Capítulo 75 / "Golpe bajo"

Capítulo anterior Aquí

Al llegar, Buchango buscó todo lo que faltaba y esperó a Kevin, su invitado de honor. Ya tenía la bocina y la mesa de lámina que usaban en el comedor para el patio. Prendía el carbón cuando escuchó a su hermano decir: <<¿Puedes o te traigo un negro?>>.

Buchango volteó y vio a Kevin entrando, acompañado de Rocío.

—Qué, mijo, déjame hacer ese jale. Esto es de hombres, wacha cómo se prende —dijo Kevin, con voz arrastrada y un tufazo a solvente que apestaba.

Buchango se alejó incrédulo, viendo a Kevin claramente drogándose. Rocío estaba igual, metiéndose una botella por la boca, con los ojos en blanco. Era agua celeste, la misma que destrozó a varios compas de su adolescencia.

Buchango no quiso reclamarle a Kevin, por miedo a cómo iba a reaccionar. Sus arranques de ira últimamente eran bestiales.

En eso, su celular sonó.

—Ya voy para tu casa, pá. ¿No se te ofrece algo de pasada?

—Al millón, viejón, tráeme unos cigarros, porfa.

—Ya está, mijo, ahí te caigo en unos veinte fierros.

—Fierro, viejón. Aquí te calmo.

Kevin, que escuchó la llamada, dejó de prender el carbón y preguntó:

—¿Quién marcó, carnal?

—Un compa —respondió Buchango, sin despegar la mirada del celular.

—¿Qué quería o qué? —preguntó Kevin, inquieto.

—Lo invité y ya viene para acá.

—¿Es el pendejo del otro día?

Buchango se quedó callado, tragó saliva y al fin decidió confesar la verdad a su hermano.

—Sí, viejón. Ese mero.

—Ese güey me cayó en la punta de la verga —escupió Kevin, aplastando e inhalando los gases de la botella plástica que compartía con Rocío, levantando el meñique con esa uña amarillenta larguísima, toda una delicadeza.

—Es a toda madre, viejón. Solo que se conocieron de mala manera —intentó bajarle la espuma Buchango.

—No, no, cana. Se cree un chingo… y esos güeyes… a la verga —se le fue Kevin a los golpes a la mesa, haciendo tremendo mono rabioso.

Buchango ya no quiso seguir peleando con su hermano; en ese estado no había diálogo.

La jefa, la mamá de Buchango, salió preocupada al escuchar el desmadre.

—¿Qué pedo, hombre? ¿Quién llora?

—Nada, jefa, nomás andamos felices —mintió Buchango, queriendo bajar la bronca.

—¿Qué tranza, jefa? ¿Cómo va la vida? —metió cuchara Kevin, abrazándola como si nada.

Pero cuando Kevin la envolvió, Idalia se quedó oliendo raro.

—¿A qué hueles, cabrón? —preguntó ella, devolviendo el abrazo.

—A nada, jefa —respondió él, nervioso.

Idalia volteó a ver la botella que despedía el mismo hedor y explotó.

—¡Tira esa chingadera ya, Kevin! No entiendes, ¿quieres que te anexe o qué pedo? —chilló furiosa mientras se metía a la casa.

—No, jefa, no empiece —le siguió Kevin, intentando calmarla.

Buchango se sentó a tomarse una cerveza pensativo.

Perder a su hermano en la droga le partía la cabeza: «Quizás deba ser un mejor ejemplo», se dijo mientras le pegaba tragos largos a la cerveza.

De repente, el motor diésel del Chico malo retumbó a las afueras de la casa: era el Chófis llegando.

Como buen invitado, descendió con dos refrescos y un par de cartones de chela.

Se saludaron y se fueron al patio de la casa.

—Oye, viejón, mi carnal anda bien arreglado. Tíralo al león, tú nomás síguele la corriente —susurró Buchango.

—Simón, carnalito, no te preocupes —sonrió el Chófis, dándole una palmada en el lomo a Buchango.

Abrieron cervezas y pusieron las carnes en la parrilla, con música prendida y plática buena.

Rocío salió y se sentó con ellos, tomándose una chela.

El Chófis la miró raro, notando que algo andaba mal con ella, y no era nada bueno.

—Oye, mijo, ¿Qué le pasa a tu cuñada? —preguntó bajito al Buchas.

—Anda bien ida, viejón. Tú nomás actúa como si no la conocieras.

Después de veinte minutos, la carne empezó a salir. Buchango llamó a su madre y a Kevin.

Cuando Kevin salió, saludó al Chófis con falsa amabilidad, fingiendo que le agradaba.

—Qué tranza, mijo. Mi carnal habla mucho de ti, como si le anduvieras metiendo la verga —dijo Kevin, echando cizaña.

—Qué rollo, pá. No, nada de eso, yo no le hago al barro —respondió el Chófis con risas.

—¡A ver, saquen las birrias pues! —gritó Kevin, haciendo la señal universal de cerveza con las manos vacías.

Buchango le dio unas chelas, y Kevin empezó a comer junto a su madre y Rocío.

Nuestro héroe puso unos corridos bien tumbados y le echó un brazo al Chófis, mientras cantaban a todo pulmón: «Junto a mi carnal».

Kevin apretaba los puños con rabia; no sabíamos si era envidia porque su hermano cantaba con otro o por la droga.

De repente, se acercó a su madre con cara siniestra.

—¿Y ese güey de dónde salió, jefa? —preguntó sin quitarle el ojo de encima al Chófis— ¿Qué barrio tira o qué pedo?

—No sé, mijo, pero siempre anda trayendo a tu hermano hasta la madre de pedo.

Kevin buscaba el más mínimo detalle para armar bronca, y el Chófis parecía ser el blanco.

El Chófis se sentía incómodo en la casa, pero no iba a dejar a Buchango solo después de todo.

Kevin no dejaba de mostrar envidia desde su oscuro rincón.

Pasaron un par de horas, la cerveza bajaba y sonaban corridos y Santa Fe Klan, ese ritmo que te prende la piel.

Kevin comenzó a malviajarse y se la hizo de pedo a Rocío.

—¿Qué le miras a ese culero? ¿Te gusta o qué pedo? —gritó Kevin.

—No, gordo. No estoy viendo a nadie —contestó ella.

—Ya cálmate, Kevin, le voy a marcar a la poli —amenazó su madre, intentando calmarlo.

—Ya, jefa, no se meta —respondió Kevin, empujando a su mamá.

—Ya, carnal, tranquilízate —intervino Buchango, poniéndose entre ellos.

—Hágase a la verga, pinche chaquetero —le aventó Kevin, empujándolo hasta hacerlo caer sobre la mesita de lámina.

El Chófis, incómodo e impotente, solo miraba y escuchaba, sin querer meterse en broncas familiares.

—Si yo te vi, pendeja. No me quieras ver la cara —bufó Kevin, soltando una bofetada a Rocío que la tumbó de culo.

—¡Ya, Kevin, déjala! —gritó su mamá, llorando, colgándose de su brazo.

—Ya, carnal. Cálmate, cabrón —insistió Buchango.

Kevin levantó una botella para golpear a Rocío, pero una mano firme lo detuvo.

—Tranquilo, mijo. Déjala en paz. Pónte con alguien de tu tamaño, cabrón —dijo el Chófis sujetando la mano de Kevin y ayudando a Rocío a levantarse con la otra.

El Chófis, al ver que Kevin golpeaba a la mujer que lo había hecho pensar en dejar a su esposa, no pudo aguantar más. No sabía cómo lo tomaría su mejor amigo, pero esta vez estaba decidido a hacer lo correcto, sin importar el precio.

Eso encendió la furia de Kevin, que se soltó del agarre del Chofis, para dejarsele ir con todo.

Los gritos de la madre de Buchango retumbaban en todo el barrio, y los vecinos comenzaron a asomarse entre tarimas y bardas, atraídos por el desmadre.

Kevin embistió al Chófis como una bestia, tacleándolo y tirándolo al suelo. Su cabeza golpeó la tierra, que aunque amortiguó un poco, fue suficiente para hacerlo ver estrellitas. Aprovechando eso, Kevin le soltó cuatro puñetazos que hicieron que el Chófis viera una lluvia de estrellas fugaces. Por reflejo, el Chófis logró sujetar las manos de Kevin, pero el loco le dio un cabezazo brutal para soltarse.

El Chofis escupió un par de dientes, pero ese cabezazo también dejó aturdido a Kevin por unos segundos, y el Chófis aprovechó para darle la vuelta, montarse encima y soltarle un par de derechazos que dejaron a Kevin como Fofo Márquez: bien pendejo.

La sangre del Chófis chorreaba por su rostro, goteando sobre Kevin. Pero El Chofis no era un cobarde, así que se puso de pie, se quitó la playera, se puso en guardia y espero a que Kevin se levantara.

—¡Chófis! —gritó Buchango—. Desafánate, viejón, mi carnal anda drogado.

Kevin se levantó, escupiendo sangre y tierra, y le respondió con voz de demente:

—Vamos a ver de qué estás hecho, bastardo de mierda.

El Chófis solo se puso en guardia. Kevin nuevamente se abalanzó sobre él, lanzando un golpe volado, que el Chófis esquivó con una destreza sorprendente, casi “ultra instinto". Respondió con un golpe recto que sentó a Kevin en el suelo.

—¡Ya, Kevin, cálmate! —gritaba la madre de Buchango, desesperada.

Kevin estaba desconcertado. Esta pelea se le estaba complicando, nunca antes lo habían sentado con tanta facilidad; así que decidió sacar sus trucos de malandro. Se levantó despacio y, justo cuando el Chófis no lo esperaba, le arrojó un puñado de tierra a la cara.

El Chófis recibió una lluvia de golpes volados. Logró bloquear varios, pero uno le hizo perder el equilibrio. Solo retrocedía, tallándose los ojos.

Kevin, confiado, se lanzó otra vez, pero el Chófis aguantó y, al ver su silueta, vio un punto de vulnerabilidad, así que le soltó un gancho al hígado que dejó a Kevin de rodillas.

Kevin gimió de dolor, mientras el Chófis, sorprendido, admiraba la resistencia de su rival, un tipo común no aguantaría dos golpes así.

La pelea era un espectáculo para los vecinos chismosos, que ni intentaban parar la bronca y hasta grababan todo con sus celulares.

Los llantos de la madre de Buchango incomodaban al Chófis, que empezó a pensar en largarse, y subestimar a su rival.

Kevin, con rabia, se levantó, escupió sangre, y cayó nuevamente sobre un mojón de perro, manchando su ropa. Viéndose derrotado y humillado, tomó una tubo de acero del suelo y arremetió contra el Chófis.

—¡Chofis noooo! —gritó Buchango, que parecía que le arrancaban el alma.

La vista del Chofis se fue oscureciendo y girando en cámara lenta. La última imagen en su mente fue a Kevin parado, viéndolo con desprecio sujetando un tubo metálico.

Poseído por el demonio, Kevin comenzó a patearlo con brutalidad y sin alma.

Entonces apareció Buchango, entrando como un huracán:

—¡Ya déjalo, cabrón! —gritó, abrazando a Chófis y llorando, protegiéndolo con su cuerpo.

Kevin se detuvo, miró a Buchango unos segundos y su furia se fue apagando. Al ver a su madre y a Rocío llorando, y a los vecinos aterrados, se alejó sin decir palabra, llevándose las dos últimas cervezas.

Buchango había elegido a quién salvar, pero estaba hecho un mar de dudas y sentimientos.

El Chófis, amigo verdadero sin sangre de por medio, y Kevin, su hermano menor, perdido en las drogas. Buchango lloraba como niño, sin saber si hizo lo correcto o si volvería a ver a su hermano. Habían pasado años sin ni siquiera recordar que existía, y ahora no le importo perderlo.

En el suelo yacía el Chófis, todo madreado, como si lo hubieran sacado de un costal de sparring. El mismo que de morro se había metido a clases de box, para renunciar a las madrizas que le acomodaba su padrastro borracho. Vida de esas que si la escribes, Netflix la compra.

Buchango y Rocío lo levantaron entre los dos, como costal de papas hasta la cama del Buchango. Ahí le empezaron a curar las heridas. A Buchango le valió verga que el colchón quedara todo enchocolatado de sangre, total, ya estaba curtido de fluidos: una mancha más al leopardo no lo hacía zebra.

—Tráeme las gasas de mi cajón.

—¡Llámale a una ambulancia rápido!

—Mamá, no para la sangre —escuchaba débil el Chofis desde la penumbra que lo envolvía.

Después de esos murmullos, una sirena sonaba a lo lejos. De pronto despertó en una ambulancia, débil, incapaz de levantarse o hablar.

A su lado, dos paramédicos y su amigo Buchango, quien le apretaba la mano y le decía:

—Aguanta, viejón, pronto vas a estar bien.

Esa mirada quedaría grabada en el Chófis para la eternidad.

Con una sonrisa débil, el Chofis murmuró algo, y metió la mano en su bolsillo. Buchango que estaba muy atento se acercó a su boca para escucharlo.

—El chico malo invita, pá —dijo el Chofis con sus últimas fuerzas, poniendo un puñado de billetes a Buchango en la mano.

El pulsímetro emitió un pitido largo, y la mirada del Chófis se apagó.

Buchango estalló en llanto, abrazándolo y gritando su nombre, mientras los paramédicos solo espectaban incómodamente sin poder hacer nada.

Así se le escapó la vida al buen Chófis, el tubo de acero fracturó su cráneo y provocó una hemorragia cerebral que los paramédicos no pudieron remediar.

Si algo nos dejó aquella noche es que:

La sangre no crea vínculos, los crean las experiencias, la honestidad, la lealtad y las memorias.

Buchango reflexionó profundamente sobre aquella tragedia que lo llenó de dolor y sufrimiento: había perdido más que a un hermano; había perdido a su compañero de mil batallas. Se prometió a sí mismo cambiar su vida y honrar para siempre la memoria de su entrañable amigo. Aunque el Chófis ya no estaba en este mundo terrenal, su recuerdo viviría para siempre en el corazón de nuestro héroe.

Con el dinero que le dejó el Chófis, Buchango decidió darle borrón y cuenta nueva a su vida, tomó un curso de transporte y tramitó su licencia. Así pudo renunciar a la maquila, y cumplir con aquella promesa que le hizo a su amigo.

Finalmente, Buchango empezó a enfocarse en lo que realmente importaba. Pasaba más tiempo con su hijo Natapluma y hasta lo regañaba cuando decía groserías. Por las noches retomó la secundaria, con planes de meterse a la preparatoria.

En cuanto a Kevin, fue capturado y encarcelado por homicidio en primer grado, enfrentando el juicio donde Buchango testificó en su contra.

Aunque el Chófis pasó a mejor vida y sus recuerdos quedaron grabados en nuestros corazones, una parte carnal de él se quedó en este mundo ficticio: La Pollita, después de aquel encuentro, engendraría un hijo de él. Asegurándole una buena vida, ya que la morra le hizo creer a un Sugar que era suyo.

La muerte del Chófis nos destrozó a todos —lectores, personajes y escritores por igual—, pero su partida no fue en vano. Una vida fue arrebatada para que otra pudiera empezar, y Buchango, nuestro querido amigo, tan humano como cualquiera, se encargará de honrar su legado por siempre.

¿Qué le depara el destino a nuestro héroe? Quizás algún día lo sepamos.

Capítulo siguiente Aquí

"Síguenos en Facebook 👍"

💙Gracias por leer💙


Comentarios

  1. Pobre compa Sergio, no merecía un final así
    El solo hizo lo que su corazón le indicó
    La parte que más me dolió es cuando sacó los billetes diciendo “el chico malo invita”

    ResponderEliminar
  2. Se nos fué a dejar personal a las puertas de San Pedro 😭,

    ResponderEliminar
  3. Al menos la muerte del Chofis enderezó e hizo superarse al Buchis.

    ResponderEliminar
  4. Porqué 😭😭😭

    "El chico malo invita" 🚑🥀😭

    ResponderEliminar
  5. Haz un final alterno por favor nuestro chofis no y si sigue la historia porque no un deportado tío chuy por el Ice, el Jr, hay mucha tela para seguir, o que el hijo de buchango y el chofis se vuelvan amigos

    ResponderEliminar
  6. Lei y la verdad me salieron las de cocodrilo y la neta "el Chofis" nunca debío terminar así a manos de un Drogadicto, no merece ese final, aunque dejo una gran lección a Buchango para que se supere y la frase que me Partió el Corazón " El chico malo invita. Ojala que Buchango siga su legado, Yo me quédo con el Corazón partido y triste.

    ResponderEliminar
  7. De primero lo estaba leyendo muy atento y con humor imaginando todas las escenas hasta que paso lo trágico de la muerte del chico malo ahí si chille😢

    ResponderEliminar
  8. Buenas narrativa, me gustó la parte " poseído por el demonio " fue inevitable no leer cin las voces de los personajes! Gracias

    ResponderEliminar
  9. Definitivamente escribes muchísimo mejor que Dahlia de la Cerda bro, en serio. Me hiciste pasar de la diversión a la tristeza y lograste que uno se encariñara con un personaje que es muy realista, de un tipo de persona que pese a sus limitaciones y entorno trata de hacer lo mejor que puede con lo que le tocó. Felicidades

    ResponderEliminar
  10. El Chofis era la Metro Víctor y no merecía terminar así y menos a manos de un drogata de mierda. Al chile si lloré por el, me caía a toda madre.

    ResponderEliminar
  11. No carnal me hiciste llorar no debía morir el chofis. Hazlo volver

    ResponderEliminar
  12. No we como desviviste al prota !

    ResponderEliminar
  13. Que el chofis no se muera!!!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

¿Qué te pareció el capítulo?