Capítulo 26 / "Cacería en contratación"
Capítulo anterior Aquí
Son las seis de la mañana del San Lunes. Buchango, nuestro héroe de dudosa reputación, babeaba la almohada como si no hubiera un mañana, soñando que disfrutaba, codo a codo con el mismísimo Pablo Escobar, de un show privado de Karely Ruiz. Justo en el glorioso instante en que la voluptuosa musa se disponía a aterrizar sus asentaderas sobre su cara… ¡PUM! Suena a un volumen digno de banda de guerra, un corrido tumbado. Sí, era su alarma. Porque ese día, contra todo pronóstico y voluntad, nuestro querido Buchango madrugaba para ir a conseguir chamba. Lo habían corrido injustificadamente del anterior, según él, por decirle de manera respetuosa “hijo de su #$% madre” al supervisor. Aunque, la verdad era porque lo agarraron, con más de 3 kg de cobre enrollados en la entrepierna, listos para salir por la puerta grande… directo a la chatarra. Como todo macho alfa de valores conservadores (según él), el día anterior le había ordenado —sí, ordenado— a su esposa Kimberly, que le tuviera el desayuno listo antes de que él emprendiera su épica travesía, desde la lejana y poco glamorosa colonia de Marraneras. Así que la pobre Kimberly, con el alma en pena, se levantó para complacerlo como él decía “merecerlo”. Romanticismo nivel “época de las cavernas”. Buchango inició su ritual matutino con una ducha, digna de comercial de shampoo económico. Luego, con la delicadeza de una reina de belleza, se vistió con sus mejores garras, preparadas desde la noche anterior con devoción casi religiosa. Buchango gozaba de andar impecable, aunque su definición de elegancia podía resultar un tanto peculiar para otros: consistía en unos pantalones ahorca huevos y camisas extravagantes que parecían gritar auxilio. Se peinó con una parsimonia milimétrica, como si en ello se le fuera la oportunidad de conquistar el mundo, y culminó su metamorfosis, con una nube tóxica de un asequible perfume de imitación, lo suficientemente densa como para provocar lluvias ácidas. Con el porte y la gallardía de un prominente músico de banda, echó sus papeles (incluyendo una copia borrosa del INE), en una mochila tan pequeña, que era evidente que le había pertenecido a un niño de preescolar. Luego de verificar que todo estuviera en orden, se sentó a desayunar unos huevitos estrellados, acompañados de una plasta de frijoles, que su amada esposa le había preparado más de a huevo que de ganas. Ella, desde el otro lado de la mesa, lo miraba con ojos lagañosos y alma ausente. —Me marcas para saber si te agarraron —murmuró Kimberly, entre un largo bostezo.
—Claro que sí, flaca. Ya te la sabes —contestó Buchango con la boca tan llena de comida, que parecía audicionar para ventrílocuo de rancho.
—Bueno, ya me voy a dormir otro rato, antes de que se despierte Natapluma. Cuídate y cierras con llave.
—Sí, flaca. Tú tranquila —respondió él, con la seguridad de quien ha olvidado las llaves más veces, de las que ha encontrado empleo.
Buchango se despidió de Kimberly con un beso en el cachete, más grasoso que cariñoso, y terminó de desayunar. Luego, como buen guerrero de la clase obrera, emprendió su odisea rumbo a la maquiladora que, según le habían chismeado, “andaba contratando gente con urgencia”.
Tras una travesía de casi hora y media, parado en un camión donde todos iban tan apretujados, que el roce humano ya contaba como historial amoroso, nuestro protagonista llegó a su destino. Al llegar a la prestigiosa empresa, lo primero que vio fue una fila que parecía inicio de festival gratuito, estirándose desde la caseta de seguridad, hasta perderse en el vasto y rojizo horizonte. Buchango, con el alma en pena por haberse levantado tan temprano, soltó un suspiro, de esos que vienen con groserías internas, y se resignó a formarse.
Justo cuando empezaba a acomodarse detrás de un señor con aroma a sudor curtido y lonche en descomposición, sus sensores buchanguiles se activaron. Algo a la distancia se movía de forma hipnótica. Eran unas curvas conocidas, embutidas en unos leggings tan usados, que ya exigían jubilación a gritos. No le había visto la cara, pero ese combo de glúteos carnosos y lycra traslúcida, solo podía pertenecer a alguien: ella. Sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre su presa con la elegancia de un pavo real en celo.
—Qué tranza, mija. Tú trabajabas en LEAR, ¿verdad? —preguntó Buchango, acechándola de manera furtiva desde atrás.
—Hola… sí —contestó la mujer, más fría que un burrito olvidado en la oficina.
Pero Buchango no era hombre de rendirse ante un monosílabo. Su instinto nunca fallaba: podía detectar a una excompañera de trabajo, con tan solo ver el rebote de sus glúteos a cien metros de distancia.
—¿A poco no te acuerdas de mí? —insistió.
Ella volteó a verlo. Lo escudriñó de pies a cabeza como si estuviera reconociendo a un familiar en la morgue. Finalmente, una sonrisa mitad burla, mitad lástima, apareció en su rostro.
—¡Oh, sí! Ya me acordé. Eras el que se la pasaba chiflándome cuando pasaba al baño, ¿verdad?
—Ese mero, mija. Pensé que no te ibas a acordar de mí —dijo Buchango, soltando una risita nerviosa toda pendeja.
—¿Y por qué nunca me hablaste, menso?
Buchango se puso más nervioso que adolescente en congal, pero siendo portador de una lengua tan hábil como tramposa, sacó de su arsenal la frase matadora que había practicado en el espejo desde la secundaria.
—Pues pensé que un mujerón como tú nunca me haría caso —soltó, barriéndola con la mirada, como quien elige bistec en la carnicería.
—Ay, ¿ves cómo eres? —respondió ella, sonrojándose y dándole un empujón colegial.
—¿Cómo soy de qué?
—Pues bien así.
Las falacias de Buchango estaban funcionando, aunque la dama en cuestión no era precisamente una diosa griega; él la trataba como si fuera la última cerveza fría en junio. Viendo que sus artimañas estaban rindiendo fruto, decidió continuar con la terapia intensiva de labia.
—Para que veas lo mucho que me gustabas, hasta me sé tu nombre — dijo inflando el pecho, como si estuviera por decir algo heroico.
Britany agachó la mirada, dejando ver unos hoyuelos traviesos.
—A ver, ¿Cómo me llamo, pues?
—Te llamas Britany —replicó Buchango, con la confianza de una gorda que sale en top a la calle—. ¿Sí o no?
Ella asintió con la cabeza, riéndose entre dientes, como quien se hace la tímida, pero por dentro ya anda armando el baby shower.
—Y tú eres Buchango, ¿verdad?
—¡Ah, ya ves sí te acuerdas, traviesa! —respondió él con el ego inflado, guiñando un ojo—. ¿Y por qué renunciaste de allá o qué?
—Por unos pedillos con el papá de mis hijos, ¿y tú?
—Salí de bronca con el supervisor. El vato ya me traía de encargo.
Ya era hora de ir al grano y hacer las preguntas importantes:
—¿Y estás casada?
Britany se encogió de hombros e hizo una mueca como de haber chupado limón con sal.
—Pues según —respondió, con tono de hartazgo.
—¿Cómo que según? ¿No te cumple o qué?.
—Nada de eso, es que ya cada quien anda por su lado, ¿entiendes? Dormimos en camas separadas; si no fuera por los niños, ya lo hubiera mandado a la fregada desde hace mucho.
Lo cierto es que Britany y Buchango eran del tipo de personas que, en vez de solucionar sus problemas de pareja, los usaban de trampolín para brincarse a otras camas. Así, sin escalas.
La conexión entre ambos iba viento en popa, pero como siempre pasa, el destino llegó vestido de chaleco fluorescente.
—A ver, saquen sus papeles y pasen a tomar asiento. El licenciado llegará en cualquier momento para pedirles su documentación —gruñó un guardia de seguridad, con voz de comandante frustrado.
Todos los aspirantes comenzaron a entrar, y Buchango, como perro marcando territorio, se sentó junto a Britany antes de que otro vato viniera a montarle el rancho. Poco le hacía falta para mearle la pierna
Capítulo siguiente Aquí


Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué te pareció el capítulo?