Capítulo 52 / "Sorpresa"
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Y fue entonces cuando Buchango, todavía caliente y con el orgullo hecho cenizas, contestó como todo macho que ya no tiene nada que perder:
—No sabes con quién te metes, perro... te va a cargar la verga.
¡Boom! ¡Tensión! Las miradas se clavaron como picahielos. Medio turno ya se había dado cuenta del desmadrito, y entre el olor a solvente y estrés laboral, se mascaba el ambiente de madriza nivel Godzilla contra Kong.
Pero fue entonces cuando la Pollita, con ese aire de superioridad que tienen las rucas que saben que traen de pleito a medio taller, se metió entre los dos gallos:
—Ya, Juan... no le hagas caso. Todos sabemos lo que pasó ese día. No te rebajes al nivel de este pobre gato.
—Ya sé —dijo Juan entre dientes—, pero este pendejo me cae en la punta de la verga por hablador.
—A todos nos cae mal, no te preocupes. Tíralo al león, como el cascajo que es.
Juan se calmó, pero no sin antes tirar una amenaza con sabor a citatorio:
—No te quiero ver platicando con la raza de la línea, es la última vez que te lo digo. Una más y te llevo a personal, culero.
Buchango, con esa valentía tóxica que nomás sale cuando uno está ardido hasta los huesos, le dio la espalda y soltó:
—Vámonos pues, a la verga.
Y así, Buchango se retiró, rugiendo por dentro como lobo celoso, vomitando resentimiento y envidia. Pero como todo vato ardido y ardilla, inmediatamente inventó su versión pirata del conflicto:
—No aguantó la presión. Me tuvo miedo el puto —le decía a cualquiera que lo escuchara, inflando el pecho como si fuera el campeón del barrio, cuando en realidad se le seguían doblando las patas.
A la hora de la comida, Buchango estaba como si nada: sonriendo, echando pestes con Britany, haciendo como que su ego no venía hecho trizas. Pero el universo no olvida. Y fue ahí, justo cuando se tragaba el primer bocado de enchiladas tiesas, que entró el karma vestido de nuevo ingreso.
Y sí. Ahí venía Kimberly, su ex, su cruz, su tormenta hormonal con nombre de telenovela. Radiante, peinada, y bien risueña con un nuevo espécimen que traía cara de chofer de Uber con buen sueldo.
Buchango se paralizó. La mirada se le congeló como Windows XP y el alma se le hizo bolita. Ella lo miró directo... y le sonrió con el veneno de una víbora bien alimentada. Luego, rio con el otro tipo, acariciándole el brazo como si fuera parte del teatro.
Britany lo notó inmediatamente. Porque las morras sienten el cambio de clima emocional como si trajeran radar militar.
—¿Qué te pasa? Se te borró la sonrisa —le dijo, arqueando una ceja como cuchilla de rastrillo.
—No es nada... son las broncas que ya te conté.
—¿Quién es esa pinche vieja? ¿Por qué te quedó viendo así?
—¿Cuál? ¿Vieja? ¿Quién? No, no... yo ni la vi —dijo Buchango tartamudeando como alumno que no hizo la tarea.
Britany no compró ni medio segundo de esa mentira. Su mirada de escáner de rayos X lo dejó expuesto como lonche sin topper. La comida terminó en silencio, y Buchango quedó lleno... pero de preguntas y ansiedad.
“¿Qué vergas hace esta vieja aquí?” —se preguntaba mientras le temblaba la pierna como licuadora descompuesta.
Ya en el camión, con el corazón hecho puré, le contó el chisme al Chófis:
—Y luego que me voy topando con mi ex, viejón. Entró a trabajar aquí la culera.
—¡A no mames, pá! ¿Neta? ¿Y luego qué? ¿Qué te dijo? ¿Se te cuadró o qué pedo?
—No, ni me habló... pero en cuanto la tope, la voy a mandar a la verga. Aquí no cabemos los dos.
—Te ha de querer dar celos, mijo. Quiere ver qué calibre de vieja agarraste después de ella, pá.
—Pues sea lo que sea, viejón, que no se me cruce, porque la sacó de aquí por las malas.
Y mientras echaban chisme, el camión seguía avanzando entre baches, música del Bukis y el eterno olor a axila obrera. hasta que llegaron al destino de nuestro héroe. Y como de costumbre, aquel día terminó con Buchango holgazaneando en su casa
Miércoles… Buchango amaneció con el hocico torcido del coraje. Se juró frente al espejo del baño (que estaba quebrado) que ese día iba a encarar a Kimberly y mandarla de regreso por donde entró. Así que al llegar a la maquila, espero impacientemente a verla pasar. Y así pasó; la vio bajando del camión toda greñuda, medio dormida, bostezando como si no tuviera idea de lo que venía.
Dato cultural innecesario: Los asientos del transporte obrero tienen poderes mágicos: ahí uno duerme mejor que en cualquier lugar o colchón.
—¿Y tú qué haces aquí? —ladró Buchango con tono de cobrador de Coppel.
—Lo mismo que tú… trabajando —respondió Kimberly con sonrisa de diabla empoderada.
—¿No que mucha feria y no sé qué? ¿No que estabas bien a gusto sin mí?
—Sí, pero no quiero ser mantenida. Alguien tiene que tener los huevos para criar a tu hijo.
—¡Yo tengo más huevos que Bachoco, mija! Pero qué casualidad que venías a caer aquí, ¿no había más maquilas o qué vergas?
—No sabía que trabajabas aquí. Y no tengo porqué darte explicaciones. Ya no somos nada, recuérdalo.
Buchango estaba al borde de la embolia emocional. Nunca le había hablado así esa mujer.
—Nomás no vengas a cagar el palo. Ya estoy saliendo con una morrita, y no quiero tus pinches escenas.
—¿Esa vieja gorda? Ni me preocupa. Aquí sobran vatos... hasta ingenieros sí quiero.
—¡Estará llenita, pero es más alivianada que tú! Y sí sabe cocinar, no como otras.
—¿Y si es tan buena por qué no te juntas con ella? Capaz tiene tres hijos de diferentes güeyes o está casada.
—Lo que tenga me vale verga. Yo la quiero con todo y becerros.
—Pues ojalá duren. Si una vieja celulítica consigue novio, yo podría conseguirme a un gerente.
—Ya te dije, culera... si te metes entre nosotros te va a cargar la verga.
Y se fue directo a los casilleros, rojo del coraje, tan enojado que hasta se le olvidó la llave dentro. Entre los testigos, estaba la Sandy, amiga chismosa de Britany, que ya estaba tomando fotos como paparazzi de revista de espectáculos de maquila.
A la hora de la comida, Britany ya lo esperaba con cara de enjundia. Sus gestos eran los de una mujer que ya olió el veneno a kilómetros de distancia.
—Hola, mi amor... ¿Qué tal tu día? —dijo Buchango forzando la sonrisa, como queriendo actuar normal después de atropellar a alguien.
Britany no respondió. Solo torció los ojos como muñeca satánica, y dejó el tenedor como quien suelta una pistola en plena cena.
—¿Estás enojada o qué?
Britany emputadisima hizo cara de “o me dices la neta, o te entierro el tenedor en el pescuezo”. Soltó el tenedor como si le hubiera dado asco el plato y volteó a ver a Buchango con una jeta de perro rabioso, de esos que ya ni ladran, nomás gruñen.
—¿Cómo chingados no voy a estar encabronada, pinche perro pirujo? —soltó Britany en voz de megáfono, atrayendo miradas, como si la rifa de diciembre se hubiera adelantado.
—¡Ah, cabrón! ¿Y ahora qué pedo? —dijo Buchango con su carita de “yo no fui”, como niño que esconde el calzón cagado.
—No te hagas pendejo, tú sabes por qué.
—Neta que no sé, te lo juro por san juditas —respondió Buchango, ya viéndose medio arrinconado.
—¡Hazte güey, pinche infiel! Ya te traigo bien checado.
Britany, toda temblorosa del coraje, sacó su celular y le aventó en la cara una foto. La clásica: él, bien empinado, en plena discusión con Kimberly, esa ex que nomás de verla te pica el hígado.
—¿Y quién verga es esa pinche vieja zamba? —escupió Britany mientras le restregaba el teléfono en la nariz.
Buchango tragó saliva como si fuera un bolillo seco. La raza ya estaba volteando a ver, oliendo el mitote desde sus mesas.
—A ver, deja te explico… no te dije nada porque ya sé cómo te pones —intentó justificarse, sudando frío.
—¿Y cómo verga quieres que me ponga, animal? ¿Quieres que te aplauda o qué? —tronó Britany.
—Es la mamá de mi morro...
—¿Y qué chingados hace aquí? ¿Y tú qué chingados haces con ella?
—Pues pa’ eso fui, pa’ correrla, pa’ decirle que ni se le ocurra acercarse…
—Pues más le vale, porque aquí no cabemos las dos.
—Pues al parecer no se quiere ir.
—¿Ah no? ¡Ah pues ahorita vas a ver, pinche arrastrada hija de la chingada! —gruñó Britany, con medio bolillo aún en el hocico.
Y justo en ese instante entra Kimberly, toda emperifollada, pestañas tipo escoba, labios de muñeca inflable y unos leggings tan apretados que parecía que se los habían pintado con brocha. Caminaba como si el suelo fuera pasarela de París, mientras los vatos la escaneaban con el hocico abierto.
Britany, que ya traía el demonio adentro, soltó la pedrada en voz alta cuando la fulana pasó cerca:
—Mira nomás, justo cuando estábamos hablando de pirujas…
Kimberly alcanzó a cachar el madrazo, pero en vez de ofenderse, se puso a tirar rostro entre los machos, como si estuviera en casting de "Enamorándonos".
Buchango nomás quería meterse debajo de la mesa, cambiar de tema o que cayera un meteorito. Pero Britany seguía cazando miradas, esperando que la Kimberly le devolviera una para aventarse como leona.
Acabando la comida, Britany se levantó con un contoneo exagerado, como si tuviera un resorte en el fundillo. Le tiró cara a Kimberly mientras Buchango caminaba atrás cargando dos sandías imaginarias, una en cada brazo, como macho que finge que no lo mandan.
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