Capítulo 42 / "Los detalles"

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—¡Viejón! Este viernes hay peda sí o sí —soltó Buchango, con la seriedad de un profeta anunciando el fin del mundo, pero con la urgencia de alguien que se tiró un pedo con premio.
—¡A su máquina! ¿Y ahora qué? ¿Te detectaron baja de testosterona o qué? —respondió el Chofis, mientras rebasaba un camión.
—Quiero llevarme a mi morrita, viejón. Ya necesito marcar territorio antes de que llegue otro vato y me la madrugue. Tú sabes cómo se mueven los chacales en la maquila.
—Pos va que va, pero no me salgas con que va a ser peda de pareja. Consígueme una morra también, que uno no vive de aire, y yo no estoy en huelga de carne.
—Fierro, nomás no te me rajes, viejón. En la maquila hay más nalguitas que producción. Le digo a mi morrita que invite a sus amigas, y si no jala ninguna, ya conoces la reserva.
—Ya estás, nomás dile que invite chidas, que no quiero acabar ligando con una gorda, ya conozco tus gustos, cabrón.
—¡Fierro, pariente! Me rifó el cantón. Ahí donde siempre se arma el after saliendo del jale los viernes. Nos metemos como ratas a la cocina: sin permiso y sin miedo.
—¡Ya estás! Yo le digo a mi vieja que se me madreó el camión y que lo llevé al taller. Total, ya está entrenada pa’ tragarse esos cuentos.
Y así, los dos especímenes siguieron planeando su épica peda, como si estuvieran organizando una cumbre internacional de desmadre y fornicación. Esta vez no sería sábado, sería viernes: noche sagrada, donde el pecado y la cheve fluyen más que el producto en la línea de producción.
Al llegar a su destino, apenas si pisó su humilde guarida con goteras en forma de Jesucristo, Buchango se lanzó directo al Facebook, como si se tratara de una misión militar. Buscó el nombre de la pollita con más hambre que un policía de tránsito en diciembre. Su perfil, como era esperarse, decía "Buchingon AK47", con foto de perfil en pose de galán de pueblo sin gente, y una bio que decía: “zi ztaz aki ez xke la enbidia t trajo”, y en su foto de portada, una imagen del Joker con una frase que nunca dijo.
Tenía su perfil repleto de puras morras guapas y bien tuneadas, de esas que solo lo agregaban pa’ que les diera likes, y las defendiera de otros vatos en los comentarios. A las que sí llegaba a ver en persona, no lo pelaban ni pa’ pedirle la hora. Ahí, según él, tenía todo su “ganado", aunque la verdad era más como tener vacas en Minecraft: mucha pantalla y cero leche.
Después de escarbar entre miles de damas con filtros y nombres raros, como "Tu Nayelli Tóxika" y “Flaquita 69”, la encontró. De inmediato le lanzó la solicitud con mensaje incluido:
<<Ola ermoxa 😘 soi Buchango el materialista d tu linia 😉 asecta>>
Una joya literaria que haría llorar a Pablo Neruda, pero de tristeza.
Pasaron las horas. El mensaje quedó más ignorado que el reglamento de seguridad de la empresa. La solicitud, en el limbo; ni visto ni corazón. Buchango intentó chatear con Britany pa’ desahogar su frustración, pero ella salió con la clásica de “ando trapeando y se me va el internet”.
Esa noche, ya como último consuelo, intentó buscar a su esposa Kimberly, pero ella se le fue a la yugular con la excusa más mata pasiones del mundo:
—Me duele la cabeza… no se puede hoy.
Y así, el héroe cayó abatido. Sin pollita, sin atención, sin acción, sin nada. Solo, con sus pensamientos calientes en un colchón frío. No obstante, Buchango era hombre de fe, y mañana... mañana era jueves. Día sagrado, día de pago, pero también de esperanzas.
Despertó más emocionado que un niño en navidad. Tenía planes para saldar sus deudas, aunque su estilo de vida repleto de lujos ficticios no se mantenía solo. Que si la camisa de marca, que si el perfume de imitación, que si los refrescos para la morra. El vato se endeudaba hasta con la señora de los dulces, para verse como reguetonero en quiebra, aunque tuviera más manchas en el buró de crédito que colchón de motel de paso.
Al llegar temprano a su hábitat natural (la maquiladora), Buchango se topó con una escena que le bajó la presión del coraje: Juan ya estaba ahí, tirándole verbo a la pollita, como quien echa carnada al río. Se notaba desde la otra planta que la estaba cortejando, con la ventaja sucia de ser su jefe.
La morra reía, sí, pero con esa risa forzada de "ji ji ji no me corras, por favor"; sabía que en la maquila es más peligroso un jefe ardido, que una prensa mal calibrada.
Pero la suerte se alinea para los tercos, y Juan, el rompecorazones con gafete rojo, se fue a colgar al Jordan del aro —o sea, a cagar—. Y ahí, mi gente, entró nuestro verdadero gallo: Buchango.
—Buenos días, mija —dijo Buchango con amabilidad de lobo, disfrazado de borrego.
—Hola, buen día —respondió la pollita, con esa voz entre cortés y fastidiada, como cuando te dan un volante en la calle.
—¿Cómo te fue ayer en la línea? ¿No estuvo pesado el día?
—Nah, la neta no. El trabajo es fácil.
—Ayer ya no te pude preguntar, por eso te mandé un mensajito por el Feis.
—¿Ah, sí? Ni en cuenta. Casi no me meto, mi marido me trae bien cortita.
Sintió cómo le pegó el comentario en lo más profundo de su pecho, donde guarda los audios de Grupo Frontera y las capturas de pantalla de memes que le mandan sus compas, pero tenía más labia que vergüenza, así que lanzó su primera carnada.
—Pues cómo no se va a poner celoso, con una plebita tan chula como tú.
—Ay, aja... ya me sé ese rollo. Te recuerdo que estoy casada —lanzó ella como quien dice “ni te emociones, güey”.
Buchango tragó saliva como si estuviera pasando un mazapán entero. Sabía que la batalla era dura, pero no imposible. Como buen profesional, se fue por la tangente.
—¿Ya habías trabajado en maquila antes?
—No, es mi primera vez. Solo entré porque queremos sacar otra casita.
—Al millón. Así se habla, puro pa’lante —dijo Buchango con voz de coach de motivación personal—. ¿Y tienes bendiciones?
—No, todavía no. Pero en eso andamos.
La plática no duró ni cinco minutos, pero Buchango ya traía más información que el lamehuevos de la línea. Gracias a las sabias enseñanzas del legendario tío Chuy, ya sabía por dónde meterle el diente a la pollita, pero no podía seguir jugándosela, porque si Juan lo cachaba otra vez en zona prohibida, esta vez sí le daban cuello, y sin liquidación. Así que se peló como cucaracha en cocina.
—Bueno, ahí nos wachamos, traigo un chingo de jale —dijo, haciendo la finta de hombre responsable—. Ahí estamos pa’ lo que se te ofrezca. —Sí, hasta luego.
Pero ojo, esta no era una morra cualquiera, no, señor. Esta no traía el chip tan corrompido. Aún no había sido infectada por los virus del ambiente tóxico maquilero, aunque no se descartaba que le empezaran a salir los síntomas pronto.
Después de seguirle al jale un par de horas —bueno, al menos hacerse pendejo sin que se notara tanto—, apareció el padrino. No traía incienso ni sotana, pero sí lo más sagrado: la tarjeta del banco y los cuatrocientos pesotes restantes de nuestro héroe.
—Oye, pariente, ¿tira paro con otros quinientos? Ya sabes, apenas me estoy acomodando, y pues hay que llenar el refri, aunque sea con pura Maruchan.
—Ya estás, pero regrésame tu tarjeta, pues.
—Fierro, viejón, toda tuya.
—Bueno, ya conoces la misa: nos vemos el próximo jueves —le dijo, firmando mentalmente el pacto.
Y así, Buchango volvió a estar endeudado con el padrino, el mismo que si un día cae, arrastra medio maquila con él.
No obstante, había algo más importante que el dinero: el viernes, papá. El día sagrado del “tiempo extra”... y del chupe.
Antes de irse a comer, ya le había encargado el perfume a la doña que vendía Jafra en la línea. Le soltó 100 pesitos como si no fueran nada. Pero el gusto no duró mucho: entre cigarros, la tanda, las quinielas y la cooperación para el pastel de la señora Lupita del tercer turno, ya nomás le quedaban 200.
Llegó la hora de la comida y como era de esperarse: ahí estaba Britany, toda emocionada como quinceañera en su vals.
—Hola, preciosa. ¿Cómo te ha ido? —inquirió Buchango, lanzando un besote en las trompas.
—Muy bien, mijo. ¿Y a ti?
—Al millón, plebe. Un chorro de jalecillo, pero nada que me mate.
—Te traje un regalito —dijo ella, sacando de su bolsa toda manchada de merma de durazno, un recipiente misterioso.
—Al millón, ¿Qué es?
—Carlota de limón. Lo hice anoche pensando en ti.
—¡No mames! Qué chulada. Yo también te tengo una sorpresa, pero al rato te la doy, mija.
—¿Neta? ¿Qué es? ¡Dime pues, no seas gacho!
—No mija, esperate, que acabo ya falta poco para salir.
Los dos comieron muy alegres. Ella porque se ahorró una lana, y él porque nunca en su perra vida había probado una carlota. Hasta eso, la Britany no cocinaba tan mal, ya desde los quince había tenido que aprender a punta de regaños de su ex, un vato que le doblaba la edad y el papá de su primer bendición.
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