Capítulo 72 / "Sin vergüenza"

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—¡Jefa! —gritó al entrar.

—¿Qué? —respondió la madre desde su rincón oscuro, donde reinaba como bruja sin caldera.

—¿Sí vino Kevin? Dijo que venía temprano.

—Sí, pero se fue rápido, porque tenía un trabajillo.

—El sábado va a venir en la tarde, cómprese dos kilillos de carnita y cebollitas, ¿sí, jefa?

—¡A la verga! ¿Y con qué vergas quieres que lo pague? ¿Qué vaya y rente la panocha o qué?

—No se me enoje, jefa. Aquí está mi tarjeta. El NIP es 0420. Saque el dinero y compra lo que haga falta. Y de paso, unos frajos… ya sabe de cuáles.

—Y yo qué chingados ganó.

—Le picho sus cigarros de los buenos.

—Ándale pues. Así sí me gusta, pinche bribón. Ahorita voy con la comadre, me va a contar el chisme de Chuy.

La jefita de Buchango agarró su bolsita de malla, se la echó al hombro y salió con paso firme, lista pa’ la carnita asada, pa’ surtir la cebolla, los limones y el pinche carbón mojado que siempre compran. Y en cuanto la doñita cruzó la puerta, Buchango brincó como perro sin correa, agarró el celular y abrió el mensaje que traía guardado como si fuera tesoro.

<<Ya boy saliendo de mi kasa guapo 😘 pazame la ubicasion para pedir el uber>>

El compa se fue al rincón donde agarra el internet más chingón, y le respondió a la morra con emojis y toda la ortografía estilo disléxico caliente:

<<Ai es ermoza, abisame kuando bengas yejando pa zalir a pagar el uber 😘>>

Pero antes de que llegara, Buchango entró en modo ama de casa nerviosa: levantó trastes apestosos, escondió calzones con costra, metió bolsas de Sabritones a la mochila, y aventó un calcetín tieso con forma de boomerang abajo del refri.

Diez minutos después: ¡ping!... otro mensaje.

<<Ya boy llegando para q salgas guapito 😘>>

Y ahí salió el compa, todo perfumado con desodorante chocolate y peinado con moco de gorila. Del Uber se bajó Bere: traía un top pegado como segunda piel y unos leggings transparentes donde la tanga blanca parecía anuncio de Bimbo. Esa imagen le prendió la lumbre al alma lujuriosa de Buchango. El vato ya traía el chile saludando como bandera.

Pagó el Uber y se metieron a la casa como quien se mete al pecado. Se arrancaron la ropa con desesperación, se dejaron caer en el colchón percudido que olía a humedad y patas, y se dieron cariño como si el mundo se fuera a acabar al mediodía.

Bere agarró el mando: lo montó, lo domó, lo exprimió. Nuestro héroe nomás torcía los dedos de los pies, apretando los dientes como si lo estuvieran exorcizando.

—Sí, sí, papi, dime cómo me llamo —gritaba Bere, sudando y apretando con los muslos.

—¡Bere, Bere! ¡Ahhh! —respondía el compa, ya al borde de la explosión.

—Dame más… ¡Dime cómo me llamo!

—Oh sí, pollita… oh sí… —dijo Buchango, dejándose ir como gordo en tobogán.

Y ahí se quebró el hechizo. La morra paró en seco, como si le hubieran jalado el freno de mano.

—¿Qué dijiste? ¿Cuál pinche Pollita?

—Nada, que… que te voy a meter toda la pollita.

—¡No chingues, güey! No soy pendeja —dijo desmontándose del macho.

—Ya no empieces, mija. Olvídalo —intentó Buchango, sobándole el hombro.

—La cagaste, Buchango. Me voy al Zumba.

—No te vayas, mija, perdóname.

Bere se vistió emputada, recogió su dignidad y se largó. Buchango fue tras ella como perro sin cadena.

—Mija, no seas así. Ahorita te pido un Uber.

—No, me voy caminando. No está lejos.

—¿Así vas a ir al Zumba? ¿Con esos mallones transparentes y esa tanga?

—¿Y qué? Allá sí hay a quien le gusten. No me sigas o voy a gritar.

Y ahí se quedó el Buchango, a media calle, con la verga llorando y el alma rota. Una brisa le acarició el rostro y una rosa blanca apareció junto a él. “¡A cabrón! ¿Y esa rosa?” —la levantó, la olió y meditó mientras veía unos perros peleándose por una perra.

—Qué verga le voy a andar rogando si es casada —dijo, aventó una piedra a los perros, se dio la media vuelta y regresó a su cueva.

Entró, cerró la puerta y terminó la chamba él solito, como buen soldado abandonado en batalla. La Pollita aún le rondaba por la mente.

Horas después, llegó su madre cargada con la compra.

—Ya llegué, hijo. Pinche fila para cobrar. Oye, ¿por qué huele a cloro la casa? —dijo la doña, olfateando el aire como sabueso.

—Es que me lavé las manos con cloro, las traía bien sucias —contestó, mientras aventaba papeles mequeados bajo la cama.

Y ahí se acabó la odisea de la tarde. El día siguió con cena, baño y acostada a las 11, como buen empleado soñador.

Pero el viernes… ¡ah, el viernes! Ese día no se juega. Ese día se va a la maquila como si fuera antro. Buchango ya traía su camiseta desabotonada, su cadenita que parecía brida de caballo fino, y su cara de “vengo a enamorar”.

En la entrada, no esperó a Bere, se fue derecho a la cafetería a echarse un burrito de huevo. Pero apenas le dio la segunda mordida, la vio pasar: Britany. Caminando sabrosa y despreocupada. El vato fingió llamada, se levantó y salió como alma que lleva el diablo.

Y en eso… ¡zas! Que se topa con Bere. Ella nomás lo vio, torció los ojos y siguió derecho. Esperaba disculpas, llanto, algo… pero no: Buchango ya la había montado y eso era lo único que le interesaba.

El día estaba repleto de reencuentros malditos. Y todavía faltaba que Juan apareciera con su jeta de chango ardido.

Al llegar al área de trabajo, ahí estaba Juan, con la cara hecha bola de odio. Cuando vio a Buchango, le reclamó a la Pollita señalándolo como si fuera cucaracha:

—¡Mira, no se va a morir pronto el hijo de su reputísima madre!

La Pollita, harta de los celos:

—¡Ya, a la chingada! Si me crees bien y si no, es tu pedo.

Juan se fue echando lumbre por los ojos, y al voltear a ver a Buchango, traía esa mirada de “te voy a clavar un desarmador oxidado”.

Pero nuestro héroe se reía. Se reía viendo cómo el otro se descomponía como leche al sol. Juan andaba hecho mierda: gritaba, aventaba cosas, golpeaba paredes. Todo mundo murmuraba: “Se me hace que no le dieron”.

Pero Juan, aunque simio, no era tan bruto: ya traía una idea. Ya había visto a Buchango con Bere. Así que se le prendió el foco. Si conseguía el perfil de la morra, podía mandarle la foto que le había pasado su soplón.

Fue un duelo de miradas y jaladas de tapete, puro tira y jala de indirectas, hasta que por fin sonó la hora de la comida. Buchango salió a jalar torta con el Paisa y su ruca, y esta vez ni por la mente esperar a la Bere. Ya había cortado por lo sano con esa relación <<tóxica>> que nomás le daba broncas.

Estaban echando trago y comida cuando ¡pum! la sorpresa del día: Britany se sentó derechito a su lado, como si nada, bien quitada de la pena.

—¿Qué show, amigos? ¿Cómo andan? —saludó Britany con una sonrisa de esas que te dejan entre ver que traen truco—, y se fue directo a darle beso a Buchango.

Nuestro compa se quedó así como que “¿qué pedo?”, saludó pero se le notaba que le andaba dando vueltas la cabeza.

—Ora, amiga, ya te extrañábamos. ¿Qué rollo con tu separación? —la pareja del Paisa le tiró la pregunta, picando donde dolía.

—Bien, gracias a Dios. Ya era hora de cambiar de aires, mija; siempre me dijeron que yo era demasiado para ese cabrón —contestó Britany, y sin más, le puso la mano encima a Buchango, nomás para que sintiera el calor, con esos ojitos bien clavados como enamorada y toda la cosa.

Todos voltearon, se quedaron callados, bien incómodos. Britany parecía que había pasado la noche llorando; los ojos hinchados, el maquillaje hecho un desmadre intentando tapar las ojeras que la dejaban como oso panda. La neta, no la había pasado chido, pero ahora sí era una luchona 4x4, hecha y derecha, de esas que nomás atraen bendiciones.

Mientras tanto, Buchango estaba metido en su bronca mental, porque no había terminado formalmente con ella, y solo la había dejado en visto aquella vez en el baño. Pero la cafetería no era lugar para discutir ese tipo de problemas.

Cinco minutos de pura tortura y llega Bere a la cafetería. La tipa se pasea directo a la mesa donde está Buchango, y al verla con la mano de Britany en la pierna del compa, no pudo evitar que le subieran los celos. Pero, claro, ella también quería ponerle los cuernos emocionales, así que se puso a hacerle ojitos y risas a los machos de su área de trabajo, ya agarrando confianza mientras estaba formada para pedir alimentos.

—Mira, mijo, ahí va tu “amiguita” —dijo Britany señalando a Bere con sorna.

—Sí, anda bien volada la plebe —contestó Buchango, volteando con cara de “me vale madre”.

—Seguro que así anda con todos —escupió Britany, torciendo el hocico con asco—. Se ve bien que es bien puta, ¿no?

Todos esperaban que se callara, pero la víbora esa tenía la lengua bien afilada. La esposa del Paisa volvió a darle duro:

—¿Y cuándo regresaron Buchango y tú, amiga?

—Este miércoles, apenas. Pero no habíamos podido vernos. Por cierto, ¿te cambiaste de celular o qué? Porque no me entran tus mensajes ni llamadas —preguntó Britany volteando a ver a Buchango, mascando un chicle sabor carne que le sirvieron en su plato.

—Se me cayó en el juego de fútbol y se desmadro, mija. Te mando mi número por messenger porque aquí no es seguro, sabes que es exclusivo —respondió Buchango, pasándose un pedazo de carne difícil de tragar.

—Ya me imaginé, pero me preocupé. Lo bueno es que estás bien.

Al otro lado, Bere se carcajeaba y buscaba llamar la atención de Buchango, para echarle sus celos bien cabrones. Todo el mundo sabía de los rollos sucios que tenían Bere, Britany y Buchango, ya que en las últimas semanas habían sido bien descarados.

El silencio duró poco, porque entró Kimberly, llamando la atención de todos los machos con sus piernas de gimnasio, resultado de zumba y rutina mamada que le ponía su novio. Britany la miró retadora, pero Kimberly solo se rió y le soltó a Buchango, pasando de largo:

—Pobre pendejo.

Buchango ni peló la bronca, pero Britany ardió en bilis.

—¿Pobre pendejo qué? ¡Pinche perra malparida! —gritó Britany sacando toda su “delicadeza” femenina.

Kimberly se siguió riendo sin voltearle a ver y comenzó a acariciar a su novio musculoso. La risa le dolió más a Britany que un balazo, así que se levantó y fue directo a encarar a Kimberly.


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