Capítulo 70 / "De cazador a presa"
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El sudor le escurría por todos lados. Entre la corrida, la excitación y el olvido del desodorante, Buchango olía a Cheetos con salsa y sobaco de mecánico, pero no se preocupaba. En su casillero lo esperaba su desodorante en aerosol de “chocolate erótico” y el perfume de catálogo con olor a funeral barato.
Al llegar a la maquila, se bajaron agarrados de la mano como si fueran de prepa en su primer relación tóxica. La raza los miraba, cuchicheaba, y Buchango más que incómodo, se inflaba de orgullo.
Se estacionaron junto a la máquina de sodas. Bere se le restregaba y él la abrazaba por detrás, restregándole el camarón como quien cuida a su trofeo. En eso llegó el Paisa con su ruca, directo a los chismes:
—Qué tranza, mi Buchas, ¿Cómo andas?
—Al millón, pariente. ¿Sacamos los frajos o qué? Ya ando erizo por una fumada— dijo, mientras la piola se le volvía a levantar con el calor residual de Bere.
El Paisa le pasó unos cigarros como si fueran documentos secretos.
—A que no sabes de lo que nos enteramos ayer paisa... La Britany se separó del marido, y se fue con su mamá. Por eso no vino.
—Te he dicho que me vale verga esa pinche gorda, compa. Mejor habla de otra cosa, viejón.
—Ah, yo pensé que todavía...
—El pasado, pasado, pariente. Ahorita ando estrenando morrita— dijo, besando a Bere en la mejilla como para dejar claro que la macana ya tenía dirección y nombre.
—Ta bueno paisa. No vuelvo a sacar ese tema.
Y así, entre chismes, cigarro y hormona residual, dieron las seis y entraron al maquilon. Buchango llevó a Bere de la mano, como si estuviera firmando acta de matrimonio.
—Oye, mija, ¿y esos güeyes qué? Me miran como si les doliera que soy tu vato.
—Yo creo que sí, mi rey. Desde que entré me han tirado rollo, pero yo solo tengo ojitos para ti.
—Es todo, plebe. Que vean que yo soy el que te está comiendo— dijo, mientras le agarraba las nachas frente a los mirones, para que supieran que el camaroncito ya tenía red.
Por otro lado, aquellos tres machos se encontraban echando veneno y filosofando bien profundo, como si estuvieran en un bar de mala muerte en plena crisis existencial:
—Mira, güey, si ese pinche bato todo pendejo pudo tramparse una morrita, ni modo que nosotros no —dijo el que parecía el líder espiritual de los fracasados.
—Ya sé, güey, pero nosotros con una morrita chida, no como las que trampa él. Lo he visto con puro Scrap.
—Pues esa morra sí se ve que aguanta, tiene unas chichotas bien sabrosas, pero también se cree un chingo, igual que la otra que traía.
—¿Cuál? ¿La luchona esa que se cree Thalía de tianguis?
—Esa misma, la de las uñas como espadas. Por cierto, ya no se ha visto por acá.
—Ey, sí es cierto. Se me hace que no aguantó que corrieran al Mike.
—¡A la verga! ¿Corrieron al Mike?
—Cincho. Dicen que se bañó con la lana de la quiniela, el muy hijo de perra.
—No mames. Yo le había comprado tres. Pinche rata, y todavía se enojaba si le pedías el cambio.
Y mientras esos tres hablaban de traiciones, tetas y quinielas robadas, Buchango y Bere allá en su nube de pendejos enamorados, pensando que estaban hablando de ellos. Pero así es la pinche maquila: un teléfono descompuesto donde todos chismean, pero nadie sabe ni madres.
Después de su teatrillo romántico, Buchango fue al baño a lavarse las axilas con jabón Rosa Venus y a darse un baño ruso (cara limpia, culo sucio), porque ya traía un hedor que parecía que lo habían parido entre una coladera y un costal de cebolla podrida. Luego se fue al casillero, se roció medio litro de su perfume de tianguis con olor a "La Roca", y se sentía tan chingón que casi flota por los pasillos, cantando como si fuera Alejandro Sanz en acidito.
Aprovechando que Juan estaba descansado, el Buchas fue directo con la Pollita. Sí, la vieja del rival, la que todos sabían que Juan se comía, pero que fingía ser santa nomás pa’ tener a varios babosos regalándole chocolates.
—Buenos días, plebita chula. ¿Qué tal de jale? —dijo el Buchas con toda la idiotez del mundo, porque la morra estaba nomás ahí parada rascándose los sueños, porque ni material había.
—Días, porque buena ya estoy. Aquí, tornado barrita. ¿Y tú? —respondió la morra, mascando chicle como si estuviera casteando pa’ actriz porno de Tepito.
—Al millón, plebita. También tirando rostro en lo que cae el jale. Oye, ¿y por qué no me has aceptado en el Face? —preguntó el Buchas, tocándole el hombro con su mano sudada.
—¿Cuál? Si ni me ha llegado nada —dijo la morra, sacando su cel pa’ checar.
Dato cultural innecesario: La técnica del “tiburón en celo” es el pretexto pa’ stalkear a la morra y ver si tiene novio, si sube packs, o si ya lo tiene bloqueado desde antes. Trucazo legendario que todo sabueso de zona industrial aplica.
—No, no tengo ninguna solicitud tuya, ves —le enseñó la pantalla, llena de solicitudes sin aceptar de un chingo de señores y güeyes urgidos, con nombres como "Brayan El Original" o "El Diablo Mc", Etc.
Esta es de esas morras que tienen más ganado que una carnicería: miles de likes por foto, reacciones de fueguito y la autoestima inflada hasta la estratósfera, aunque en persona huelan a shampoo barato y desodorante de bolita.
—Yo creo estaba soñando contigo, pues, plebita… y me confundí —dijo el Buchango con voz de galán de combi.
—Ay, no seas payaso —contestó la morra, riéndose y empujándolo de forma coquetona, como queriendo pero no.
El Buchas ya había alcanzado un nuevo nivel: ya estaba en modo Maestro del cortejo, superando incluso a su mentor, el legendario Tío Chuy.
—Cómo no, si estás bien requetebonita, mija. Qué suerte tiene ese viejo feo del Juan.
—Solo es mi amigo, yo soy casada, ya te había dicho —dijo la morra, sonriendo.
—Ah, pues está con madre ser tu amigo pues. Yo también quiero ser tu amigo.
—¡Payaso! —exclamó ella, con risitas de niña traviesa.
Toda la línea ya estaba viendo el coqueteo descarado, y aunque la morra negara lo del Juan, todos sabían que ese palo ya había sido usado varias veces. Pero así es la estrategia: negar, negar y seguir cobrando.
Uno de los lamehuevos de Juan, esos Judas con chaleco fluorescente, ya había mandado la foto comprometedora por WhatsApp. Se veía clarito al Buchas y la Polla riendo.
El mensaje decía:
"E mijo ya te andan aciendo gane con el mandado"
¡Chingón! Justo lo que el Buchango quería: sembrar cizaña en el cora podrido del Juan. Sabía que el cabrón iba a regresar en su viernes de descanso bien recalentado y listo pa' explotar. Y ahí lo iba a pescar con las manos en la pendejada pa' mandarlo directo a RH.
Pero como la vida nunca te deja en paz, llegó el grito inoportuno del Paisa:
—¡Ándale, Buchas! Luego tiras monstruo. Ya trajeron el material —gritó por el pasillo como si vendiera pan.
—Chale, plebita. Luego seguimos platicando. Tengo que ir a desquitar el día.
—Sí, está bien. No te preocupes —respondió la morra, con su sonrisita.
Ya en chinga, Buchango salió con su diablito detrás del Paisa.
—No mames, viejón. Ya me la andaba capeando. Me hubieras tirado paro.
—Te estoy salvando el pellejo, Buchas. El pinche Erick te estaba tomando fotos, quién sabe pa’ qué. Aparte esa morra es del jefe. No te metas en pedos. Me caes bien, paisa —dijo el Paisa, poniéndole la mano como si fuera consejero de AA.
—Me vale madre lo que digan, viejón. No me importa perder gente que no me quiere… he perdido gente que adoraba —dijo Buchango, repitiendo una frase mamona que había visto en una imagen del Joker bien culera.
—Yo nomás te aviso, mi Buchas. Ese Juan es culero: ya corrió a un vato por quererse comer una torta que él ya había lamido —respondió el Paisa preocupado.
—Pues que arda Troya. Hasta donde tope con ese pinche puerco.
Buchango ya había decidido que era él o Juan. No había espacio para dos gallos en esa misma jaula.
Unas horas después, sonó la bendita campana de la comida. Buchango fue a esperar a Bere a su línea, como todo caballero de fonda.
Y mientras ella terminaba sus últimos minutos, él nomás estorbaba y llamaba la atención como nopal en sushi.
Ya juntos, se fueron al comedor a degustar el menú gourmet: papas con más papas y un poquito de grasa reciclada. Porque sí, en las maquilas, el 90% de la comida son papas, y los otros 10% son carne de caballo. Y todo por culpa de esos rateros que administran la cafetería: presupuestan 20 kilos de carne y sólo sirven 2, lavando más dinero que un político.
Y bueno, volviendo a la historia…
Buchango y su nuevo amor comieron con el Paisa y su mujer, cuya risa sonaba como burro asfixiado con chile, como si estuviera reclamando los abrazos que nunca le dieron de niña.
Y justo cuando se estaban carcajeando, entró Kimberly, la ex del Buchas, junto con el mamado que parecía entrenar en parque publico.
Como siempre, entraron llamando la atención, pero más la Kimberly, que venía bien vestida pa’ rematar: entallada, esbelta, y más sabrosa que nunca.
—¿Quiubo, mija? ¿Qué milagro? —soltó Kimberly, toda falsa, mientras se le dejaba ir a Bere con abrazo y beso como si no la hubiera visto desde hace años.
—Hola, mija. Muy bien, gracias a Dios. ¿A poco chambeas aquí? —contestó Bere, entre sorprendida y con ese tono que suena a “chale, qué hace esta cabrona aquí”.
—Simón, mija. Apenas tengo dos semanitas, ¿y tú?
—Entré este lunes.
—Ah, pues qué chido, mija. Me dio gusto verte. Luego platicamos porque me están esperando —dijo Kimberly, tirando la mirada al vato mamado que estaba como a tres metros, con brazos de gym y cara de que no lee ni el shampoo.
—Está bien, mija. Nos vemos luego —le respondió Bere con sonrisa de falsa cortesía.
La escena se volvió incómoda como calzón cagado.
—¿Y esa quién es? —preguntó Buchango a Bere, como si no la reconociera aunque su páncreas ya estuviera colapsando de coraje.
—Es una amiga del Zumba —contestó Bere, inocente.
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