Capítulo 71 / "Jugando con fuego"
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La mesa, que un minuto antes era la más escandalosa del comedor, quedó muda. Nadie se rió. Y para acabarla, la salida de la cafetería era justo enfrente de la mesa de la Kimberly, así que la incomodidad ya se había acomodado con patas cruzadas.
—Fierro, chaparra, ya es tarde —dijo Buchango con tono de “muévete, que me estoy derritiendo de ardor por dentro”.
Pero Kimberly ya venía cargada de veneno.
—¡Adiós, mija! Al rato te cuento un chisme —gritó Kimberly, con voz de cobra en celo.
—¡Simón, mija! Nos vemos en el Zumba —respondió Bere, sin captar que estaba justo en medio de un campo minado emocional.
Buchango se fue con cara de que acababa de masticar una pila. Le hervía la bilis y le apestaba el orgullo. “¿Qué le va a decir esta pinche víbora? ¿Y si le cuenta lo de la vez del motel? Pinche vieja, no vive ni deja vivir”, pensaba mientras caminaba con las jetas hechas nudo.
—¿Qué traes, mijo? ¿Estás enojado? —preguntó Bere, notando el hocico de Buchango más torcido que tenedor de fonda.
—No, plebe, ando chido —mintió con la seriedad.
—¿Y entonces por qué tan serio?
—Es que esa morra me cae mal, mija. Me molesta que te hable —dijo Buchango sin siquiera voltear.
—¿Pero por qué, guapito? Se me hace bien buena onda —dijo Bere, sacada de onda.
—Esa vieja era esposa del primo de un camarada y le puso los cuernos con ese pinche vato cuerpo dioquis. Dicen que el primo hasta se quiso suicidar por las humillaciones —dijo Buchango bien serio, hasta parecía que traía lagrimita de novela.
—Ay no, qué feo.
—Sí, plebe. Pero no le vayas a decir, porque capaz y va a reclamarle al vato, y ahora si se cuelga.
—No te preocupes, yo no digo nada.
—Es más, preferiría que no le hablaras tanto. Esa vieja te puede mal influenciar.
—No, mi rey, tú tranqui. Que para esta leona no ha nacido quien la dome —dijo Bere, sacando su frase de Facebook luchón con glitter.
Buchango se relajó. Ya le había lavado el coco a Bere, y de paso, se aseguró de que la Kimberly no metiera más cizaña. Pero aún faltaba su escena de ego.
Cuando llegaron al área de Bere, Buchango se quedó un rato más, esperando que llegaran los otros machos de la línea pa’ que lo vieran como alfa.
—Oye, plebita, ¿Sí vas a ir al día de campo el sábado? —preguntó Buchango mientras se rascaba la tierrita de los piojos.
—No sé, guapito. Si mi marido va a jugar temprano, igual y sí me lanzo —dijo Bere, reajustándose la chichi con estilo.
—Estaría al millón que fueras, mija. Me gustaría pasarla con alguien como tú, bien chingón.
—A mí también, guapito. Pero déjalo en sorpresa. Si me ves allá, será una gran sorpresa —dijo Bere, llevándose el dedo a la boca como actriz porno de XVideos.
—Fierro, viejona. Si vas, yo también te voy a llevar una gran sorpresa —contestó Buchango, guiñando el ojo y mordiéndose el labio como si le estuvieran tomando foto pa’ Tinder.
En eso llegaron los machos. Buchango la besó en la boca, bien sabroso, pa’ marcar territorio. “Esta carne ya tiene dueño, perros”, decía con el hocico.
Y como simio erguido, se retiró de la escena. Pero antes, hizo parada con la señora gordita de los dulces y compro un chocolate.
Más tarde, ya en su área de trabajo, fue a buscar a la otra presa del día: la Pollita.
—¿Qué tranza, chula?
—Hola.
—Ya casi nos vamos eh.
—Sí, ya merito.
—Mira, pa’ que te endulces el día —dijo Buchango, sacando el chocolate de su chaleco con estilo de narco galán.
—¡Ay, gracias! Son de los que me gustan —dijo la Pollita, guardándolo junto con otros cuatro que ya le habían regalado durante el turno.
—Sí, están bien ricos... como tunas verdes —dijo Buchango, viéndola como quien se quiere comer el pastel con todo y plato.
—¿Cómo?
—Que son mis favoritos también, guapa.
—Ah, sí.
—Oye, mija, ¿vas a ir al día de campo?
Solo imaginarla en traje de baño hizo que el cíclope buchanguiano se despertara como albañil con quincena. Aplicó la clásica de “la mano en la bolsa” pa’ disimular la carpa.
—Sí. Ya hasta tengo mi traje de baño. ¿Quieres verlo?
Buchango no lo podía creer. Había ido por cobre... y encontró oro.
—Fierro, a ver.
—Pero te lo muestro solo porque me diste mi chocolate favorito —dijo la chica, sacando el cel.
Pero en vez de una foto del traje, se abrió la galería... y ¡pum!, una lluvia de fotos candentes se asomó.
—Ay, esas no, tápate los ojos —dijo ella, entre risa fingida y estrategia calculada.
Buchango sentía que el cíclope le lloraba de felicidad. “Esta quiere tranza”, pensó.
—Mira, ¿a poco no está bonito? —preguntó la Pollita, entregándole el celular a Buchango.
Una imagen de la misma Pollita, con un pinche bikini que parecía hilo dental y una pata de camello tan marcada que mostraba toda su carnosidad, brillaba en la pantalla del bendito iPhone. Buchango casi se desmaya, echando chorros de sangre por la nariz como pinche personaje de anime calenturiento.
—Está… muy muy bonito, viejóna —dijo Buchango con los ojos pelones, como si se hubiera metido media pastilla de Viagra con Tonayán.
—Ese es el que me voy a poner el sábado. Dale pa’ un lado, pa’ que lo veas completo —soltó la Polla, toda coqueta, disfrutando la mirada hambrienta de Buchango.
Buchango andaba temblando, parecía que le estaban haciendo un exorcismo. Era su momento. Ni en sus sueños húmedos ni en las noches más solitarias del Clásico Nocturno había visto semejante monumento a la lujuria. El iPhone era tan pinche grande que tuvo que sacar la mano del pantalón y aplicar la técnica secreta "pie levantado", alzando una pata sobre la mesa pa’ disimular su erección.
Deslizó el dedo con cuidado y ¡pum!, otra foto todavía más suculenta: la Polla en pose de espaldas, mordiendo el dedito como quien sabe que trae la maldad pura. Y tras otra deslizada más... la bomba: una foto de la Polla en la cama, sin calzones, recostada como quien no quiere la cosa. La pose se las dejo a su imaginación, pero el Buchango ya traía el ganso en modo operativo. Ella sabía que iba a llegar a esa foto, era su táctica: calentar el terreno y luego darle leña al fuego.
—¡Ay, esa no! —gritó la Polla, arrebatándole el celular al instante.
—No, pues sí que está bien bonito tu bikini, plebita... —dijo Buchango, mientras mentalmente ya se iba al baño a echarse una manuela legendaria.
—Qué pena, olvida esa última foto —dijo la Polla con voz de inocencia falsa.
—No pasa nada, mija. Tú y yo somos compas… —contestó Buchango, pero por dentro ya tenía un incendio en la entrepierna.
No aguantó más. El ganso exigía libertad. Su pantalón ya parecía pañal usado de tanto fluido.
—Ahí nos vemos, plebita. Ahorita regreso, tengo que ir al baño..
—Vale, está bien —contestó la Pollita, con una sonrisa que parecía sacada de película de terror erótico.
Buchango corrió al baño más cercano y se encerró con urgencia criminal. Se jaló la tripa con furia, cerrando los ojos para visualizar cada pinche detalle de la foto. Dejó el azulejo como Jackson Pollock, y aprovechó para buscarla en redes y mandarle solicitud, bien pendejo pero feliz.
Al salir del baño, el tiempo se le fue como pedo en balde. No volvió a verla porque el jale se puso de la verga. Ya para cuando dieron la salida, Buchango cruzó la puerta y ahí estaba Bere, esperándolo como siempre. Se subieron al camión y siguieron con su rutina.
—Adiós, amiga. Nos vemos en un rato —gritó Kimberly desde la mamalona, saludando a Bere.
—Adiós, mija, hasta al ratito —respondió Bere, sonriendo.
A Buchango le preocupaba que Kimberly metiera su cuchara en su noviazgo sabroso con Bere, pero la calentura que le había dejado la Pollita no lo dejaba ni razonar. Mientras estaban platicando afuera del camión, él no paraba de manosear a Bere, sin miedo al qué dirán. Bere se apenaba, pero trataba de aguantar vara.
—Ya, mijo. Aguántate hasta mañana. Mejor vete en tu camión y mañana nos vamos juntos —decía Bere, ya medio sonrojada.
—Es que te traigo unas pinches ganas, mija. ¿Y si no vas al zumba y te lanzas a mi cantón?
—Es que ya pagué toda la semana.
—No hay pedo. Yo te pago la que sigue… y el Uber.
—¿Y sí está sola tu casa?
—Simón, mija, no te preocupes por eso.
—Vale, nos ponemos de acuerdo por Whats.
—No te vas a arrepentir de nada, mija. Es más, llévate tupper, porque te voy a dar hasta para llevar.
—A ver si es cierto… —respondió Bere, echándole una mirada que derretía icebergs.
Se escucharon los motores y todos corrieron a subir a sus transportes. En el camión, el Chófis lo recibió con la típica carrilla, y Buchango empezó a contar todo como radionovela con volumen a todo lo que da.
Al llegar a la casa, el Chófis bajó la música del Chico Malo.
—Oye, mijo, ya preséntame una morrita para el día de campo. Tú vas con la tuya y yo me voy a ver bien pinche estorbo.
—No te agüites, viejón. Va a ir la morra del jefe de grupo, el que verguiamos en casa del Paisa. Pero dicen que ese güey siempre lleva a la familia, así que a la otra plebita ni la va a pelar.
El Chófis sonrió con cara de lobo en celo.
—Conejo, padrino. Esa ruca está pa’ hacerle un escuincle como hicieron a Pinocho: a puro palo.
—Nombre, si hubieras visto las fotos que me enseñó… ahorita mismo te metías al baño a sacártela.
—¿A poco sí, carnalito? —dijo el Chófis, acomodándose el tamal.
—Nomás le digo esto, pariente: la tiene rosita. —contestó Buchango, lamiéndose los labios como perro en carnicería.
—Pues entonces me la presentas, carnal. Aquí la hago mía en el Chico Malo, sin miedo.
—Me muero por ver la jeta del Juan cuando la vea contigo, jaja.
—En corto la toriqueamos. Tú nomás presentame, yo me encargo.
—Fierro. Es más, si se anima, armamos un trio.
—Estaría con madre. —dijo el Chófis, chiflando por lo bajo.
—Fierro, ahí nos vemos, viejón. Tengo que mandar a mi jefa a cobrar.
—Arre pues, mijo. Mañana le seguimos. Buchango se metió a su casa como si trajera prisa por salvar al mundo.
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