos.

La gente miraba con esa morbosidad de carnicería. El espectáculo terminó cuando llegó el supervisor con dos guardias que intentaron detener a Kevin… y terminaron nomás haciendo coraje porque no pudieron con él.

—¡Ni me rocen, si no quieren acabar igual que este pobre pendejo, bola de marranos! —tronó Kevin, con los ojos llenos de odio y sudor en la frente.

—Acompáñenos a las oficinas de personal, o marcamos a las autoridades joven —amenazó el jefe de guardias, poniéndose el radio en la oreja como si fuera Robocop de TEMU.

—Él me madreó y yo nomás estaba respirando, guardia —lloriqueó el jefe de grupo, limpiándose la sangre y las lágrimas.

—Eso lo arreglan en personal —dijo el guardia.

Y ahí iban: el “Robocop” de pacotilla, otro guardia de relleno, y los dos gladiadores del momento. Kevin caminando con el pecho inflado y los brazos colgando como si trajera dos costales de huevos, sonriendo como campeón; el jefe de grupo, cabizbajo, tratando de tapar la cascada amarillenta que le escurrió hace rato.

Buchango y su cuñada, de puro chisme, se quedaron con la boca abierta.

—Ay no, otra vez lo van a correr —dijo Rocío, encogiéndose de hombros.

—¿A poco ya lo habían corrido antes del jale mi carnal, viejóna? —preguntó Buchango, todavía pasmado.

—Sí, hace un mes trabajamos en un minisúper y se madreó al gerente porque me dijo “buenos días”.

—¡Ah, chinga! ¿Entonces el Kevin sí es de mecha corta?

—Pues sí, es bien broncudo, no se deja de nadie.

El supervisor, con cara de “ya me cagaron la tarde”, dispersó al mitote y mandó a los de limpieza para borrar la evidencia del “agua amarilla” del jefe de grupo. Dejó al lamehuevos a cargo y se fue rumbo a RH.

Pasaron dos horas y ni señales de Kevin ni del otro. Hasta que el supervisor regresó con cara de chisme fresco. Rocío se le fue de frente:

—¿Qué pasó con Kevin?

—Híjole, mija… ya vaya buscando otro vato, porque al suyo ya le dieron cuello —soltó el supervisor, escaneándola de arriba abajo como perro con hambre.

—Está pendejo —respondió Rocío, aventándole una mirada cortante—. Ahí nos guachamos, mejor renuncio.

Se quitó la bata como quien se quita un brasier incómodo y se fue directo a personal.

Buchango nomás se quedó mirando, sin carnal, sin cuñada y sin ganas de seguir. <<A la verga el jale, le aviento un vergazo al supervisor pa’ que me corran y así nos vamos a buscar jale juntos otra vez>>… lo pensó, lo saboreó, pero justo entonces sonó su celular con una notificación salvadora:

<< Pariente note me awites tuve unas bronkiyas y no pude ir a jalar mañana te kaigo a tu kanton para platikarte >>

Guardó el teléfono, ya sonriendo como si le hubieran dado el día con goce de sueldo. Y cómo no sentirse así, si el que le había mandado el mensaje era nada más ni nada menos, que su compota el JR. Faltaba poquito para el fin de semana y su suerte podía cambiar.

Cuando dio la hora de salida, después de echarse dos cigarros, se subió al camión y empezó a revisar su celular sin saldo ni internet (sí, hay gente que así vive: leyendo conversaciones viejas o viendo las mismas 4 fotos de su galería). Le entró una llamada de Kevin.

—¿Qué pasó, viejón? ¿Sí te corrieron?

—Ya sabes, cana. ¿Sí viste cómo lo dejé?

—Simón, pensé que estaba soñando.

—No mames… lo bueno que ya te lo quité de encima.

—Sí, le va a bajar de huevos el becerro ese.

—Nel, homie… a él también lo corrieron. Le conté a personal cómo nos hablaba y que ya tenía quejas. Lo peor es que el muy pendejo lo aceptó, pensando que el supervisor lo iba a salvar… y tómala, también se la dejaron caer

—Ah, no mames, qué rifado. Voy a empezar a barbear al supervisor pa’ que me haga jefe de grupo.

—Ni lo intentes, ese güey es peor. Fue a hablar mierda de nosotros y hasta tú saliste embarrado.

—Se cancela la misión entonces, viejón —dijo Buchango, mientras veía por la ventana cómo una pareja casi se ponía a hacer el delicioso afuera del camión.

—Oye, cana, al rato te caigo a la casa de mi jefita, ando cerquita haciendo unos business.

—Fierro, viejón.

—Arre, ahí nos guachamos.

Buchango puso sus corridos tumbados en altavoz y se quedó dormido recargado en el hombro del señor de al lado, que lo miraba de reojo con asco pero sin atreverse a despertarlo. Ni los baches ni las frenadas bruscas lo movían.

Despertó cuando ya no quedaba nadie más que una doñita adelante. Vio por la ventana y ya se había pasado varias cuadras. Se levantó en chinga para pedir la parada al chofer (sin albur).

Al bajar, ahí estaba el tío Chuy, como un ángel cervecero, con dos caguamas bien elodias, una en cada mano.

—¿Qué pasó, puñeton? ¿Por qué te bajaste acá?

—Me quedé dormido, tío —contestó Buchango, tallándose las lagañas como si fueran una lámpara maravillosa.

—Si lo pendejo no se te va a quitar ni renaciendo, cabrón —soltó el tío Chuy, dándole un sape que sonó como chanclazo en azulejo mojado. —¿Y qué dice el jale? ¿Dónde entraste?

—Al maquilón, tío.

—¿Siempre sí te animaste?

—Simón, está chida, tío. Usted debería entrar.

—Nel, yo no nací para estar encerrado, mi Buchis. Por eso luego mi vieja me trae como costal de box. Oye… ¿de pura casualidad no tienes el número de aquella morrita sabrosa que es amiga de JR? —dijo el tío Chuy bajando la voz y volteando como si anduviera buscando francotiradores, no fuera a estar cerca la ley… su esposa.

—¿Cuál de todas, tío?

—La que tenía unas teclas bien sabrosas, mijo. La que quería que me la… ya sabes, ese día.

—Ah, ¿la Jessy?

—¡Sincho! Esa mera.

—Nel, tío, pero mañana que vea a JR se lo pido. Ahí se lo mando por Face.

—¡No, por Facebook no, baboso! —cortó Chuy en seco, mirando alrededor con paranoia. —Es que mi vieja me confiscó el cel; mejor apúntamelo en un papel.

—Fierro, tío. Lo dejo porque me están esperando en la casa.

—Arre, mi Buchis, vete por la sombrita… y me pasas el número, ¿eh? No te hagas pendejo, que tú ya estás amarrado.

Al llegar a su cantón, Buchango olió algo que le hizo agua la boca… pero no podía creer que saliera de ahí. Entró y vio a Kevin y su morra ya instalados en la mesa de lámina, sentados en unos botes, dándole duro al guisado que la jefita les había preparado.

—Por poco no alcanzas, carnal. Siéntate —dijo Kevin, echándose un trago de coca de botella de vidrio como si fuera cerveza en domingo.

Mientras tragaban y cotorreaban de lo común y corriente, Kevin suelta una:

—Oye, carnal… ¿sí ubicas al Brayan? Es tu vecino— dijo con la boca llena de tortilla.

—Nel, viejón, ¿cómo es ese güey?

—Es un homie pelón y bigotón que vive enfrente.

—Ah, simón. De morro sí me acoplaba con ellos, pero ya casi ni los topo.

—Pues el vato rapea bien mamalón y tiene un clan bien pasado de lanza; me invitó a rapear con ellos.

—Está bien, viejón, nomás que al tiro… creo que el bato anda en males pasos.

—No se preocupe, homie, yo me sé cuidar… tú mismo lo has visto.

—Sí, la neta te mamaste con la madriza que le diste al jefe de grupo, viejón.

Siguieron hablando de las broncas de la maquila, hasta que la jefa cortó la plática:

—Ándeles, terminen y después siguen hablando, todavía falta ir con la esposa de tu hermano.

—Cierto, carnal, vámonos que ya quiero conocer a tu jaina —dijo Kevin, poniéndose la gorra.

—Fierro, ya son seis y media y le dije que a las siete.

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