Capítulo 43 / "La invitación"



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Salieron de la cafetería como tortolitos de rancho, echando risitas y agarraditas de la mano. Ya ni hacían el intento de disimular, su relación era más que obvia.

Y poco antes de llegar a la línea de Britany, ¡zas! Apareció un guardia con actitud de jefe frustrado, del departamento de cobranza de Coppel.

—Jóvenes, no pueden andar así tomados de la mano ni jugueteando. No es conducta apropiada para estas instalaciones —dijo el ruco, con seriedad mientras hojeaba su carpeta.

—¿Y por qué nomás a nosotros, viejón? ¡Todo mundo lo hace y a nadie le dicen nada! —saltó Buchango, alzando el pecho como gallo al que le pisan el orgullo.

—Ey, ey, calmado. ¿Cuáles son sus números de empleado? —dijo el guardia, desenfundando su pluma Bic con la destreza de un infame forajido.

—Nel, viejón, no te lo voy a dar —respondió Buchango, retador, cruzando los brazos.

El guardia, de medio metro con botas, y la panza de alguien que almuerza puro chicharrón con Coca, se llevó el radio a la boca:

—Siete siete, tenemos un diez cuatro en el pasillo cinco, cambio

—Dele seis, dele seis, cambio —respondió otra voz en el radio

—Copiado, cambio y fuera.

Britany, viendo que la cosa se estaba complicando, intervino con la única arma que le quedaba: su cara de “no rompo ni un plato".

—No sea así, oficial. Es la primera vez que nos llama la atención. No sabíamos que no se podía. No volverá a pasar —dijo guiñando el ojo, como si quisiera corromper al guardia con una pestaña postiza.

Y aunque no lo crean... funcionó.

Dato cultural innecesario: a los policías como a los guardias de seguridad, les encanta que les digan “oficial”. No es por respeto, es por ego. Échenles ese hueso y verán cómo hasta les abren la puerta del cielo, sin pedir identificación.

El guardia, con esa mirada de señor preocupado por el futuro de su dentadura, se acordó de sus tiempos de galán entre las operadoras.

—Está bien, jóvenes, quedará como una llamada de atención verbal, pero que sea la primera y última vez. La próxima les suelto el reporte con todo y acta de defunción.

El ruco aventó una carcajada, se alejó, y los tortolitos retomaron la plática.

—Pinches guardias pendejos, se creen policías los güeyes —bufó Buchango, con las cejas fruncidas y el orgullo raspado.

—Es su chamba, flaquito, pero la neta sí se pasó de lanza. Yo digo que no le dieron.

—¿A poco si no moja el camarón se pone así?

—Es un decir, mijo.

—Entonces yo debería andar emputado todo el tiempo.

—Ya lo sé, flaquito… yo también, desde hace años.

Ahí estaban, echando verbo como si supieran lo que es la abstinencia, pero en el fondo puro pedo. Ninguno de los dos traía calendario desde hace rato.

Se despidieron como pareja disfuncional en pasillo de tienda de segunda, y Buchango se enfiló hacia su área, cuando de pronto… ¡tómala! Que ve a la pollita entrando del break. En chinga alargó el paso, como si anduvieran regalando caguamas.

—¿Qué tranza, plebita? ¿Vienes de echarte un cigarrito?

—Si, hacía falta —dijo ella con ese tono seco que más bien escupe indiferencia.

—¿Arre pa’ un convivio mañana o qué? Van a ir varios de la línea, puro ambiente chingon.

—¿Dónde será? —respondió ella, mostrando interés.

—Antes de la salida te digo, plebe. Todavía andan viendo dónde se arma el desmadre.

—Está bien, lo pensaré.

—No te vas a arrepentir, mija. Las morras toman gratis.

—Ah, pues qué chido, mientras no sean cervezas de esas que saben a meados de burro, todo está bien —dijo, soltando una risilla que ya valía oro para el corazoncito necio de Buchango.

El único problema era que el muy güey todavía no tenía ni casa dónde armar la pachanga. Pero ni modo, ya había vendido humo, ahora tocaba prender el fuego.

Más tarde, en plena línea, Buchango se acercó al Paisa, que se encontraba cargando cajas como si fueran costales de cangrejos.

—¿Sí pistea, mi paisa?

—¡Qué pues, paisa! Todos los sábados me compro un seisito.

—Al millón, viejón, como debe ser. Deberíamos armar una peda.

—¡Jalo, mi Buchas! Esta puesta mi casa. Vivo solo, pa’ que se haga la pachanga, pue.

—¡Fierro! Yo llevo las morritas. ¿Y pa’ dónde vive?

—En Riveracru, cerquita del Soriana.

Buchango se quedó unos segundos con cara de “¿Dónde queda esa mamada?”, lo cual lo hacía el lugar perfecto: entre más lejos, menos gente lo reconocería.

—¿Entonces jalas pa’ mañana o qué, viejón?

—¡En caliente! Mi camión se va casi vacío. Ahí se pueden ir varios.

El Paisa, inocente como todo el solterón virgen de 40 años que era, no sabía que acababa de abrir la caja de Pandora: una fiesta estilo maquila, donde lo máximo es mojar la brocha y lo mínimo perder la dignidad.

Ya con casa asegurada, Buchango volvió con la pollita a soltarle las coordenadas:

—Qué onda, hermosa. Ya está, la fiesta será en Riveracruz, en esta dirección. Mañana nos vemos en el área de fumadores pa’ irnos al camión juntos.

—Ah, mira qué bien. Está cerca de mi casa.

—¿Entonces sí le vas a caer, plebita?

—Mañana te digo bien, tengo que arreglar unas cosillas.

Dos de tres: casa lista, pollita medio convencida. Solo faltaba asegurar la cereza en el pastel: Britany.

Y como el paisa no sabía guardar ni el número de su celular, el rumor se expandió más rápido que los piojos en una guardería.

Al llegar la hora de la salida, Buchango no perdió tiempo con Britany.

—Hola, preciosa. ¿Cómo te fue? —pregunto impaciente.

—Al cien, guapo. Hoy la línea paro muchas veces por fallas del sistema.

—Qué chingón, mija. Oye, va a haber cotorreo mañana saliendo, ¿le caemos?

—¿Está lejos? Ya ves que si no llego temprano, se me cae el cantón.

—No te agüites, plebe. Decimos que hubo tiempo extra y nos regresamos en Uber.

—Pues estaría bien. Así pasamos un rato juntos —respondió convencida.

—¿Puedes invitar a una amiga pa’ mi compa el Chofis? Si no puedes no hay pedo. Puedo invitar a mis primas.

—Sí, está bien, deja les digo para ver quién se apunta.

Después del faje con Britany —ese que más que pasión fue una sobada mal hecha entre dos hambrientos de afecto— nuestro héroe subió al camión, con una sonrisa que no cabía en su rostro. El Chofis lo recibió con un corrido tumbado a todo volumen, uno de esos que traen más autotune que talento.

—¡Están al cien las rolitas que me pasaste, mijo! —gritó el Chofis, sacando la cabeza por la ventana.

—¡Se escuchan perrotas, viejón! —gritó Buchango, mientras subía las escaleras, haciendo señas como si estuviera dirigiendo tráfico.

—¿Qué, mijo? ¿Ya conseguiste cantón pa’ la peda o qué?

—¡Simón, pariente! Hasta Riveracruz. Es el cantón de un compa medio piratón, pero sí se armó.

—¿Y las morritas, qué? ¿Sí jalaste culitos?

—Invité a una plebita nueva, bien buena. A mi morra, y ella se va a jalar a unas amigas, bien loquillas.

—¡A su perra madre! Tú muy bien, mi Buchas. Mañana, terminando el jale, me lanzo en verguiza. Nomás me mandas la ubicación.

—¡Fierro! En cuanto llegue a la casa, te la mando por Whats. Es que ya me quedé sin datos, ya sabes cómo jala esa madre.

Todo el camino a casa se lo aventaron cotorreando, echando madre y haciendo planes, como si fueran empresarios y no dos obreros con la quincena ya tronada.

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