Capítulo 40 / "La reconciliación"

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Britany, que tenía el multitask de madre luchona nivel Dios, tardó como una hora en contestar. Llegó a su casa, aventó su bolsa, puso a hervir los frijoles, y empezó a preparar la cena para el marido (ese mismo que según ella, “ya ni la tocaba”). Así que solo podía contestarle a Buchango, cuando el marido se metía a bañar, o cuando ella iba al baño.

Mientras tanto, Buchango se la pasaba aferrado al celular como si fuera su oxígeno. Tenía las notificaciones con volumen de ambulancia, así que Kimberly notó que ese chingado teléfono no dejaba de zumbar.

—¿Quién te manda tantos mensajes, gordo? —preguntó Kimberly intrigada.

—Mi tía Pancha, dice que mi primo se enfermó de una madre nueva, un virus de esos que pegan allá en China —soltó Buchango, sin siquiera parpadear, porque ni modo que se le fuera un emoji sin ver.

Claro, como si a la tía Pancha le importara avisar cosas médicas, en lugar de andar compartiendo imágenes de piolin.

Buchango se había aventado esa mentira como quien lanza una flatulencia en misa: con descaro y sin culpa. La excusa de la tía Pancha y el virus era su cortina de humo, digna de un maestro del engaño nivel Ángela Aguilar. No obstante, Kimberly se dio cuenta del teatrito. Revisó el WhatsApp, y bolas: la tía Pancha ni en línea estaba, y eso que ella también la tenía agregada, porque le vendía ropa usada en abonos.

Desde ese momento, Kimberly se tragó la sospecha con el mismo coraje con el que uno se toma una cerveza caliente: con asco, pero decidida.

Mientras tanto, nuestros Romeo y Julieta región 4 seguían con su romántico intercambio de palabras, o mejor dicho códigos. Aquí un fragmento exclusivo de ese Shakespeare de celular quemado:

<<lla miga perdname neta 😭 llo t kiero 1 chingo y no t kiero perder 😫>>.

<<Eso k me dijiste me ofendio mucho 💔 Ya sabes k yo no tengo nada k ver con el papa de mis hijos, y te lo he dicho muchas veses 😞>>.

Claro, porque lo típico: el marido es un inquilino más, que solo aparece cuando hay que pagar pañales o el gas. Esa técnica de “no tengo nada que ver con él” es tan vieja como Chavelo. No obstante, como el corazón de Buchango no entiende de lógica ni dignidad, soltó el resto de su alma.

<<Lo 100to muncho miga fue 1 malentendido ermoza 😞 Perdoname x fabor 🙏>>.

<<Bueno te perdono ❤️ pero me lo vas a tener que recompensar eh 🤭>>

<<Lo q kieras pidelo 🥰 llo t lo doi mija>>.

<<Es k ya se me va a acabar mi perfume 😢 y tengo k pagar el agua y la lus esta semana>>.

<<No t awites miga llo t lo konpro pa k zigas oliendo ijual de delicioza q sienple 🥰😘>>.

Y claro que Britany olía rico… a puro interés, mientras Buchango, iluso como quinceañera enamorada de un vato con moto Italika, caía redondito.

<<Es enserio? Neta? Eres un amor Buchis 🥰❤️ Cada dia te quiero mas>>.

<<Y yo a ti, precioza 🥰😘>>

<<Ahora estare en deuda contigo 😳 luego nos ponemos amano 🤤🍑🍆😈>>.

<<Al miyon miga kuando kieras kiero 👉👌💦>>.

Y así, se firmó la paz entre estos dos especímenes del amor tóxico maquilero. Esa noche, Buchango durmió como bebé… no por paz interior, sino porque estaba bien excitado con los mensajes, que se aventó dos chaquetas en su nombre. Por otro lado, Kimberly ya traía el radar encendido, y cada notificación nueva del celular de Buchango era como un golpe al hígado. Sabía que algo andaba mal, lo olía con su instinto de mujer. Así que armó su plan como quien va a poner un cuatro de novela: iba a investigar dónde trabajaba el animal éste; buscar si algún conocido chambeaba ahí, y cuando menos lo esperara… ¡sopas! Lo iba a cachar con las manos en las nalgas, que diga, en la masa.

Esta vez, no iba a llorar ni a gritar. Esta vez iba a tomar los consejos de la loba alfa: iba a facturar, metiéndole demanda por pensión alimenticia a Buchango. No había mucho que quitarle al pobre infeliz; si acaso su teléfono con la pantalla estrellada, su bocina que aún debía, y su cama individual que olía a orines, pero al menos iba a asegurarse de que en cada cheque, se le fuera la mitad del salario para su bendición.

El martes amaneció con la conciencia medio inquieta. En cuanto pisó la línea, ya traía los nervios al cien. No traía ni un maldito cigarro pa’ calmar la ansiedad, y pa’ colmo, ni un quinto pa’ comprarle el refresquito a Britany, ese que ella ya consideraba parte de su dieta.

Como buen maquiloco, Buchango se puso en modo sobrevivencia. A la primera oportunidad empezó a rastrear quién vendía cigarros, porque como bien sabemos, en las maquilas venden desde galletas, hasta lubricantes. Y todo en plena jornada, con o sin supervisión. El código no escrito: “Si no me cachan, no es ilegal”.

Al rato dio con un vato que vendía Marlboro, porque Buchango estaría jodido pero eso sí, él no fumaba cigarros corrientes; se sentía buchón fifí. No iba a rebajarse a fumarse un Pall Mall como la perrada. Le prometió al dealer de nicotina, que el viernes le caería con la lana, y con eso creyó que ya tenía su día resuelto.

Pero no, justo una hora antes de la comida, llegó Juan, a buscarle pleito.

—Buchango, venga por favor —le dijo con voz altanera.

—¿Qué pasó?

—Me dieron la queja de que lo ven paseándose mucho por las líneas, y que distrae a la gente.

—¿Y les ha faltado material o qué? —respondió Buchango con tono hostil.

—No, pero no es tu área. ¿Qué anda haciendo allá?

—Pues nada, cotorreando.

—Bájale, compa. Aquí no estás en el tianguis.

—Tampoco estamos en tu casa, güey —le soltó Buchango, calientito ya.

—Síguele jugando al vergas, y te me vas a ir de vacaciones sin goce de sueldo, pinche vatito respondón —ladró Juan, ya con los ojos en blanco del coraje.

Buchango se le quedó viendo, tragándose el coraje como si fuera garnacha fría. Juan se dio la media vuelta, todo empoderado, con su radio colgado al cinto y soltó por la frecuencia.

<<Ya le dije al pendejo que una más, y me lo voy a chingar>>.

Esa frase quedó rebotando en la cabeza de Buchango, como pista repetida de reguetón.

Sentía ardor de orgullo, envidia, rabia… todo junto. Ver a Juan tan gallito con su radio hacía que le hirviera la sangre. Él quería ese poder, ese porte mamón de dandy del Congo. Se imaginaba con su propio radio, diciendo frases chakas como <<cambio>>, <<fierro, pariente>>, y <<échale gas>>. Puro flow maquilero de alto nivel.

Decidió entonces volverse amigo de los otros materialistas, que eran de su misma raza. Gracias a ellos, se enteraba de dónde había hembras de nuevo ingreso. Cuando una llegaba, hacían desfile. Parecían buitres rodeando carnita fresca. Con eso, Buchango ya no necesitaba hacer rondines inútiles; solo iba donde le decían que valía la pena.

Pero cuando se sentaba frente a Britany, todo el fua se le bajaba. Ahí, su macho alfa se convertía en lobo domesticado. Ella era su debilidad, o su verduga, aún no quedaba claro.

Esa tarde, Britany llevaba el cuello otra vez cubierto con la famosa “quemadura”, pero esta vez se le notaba embarrado una plasta de pomada blanca.

—¿Y ahora qué te untaste, preciosa?

—Una pomada que me recomendó mi hermana. Dice que es milagrosa. Que en tres días ni se van a notar las quemadas.

—Órale… se ve cara esa madre.

—Pues sí, pero ya sabes que la belleza cuesta.

—Está bien, mi amor, tú cuídate ese cuellito hermoso.

Y ahí estaba, nuestro héroe sin capa, tragándose entero el choro mareador, porque lo que Britany traía no era medicina de alta gama, era pura Pomada de la Campana, embarrada como si fuera glaseado. Una capa gruesa nomás pa’ tapar el chupetón. Pero Buchango no sabía ni leer bien, menos iba a saber distinguir pomadas. Le decías “quemadura” y el güey se imaginaba que la morra se planchó el cuello con una tenaza. Nomas para que se den una idea.

Mientras tanto, Britany se dejaba hacer chupetones de su esposo, para luego andarlos ocultando en la maquila, pero claro, ella no podía quitárselos ni por error, porque eso levantaría sospechas en su marido. Así que los disimulaba con su “pomada mágica”, esperando que pasaran los tres días reglamentarios, para que las huellas del crimen pasional se desvanecieran.

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