Capítulo 25 / "La ultima cena"

 

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Al poco rato, su madre regresó del culto con una sonrisa rara.

—La hermana Mary nos invitó a comer. ¿Quieres ir?

—No puedo, amá. Va a venir JR y Kevin, vamos a pistear algo tranqui.

—¿Quién es JR?

—El hijo de Yeyo, el que vino la otra vez —contestó Buchango mientras se rociaba desodorante olor a chocolate industrial.

—Ah, ese muchacho… ya sé quién es. Ten cuidado con él, hijo, no me da buena espina. El Señor a veces nos pone gente que parece buena pero es puro demonio con camisa.

—No se agüite, amá. Es a toda madre, luego lo conoce mejor.

—Bueno, yo me voy a tardar. Cuídense y no hagan marranadas.

—No, amá, todo tranqui.

Apenas la doña cerró la puerta, se escuchó un claxon sonando como si trajera prisa de funeral. Eso ya era raro, porque en esas calles de terracería los carros eran tan escasos como la señal de internet. Los vecinos empezaron a salir como si hubiera temblado, pero el carro estaba parado justo enfrente de su casa.

Buchango salió y se cubrió del sol con la mano. El vidrio del copiloto empezó a bajar y, junto con él, salieron unos corridos tumbados a todo lo que da. Primero se asomó una gorra con un toro rojo, luego unos lentes oscuros, y finalmente, la sonrisa de JR brillando como si hubiera mordido un foco.

—¡No mames, viejón! Qué perrote carro —dijo Buchango, chocando puños con él.

—¿Te late, pariente?

—Al millón, compa.

—Es mío, pariente, me lo compré con unos business.

—¿Qué business?

—Luego te digo… ¿damos la vuelta?

A huevo.

—Sirve que vamos por las birrias al OXXO— soltó JR, encendiendo la nave.

Buchango bajó el vidrio, se puso sus lentes de tianguis y dejó que el viento le despeinara las greñas. Pasaron por la colonia como si estuvieran grabando un video de Fuerza Regida.

En el OXXO, JR se fue a la caja con una botella de Buchanans, mientras Buchango cargaba el 24 como si fuera agua bendita. El compa sacó una paca de dólares para pagar, cosa que dejó a Buchango con más preguntas que en el antidoping de la maquila.

—¿Pasamos por tu carnal y su morra? —preguntó JR al subirse al carro.

—Simón, está cerca.

—Fierro.

JR subió el volumen, quemó llanta y levantó polvo como si fuera helicóptero despegando en un rancho. Llegaron a casa de Kevin, tocaron claxon y en segundos ya estaban los dos sentados atrás.

—¿Qué tranza, mijo? ¿Dónde andabas? —preguntó Kevin, acariciando el asiento como si fuera mascota.

—Haciendo billetes, pariente —respondió JR, mirándolo por el retrovisor.

—Órale… ¿y esta ranfla es tuya?

—Sí, pariente, nomás me falta importarla.

La verdad, el carro no era la octava maravilla: diez años de uso, sin placas legales y con interiores que pedían misericordia. Pero para ellos, tenerlo en la colonia era como ganar un Grammy.

Regresaron a la casa de Buchango, bajaron la cerveza y una bocina de esas que retumban hasta las tripas.

—Ponga los corridos tumbados, viejón —gritó Buchango, echando las cheves al bote con hielo.

JR conectó la USB y el volumen subió a nivel “sordo en cinco minutos”. Kevin y su novia se miraban con cara de “sácame de aquí” porque ese género musical no les entraba ni a putazos.

—Oye, carnal, bájale poquito pa’ cotorrear —le gritó Kevin al oído.

—Arre, viejón —respondió Buchango, mientras le daba un trago largo a la primera del día.

Buchango le bajó tantito al volumen… pero nomás tantito, lo suficiente para que en vez de gritar como albañiles en fiesta, gritaran como albañiles en horario laboral. Kevin, al ver la cara de felicidad de su hermano, no quiso ser el aguafiestas. Total, que ahí estaban él y JR, cantando a todo pulmón esas rolas de corridos tumbados, como si cada letra fuera un capítulo de su autobiografía… aunque en realidad hablaban de trocas del año, fajos de billetes, armas doradas y mujeres de calendario, cosas que para ellos eran tan lejanas como ir a París a tomarse un café.

El par siguió pisteando resignados, soportando la música como quien soporta al vecino que canta en la regadera a las seis de la mañana. Hasta que, dos horas y tres repeticiones del mismo playlist después, Rocío explotó.

—Oye, mijo, ya estuvo, ¿no? Esta música me da nauseas… y como que este ambiente no es lo nuestro. Vámonos pa’ la casa, allá la pasamos más chido —le dijo a Kevin, acariciándole la barbilla suavemente.

—Ah caray, eso sí me interesa, mija. En corto, nomás le aviso a mi carnal —respondió Kevin, con esa sonrisa de quien ya sabe que lo van a apapachar.

Se acercó a Buchango, que estaba tan metido en la cantada que parecía que le estaba pegando a la pierna para sacar ritmo de batería invisible.

—Oye, carnal, ya nos vamos —le gritó al oído.

—¿Por qué, viejón?

—Mañana vamos temprano con los jefes de mi morra.

—Ah, no hay pedo, gracias por venir un rato, viejón.

—¿No quieren que los deje, pariente? —preguntó JR, ya con la voz floja de tanto alcohol.

—Nel, cana. Aquí es en corto, nomás cinco minutos caminando.

Kevin tomo un seis de cervezas, se despidió con un abrazo y se perdió de la mano de Rocío en esas calles polvosas que parecían set de la película Elysium, versión low budget.

Con Kevin fuera del cuadro y un seis menos, quedaba cerveza suficiente para alargar la borrachera hasta que el gallo cantara.

—Tres cada quien, viejón —dijo Buchango, levantando el paquete como trofeo.

—Fierro, pariente —contestó JR.

Y así siguieron, bebiendo como peces en el mar, hasta que el cielo se volvió anaranjado y la noción del tiempo se perdió entre trago y trago. Cuando ya no había ni una gota de cerveza, JR destapó la botella de Buchanan’s que había comprado como quien abre un cofre del tesoro.

—Pariente, encontré un jale más chingón que la maquila —dijo, ofreciéndole un cigarro que olía a “estos no lo venden en el OXXO”.

—Ya me di cuenta, viejón… ¿en qué andas? —preguntó Buchango, encendiendo el cigarro con intriga.

—Ando de pollero, pariente —soltó JR, como si dijera que ahora vendía elotes

—¿Vendes pollos, viejón?

—No becerro, ando cruzando gente al otro lado, pariente.

—Ahhh ¿No es arriesgado eso?

—La vida es un riesgo, pariente. El que no arriesga, no gana —contestó, pasándole la botella.

Buchango le dio un trago y casi llora de la emoción: era la primera vez que podía beber whisky caro sin que las babas de quince cabrones alterarán su sabor. JR le puso la mano en el hombro.

—Necesitan otra persona… y pensé en ti.

Buchango se quedó pensando. Podía tener lujos, exceso y corridos dedicados, o seguir pobre, pero con la conciencia limpia y la vida un poquito más larga.

—No sé, viejón. Déjame pensarlo.

—No hay pedo, nomás que no pase de esta semana, pariente.

Y así siguieron, tomando y cantando como si el amanecer nunca fuera a llegar. Pero llegó… y también llegó el final: esa fue la última vez que Buchango vio a JR. Desapareció como si la tierra se lo hubiera tragado. La familia levantó denuncia, pero nunca hubo rastro. Silencio total.

Los meses después fueron grises. Ni la llegada de su hijo, Natapluma Firme Conriquez, le levantó el ánimo. El hambre y la desesperación lo empujaron a robar cobre de la maquila, pero lo cachó el guardia. Duró cinco meses en ese trabajo. Después fue saltando de maquila en maquila como chapulín alcohólico.

Kimberly se fue a vivir con él cuando Natapluma tenía tres meses. Sus papás lo hicieron para que madurara… pero él solo maduró para agarrarle más cariño a la vagancia.

Mientras tanto, a Kevin lo encerraron en el gabacho, todo por seguirle la corriente a los vecinos. Rocío prometió esperarlo y consiguió trabajo vendiendo ropa en el mercado popular de la ciudad. La mamá de Buchango, que había vuelto a acercarse a Dios, perdió la fe y regresó a ser la misma señora gruñona de siempre.

Con ayuda de JR, el tío Chuy cruzó al otro lado buscando el sueño americano. Al principio llamaba a su familia todos los días, luego cada semana, cada mes, hasta que ya nunca más lo volvió a hacer. Lo último que se supo fue el rumor de que andaba con una gringa, que pa’ arreglar los papeles, y ahora quería que lo llamaran “Yeezuz”.

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