Capítulo 24 / "Milagros inesperados"

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Los cuatro se aventaron el trayecto largo, tragándose miradas de malandros como si fueran dulces de Halloween, pero a Kevin lo escoltaba la familia y todos saben que malandro acompañado de su jefa no se toca.

Llegaron a la caseta del fraccionamiento; los guardias revisaron más a fondo nomás por la finta de Kevin. Cruzaron y tocaron el timbre en casa de Kimberly.

—¿Y dónde conociste a esta morra, bro? Se ve que su familia sí trae billete— dijo Kevin, viendo el carro y la fachada.

—En una fiesta, viejón.

—Es bien abusado tu hermano, mijo, es el que nos va a sacar de pobres— dijo la jefa, chuleándose en el vidrio de la puerta.

—Yo ni sabía que era de dinero, jefa.

—¡Ay sí, ajá! Si no nací ayer, baboso.

Abrieron la puerta y salió el papá de Kimberly, un señor de mirada de "ya me debes algo".

—Buenas tardes.

—Buenas tardes— respondieron todos en coro.

—¿En qué puedo ayudarlos?

—Venimos a ver a su hija —respondió Idalia.

El señor, que ya pensaba que venían a ofrecerle cortar el pasto, tardó en reconocer a su “yerno” y a la suegra de modales finos.

—Sí, claro, ahorita le hablo.

La jefa apenas iba a meter el pie cuando le cerraron la puerta en el hocico.

—¿Pos no nos van a pasar o qué chingados? —tronó la madre, castañeando los dientes.

—Pues no, jefa… seguro ya se dieron cuenta de lo que hizo la semana pasada— murmuró Buchango, cabreado. —Ya vi el elefante que tienen en su buró.

—¡Si serás pendejo! ¿Cómo se van a dar cuenta? Si les sobra feria… compran otro puto elefante y ya.

—No se agüiten, raza, como quiera está a gusto el clima— metió Kevin para calmar el agua.

—Ahorita le preguntas a tu novia, hijo, a ver qué onda.

—Ay, jefa, a mí me vale madres eso… si le importa, pregúntele usted.

—¡No me hables así, cabrón, que soy tu madre y me debes la vida! Pinche malagradecido.

—Ya, ya, relájense… Ahí viene alguien —dijo Kevin, al ver una silueta por el vidrio de la puerta.

Se escucharon como trescientas cerraduras, cadenas y seguros, hasta que Kimberly se dignó a salir de su guarida blindada.

—Hola— saludó con sonrisa.

—Hola, mija. ¿Cómo has estado?— preguntó la jefa de Buchango, apretujándola como si quisiera estrujarle el alma.

—Muy bien, gracias a Dios, señora. ¿Y usted?

—También muy bien, gracias a Dios, mija— dijo la doña, agarrándole las manos con ese tono de telenovela. —Y cómo no, si aquí está mi muchacho.

La Kimberly estaba toda sacada de onda porque, pues sí, Buchango siempre andaba ahí de pegoste, pero el otro mono que venía con ellos no lo conocía.

—Él es mi hijo Kevin.

—Mucho gusto —dijo Kevin, estirando la mano con porte de vato barrio-fino.

—Mucho gusto, soy Kimberly. Buchango nunca me había hablado de ti.

—Es una larga historia, mija— soltó la jefa, echándole una mirada de “te cuento luego”. —¿No nos vas a invitar a pasar, mija?

—Es que hay mucho tiradero, no ha venido la señora de la limpieza— respondió Kimberly nerviosa.

—Ah, no, pues si no se puede, pues no.

—Pero vamos al patio, ahí hay sillas— dijo la morra, abriendo la puerta del pasillo.

La neta, Kimberly no los quería pasar a la sala porque sus papás se lo habían prohibido: entre el look de Kevin y la desaparición misteriosa del elefante dorado de la mesa de centro, ya andaban en modo CSI.

La plática se puso buena y sin darse cuenta se dieron las nueve pm, cosa que notaron cuando empezó la guerra de bocinas en el barrio. Sonidos de banda, reguetón y cumbias saliendo de todas direcciones como si estuvieran en un festival pero sin boletos.

—Ya nos vamos, hija, antes de que un borracho nos atropelle —dijo la jefa, echándose el bolso al hombro.

—Está bien, gracias por venir.

Kimberly los llevó a la puerta del patio y ahí se despidieron. El camino de regreso fue casi en silencio, más que nada porque el ruido de la calle estaba a nivel “dolor de oído”.

Llegaron a la casa y se sentaron a cenar los tres. Cotorrearon hasta tarde, porque al día siguiente no había que ir a matarse a la maquila. Cuando Kevin se fue, Buchango se tiró a su cama, pero antes vio algo raro: una rosa blanca entre sus sábanas manchadas de mecates viejos.

—Hasta mañana, hijo, que descanses— dijo la jefa asomándose.

Buchango casi se le atora la nuez. Por un momento pensó que lo había insultado con un tono raro, pero no…

—¿Cómo dijo, jefa?— preguntó, parando oreja.

—Que descanses, hijo, hasta mañana.

—Hasta mañana, jefa… que descanse.

El vato quedó en shock. Primera vez que escuchaba algo así de su madre. Sintió que algo se le movía dentro (y no era hambre). Hasta se le salieron un par de lágrimas, como si le hubieran dado un rayito de esperanza en la vida.

Durmió con una sonrisa idiota y al día siguiente lo despertó la perra… y no la novia del Tyson, sino la perra hambre. Las tripas traían orquesta y director. Entró a la cocina y ahí estaba la jefa, con falda larga, haciendo el desayuno.

—¿Cómo amaneció, jefa? —preguntó Buchango, rascándose las nalgas y dándose un auto-test olfativo.

—Muy bien, gracias a Dios, hijo. ¿Y tú?

Buchango hasta parpadeó lento… <<¿Qué chingados le picó a mi jefa?>> Porque normalmente la respuesta sería: “como haya amanecido, que te valga verga”. Algo se estaba cocinando, y no eran nomás los huevos estrellados.

—Con un chingo de hambre, amá.

—Ya mero está, hijo, siéntate.

El vato se pellizcó el brazo… <<Desearía que así fuera siempre>>. Desayunaron como en comercial de café: huevos, chilaquiles, paz mundial. Pero la paz duró poco.

—¡Idalia! —se oyó un grito desde afuera.

La jefa miró la hora y salió en chinga a buscar su bolso.

—¡Ahí voy!— gritó. —Ándale, hijo, se me hace tarde.

—¿Tarde para qué, amá?

—Para ir a alabar al Señor.

—¿A qué señor, jefa?

—A la iglesia, mijo.

—¿Neta? ¿Desde cuándo?

—Es la primera vez, me invitó la hermana Mary. Quiero agradecerle a Dios que tu hermano está de regreso. Bueno, ahí me cuidas la casa, hijo.

La jefa de Buchango salió como alma que lleva el diablo, y él se quedó en la ventana, viéndola alejarse hasta perderla de vista. Milagros existen, y ese, para nuestro héroe, era como ver llover billetes en la esquina.

Se dejó caer en la cama y sacó su Free Facebook, porque pa’ datos no había. Tenía un mensaje de JR, el mero compa de las aventuras chuecas:

<<Pariente t kaigo a las 3 a tu kanton llebo un 24 para tomarnolo juntoz, zi kieres inbita a tu carnal, acavo lo vamos x mas>>.

Al ver que se trataba de peda, Buchango contestó sin pensarlo:

<<Fiero biejon aka noz vemoz, ay le avizo a mi karnal>>.

Era apenas las once de la mañana. Le cayó el veinte de que tenía tiempo de sobra, así que le mandó mensaje a Kevin para invitarlo. Se metió a bañar, se peinó con gel como si fuera a la secundaria y se echó perfume barato hasta en las axilas.

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