Capítulo 51 / "El fénix mallugado"
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El lunes arrancó con todo el power de siempre: crudas existenciales, hígados inflamados y la motivación de un velador sin jefes. Todos bien prendidos por empezar la semana... ¡nel pastel! Puro pedo. Nadie quiere arrancar la semana, menos los obreros traumados con la vida. Después de un fin de semana de excesos, pleitos y decisiones cuestionables, sonó la alarma en el celular de Buchango, uno de esos que nomás traen los que deben hasta la camisa en Coppel. La pantalla estrellada parecía espejo de su vida: rota, pero funcionando a medias.
Tenía que ir al jale, pero traía la cara toda tallada por la madriza con el Juan. Parecía que lo habían metido a una licuadora sin tapa. No quería que lo vieran así, como todo un derrotado sin defensa. Orgullo tenía, aunque no le quedara nada más. Le mandó un mensaje al supervisor, aplicando la clásica:
<<Buen dia inje, no boy a poder ir al jale xq mi jefita c puzo mala y la boy a yebar al dotor>>
Lo escribió con una mano y con la otra se embarraba media pomada en la cara. Después se encasquetó dos hielos envueltos en calcetines, se tapó con la cobija de los Tigres campeones 2015 y se volvió a dormir con una paz de delincuente impune.
Mientras tanto, en la maquila, el Juan andaba como loro en ácido contando la historia de cómo había trapeado el piso con la cara de Buchango. El vato se creía Rocky de Tepito.
Ya se habían pasado las "dos horitas más" y Buchango despertó por culpa de unas notificaciones escandalosas: llamada perdida del Chófis y mensaje de la ya oficial, la Britany.
<<K paso Flakito? xq no biniste a trabajar? 😢>>
<<Es q mi jefita c puzo mal y tube q yebar al dotor>>
<<Le ubieras dicho a la inutil de tu vieja q la yebara 🤬 pinche bieja inutil x su kulpa no t boy a ver hoy 😭>>
<<pero no tenia d otra 😢 ya me cepare de esa vieja akuerdate 😡>>
<<Es sierto c m avia olvidado 🥰 Lo bueno es q aora podemos pazar + tiempo juntos 😍>>
<<🥰🥵 Al miyon mija ste viernes ay q darle kon todo>>
<<Ya dijiste e 🤗 despues no kiero q salgas kon q ya volviste kon esa pinche vieja 👊💪>>
<<Q puez mija 😉 Chankla q tiro ya no vuelvo a rekojer 😉>>
Todo marchaba perfecto hasta que se asomó su mamá con su cara de fiera en celo:
—¿Y tú qué, pinche bueno pa’nada? ¿No fuiste al jale o qué chingados?
—No, jefa... ando bien madreado, pedí permiso.
—¡Ah, qué la chingada! Ya bájale a tus pinches pedas, que me debes mi tele y no me haces ni un abono, pinche parásito.
—No se preocupe por la feria, jefa... si se la voy a juntar .
—Tienes dos semanas antes de que empiece mi novela, si no me la traes te largas a chingar a tu madre, ¿me oíste?
El alma se le salió del cuerpo un segundo. Esa tele era más cara que sus sueños. Y ni de chiste podía sacar un préstamo, ya lo tenían más boletinado que el Juan en Recursos Humanos.
Así que se levantó todo madreado, se mojó la cara con agua de la llave (la que nunca sale fría), y se fue al jale como si nada, como todo un mártir del tercer mundo. Se subió al camión, se sentó junto a una señora con olor a Vick VapoRub y jabón Rosa Venus, y se dejó llevar por el camino polvoriento de regreso al infierno.
Al llegar a la maquila notó que la gente lo miraba raro. Él, muy en su viaje, pensó: “a huevo, les gustó mi outfit mamalón”, aunque en realidad traía la jeta como mango caído. Ya en su línea, lo recibió el Paisa.
—¿Qué onda, Buchas, cómo te fue el fin?
—Un desmadre, compa, pero aquí andamos vivos... má o meno.
—Yo me amanecí con la Mayra, paisa. Puro cochambre toda la noche. Ya ando pensando en armar el rancho.
—Piénsalo bien, viejón. Juntarse es como meterse al SAT: puro dolor y sin salida.
—Ya es tiempo, paisa. La Mayra ya trae tres bendiciones, así ya no batallo.
—Ni todo el amor ni toda la nómina, primo. Aguas con las rucas trepadoras, yo ya estuve ahí.
—Oye, por cierto, ¿no viste quién se metió a mi cuarto? Me falta lana.
—¿Yo? No, ni idea. A lo mejor fue el Juan, ese güey trae cara de ratero.
—Pues chance, pero lo que sí sé es que el Juan anda diciendo que te tundió sabroso el viernes.
Buchango se estiró el cuello como gallo de pelea:
—Nel, yo fui el que le metió la zarandeada. Nomás que ese bato es bien hocicón. A ver si no me lo topo otra vez y le cierro el hocico, a la verga.
Y aunque todos sabían que Juan lo había dejado como piñata de posada, Buchango iba por los pasillos como si él fuera el campeón de la UFC.
A la hora de la comida, llegó lo más esperado: el momentazo con Britany. La encontró toda quemada del cuello, otra vez por plancharse el cabello como si viviera en Tik Tok.
—¿Otra vez, mija? ya ponte collarín.
—Soy una mensa, ya sé, me voy a meter a un curso — dijo, sonriendo como si no la hubieran parido en la colonia Azteca.
Se sentaron a comer los tacos guisados más sospechosos del comedor, y entre cucharada y cucharada, vino la declaración de amor:
—Ya eres 100% mío, ¿verdad?
—Desde el sábado, ya mandé a la vieja a la chingada. Le dije: ¡hasta aquí!
—¿Y no se puso al pedo?
—Pues sí, pero le dije que si sigue chingando no le voy a dar ni para pañales.
—Ni modo, se lo buscó. Yo sí te valoro, Buchis.
—Y yo a ti, mi amor.
—Ya nomás falta que deje al imbécil de mi marido.
—Pues ya déjalo, te vas a vivir conmigo, te llevas a tus bendis.
Britany le dio un largo trago a su vaso con agua, respiró hondo, y contestó:
—Es que está cabrón, Buchis. Son dos niños y no se van a acostumbrar... Además, mi vato me da chance de andar de cabrona, ¿tú crees que voy a dejar esa libertad?
Y Buchango, como todo un romántico de rancho, solo bajó la mirada y suspiró. Ni modo... El amor también duele. Pero mientras haya sexo y frijoles, todo se sobrevive.
El resto del día Buchango se la pasó como todo macho herido: exagerando su versión de los hechos como si fuera testigo de Jehová en modo defensa propia. Iba por toda la maquila sembrando su semillita de duda, aventando indirectas pasivo-agresivas.
Al final de la jornada, el camión lo esperaba como siempre: lleno de almas desechas, tuppers vacíos y esa sensación de derrota colectiva que solo el turno completo puede ofrecer.
Ahí, sentadito tras el volante, lo esperaba el Chofis y su banquito VIP junto al motor quema pantorrillas, ese compa que parece que nació escuchando al Babo y desayunando maruchan con salsa Valentina.
—Qué tranza, viejón —saludó Buchango, dejando caer el cuerpo como costal de papas.
—Qué tranza, pá, ¿cómo te fue en el jale?
—Tranqui viejón... lo de siempre: pura chingota.
—Ah, qué bien, mi Buchis. ¿Y qué dicen las morritas?
—Andan dos-tres queriendo que arme otra peda. Ya se están peleando el boleto VIP en el “Chico malo”.
—Es todo, pá, me invitas eh. Por cierto... ¿no te dijo nada el jefe de grupo?
—Nel, pariente. El perro nomás bajaba la mirada. Le serví de lección al hocicón, ya aprendió a no andar ladrando.
—¡Ese bato no traía nada! Puro chisme y poses.
—Nomás porque me tropecé con una silla, si no lo dejó sin quincena ni dientes al pendejo.
—Ya sé, mijo. Y lo bueno que llegué yo a tirarte esquina, si no te iba a dejar como piñata.
—Gracias, viejón. Hoy por mí, mañana tú te caes y yo te levanto. Y así se fueron, echando el chal todo el camino como si el camión fuera su podcast de barrio. Lo peor: le bajaron a la música (la del chofer que siempre pone puro Komander) para poder seguir platicando, y todos los pasajeros, ya resignados, tragaban gordas sus desgracias con sonido ambiente de “piñaventuras” buchangueras.
Dato cultural innecesario: Hay raza que trae audífonos puestos aunque no estén reproduciendo nada. Lo hacen para minimizar el ruido externo, y no escuchar las pendejadas que hablan los otros pasajeros.
Ya en su casa, cenado, bañado, y roncando como pug con bronquitis, decidió revisar el celular. Descubrió que la Kimberly lo había bloqueado, como buena mamá enojada y tóxica. Sin embargo, eso no lo detuvo: le escribió como si nada.
<<Komo sta mijo? 👀 Kuando lo trais pa verlo?>>
Así terminó el lunes para nuestro héroe: capeando su derrota a punta de labia, metiéndole diálogo barato a la Britany y preparándose mentalmente para otro día de sobrevivencia emocional.
Y como toda historia de sobrevivencia obrera, el martes llegó sin misericordia. Sin plan, sin dinero y con el alma a medio cocer. Pero como dice el dicho: "al hambre no se le gana con excusas", así que platicando con el Paisa en la hora del lonche, se le iluminó el cerebro... tantito.
—Yo compré el carro con el Fonacot —dijo el Paisa, inflando el pecho como si trajera un Tesla, aunque su troca aventaba humo como locomotora.
—¿Neta, viejón? ¿Y no te chingaron con los intereses?
—No paisa, y de volada lo tramitas, solo un año trabajando, y ya.
—Ah, perro...
Y ahí fue cuando a Buchango se le prendió el foco, de esos que parpadean con corriente robada. Resulta que ya había cumplido el año en la maquila anterior antes de que lo corrieran por “conducta inapropiada con recursos materiales”. Así que técnicamente, calificaba para el crédito.
Sin pensarlo dos veces, dejó al Paisa echándose su tercer taco de huevo verde y se fue como depredador a buscar a la Pollita, esa hembra del maquilón que traía el mito de haber salido con Juan. Quería confirmarlo con sus propios oídos de cornudo prematuro.
—Hola, ¿cómo estás, preciosa?.
—Bien —respondió ella.
—¿Y cómo te la pasaste el viernes? Se puso bueno, ¿no?
—Estaba chido... hasta que se empezaron a agarrar a madrazos.
—Eso pasa en todas las pedas, luego te acostumbras plebe. El drama le da sabor.
—Pues ya pasó... ya qué.
—¿Y cómo te fuiste a tu cantón?
—Juan me iba a llevar, pero unos pinches lacras le robaron la pila del carro. Así que pedimos un Uber... y nos fuimos a un motel a pasar el rato.
¡Toma la cachetada de realidad, Buchango! Sintió cómo se le encogía el corazón, el orgullo y hasta los huevillos. Juan se había comido a la Pollita mientras él dormía con hielo en la cara y mentiras en el alma.
—Qué suerte tienen los pendejos —dijo mirando al suelo, masticando su dolor como chicle sin sabor.
—Ni tanta, es el jefe de todos los que estábamos ahí —soltó ella, como quien aplasta una cucaracha.
Buchango, todo erguido de ardor, subió la voz:
—Pues claro, ¡si es un lamehuevos! Si no fuera por eso, ni para chalán sirve ese cabrón.
Pero no se dio cuenta que Juan estaba justo detrás de él. Con mirada de villano de película, tronó los dedos:
—A ver, ahora dímelo a la cara si tienes huevos, hijo de tu perra madre.
Buchango sintió un calambre en la espalda baja. Pero ya estaba ahí, en la línea de fuego, rodeado de testigos, y con su dignidad colgando de un hilo de tortilla fría.
Volteó, apretó los puños, sacó el pecho como gallo desplumado, y escupió:
—Yo solo digo lo que es. Si no te gusta, ya sabes... cuando quieras nos damos en la madre otra vez.
La Pollita soltó una risita de esas que te humillan con eco. Y Juan, burlón, le siguió el juego.
Buchango no sabía si le temblaban las piernas del miedo o del coraje, pero una cosa era segura: el orgullo es gratis, aunque el hospital salga caro.
—No mames, qué risa me das —escupió Juan con una sonrisa de villano de secundaría técnica—. Si no fuera por tu compita, ahorita estarías comiendo por popote, pendejo. Cuídate, que si te me atraviesas otra vez, te voy a dejar más torcido que un Cheto.
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