Capítulo 62 / "La mensajera"
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La primera que lo vio fue Britany, que se agachó al cruzar miradas, mientras comía con Miguel, quien solo soltó una risa burlona.
Buchango sintió las miradas de todos encima.
Llegó a la barra, y hasta los trabajadores con el olfato atrofiado pudieron oler su perfume.
—¿Qué le sirvo, joven? —preguntó el de la barra con cara de pocos amigos.
—Que tal, plebe. Sírvame guisado grande y arroz mediano —dijo Buchango, con toda la actitud.
El de la barra sirvió la comida como si fuera prisionero, aventándola al plato con odio, igual que en asilo comunitario.
—¿Le pongo frijoles? —preguntó el barrista, como obligado.
—No, viejón, no como esas madres en mi casa, menos aquí —respondió Buchango, haciendo el feo.
Tomó su plato y se fue a una mesa al lado de las máquinas de bebida, listo para seguir armando su show.
Ese pinche punto estratégico era el epicentro de la maquila, pa’ que el 90% de los compas lo vieran y olieran. Era el único lugar donde podían agarrar sus líquidos tóxicos en la cafetería.
Justo a la mesa de al lado andaban Kimberly y su novio, murmurando sus pinches cosas raras y riéndose como pendejos. Buchango sacó su cel, activó la llamada falsa y empezó a contestar en voz alta:
—¿Qué tranza, pariente? Aquí en la chamba, rifándola al millón. ¿Y qué rollo? ¿Ya arreglaste lo que te encargué? Pero ojo, que no se haga pedo, esos jales son delicados y si se tuercen, nos va a cargar la verga; no te me rajes y avísame cuando lo cruces— decía Buchango bien alto, pa’ que Kimberly y su novio se enteraran de lo cabrón era.
Los dos nomás se voltearon a ver y se rieron con cara de “qué pendejo”. Buchango siguió con su teatro, escribiendo mensajitos falsos, y justo ahí llegó el guardia de seguridad, bien pinche serio, pa’ decirle:
—Joven, aquí no puede usar gorra ni lentes.
—Ah, no sabía, jefe— dijo Buchango quitándose los lentes y la gorra, en chinga.
—No que muy vergas— gritó alguien desde la mesa de Kimberly.
Buchango volteó con cara de pocos amigos y vio al mamado que se burlaba mientras abrazaba a Kimberly. Sabía que ese cabrón había sido, pero ni madres se le iba a aventar sin la presencia del Chófis. Él quería que pensaran que estaba bien sin esas rucas, que ya ni le importaban. Se aventó un par de bocados, agarró su plato y salió pa’l exterior a echarse otro taquito de cáncer.
Ya afuera, lo invadieron unas ganas bien locas de agarrar una hembra urgente. No podía dejar que los plebes lo vieran como un alfa soltero. Se puso a sacar historias en las redes, tirando indirectas de soltería y todo el rollo.
Se quedó pensando en las marcas que le vio a Kimberly en el cuello, igualitas a las de Britany.
Mientras fumaba, con sus corridos tumbados sonando en el cel, y haciendo poses al estilo del tío Chuy, se le acercó una morra que para él era una dos dos, a pedirle lumbre.
—Disculpa, ¿me pasas lumbre?— dijo la gordibuena.
Buchango metió la mano al bolsillo y sacó el encendedor robado en una peda, estirando el brazo pa’ encenderle el cigarro.
—¿Eres Buchango, verdad?— preguntó la joven, mirándolo a los ojos y dando calada.
Buchango se bajó los lentes pa’ verla bien.
—Sí, soy yo. ¿Qué onda, viejona.
—Ya tenía rato que no te veía— dijo la morra, sonriendo.
Buchango no la reconocía, pero le siguió la corriente.
—Simón, ya te topé, plebita. ¿Qué rollo?, pinche viejóna, ya tenía un chingo sin verte. A mí me va al puro pedo, gracias a la virgencita y a San Juditas, que no me sueltan— dijo Buchango mientras le daba un jalón bien macizo al cigarro, con cara de que la vida le hacía los mandados. —¿Y tú qué tranza, cómo andas?
—Pues ahí tirando barra... me junté y ya tengo una bendición de tres meses —contestó ella, con cara de que la vida ya le había pasado encima.
—¿A poco, neta? ¿Y quién fue el cabrón con suerte? —preguntó Buchango, haciendo cara de interés.
—Un bato del rumbo, ni lo conoces. Recién llegó. Pero es bien huevón y ahorita anda sin jale.
—Puta, qué fichita agarraste, viejona.
—Sí... y pa’ colmo, el que me gustaba ni me pelaba —dijo ella mientras se quitaba la bata como si nada, dejando ver lo que Buchango sólo soñaba en sus noches de insomnio con hambre.
Buchango sintió la pedrada, pero no la ubicó. Su mente de microondas se fue directo a lo importante: la morra estaba bien llena de leche. Los pechos le chorreaban la blusa como si estuviera ordeñando sentimientos. Y el Buchis, sintió cómo la mazorca le palpitaba como si tuviera corazón. Se recargó en la pared pa’ que no se notara el bulto de la traición.
—No me reconoces, ¿verdad? —soltó la morra con sonrisa coqueta, como si trajera un as bajo la chichi.
Buchango agachó la mirada, moviéndose la hebilla del cinturón con estilo de chulo.
—La neta, no, viejona.
Ella negó con la cabeza, sonriendo con esos ojos que no sabían si seducían o te cobraban un recibo vencido.
—Soy Bere, baboso.
Buchango frunció el ceño como si le hubieran mentado la madre. No le caía el veinte. <<¿Será de Facebook o de una peda de esas donde despiertas sin calcetines?>>
—Nos topamos en el cotorreo que armó el JR, ¿te acuerdas? Donde se armo el pedo con tus tíos —soltó Bere, bien segura, dándole otro besito a su cigarro.
Entonces sí, la memoria le pegó como chanclazo de madre encabronada. ¡Ah, la Bere! Aquella gordita que ya no estaba tan gordita, ni tan buena, pero comparado con sus dos ex locas, era como una bendición con lonjitas.
—Ah, ya te ubiqué, viejona —dijo Buchango, tronando los dedos como si hubiera resuelto un caso de CSI.
—Hasta somos compas en Facebook, siempre le das "me encanta" a mis historias, ¿cómo no me ibas a reconocer?
Y pos el Buchis, bien hábil pa’ la mentira, soltó la primera mamada que se le ocurrió:
—Es que en persona estás más guapa, plebe. La neta, andas bien cambiada— dijo Buchango, pero los ojos se le iban directito a las ubres rebosantes.
—Gracias, ya tengo un año dándole al zumba. Tú también te ves bien, ya no pareces vago —dijo Bere, medio apenada, con cachetes rosados.
—Gracias, ya sabes, como los mangos: entre más maduros, más sabrosos —dijo Buchango, soltando su risa de tío ebrio.
Luego se acordó de una amiguita de Bere, de esas que dejan huella en el calzón.
—¿Y qué fue de tu amiga, la que traías ese día? ¿Ya la amarraron o qué?
—¿La Jessy?
—Simón, esa chulada de plebita.
—No mames, ¿neta no supiste? —Bere abrió los ojos como si recién se hubiera enterado que murió Juan Gabriel.
—¿Qué pasó?
—La encontraron muerta, allá por el cerro. Bien culero.
El alma se le bajó hasta los talones al Buchis. Sabía del chisme, pero ni en cuenta que era la Jessy.
—No chinges… ¿neta era ella?
—Sí, bien feo. Yo me agüité machín. Pero ya sabes, la morra andaba metida en pedos junto con el JR, era cuestión de tiempo.
—Pobre morra… ¿Entonces andaban en rollos pesados?
—Si, y nomás lo agarraron a él, a la semana la callaron a ella.
—¿A JR lo agarraron? —soltó Buchango, con cara de que se le acababa de caer el mundo.
—Simón, la migra lo pescó cruzando gente. ¿No sabías? ¿Pues no que eran compas?
—Nel, ya ves que yo no soy chismoso, nadie me dijo nada.
—Pos cómo te iban a decir si lo andaban cazando pa’ matarlo.
—¿Y pa’ cuándo lo sueltan?
—Dicen que en tres años.
El chisme estaba muy bueno, pero por desgracia ya era hora de ir a jalar.
—Ya me voy a chingarle, plebe ¿Te veo a la salida?
—Si, que te vaya chido.
—Igual a ti, plebita.
Y ahí se fue Buchango, con el alma medio encendida. Al menos el JR no estaba muerto, sólo guardado. Al entrar a la planta, lo primero que vio fue a Miguel y Juan, risa y risa como hienas en celo, volteándolo a ver mientras se aproximaba.
—La llevé al motel y se durmió con mi verga adentro, amanecimos en posición misionera deluxe— decía Miguel. —Hasta el chicle me prestó, la bien puta.
—Pinche vato —dijo Juan entre risas, viendo a Buchango como si lo midiera pa’ cajón de muerto.
A Buchis se le quemaba el pecho del coraje. Quería soltar putazos, pero se acordó que Miguel era loco, y no por loco valiente, sino porque le valía madre enfierrar a alguien.
—¿De quién se están riendo, culeros? —dijo Buchango nervioso pero con coraje.
—De otro cornudo, compa —dijo Miguel, con esa sonrisita de villano de telenovela.
Buchango tragó saliva y se fue, pero bien encabronado. <<Me las van a pagar, pinches perros>>, pensó.
En el baño, mientras descomprimía el coraje, le cayó una idea: lo iba a chingar por Recursos Humanos. Pero el problema era Miguel, hasta el de RH le compraba quinielas, así que mejor se fue al buzón de quejas y dejó una carta anónima, bien cargada de veneno. La metió sin que lo vieran. Ni sabía que vaciaban esa madre los miércoles.
Saliendo del jale, Buchango ya se había olvidado de que esperaría a Bere, cuando de pronto esta se le cruza.
—Hola, guapo, te estaba esperando —dijo, dándole fuego al cigarro.
—A la verga, viejona, ya no me acordaba, la neta —dijo Buchango, sacado de onda.
—No te apures, yo sí me acuerdo. Te traje un detallito —le dio un chocolate envuelto en dorado.
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