Capítulo 63 / "Falsa alarma"

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Buchango se sintió soñado. No amaba a Bere, pero verla regalándole cosas lo subía de estatus frente a los demás machos alfa. Lo que no sabía era que ese chocolate se lo había dado un viejo calenturiento a Bere, y como le dio culo que estuviera envenenado o hechizado, se lo pasó al Buchis… como ofrenda de venganza, o quién sabe, pero el cabrón se lo tragó.
—Gracias, plebita— dijo Buchango, guardándolo en el bolsillo.
—Las que te adornan— dijo Bere, agarrándolo del brazo. —¿Me acompañas al camión o qué?
Buchango pensó: <<Qué morrita tan aventada>>, pero vio salir a Kimberly con su novio y decidió seguirle la corriente a Bere.
—Fierro, plebe— contestó.
Bere buscaba una relación extra porque su marido no la llenaba, y pensó en Buchango.
Al llegar al camión de Bere, Buchango vio que estaba solo un camión del suyo. Al verlo pasar, el Chófis bajó y le chifló para saludarlo.
Bere y Buchango siguieron platicando del trabajo y del rollo de JR y Jessy. Toda la raza maquilera podía verlos platicar por las ventanas, hasta que los motores rugieron. Era hora de partir.
—Nos vemos, plebita, ya van a arrancar los camiones.
—No manches, tan rápido, ¿no?— dijo Bere, fingiendo tristeza.
—Te veo el miércoles, plebe.
—¿Por qué hasta el miércoles, guapo?
—Me descansaron dos días por pelear con el jefe de grupo.
—Chale, qué mal. Te voy a extrañar mucho— dijo Bere, abrazándolo.
—Ahí nos texteamos pa’ que no me extrañes.
—Sí, eso haré. Adiós, hermoso.
Antes de irse, Buchango la jaló de la mano y la acercó pa’ un último roce.
—Despídete bien, mija —dijo Buchango con esa voz grave que le aprendió al tío Chuy.
La morra se le arrimó más de la cuenta y le plantó un beso cerquita de los labios, de esos que te dejan dudando si fue “amistad” o “ahí te va un adelanto”. Se subió a su camión y arrancó sin voltearlo a ver, como buena cabrona.
Buchango ni acababa de echarse al suyo cuando el Chófis ya lo esperaba con esa sonrisa de vato que ya te trae el chisme en la lengua.
—Ájalas, matón. Ya te vi de galán, pa.
—Es una amiga, viejón —contestó Buchango, parándose el cuello como si anduviera en pasarela del día del padre.
—¡Cálmese, pá! Antes les decíamos diferente, ¿o ya se te olvidó? —le soltó el Chófis, soltando la risa de naco feliz.
<<¡Otra!>> gritaron desde el fondo del camión, puro cabrón metiche.
—Ya ves, mijo. Hasta la raza del camión sabe que eres un sucio, pero con estilo —dijo el Chófis, mientras metía tercera y el camión rugía más que las tripas del Tyson (La mascota de Buchango).
Y así, entre el escándalo del Chico Malo a todo volumen, los dos se fueron platicando a gritos, porque hablar normal ahí era como tratar de rezar en una peda: imposible.
Cuando llegaron al cantón de Buchango, este le soltó una idea al vuelo:
—Oye, viejón. Ya ves que me descansaron martes y miércoles por culpa del pendejo del jefe de grupo… ¿no hay bronca si te acompaño a los recorridos? La neta me voy a aburrir bien machín en el cantón y no traigo feria ni para el vicio, y hasta te puedo lavar el camión.
—¡No hay pedo, mijo! usted cáigale , mientras no ronques —dijo el Chófis, contento como si le hubieran puesto doble jamón al lonche.
Se despidieron con un saludo de puño y palma como buenos cholos retirados, y Buchango bajó del camión con la preocupación clavada como espina de nopal: el cheque le iba a salir más flaco que sus ganas de trabajar.
Pero bueno, ya se le ocurriría alguna tranza para seguir su vida de excesos baratos.
Mientras el ruido chacaloso del Chico Malo se iba perdiendo entre las calles polvorientas, Buchango se acercó a su casa. Desde la puerta escuchó voces. La de su mamá… y otra.
<<¿Quién verga estará ahora con mi jefita?>> pensó, y empezó a toser y hacer ruidos como si trajera COVID, una técnica que perfeccionó desde morro para no pescar a su mamá encamada con algún fulano.
Abrió la puerta y casi se va de culo.
—Saluda, hijo, no seas grosero. ¿O te vas a quedar como pendejo parado en la puerta? —tronó su madre, entre risas.
—Tardes, viejóna… ¿Cómo has estado? —dijo Buchango con una sonrisa tan falsa que parecía influencer cristiana.
—Buenas tardes, cuñado. ¡Muuuy bien gracias a Dios! ¿Y tú qué tal?
Ahí estaba Rocío. La mismita. La sin alma. Buchango no podía ni verla a los ojos sin sentir un retorcijón en el alma y otro más abajo.
—Al millón, plebe. Puro pa’lante, ya te la sabes. ¿Y qué te trae por acá, viejona?
—Uy, ¿ya me estás corriendo o qué? —respondió Rocío con esa sonrisa venenosa que hacía temblar hasta al perro.
—Nada de eso, es que se me hizo raro que vinieras.
—No te preocupes, nomás vine a contarle a mi suegra que Kevin mandó carta… que ya mero sale del bote.
Pum. Se le fue el alma a los talones. Buchango se puso blanco, como si le hubiera metido Gasparin. Ni la pedota lo salvaba esta vez.
—¿Qué pasa, hijo? ¿No te alegra que pronto veremos a tu hermano? —le preguntó su madre, toda ilusionada.
—Claro que sí, jefa. Eso está al millón… ya quiero que llegue pa’ ponernos una buena pedota —dijo Buchango, fingiendo que todo estaba bien, mientras por dentro ya planeaba huir a Guatemala.
—¿Y no sabes qué día sale, hija? —preguntó la madre.
—Fíjese que no dice cuándo, suegra. Capaz y quiere llegar de sorpresa —dijo Rocío, saboreándose el drama como si fuera agua de horchata.
—Sí creo que eso quiere el canijo —dijo la jefa, tomando su soda en un vaso de veladora con la imagen de la Virgen de Guadalupe.
—Bueno, ya me voy. Solo quería ver a Buchango pa’ decirle algo —dijo Rocío, agarrando su bolsa con estilo de señora problemática.
Ya afuera, bajo la sombra de una lila que tenía más años que una pensión del ISSSTE, Buchango la encaró.
—¿Cómo te atreves a venir a mi casa después de lo que habíamos hablado?
—¡Calmado, calmado! No es tu casa, es de tu mamá. Y hasta nuevo aviso, sigo siendo su nuera.
—Te aprovechas porque todavía no se te nota la panza. No quiero que vuelvas a venir, no quiero pedos.
—Tranquilo, mijo, no te vayas a torcer del coraje. ¿O ya te andas cagando porque tu carnal va a salir?
—¿Y cómo no, Rocío? ¡Nos va a cargar la verga cuando se entere de esto!
Ella se rió como bruja de mercado.
—¿De qué te ríes, culera? ¡No es gracioso!
—Nomás de verte sufrir. Valió la pena, por lo cabrón que fuiste la última vez —dijo ella, secándose las lágrimas de risa con los dedos, bien campante.
—Ya dime qué chingados quieres y vete a la verga de aquí —dijo Buchango, rascándose la cabeza como perro en pulguero.
—Ya me bajo, tonto. Ahí nos vidrios.
Y se fue, dejándolo parado, con la vida regresándole de a poquito. Buchango suspiró profundo, como si le hubieran quitado un diablillo del hombro.
Volvió a su cuarto, se tiró a la cama observando el techo con una enorme sonrisa, no podía creer lo afortunado que era. Ya con una preocupación menos, tomó su celular y comenzó a scrollear.
Unos mensajitos de Bere lo recibieron con cariño digital:
<<Ya enpese a extrañarte 😢 Ke haces guapo?>>
Y como andaba alivianado, respondió en corto:
<<Yo tamvien t xtraño mija 🙁 akabo de yegar al kanton y tu?>>
<<A ke bien guapo Yo vine un rato al zumba🧎🏼♀️>>
<<Ajas t vaz a poner bien juena😋>>
<<Buena ya estoy papi 😁😉>>
<<Aber 👀 ber pa krer😁>>
Bere le soltó a Buchango una foto con unos leggings negros translucidos, que más que prenda parecían segunda piel. Se había puesto en pose provocadora, sacando bien el trasero, como diciendo “pa’ que se te antoje”.
<<Ajas 😍 q rikura mija Todo eso es tuyo o stas kargando kon el pekado de aljien mas?>>
Y sin esperar mucho, le cae otra foto. Esta vez era un beso volado con escote rebosante y pechonalidad con estrías que contaban historias. No por nada decían que lo bueno no venía liso.
<<A ver 👀 ahora mándame tú una guapo 😋>>
Buchango ya iba a medio chaqueta, así que sin más se fue al baño como quien se escapa de la misa pa’ echarse un pedo.
<<Akabo d entrar al baño mija 🚽 Dame chanze aorita q salga… 😆>>
<<Como dirías tú, ver pa’ creer 🙊>>
Y pues el vato captó el mensaje clarito. Le tiró una selfie en puro boxer, dejando que se viera la famosa carpa del Circo Atayde.
<<Ke rico 😋… Ahorita seguimos que ya llegó la instructora, guapo>>
<<klaro q sí plebe 😘… mandame mas fotos kuando puedas q la neta si m prendiste duro 😍>>
Bere ya no contestó porque se le había arrancado la clase de zumba, pero ya le había prendido fuego a la entrepierna del compa. El vato se aventó más de una hora encerrado en el baño, jalándosela con tanto ímpetu que hasta el trapeador pensó que había fugas. El cloro y el rechinido del perro bebiendo agua eran la banda sonora del momento. Y ahí se quedó Buchango, pegado en el rincón de la casa donde llegaba una rayita débil del WiFi robado al tío Chuy, esperando como zombi ansioso a que cayeran más fotos.
Dos horas después, ¡pum! Notificación. Bere le mandó una foto en lencería bien atrevida.
<<Mira, yo también estoy en el baño 🙈>>
A Buchango se le puso como si hubiera tomado viagra.
<<Ke riko mami ❤️😋 Todo eso?>>
<<Todo lo que podrías comerte, pero te pegan agruras 😈😏>>
<<A mi no m pega nada yo no stoy casado 😈 tu si>>
<<Casada pero no tapada, mijo 👿 Cuando quieras, nos escapamos tiempo extra>>
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