Capítulo 47 / "Pelea de alfas"
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Buchango, en su papel de velocista olímpico, rompió su propio récord y llenó la taza de leche en el primer round, antes de que terminara el intro de la rola que sonaba.
Britany, mujerón de barrio bravo y estándares altos, no quedó satisfecha. Al escuchar el concierto de gemidos de la otra pareja, volteó y le soltó al Buchis una bomba, de esas que se convierten en leyendas.
—Oyes... ¿Y si armamos un cuarteto con aquellos?
—¿Quieres que te ponga en cuatro o qué, mija? Aguántame un rato, deja cargar la pila.
—No, menso... digo de que nos juntemos los cuatro a echar pasión —dijo Britany, mordiéndose el dedo índice seductoramente.
Buchango, que ya tenía esa fantasía guardada en la mochila desde hace años, casi llora de la emoción.
—¡Chofis! —gritó con una mezcla de nervios y esperanza.
—¿Qué pasó, güey? —respondió, con la voz entrecortada como si hubiera corrido un maratón.
—Vente pa' acá, viejón, traigo una propuesta vergas.
Y así, con la puerta bien trancada y la moral bien suelta, se armó el bailongo de cuatro. Britany ya estaba más pegada al Chofis que becerro en ubre, y Buchango, por más que quería, no levantaba vuelo. Le tocó ser porrista por unos veinte minutos, animando a su compa y rogándole a su instrumento que se pusiera serio.
Cuando por fin revivió al titán, se echó otro rapidín de dos minutos con la prima, rompiendo nuevamente su propio récord. Esa noche fue legendaria: hubo cifras históricas, récords personales, y dos muchachonas que acabaron más rellenas que piñatas el 30 de abril.
El único que terminó de pie, con la camisa desabrochada, el ego más inflado que el dólar, y la reata aún lista para dos chapuzones más, fue el Chofis. Se acomodó camisa, echó una mirada triunfadora al panorama y dijo con voz ganadora:
—¿Quieren una cheve?
¡Chingao! Ese cabrón es mi puto ídolo.
Britany, con un ojo viendo pa’l norte y el otro pa’l limbo, sacó fuerzas de no sé donde y jaló nuevamente al Chofis entre sus piernas, como quien agarra la última caguama helada.
—¿A dónde vas, chiquito? Házmelo otra vez —rugió Britany, mientras se movía como licuadora sin tapadera.
A Buchis le entró la temblorina mezclada con el síndrome del soldado raso que ya no trae balas, así que en lugar de seguir en la batalla, mejor aplicó la retirada estratégica.
—Yo voy por las cheves, regreso en corto —dijo abotonándose como podía la camisa, que ya parecía trapo viejo de cocina.
—Bien frías, carnalito —gritó el Chofis, que se encontraba sumergido entre las dos hembras.
Bajó del camión, buscando un cigarrillo en su mariconera, y al llegar al patio, se topó con el paisa haciendo su mejor interpretación de malacopa.
—¡Lárgate a la verga de mi casa, cabrón! ¡No andes volteando a ver a mi ruca! —gritaba a Juan, tambaleándose de un lado a otro.
Y como Buchango ya traía ese rencor guardado contra Juan, ni se detuvo a preguntar. Vio la escena y se aventó como perico encabronado: empujó a Juan y lo mandó directo al suelo, dándole una exfoliada gratuita con la tierra del patio. Su outfit terminó como trapo para limpiar zapatos.
Juan se levantó en chinga, humillado y con la mirada asesina de un vato que ya no tiene nada que perder, y se le fue encima a Buchango. La pelea entre los dos machos alfa por el dominio de la manada había comenzado.
Nuestro héroe, para pelear, era tan bueno como el buzón de quejas y sugerencias del jale. Buchango nunca había ganado una pelea, y esta no iba a ser la excepción. Juan, como si trajera glitch de Tekken, lo tumbó en segundos. Buchango se hizo bolita, implorando misericordia con lágrimas, mocos y baba incluidas.
Justo cuando el Chofis ya estaba a punto de lograr dos squirts simultáneos en las damas, alcanzó a escuchar entre la música y gemidos, el desmadre de afuera.
—¡Partéle su madre, Juan, ese güey me cae en los huevos! —gritó alguien entre la multitud.
El Chofis, que era más compa que la Cruz Roja en accidente, se sacó a Britany de encima como quien se arranca una cobija en verano, se subió los pantalones y salió corriendo a ver qué pedo.
Y ahí, en medio del polvadero, vio a su compa convertido en trapo humano, ya hasta sus Puma Ferrari se le habían desprendido de sus pies. Sin pensarlo, le aplicó a Juan el putazo del siglo. ¡Pum! Lo tumbó de un vergazo directo al hocico, haciendo que Juan se fuera al suelo como marrano en feria. Todavía le alcanzó a reventar un par de patadas en el culo antes de que la pollita interviniera.
—¡Ya déjalo, culero! Tu amigo fue el que empezó —gritó, abrazando a Juan.
Chofis, todo un héroe de rancho, ayudó a levantar al pobre de Buchango, que parecía haber salido de una pelea con un oso.
—¡Te vas a la verga, perro, no sabes con quién te metes! —gritó Buchango, como siempre, cuando ya lo habían desarmado por completo.
—Ya, güey, estás bien madreado, ya vámonos a la verga, ya le di su estate quieto.
Como en toda buena peda donde hay madrazos, la raza se dispersó como cucarachas con luz. Juan, todo golpeado pero aún digno, se subió a su carro para largarse con la pollita... pero ¡sorpresa, papá! La batería había desaparecido como la honestidad de un político.
Solo lanzó un gritó, pateó una llanta y pidió su Uber, con el orgullo herido, pero con su trofeo agarrado del brazo.
Nuestro Buchis, con la jeta hinchada como bolillo en vaporera y la camisa ensangrentada, estaba en el baño intentando lavarse la cara, como quien intenta revivir un cadáver con agua de la llave, cuando le sonó el celular. Era Kimberly, la patrona del hogar.
—Bueno —contestó Buchango con tono entre pedo y madreado.
—¿Dónde chingados andas? ¿Aún no acaba el tiempo extra o qué pedo? ¿Y esa música qué? —bramó Kimberly, como quien ya olió el pecado a kilómetros.
—Ya se acabó, flaca, nomás que venimos acá a la casa de un compa que cumplió años. Acabamos de llegar... en serio, ahorita caigo, no te agüites.
—No se oye como que acabas de llegar, ¿eh?
—Ya vas a empezar... siempre me juzgas —respondió Buchango, viéndose al espejo.
—¿Y por qué no contestaste las llamadas, pues?
—Es que aquí donde vive mi compa no hay señal.
Kimberly colgó sin decir ni madres, lo cual a Buchango le valió tres hectáreas de verga, y salió como si nada, como todo vato que se acostumbró a vivir con amenazas domésticas. Afuera lo esperaba Britany, ya cambiada y con una cara de satisfacción que Mia Khalifa envidiaría.
—Buchis, ¿qué te pasó, mi rey? —preguntó Britany, tocándole la cara toda estropajeada.
—No te preocupes, mija, ando chida, deberías ver cómo dejé al otro cabrón.
—¿Qué pasó o qué?
—El pendejo de Juan se puso de alzadito con el paisa, y pues tuve que saltarle por él.
—¡Ay no, qué pinche abusivo! Qué bueno que le partiste su madre, mi flaquito.
Lo cierto es que lo único partido fue su ceja, su dignidad y tal vez una costilla., pero ni modo, en la guerra y en la peda todo se vale.
Con la cara hecha menudo y los ojos como plátanos magullados, Buchango volvió a la escena del crimen, donde sólo quedaba el anfitrión, y la amiga de Britany. El resto de la fauna había huido con las cheves y el miedo a los madrazos.
Aún le quedaban $50 pesos a Buchango, pero recordó que el Paisa tenía feria guardada. Así que se le acercó como buitre.
—¿Qué onda, armamos la coperacha pa' unas clandes o qué, viejón?
—¡Ora, ora! De volada, chamaco —dijo con voz de borracho, sacando un billete de quinientos.
—Yo pongo cuatrocientos —dijo el Chofis, sacando generosamente los billetes.
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Jajajaja los mejores caps
ResponderEliminarBuena historia 👍🏻
ResponderEliminarExcelente giro de los hechos
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