Capítulo 50 / "Revelaciones"
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El papá de Kimberly nunca superó el trauma de que su hija mezclara su ADN con el de Buchango. Decía que eso no era mezclar razas, era contaminar el linaje, pero el amor por su hija podía más que su sentido común, así que abrazó el momento.
—¿Ya comieron? Si no, para irnos a echar algo. Nosotros invitamos.
—No, papá, es que ya no hay nada en la alacena ni en el refri.
Fue como si le hubieran metido un gancho al hígado a los abuelos. Bajaron la mirada y se voltearon a ver, con un silencio que decía “ni el perro se merece esto”.
—¿Y por qué el niño está comiendo esos mugreros? Le van a hacer daño —dijo la señora, entre encabronada y dolida.
—Yo sé, mamá, pero tenía hambre y es lo único que había —respondió Kimberly, tragándose el nudo en la garganta y bajando la mirada.
La mamá no aguantó. Se le reventó la represa de lágrimas y abrazó a su hija, como si la estuviera sacando de un campo de concentración.
—Perdóname, hija, por haberte soltado la mano cuando más me necesitabas. Esto se acabó, ¡vámonos ya!
El abuelo cargó a Natapluma con orgullo, como si lo hubiera rescatado de los escombros de un sismo, y subieron todo a la camioneta. El niño estaba tan feliz de subirse al vehículo, que hasta se le olvidó el hambre.
Mientras tanto, en otro plano de la realidad (muy alejado del sentido común), Buchango se encontraba friccionando su entrepierna contra la humanidad de su cuñada Rocío, en pleno perreo de emergencia, cuando de pronto, Rocío cambió el ritmo del juego.
—¿Podemos hablar a solas?
Buchango, creyendo que iba a recibir su premio al “perreador del año”, se la llevó a una obra negra, su típico motel de paso improvisado. Apenas se desabotonaba el pantalón, cuando Rocío le soltó la bomba:
—Esta semana se supone que me tenía que bajar y no me ha bajado. Estoy asustada, Buchango.
Nuestro héroe quedó en shock. No por responsabilidad, sino por pánico de tener otro Natapluma en puerta. Como buen irresponsable, nunca usaba protección porque “no se siente igual”, pero ahora el que no sentía nada era él, del susto.
—¿Y por qué me lo dices?
—Pues porque tú fuiste el último, tonto.
—Pero tú sabes que no fui el único... ¿no estuviste con otros güeyes antes que yo?
—¡Eres un pendejo! Tú fuiste el que no quiso usar condón.
—Si fuera por eso, ya tendría un chingo de hijos.
—Pues si estoy embarazada, te vas a tener que hacer cargo. Si no, le voy a decir a tu esposa.
—Pues házle como quieras, que al cabo ya me separé de ella.
Rocío se quedó pasmada. Un hijo con Buchango era el peor castigo que podría imaginar, y encima de eso, significaba un pedote familiar, porque Kevin —hermano de Buchango y ex de Rocío— no era exactamente un tipo tolerante.
Buchango le dio la espalda, como quien le da la espalda a una deuda en Mercado Pago, sabiendo que lo va a alcanzar tarde o temprano. Regresó al perreo sin pena ni gloria, mientras Rocío, con dignidad prestada, se retiró sin decir más. Ya no podía seguirle viendo la cara, sin que se le revolviera el alma… o el estómago.
Se dieron las tres de la mañana, y como era costumbre, el DT mandó a la verga a todos: "cada quién a su casa y Dios con todos", dijo, aunque ni Dios ni el Seguro Social se hacen cargo de esta raza. Buchango, que ya iba viendo doble y tambaleándose como poste flojo en huracán, se fue a su casa más por inercia que por conciencia.
Al llegar a la casa, su madre lo recibió con un discurso digno de un capítulo de la Rosa de Guadalupe, pero Buchango solo escuchaba un zumbido molesto entre su cruda y su desesperación por abrazar su mugrosa cama. Se dejó caer como costal de papas y ahí quedó, babeando en posición fetal.
A la una de la tarde del domingo, el sol le perforó las córneas y el dolor de cabeza lo hizo ver estrellitas. Apenas entreabrió los ojos y vio una silueta junto a la ventana.
—Vamos por unas carnitas, amor, tengo un chingo de hambre —murmuró Buchango, creyendo que Kimberly aún seguía allí.
No obstante, esa silueta poco a poco fue cobrando forma, hasta transfigurarse en su madre, quien lo fulminaba con la mirada desde lo alto.
—¡Ya levantate, cabrón! —gritó como si estuviera exorcizando demonios.
—Ya le di la tarjeta de los bonos, ¿ahora qué quiere, má? —rezongó Buchango, abrazando su almohada con aroma a cebada fermentada.
—¡Que te levantes a ver lo que hizo tu puta vieja! —le gritó, mientras le arrancaba la sobrecama como quien le quita el fuero a un político.
Medio zombie y descalzo, Buchango siguió a su madre. Al llegar al cuarto:
—¿Ya viste?
—¿Qué?
—¡Se llevó la televisión que acababa de sacar en Coppel, la hija de su chingada madre!
Buchango cayó sentado, palideció como factura vencida y corrió a su cuarto. Al no ver su bocina, casi le da un infarto. Aún la debía. Se quedó ahí, viendo el hueco, hasta que la voz de su madre lo sacó de su viaje.
—¡Llámale a esa culera y dile que te la devuelva, si no le voy a echar la patrulla!
El muy artista fingió marcar, porque ni saldo traía.
—No me contesta jefa, presteme su cel para marcarle de otro numero a ver si así si contesta.
Su madre, que estaba más encabritada que militante político sin despensa, asedio, aventándole su celular.
—¿Bueno? —contestó Kimberly, confundida.
—¿Dónde vergas andas? Te pasaste de verga, pinche vieja ratera, devuélvenos nuestras cosas.
—¿De qué me hablas Buchango? ¿Estás drogado?.
—Házte pendeja. La bocina y la tele que te llevaste.
—Ay, yo no sé. Yo no me las traje, te lo juro. Solo me llevé mis cosas y las del niño. Tu mamá no estaba.
—Más te vale que me las entregues, si no te vas a arrepentir.
—¿Me estás amenazando? Porque tengo los huevos para demandarte.
—Ya te dije —respondió Buchango, apretando los dientes del coraje.
—Pregúntale a tus vecinos, estaban tomando afuera cuando salí, a lo mejor ellos vieron algo, bye.
Ahí se le frunció el calzón, porque si alguien podía ser más rata que él, eran esos vecinos. Eran con los que se juntaba de niño, solo que ya eran los narcomenudistas del barrio, los responsables de que su hermano Kevin estuviera en la cárcel.
Aun así, cruzó la calle con más valor que inteligencia y tocó.
—¿Qué quieres? —le soltó un malandro pelón y bigotón al abrir.
—Oye, viejón, ¿no viste a alguien salir de mi canton con una tele y una bocina?
—¿Y tú quién chingados eres? ¿Y por qué hablas con esos huevos, pendejo?
—Vivo enfrente, soy el carnal de Kevin.
—¡¿Kevin es tu hermano?! Ah, con razón tan pendejo saliste. No vi nada, homs.
Antes de que Buchango pudiera articular otra palabra, le azotaron la puerta en la cara como a testigo de Jehová.
Derrotado y humillado, regresó a su casa. Le dijo a su mamá que él pagaría la deuda, aunque no sabía ni cómo iba a conseguir para el camión mañana.
El resto del día lo pasó como todo macho en crisis: en el celular, publicando indirectas de ardido, y mandando mensajes a sus amigas de Facebook a ver quién picaba. Nadie picó, obvio.
Así terminó el glorioso fin de semana de nuestro héroe: crudo, estafado, sin bocina, sin tele y sin dignidad, pero no se preocupen, porque una nueva semana llena de drama, excusas y desmadre apenas estaba por comenzar.
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