Capítulo 68 / "Visita inesperada"
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A la hora de salida, ahí estaba Bere, como flor esperando el sol. Buchango la vio y sonrió como si no hubiera llorado hace rato por otra. Ya se le hacía más sabrosa, más deseable, así que se lanzó con todo el flow.
—¿Qué onda, hermosura? ¿Cómo te fue? —dijo Buchango, todo galán, pegándose como estampita en cuaderno.
—Hola, guapito. Muy bien, gracias a Dios. ¿Y a ti? —contestó la morra, sacada de onda por la repentina actitud cortejadora.
—Al millón, viejona. Hoy anduve en modo perro, puro jale bien machín —le dijo, acariciándole el cabello.
—¡Ah chingá! Te noto diferente, se ve que estás feliz. Y eso me gusta.
—Cómo no, mi reina. Con verte, se me endulza hasta el hígado —le soltó Buchango, activando la mirada matadora estilo tío Chuy. —¿Fierro pa’l camión o estás esperando a otro?
—Nomás a ti, guapo, vámonos.
Y así, como si fueran protagonistas de una novela de bajo presupuesto, se fueron caminando como tortolitos tercermundistas, dándose amor y plática barata. Cuando llegaron al camión, Bere andaba toda nerviosa, volteando, como asegurándose de que no la vieran.
—¿Qué pasó, mija? ¿Qué tanto volteas?
—Nada, mijo. Es que la vieja esa que estaba el otro día me mandó mensaje, que me va a partir la madre si no me alejo de ti. Y la neta, sí da miedo, parece Tronchatoro.
—No se me agüite, mija. Esa ya ni se aparece, ya le calmé su pedo. Tú nomás preocúpate por estar bonita, que pa’ lo demás aquí está tu buchis.
—Uf, qué alivio. ¿Pero quién era esa o qué?
—Una loquilla que quería tranza, pero la dejé hablando sola —respondió, mientras su mano exploradora ya hacía contacto con zona de peligro.
La gente los veía desde los camiones como si estuvieran viendo Discovery Channel: dos primates en plena danza de apareamiento. Pero eso no los detuvo, y se dieron tremendo becerro bien lujurioso, justo cuando los motores arrancaron. El Chófis, desde su asiento, se limpió una lágrima de orgullo, como padre viendo a su hijo graduarse de la escuela de la calle.
Y mientras corrían como locos a sus camiones, el Chófis ya tenía todo listo: música a todo volumen, el chico malo rugiendo como pantera. Cuando Buchango subió, la rola que sonaba era de esas que le hacían vibrar la tusa. La cantó a todo pulmón, y el Chófis, con ojos brillosos, se unió al dueto.
—¡Es todo, pá! Ya te vi con la chichistosa. Parecías pulpo, con las manos por todos lados —dijo el Chófis soltándole un palmazo.
—¿A poco sí me viste, viejón? —contestó Buchango, medio penoso.
—¡Te vio toda la maquila! Cuando sea grande quiero ser como tú, pá.
—¡Si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo! Porque Dios perdona, ¡yo no!
—Pinche Buchis, eres la mamada, cabrón.
Iban cotorreando de puras pendejadas, hasta que salió el tema del dichoso día de campo.
—Oye, loco, ¿y esa morra va a ir al día de campo? —preguntó el Chófis, ya imaginándose la camiseta mojada, bien pegada.
—No sé, viejón. Ahorita le pregunto, a ver si se arma la tercera base con la plebita esa.
Y mientras iban rodando, Buchango no dejaba de cambiarle a la música. Ni una canción duraba completa, como si el radio fuera buffet musical.
Después de un rato de ver tierras tan feas que ni las cabras las quieren, llegaron por fin. El Chófis apagó al Chico malo, pero antes soltó la bomba:
—Oye, pá... ¿Quién es ese vato en tu cantón?
—¿Qué? ¡No mames, cabrón! —gritó Buchango, brincando del asiento como resorte.
Ambos bajaron a madres, corriendo como si estuvieran regalando despensas. Y sí, ahí estaba: un cabrón asomándose por la ventana, con facha de malandro que hacía ver a Cruzito como boy scout.
—¡Ya te cargó la verga, perro! —bufó Buchango, echando madres mientras corría detrás del Chófis, arrancándose la camiseta como si fuera luchador de la Triple A, nomás que con el cuerpo de un tamal sin amarrar, todo costilludo y embarrado de polvo.
—¡Eh, eh! —gritó el Chófis, a escasos metros del vato.
El vato volteó, y en cuanto cruzaron miradas, a Buchango se le atragantó la bilis. ¡Era Kevin, su propio carnal! El mismo que estaba encerrado.
—¡Chingá! —frenó en seco Buchango, pero ya era tarde. El Chófis venía con vuelo de microbús sin frenos y lo tacleó como si fuera final del Super Bowl.
—¡Ahora sí, hijo de tu reputísima madre! —tronó el Chófis, encajándole los puños mientras rodaban por la tierra.
—¡Con mi jefita no te metas, culero! —rugió Kevin desde el suelo, escupiendo tierra y rabia.
—¡Ya estuvo, ya estuvo, no mamen! ¡Es mi carnal, cabrones! —chilló Buchango, metiéndose a separarlos como referee en pelea de perros callejeros.
—¡Cuál ya estuvo, valedor! ¡A mi jefita no me la tocan ni con el pétalo de una indirecta! —refunfuñó Kevin, queriendo meter un chingazo.
El Chófis nomás lo miró, respirando hondo, como contando hasta diez mientras se sacudía el polvo.
—Tranqui, mijo. Fue un malentendido.
—Simón, carnal —le hizo segunda Buchango—. Pensamos que eras el mismo culero que se metió a robar hace unos días.
Kevin se limpió la cara con las manos, tragándose el coraje, mientras Buchango lo soltaba ya más tranquilo.
—No mames, cómo no me van a reconocer, pinches cegatones —respingó Kevin, acomodándose la gorra y recogiendo sus lentes como diva ofendida.
—Te lo juro por San Juditas, viejón —dijo Buchango con solemnidad, besando su dije como si estuviera en misa.
Eso calmó el pedo. Kevin sabía lo que esa cadena significaba pa’ su carnal.
—Está bien, cana, te creo —dijo, relajándose.
—Él es mi compita, el Chófis, es sangre, nomás que más indio —bromeó Buchango, queriendo que hicieran las paces.
Pero nel, no sabían que la telenovela apenas empezaba...
Desde el patio trasero se oyó una voz bien conocida:
—¡Kevin! ¿Qué chingados pasa? ¿Por qué tanto escándalo?
Salió Rocío, meneando el pelo como si trajera ventilador invisible. El Chófis se puso pálido, y Buchango nomás tragó saliva. Todos se congelaron como si los hubieran pausado.
—Nada, mija. Me tropecé —dijo Kevin, limpiando sus Nike Cortez con escupitajos.
Rocío... la manzana podrida del huerto, la tóxica compartida, el motivo de más de una bronca entre esos tres. El ambiente se puso más tenso que baño de penal. El Chófis, como ya estaba casado y no quería más pedos, se despidió con dignidad.
—Ahí nos vidrios, mi Buchas. Te dejo con tu familia.
—Sobres, viejón. Te vas por la sombrita —contestó Buchango, tirando la comedia pa’ aligerar el ambiente.
—Una disculpa por lo de ahorita, carnal.
—No pasa nada, pero tu compa pega como niña, la neta —dijo Kevin, haciendo trompitas de burla.
—¿Apenas llegaste a Juaritos o qué?
—Simón, cana. Ya tenía rato gritando, pero nadie salía.
—Mi jefa fue al centro por el mandado. Y yo apenas vengo llegando del jale.
—¿Y va a tardar mucho?
—Nel. Ya ha de venir en camino. ¿Nos metemos pa' echarnos un gallito o qué?
—No, mi Buchas. Ya colgué los vicios. Llevo un año limpio.
—¡No mames, neta!
—Simón. Te lo juro por mi santa madre. Ah, el JR te manda saludos. Dice que en diez meses anda libre pa’ el desmadre.
—¡A su puta madre! ¿Estaban en el mismo bote?
—Simón. Pero ese cabrón ya parece libreta de secundaria, lleno de rayas.
—¡A la verga, qué chido! Ya quiero que salga pa' armar la peda.
Se metieron a la casa. Pero Kevin seguía con la espinita clavada...
—Oye, cana, ¿neta se metieron a robar al cantón?
—Sí, viejón. Se llevaron la tele de la jefita, mi bocina y unos tenis chidos.
—¿Y quién fue la pinche rata?
—El Brayan, carnal. Ese mismo.
—¡No mames! ¿Ese perro hipócrita?
—Simón. Se hizo bien pendejo, pero yo vi que tenía mi bocina.
—El vato me saludó bien buena onda hace rato... pero me vale verga. Ahorita le voy a sacar hasta lo que no ha robado.
Kevin se paró encabronado. Rocío quiso detenerlo, pero no pudo.
—¡No te metas, mija, o también te va a tocar! —gruñó Kevin.
Rocío se quedó callada, pero lo siguió. Kevin agarró una varilla oxidada que estaba tirada en el patio y se fue directo a casa del Brayan, donde el rap sonaba a tope.
—¡Ábreme, hijo de la chingada! ¡Ya valiste verga!
La puerta no aguantó tanto madrazo y se abrió. Kevin entró como toro en cristalería, con la varilla lista.
—¿Dónde estás, pinche rata?! —gritaba mientras destrozaba todo.
Al fondo, encontró al Brayan tirado en un sillón con dos güeyes más, bien perdidos en su viaje de sustancias. Kevin pateó a uno en la cara, lo tumbó al instante. Al otro le metió un varillazo en la espalda y el vato salió chillando como puerco.
Y al Brayan... lo bajó de su viaje a madrazos. Le puso una chinga tan salvaje que hasta el Mortal Kombat se habría persignado. Un Brutality se quedaba pendejo.
—¡Ya suéltalo, culero! ¡Lo vas a quebrar! —gritó Buchango, todo paniqueado, viendo cómo la jeta de Brayan parecía tuna roja aplastada.
—Este güey no aprende por las buenas carnal, esto es pa’ que se le grave bien quién manda —gruñó Kevin, con los nudillos hechos mole.
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Jajajajja excelente novela amigo, te mereces un diez , gracias por compartir tan sublime relatote
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