Capítulo 64 / "Paternidad heredada"

 


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Y como si no fuera suficiente, le mandó otra foto más: ya con una chichi al aire, y la lengua acariciándose el pezón. Lo sexy y lo tercermundista se mezclaban como Jumex con Tonayán: en el fondo se notaba el cuarto vuelto madre, y su bendición dormida de lado con los pies saliéndose de la sábana. Pero eso a Buchango le valió madre, él andaba bien caliente y poco ético.

<<En korto 👉👌 te boy a komerr todita mami>>

<<¿Bámonos este viernes o qué?>>

Y cuando estaba el horno pa’ bollos… ¡Desaparecida! Bere se desconectó del WhatsApp. Obvio, su marido ya estaba en la casa. Pero Buchango ya era perro viejo en estas andadas. Se dio otra vuelta al baño pa’ echarse la tercera chaqueta, ahora con un poco más de nostalgia que de lujuria.

Se fue a dormir como rey, bien satisfecho y libre. Como quien dice: "No hay insomnio que aguante dos puñetas."

Al día siguiente, la alarma le cayó como madrazo. Se levantó todo tronado pero listo pa' la faena. Se echó agua en la cara, se puso la camisa menos sucia y salió a esperar al compa de batallas: el Chófis.

Y como siempre, el vato llegó haciendo su entrada triunfal. Luces de LED, rolas de Santa Fe Klan, y los vidrios del camión temblando como si fuera antro sobre ruedas. En cuanto abrió la puerta, un tufo a lavanda con desinfectante le dio en la nariz a Buchango.

Llegando a la maquila, bajó del camión como modelo de catálogo pirata: cigarro en la mano, gafas negras y mirada de “me la pelan todos”. Se paró junto a la reja, puso su música en el altavoz del celular, y esperó a ver quién lo notaba.

Entonces pasó Kimberly. Buchango alzó el mentón y fingió no verla, pero por dentro ya estaba llorando sangre.

—Buenos días —le soltó Kimberly, mientras el mamado la abrazaba por la cintura.

Buchango se bajó las gafas, confundido.

—¿Me hablas a mí?

—Sí. Vengo a decirte algo.

—Ok… buenos días. ¿Qué pasó?

—No le mandaste nada de dinero a tu hijo esta semana. ¿Qué onda? ¿Crees que se alimenta del aire?

Buchango soltó el humo directo a su cara, con todo el cinismo del mundo.

—¿Y a mí qué me dices? ¿No tienes novio o qué?

—¡Es tu hijo, cabrón! ¡No es responsabilidad de él!

—Ni que yo fuera millonario pa’ andar manteniéndolos a los dos —dijo con tono burlón.

El mamado soltó a Kimberly y se le fue encima. Le dio un empujón que lo mandó directo al barandal, como trapo viejo volando.

—¡Mira, pendejo! Si no te haces cargo, yo voy a hacer que lo hagas —dijo, agarrándolo de la camisa, sintiendo como se le escapaba la proteína patrocinada por Kim.

Buchango ya se veía camino al panteón, pero Kimberly lo jaló del brazo.

—Déjalo, amor. No vale la pena ensuciarte con este tipo de gente.

Y como buen show de maquila, ya había público y celulares grabando. Algunos hasta apostaban si Buchango aguantaba un vergazo.

El compa se paró, se acomodo su camisa, y encendió otro cigarro como si nada.

—Mira, no gano mucho. Te puedo dar cien varos a la semana, si quieres.

—¿Cien pesos? ¡Hazlos rollito y métetelos por el culo, idiota! Ya no quiero batallar. Hoy mismo le digo a mi papá que meta la demanda.

Buchango sonrió como si le hubieran ofrecido tacos gratis.

—Pues suertecita, viejona…

Kimberly y su vato se fueron, pero la bomba ya estaba plantada: una demanda por pensión alimenticia, patrocinada por el ex-suegro abogado.

Buchango pensaba que todo era puro bluff, pero no sabía que su exsuegro tenía más conectes que Telmex. Y esa demanda, compa… iba a entrar en chinga.

La raza se fue dispersando, unos nomás de metiches, otros bien campantes como si no hubieran visto cómo casi se arma la campal. Entre ellos, Miguel y Britany, que venían llegando nomás pa’l chisme.

—Pobre pendejo, esa vieja lo va a enterrar vivo, ya verás —dijo Miguel a Britany en voz alta.

—Pos quién sabe, a mí me ha costado un huevo que el papá de mi hija mayor afloje feria —dijo Britany, alzando los hombros como si le valiera verga.

—Si lo hubieras demandado, mija, no anduvieras batallando tanto —soltó Miguel, y de paso le dio una nalgada bien tronada frente a todos, como si fuera dueño de la carne.

—Ay no, qué hueva. Que se los meta por el culo el cabrón. Total, ni derecho a verla tiene el infeliz.

Ya se andaba llegando la hora de entrar al jale, pero Buchango, que cumplía su primer día de condena, se peló de regreso con el Chófis, que andaba estacionado como buitre, cazando a los que se quedaron tiempo extra.

—¿Qué, mijo? ¿Cómo te fue con las morritas? —le soltó el Chófis en cuanto lo vio regresar.

—Pinche vieja de mi ex me armó un pancho, viejón.

—¡A chingá! ¿Cuál de todas, loco?

—La mamá de mi chavito, la loca esa. Que me va a demandar si no le doy feria.

—¡No te pases! Ponte trucha, cabrón, a mi carnal lo empinaron con eso y le sacaban la mitad de la quincena... y eso que era quincena jodida —dijo el Chófis mientras se rascaba la entrepierna por encima del pantalón.

—¿Y luego qué hizo tu carnal?

—Pues se salió de la maquila y se metió de Uber. Le dijo a la morra que ganaba pura madre y así le daba una chingaderita.

—¡No mames! Se la rifó.

—No te esperes a que te la dejen ir... la pensión, pues —soltó el Chófis riéndose.

—Sí, pero hay pedo... no sé manejar —dijo Buchango rascándose el cuero cabelludo como si buscara neuronas.

—No hay tos, yo te enseño, yo te presto mi carro, y ya cuando jales, me pagas. Le digo a mi carnal que te meta a la flotilla.

—Simón, viejón. Te la voy a deber machín.

—Pa’ eso estamos, mijo. Hoy por ti, mañana por si hay peda.

Como buen ejemplar de macho evasivo, Buchango ya tenía plan pa’ zafarse del pedo legal. Y todo gracias a su compa. Solo faltaba que el plan no se le cayera a pedazos.

De regreso a su cantón, iban los dos bien alterados, escuchando cumbias del agro bien tumbadas. Una hora de recorrido por la sierra, el centro, y hasta las calles que Dios ya ni pela. Al final, el Chófis estacionó al Chico Malo al lado de la casa del Buchas.

—Oye, mijo, cambiando de tema... el otro día casi me cacha mi ruca con tu cuñada —soltó el Chófis de repente, como si fuera confesión de misa.

—¡No mames, viejón! ¿Qué pedo?

—Pues le dije a mi señora que iba por un viaje de extra, y nel... me fui por un doce y me lancé con tu cuñada.

—¡A la verga! ¿Y luego?

—Pos me tuvo esperando media hora porque andaba bañándose, y ya que salió, nos pusimos a pistear. Se puso pedísima. Ya cuando la tenía empinada, me dijo que su ex está en el bote, pero que ya no lo quiere, que quiere estar conmigo —dijo el Chófis, mirando al suelo como niño regañado.

—¿Y luego qué más? —dijo Buchango, acomodándose el calzón que le cortaba la circulación.

—Aguanta, no te me aceleres. Pos pasó lo que tenía que pasar. Pero la neta sí me quedé pensativo. Quería preguntarte, ¿Ella era la ruca de tu carnal? ¿O por qué dices que es tu cuñada?

—Simón, era la morra de mi carnal. Pero cuando lo entambaron, la morra se soltó el chongo y empezó a agarrar vatos como si fueran muestras gratis del Aurrera.

—¿Entonces ya no hay bronca con él?

—Nel, ya no, esa morra ya no está en su radar.

El Chófis se quedó callado, viendo el suelo, moviendo la cabeza con el beat del cumbión.

—La voy a terminar antes de que salga tu carnal y se arme la gorda. No quiero pedos, ni clavarme más —dijo, limpiándose los ojos, todo dolido por esa yegua que lo domó.

—No se me agüite, viejón. Ya me lo has dicho tú: hay más culos que estrellas.

—Simón, no me agüito... pero le acabo de sacar un cel en Coppel.

—¿Quieres que se lo quite, viejón? Tú sabes cómo soy pa’ eso.

—Nel, déjalo así. Se lo ganó con los becerrazos que se aventó.

Se quedaron platicando un rato más, hasta que se les acabaron las cheves.

—Nos vemos, mijo. Tengo que ir por gas pa’ la casa, si no mi ruca va a empezar con sus mamadas —dijo el Chófis, echando la lata vacía a la calle como si fuera decoración urbana.

—Fierro, viejón. Yo también voy a dormir un ratillo, pa’ estar al millón.

El Chófis se fue trepado en su nave cazamorras, mientras Buchango se metía a su cantón. Y apenas entró, su jefita, toda fodonga y con voz de ultratumba, salió de su rincón oscuro gritando:

—¿Y tú qué, pinche huevón? ¿No fuiste a jalar o qué?

—Nel, jefa, nos dieron convenio porque no había jale —le soltó una mentira más falsa que los dientes de la tía Mencha.

—Ah, qué chulada. Voy al mandado. Ahí te dejo cien pesos por si viene el abonero.

—Simona, jefa. Estaré bien trucha.

Y por primera vez en la historia, la señora madre de Buchango le dejó una misión seria: pagarle al abonero.

Pero el Buchas, fiel a su esencia, se echó una jetota hasta el mediodía. Solo se despertó por la perra. Pero no la mascota, sino la perra hambre.

Se arrastró a la cocina, abrió el refri y se quedó viendo los restos de lo que alguna vez fue comida: medio limón, un chile marchito y media cebolla triste. Había más cucarachas que opciones.

Como era más inútil que un cenicero en una moto, descartó cocinar y decidió ir a la tienda. Se gastó los cien pesos del abonero en dos sopas maruchan y un refrescote.

Pero justo cuando iba llegando a la casa y dobló la esquina, casi suelta el mandado del susto: ahí estaba el abonero, tocando la puerta. No le quedó de otra más que hacerse el ninja y esperar a que el vato se aburriera y se fuera.


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