Capítulo 39 / "La digna"


Capítulo anterior Aquí

No obstante, Buchango no sabía que Miguel era el padrino de una de las mafias más longevas y letales de toda maquila: las quinielas. El cabrón tenía más feria escondida que los de Nóminas en época de aguinaldo, pero ni un reloj Casio se le veía. Perfil bajo, barrio alto.

Buchango, como buen pinche inútil multitareas, decidió ayudar y de paso, aplicarse con las hembras del área, porque las de su línea ya eran puro Scrap (desechos). En el mundo maquilero, este término también aplica para las personas, aquellas que no son gratas ni siquiera de un “buenos días".

Mientras fingía cargar algo, vio que varios se acercaban a Miguel, y éste les daba algo rápido y discreto. “Este güey es dealer”, pensó Buchango, emocionado como cholo en festival de rap.

—Qué tranza, viejón. Fíeme un tostón, se lo pago el viernes— le susurró, mientras abría una caja disimuladamente.

Miguel se empezó a reír como si le hubieran contado que Televisa volvería a tener rating. Se carcajeó con gusto, con saña y con dolor de estómago.

—¿Qué dijiste, pinche chango? ¿Crees que vendo droga?

—¿Entonces qué vendes o qué?— preguntó Buchango, ya desconcertado porque no había ni churros, ni perico.

Miguel lo miró con esos ojos que te dicen “sé cosas que harían llorar a un narco”, y le soltó una advertencia digna de película de venganza.

—Mira, cabrón. Más te vale que no abras el hocico, porque yo aquí estoy más parado que el gerente. Si sueltas algo, te carga la verga.

Buchango, que ya había visto muchas series, pero cero realidades, se quedó tieso. Le dieron escalofríos, ganas de llorar y hasta se le quitó el hambre, y eso que no había desayunado. Miguel tenía esa vibra de tío alcohólico, que sobrevivió a siete divorcios y a un balazo.

Al ver la cara pálida del pobre Buchango, Miguel se rió de nuevo, pero ahora con más burla, con más veneno.

—Eres más sensible que mi ruca en sus días, pinche aborigen —dijo, mientras escupía al suelo como quien marca territorio.

Miguel era de esos cabrones de piel delgadita, pero lengua larga; el típico vato que te pica el culo con un palo, y se ofende si le regresas el palo. En pocas palabras: mucha caca, pero con papel delgado.

—No se pase de verga, Mike. Me sacó un pedote del susto —dijo Buchango, tocándose el pecho.

—Mira, ven acá, meco. Esto es lo que vendo: quinielas. ¿Sí las conocen en tu rancho, o solo vacas y primos? —soltó Miguel, enseñándole un papel que parecía boleto de rifa de kermés, pero con nombres de equipos de fútbol, en lugar de premios de sopa instantánea.

—Sí, Mike. En el otro jale por poco me la llevaba, pero me la ganó un gordo con camiseta del Chivas.

—Ya ves, güey. ¿Cuántas vas a querer? Valen veinte bolas. Me las pagas el viernes.

—Fierro, déme una en corto, viejón. Nomás pa’ calarme.

—¿Una? No, mijo, ¿a poco así le dices a las morras cuando les vas a culiar? “Nomás uno”… Los que se la llevan, compran dos o más. No seas tacaño.

—Fierro pues, yo le echo tres palos a mi vieja —presumió Buchango con el pecho inflado y el cuello de la camisa alzado. —Entonces deme tres, mi Mike.

—Si el viernes no me pagas, ni premio, ni quinielas y ni madres. En pocas palabras, te vas a ir a la verga por default.

—No se me agüite, viejón. El viernes le suelto la lana sin falla.

Buchango ya se sentía millonario, con la fe de los pobres y las ideas de los pendejos. Pensaba que iba a ganar la quiniela y con eso hacer otra peda, de esas que te dejan sin dignidad ni recuerdos. Cómo sabía que el Chofis era enfermo del fútbol, decidió que él sería su asesor técnico. Total, peor no podía quedar.

Acabó su jornada en otra línea, cargando más cajas que bodeguero de la central de abastos. Al salir, se acordó de su amada, pero algo faltaba. Sí, el detalle romántico: su amuleto de seducción, su pócima de amor: la Coca Cola Light. El pedo era que no traía ni un peso. Entonces activó su modo garrapata.

Se puso a mendigar entre la raza con la clásica mamada de: “nomás me faltan dos pesos pa’ un refresco”. Le valía madre si le conocían o no, él ya tenía su verbo más pulido que el vendehumos de Carlos Muñoz. Unos caían, otros no, pero en cuestión de minutos, juntó la feria y sacó el refresco para su amada.

Cuando Britany salió, Buchango se lo entregó con todo y cinismo, frente a todos los que acababa de atracar con su labia de infante deshidratado. Si los escritores de La Casa de Papel hubieran visto esa acción, habrían sabido cómo terminar la serie. Se fueron rumbo al camión de Britany, y para sorpresa de Buchango, la dama lo invitó a subir. Él, iluso, creyó que eso era señal de que ya le iban a dar las llaves del Castillo.

En el camión, mientras buscaban asiento, Buchango notó algo raro. Britany traía cara de “me descubrieron el secreto” y solo mostraba la mitad de la jeta.

—A ver, mija, ¿por qué no dejas que te dé un becerro en el cuello? —preguntó Buchango, con esa mezcla de morbo y sospecha.

—Es que me quemé con la plancha en la mañana, y me arde un chingo...

—Ajá, sí. ¿Y también te planchaste el cuello con un fierro redondo en forma de hocico? —refutó Buchango, alejándose como si le hubiera salido un herpes con patas.

—¡Ya ves! Tú nunca me crees nada. ¡Nunca confías en mí! —gritó Britany, sacando lágrimas de cebolla.

—Ya, mija, no grites, todos te están oyendo —murmuró Buchango bajando la cabeza, más por pena ajena que por culpa.

—¡Pues a la verga! Si no me quieres creer, es tu pedo. Ya no me hables, lárgate a tu camión, pinche infeliz desconfiado —remató Britany con un empujón digno de lucha libre.

Buchango se bajó del camión como alma que lleva el diablo, pero no por coraje, sino por la vergüenza de ser el protagonista de ese drama, gratis y para todos los pasajeros. No obstante, en su cabeza de cavernícola emocional, algo nomás no le cuadraba… ¿y si en verdad se había quemado? ¿Quizá exagere mucho?

Con eso en mente, llegó a su camión, se sentó con el Chofis y sacó las quinielas como quien saca el rosario. Mientras las llenaban, Buchango no paraba de lamentarse.

—¿Crees que la cagué, viejón? ¿Debería disculparme? —preguntó Buchango, con cara de cachorro pateado.

—No lo sé, mijo. Pero si esas nalguitas valen la pena, hágale como sea pa’ comérselas —respondió el Chofis con una sonrisa de sabio pervertido.

El camión arrancó, y Buchango subió el volumen al estéreo para escuchar su himno: un corrido tumbado, porque si algo define a un perdedor en crisis existencial, con fe en quinielas, es escuchar a un güey tatuado, cantar con autotune sobre culos, fierros y excesos.

Después de una odisea por las colonias más filosas de la ciudad, donde hasta los perros andan armados y las doñas venden tamales con fentanilo, y cuarenta minutos de cátedra filosófica del Chofis sobre cómo el reguetón es la evolución del pensamiento humano, Buchango por fin llegó a su cantón.

Se bajó del camión con el glamour de un indigente con swag; le dio el adiós al Chofis con ese código de barrio que no necesita palabras, y se metió directo a su cueva con una misión clara: arreglar el desmadre con Britany por mensajes, como todo macho emocionalmente inmaduro que se respeta. Porque claro: en su diccionario, “comunicación efectiva” viene en otro idioma.

Y fue así como Buchango, con el corazón en la mano y el IQ en el suelo, redactó la típica oración de penitencia que haría llorar a cualquier corrector ortográfico.

<<Ola preziosa Perdon x lo d ase rrato 😞 saves q t kiero 1 chingo ❤️ me dege kontrolar x los selos. No kiero star asi kontigo beibi 😭 llo t kiero solo pa mi No c si m entiendez>>. Pura poesía moderna de WhatsApp, con emojis sustituyendo los caracteres y las tildes.

Capítulo siguiente Aquí


"Síguenos en Facebook 👍"


💙Gracias por leer💙

Comentarios