Capítulo 65 / "Noche de machos"

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Era la una de la tarde y Buchango estaba encajado en el rincón más cochino de su casa, bien clavado al Wi-Fi. En eso, le cae un mensaje del Paisa, su compa el más materialista de la bola.
<<Oye paiza dice el kks del zuper qe el savado ay dia d canpo, qe puedes llevar a tu famili o 2 monos si kieres. diskulpa mi ortogrfia paiza>>
A Buchango se le aceleró el corazón como cuando ves conectada a tu ex en WhatsApp. Y es que pa' la raza maquilera, ese pinche día es como el Coachella del proletariado. Los decentes lo usan pa' presentarle su jodida familia a los amigos, tragar gratis y llevarse un termo culero que ni en el sobre ruedas aceptan, más una playera con el logo de la empresa, que nomás sirve pa’ pijama todo el año... o pa’ lavar el carro.
Pero para los más cabrones, los que tienen una en la línea, otra en pintura y una más en el comedor, ese día es una pesadilla: tienen que ir con la esposa y los chamacos, fingir que son papás del año y que no andan metiendo riata en todos los turnos. Y todo con el miedo de que algún pinche lengua larga les tire el teatrito.
Buchango, por su parte, ya era un alma libre... medio miserable, sí, pero libre. Desempleado emocionalmente, con varias deudas de afecto, pero sin patrón sentimental.
<<Fierro pariente Ai stare A ver si m llebo a 1 morita q ya m anda yorando que se la de 😹 Pregunta si dejn meter birria 🍻>>
Respondió Buchango con la emoción de un perro callejero cuando le avientan un hueso con carnita.
Luego, la rutina seguía: se tenía que ir a chambear de chalán. En eso llega el Chófis en el Chico Malo. Abre las puertas, y nomás verlo, casi le da un golpe de calor de lo brillante que andaba Buchango.
—¡Pasuuuuuuuuu verga! —exclamó el Chófis, poniéndose las gafas como si estuviera viendo un eclipse.
—¿Qué pasó, mi viejón? —contestó Buchango con sonrisa de modelo de catálogo de zapatos pirata.
—No mames, brillas más que el sol de México.
—Ese vato Luis Mi me la pela. Yo estoy más guapo... y no soy joto.
El Chófis aceleró el motor del Chico Malo, haciendo temblar hasta las verijas de los que iban sentados atrás. El humo negro cubrió un par de cuadras.
—Fierro, mi Buchas. Agárrate que vamos tarde.
Llegando a la maquila, Buchango se recargó en la entrada como quien espera que lo descubran. Y sí, al rato sale la Bere, derechito a aventarse como si Buchango fuera su Justin Bieber.
—Hola, mijo. ¿Cómo estás, hermoso? —le dice mientras le estampa un beso.
—¿Es pregunta o afirmación, viejona? —dice el Buchas, acomodándose la camisa.
—Pues ya sé que estás bien sabroso. ¿Qué no te habían descansado? ¿Por qué no avisaste que ibas a venir?
—Nomás vine a tirar el rol, mija, los choferes son mis compas. Bere lo abraza, pero Buchango ni los brazos levantó. No fuera a ser que alguna otra morra de la línea lo viera enamorado. Y justo entonces aparece Britany... con ese contoneo que hace temblar los fundamentos de la masculinidad.
Se pasaba los dedos por el cabello como si trajera champú en seco. Buchango la escaneó con la mirada. El corazón se le fue a los pies. <<Donde hubo fuego… cenizas quedan>>.
Pero lo más raro fue que Miguel, su güey, agarró rumbo contrario. ¡Algo había pasado! Y si se habían peleado... ¡era el momento perfecto pa’ que el Buchas se le metiera por la rendija!
Entonces, como si el diablo estuviera echado en la barda, le cae la tragedia: Paisa, con cara de velorio, lo agarra aparte.
—Oye, paisa. Te quiero como un hermano, y mi señora me soltó una bomba que debes saber... pero prométeme que no va a salir de aquí.
—No hay pedo, pariente. A huevo, tú dispara.
—Mi ruca me dijo que la Britany se hizo la prueba de embarazo y salió positiva.
A Buchango se le borró la sonrisa. <<¿Tres bendiciones? ¿Y si es del Miguel? ¿Y si no? ¿Y si sí?>>
—A la verga, viejón. ¿Pa’ qué me dices eso si ya ni ando con esa vieja?
—Nomás pa’ que no te agarre de su pendejo. Si el Miguel no se hace cargo, te va a buscar a ti, mi rey.
—¡Nel, ni de pedo! Esa morra no me va a chamaquear. Mejorcitas me han querido ver la cara.
—Pues tú sabes, nomás te aviso. Tú y yo sabemos que el Mike es más culo que nalga, y la Britany... con todo respeto... ya trae la cola bien suelta.
—No se preocupe, Paisa. Cuando yo nací, el diablo dijo: "ya llegó mi competencia".
Dicho eso, Buchango se quedó mudo, con el pecho apretado. Aunque le echó crema de macho al taco, por dentro ya se sentía arruinado. El sueño de recuperar a Britany se le fue como beca de CONACYT: rápido y sin explicación.
Ya más tarde, Buchango y Bere se fueron con el Chófis. Se presentaron y echaron cotorreo hasta que se llegó la hora de arrancar. Bere se despidió con beso en los labios. Pero él ni siquiera se lo saboreó.
—Andas raro, hermoso. Mañana quiero ver al Buchis que me hace suspirar.
—No te preocupes, mija. Nomás ando pensativo.
—Adiós, Chófis. —dijo Bere, con beso incluido.
—Hasta mañana mija. —respondió el Chófis, hipnotizado por la delantera de Bere. Ya en el camión, arrancaron rumbo a la colonia donde hasta los perros ladran con hambre.
—Oye, carnal. Qué ricas ubres trae tu amiga. —...
Buchango no respondió. Traía el alma pesada. El Chófis se le quedó viendo.
—¿Qué traes, pá? Parece que viste al Diablo.
Entonces, Buchango le soltó todo. El Chófis, mientras se empinaba su Monster sabor gasolina, soltó un:
—¡Su perra madre! Tá cabrón ese pedo…
Los dos quedaron callados como si estuvieran en un entierro. Al llegar al cantón de Buchango, estacionaron el Chico Malo y se quedaron viendo por el parabrisas como dos pendejos sin señal de internet, hasta que el Chófis rompió el silencio.
—Oye, carnal... no sé si esto te aliviane o te dé el tiro de gracia, pero siento que te va a quitar un peso de encima —dijo el Chófis, poniéndole la mano en la espalda como cuando el mecánico ya sabe que tu carro está pa'l kilo.
—Dímelo, viejón, ya qué chingados— contestó Buchango con la voz toda quebrada, mientras una lágrima le resbalaba.
—¿Te acuerdas de aquella noche en el Chico Malo cuando hicimos el cuarteto?
—¡A huevo, viejón! Esa fue la primera vez que me eché a la Brittany, la traía bien ganosa, parecía que se le había metido el diablo— dijo Buchango limpiándose los mocos con la manga, toda mugrosa.
—Pues ese día yo también le metí como dos litros de mi horchata. Así que también ando con el pendiente de que el mocoso sea mío.
—Nel, viejón. Días antes le pregunté y juró por su puta madre que traía puesto el aparato, esa madre pa' no quedar embarazada —respondió Buchango, como si supiera de ginecología.
El Chófis respiró como cuando encuentras el ticket de la troca antes de que se venza la garantía.
—Ah no, pues ya estuvo, pá. Esto hay que celebrarlo, vamos a ver pelos pa’ que te distraigas —dijo el Chófis, con la sonrisa de quien ya siente el culo caliente en el asiento del putero.
—No traigo ni pa’l Uber, viejón —dijo Buchango bajando la mirada, derrotado.
—¿Quién te está pidiendo feria, mijo? El Chico Malo invita las cariñosas.
Ahí, Buchango levantó la cara como zombie que huele cerebro, con sus ojillos de pulga encendidos. Y sin tanto rollo, el Chófis arrancó el camión con los corridos retumbando. Dicen que el arranque fue tan perro que patinó el camión. Chófis 1, Toretto 0.
Llegando al putero, los recibió el comité de bienvenida: dos flacas tatuadas, más maquilladas que quinceañera de rancho, con faldas tan cortas que se les veía el currículum.
—¿A dónde van, guapos? Una mamada por un pase —dijo una, levantándose la falda como si trajera el menú del día.
—Arre, pá. El Chico Malo invita —respondió el Chófis, empujando a Buchango como ofrenda.
Buchango no opuso resistencia, nomás volteó a verlo con sonrisa de borracho enamorado, mientras las morras le hacían revisión de rutina, no por calientes, sino pa’ ver si traía algo pa’ robar.
—Háganle el servicio completo, mija, ahí me lo traen cuando acaben pa’ pagarles —dijo el Chófis, nalgueando a una y entrando al tugurio como si fuera su segunda casa.
Las dos morras jalaron a Buchango al callejón, donde lo usaron como trapo viejo por pura estrategia monetaria. El Chófis apenas se había sentado con su caguama en mano a ver a las danzarinas, cuando las morras regresaron con Buchango, que parecía venado atropellado.
—¿Qué pasó, pá? ¿Ya tan rápido? —preguntó el Chófis, escondiendo su caguama bajo la mesa como si fueran los de fiscalización.
—Ya, nomás aguantó cinco minutos. Luego se puso a llorar como quinceañera sin chambelanes. Páganos, mijo —dijo una mientras mascaba chicle como burra.
El Chófis sacó su cartera rebosante de billetes y les dio doscientos a cada una.
—¿Qué pedo? ¿Solo eso? Si este vato bien que nos dejó como si nos hubieran atropellado —dijo la otra. —A mí hasta me metió la verga por el culo.
Sin decir ni pío, el Chófis les aventó otros doscientos más, y las tekatas se fueron satisfechas, como perras con croquetas.
Ya sin testigos, el Chófis sacó su caguama y se la empinó como si no hubiera mañana.
—¿Quiere una, mijo?
—A huevo, viejón. Me dejaron como uva pasa esas plebes.
—¡Mesero! Tráeme una cartón de caguamas azules —gritó el Chófis a un malandro que traía una bandeja.
El Chófis notó que Buchango seguía ido, así que le dio un zape emocional:
—A ver, pá. ¿Qué chingados traes? Ya olvídate de esa piruja. Esa morra es más fácil que sumar con los dedos.
—Ya sé, viejón. Tienes razón. Ni que estuviera tan buena. Yo merezco algo mejor.
—¿Ves? Así se habla, carnal. Estás soltero, libérate. Cógete a toda cristiana que se te cruce, pero sin compromiso —dijo el Chófis brindando.
—Es más, las morras de ahorita hasta me pidieron mi número. Les gustó mi jale —dijo Buchango, mintiendo con el pecho inflado.
El Chófis supo que era puro rollo, pero lo dejó soñar. Le había costado trabajo levantarlo del hoyo donde lo había aventado la Britany.
Siguieron cotorreando hasta que se les arrimaron dos chicas malas y se sentaron directo en sus piernas. Buchango estaba viviendo su sueño húmedo, y compartirlo con su compa lo hacía mejor. El Chófis, eso sí, tomaba medido, porque tenía que jalar a medianoche. Su esposa, toda inocente, pensaba que estaba en el taller, mientras el vato estaba aventando los litros de diésel ordeñado del Chico Malo en forma de billetes y nalgadas.
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