Capítulo 8 / "El hombre"


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Se hizo un silencio tan pesado que hasta los perros dejaron de ladrar. Cuarenta segundos de puro mute incómodo. La mamá se fue derechito a su recámara, llorando. El papá, con la cara roja y el corazón hecho nudo, soltó la frase que congeló a todos:

—¿Estás idiota o qué? ¿Así nos pagas la confianza y todo lo que hemos hecho por ti?

En la sala, Buchango ya estaba temblando como hoja en tormenta. Escuchaba todo clarito. Sabía que lo que venía no era una plática cordial, sino un capítulo de Cops: versión suegros homicidas. Y en esos casos, él siempre aplicaba su plan de escape: “mejor aquí corrió, que aquí murió”.

—¡Me las va a pagar ese infeliz! —tronó el papá, agarrando un sartén de la cocina como si fuera a hornear brownies, pero con malas intenciones.

Se fue hecho la madre hacia la sala, con Kimberly colgada de su brazo, llorando y jalándolo.

—¡No, papá, ya déjalo! ¡Él no tiene la culpa!

Pero cuando llegaron… nada. Ni una uña encarnada quedó de Buchango. Se había esfumado como mago de fiesta infantil.

—¡Ven aquí, cobarde! —gritaba el papá, revisando detrás de sillones, debajo de mesas, hasta abrió la puerta del baño por si estaba escondido abrazado al trapeador—. ¡Enfrenta las cosas como un hombre, carajo!

Nada. Ni rastros. Así que el señor se fue directo al plan B:

—Sube al carro. Me vas a decir dónde vive ese mediocre.

Kimberly tragó saliva. Sabía que la visita a la “casa” de Buchango no iba a ser de cortesía.

El papá iba con la mirada fija al frente, rumiando el coraje. Para él, no había ofensa más grande que su hija, su “princesa”, saliera panzona antes de los dieciocho… y encima del peor prospecto posible: un vato sin futuro, sin estudios y con ropa pirata.

Cuando llegaron a la colonia de Buchango, el señor bajó la velocidad. Era pura terracería, calles torcidas, hoyos que podían tragarse un carro y perros muertos que servían de topes improvisados.

—Bonita el lugar donde vive tu novio —escupió, con ese sarcasmo que quema más que el sol.

Avanzaban despacito. A los lados, la gente los miraba como si fuera un OVNI pero con llantas. Los niños corrían junto al carro, como escolta, y los adultos se asomaban detrás de tarimas y pedazos de lámina, cuidando su territorio. Aquello parecía escena de Mad Max, pero versión barrio fronterizo. El papá, nervioso, subió los vidrios del carro aunque estaban a cuarenta grados y el sudor ya le chorreaba por el cuello.

—¿Dónde vive ese mediocre? —preguntó, apretando el volante como si quisiera partirlo en dos.

—Es aquí a la vuelta, papá… ya casi llegamos.

Kimberly, de puro milagro, sabía dónde vivía Buchango. No porque fuera Google Maps humana, sino porque el vato le había pasado su ubicación una vez que la invitó a “ver películas” —cosa que nunca pasó, porque si hubiera pasado, la morra estaría preñada desde antes—.

Dieron la vuelta a la calle y ¡pum! Ahí estaba el mismísimo Buchango, saliendo de lo que, con mucha fe, podríamos llamar “casa”: cuatro paredes, techo parchado y más personalidad que cualquier departamento de zona nice. Iba hecho la mocha, cargando una mochila que parecía que adentro traía medio tianguis.

—¡Mira! —ladro el papá de Kimberly, con ojos de Rambo en su última misión—. ¡Ahí va el malnacido!

El señor pisó el acelerador como si estuviera escapando de la justicia, levantando tal nube de polvo, que bien podría considerarse tormenta de arena. Buchango, que ya traía radar para detectar problemas, volteó, reconoció el carro y peló los ojos. Sin pensarlo, aplicó la de película gringa: correr como si lo persiguieran para matarlo.

—Este infeliz no se me escapa… no esta vez —murmuró el papá, arqueando las cejas como villano de telenovela.

Y aquí viene la parte que si me la contaran, yo también diría “no mames”. El papá de Kimberly, en pleno modo Mario Almada, le empareja el carro, abre la puerta en movimiento y ¡zas! se avienta sobre Buchango. Sí, lo leyó bien: se aventó. Que cómo no se mató, pues mire… la calle era pura arena y baches, el carro ya iba despacio, así que el vehículo se detuvo a solo pocos metros.

Ambos rodaron como dos costales cayendo de un camión. Buchango quedó viendo estrellitas, y antes de reaccionar, ya tenía encima a su futuro suegro.

—¿A dónde crees que vas, desgraciado? —tronó el señor, mientras lo prensaba al suelo.

Buchango, fiel a su instinto de autopreservación, se orinó del susto y empezó a berrear:

—¡Mamááá! ¡Mamááá! ¡Auxiliooo!

Su jefecita, que estaba en modo relax viendo La Reina del Sur, brincó de la cama como si le hubieran tocado la lotería y salió disparada a defenderlo. Los vecinos, obviamente, salieron… pero no para ayudar, sino para ponerse cómodos con el chisme.

—¡Ya suéltelo, pinche viejo pendejo! —gritó la doña, corriendo como gallina de pelea.

El papá, ya con el brazo levantado para meterle un sopapo de antología, escuchó su voz y medio se detuvo, pero seguía bufando como toro:

—Suélteme, señora… este idiota me las va a pagar.

En eso llega Kimberly, hecha un mar de lágrimas, abrazando al papá como si fuera a desaparecer:

—Ya, papá… por favor… él no tiene la culpa…

—¿Cómo que no? ¿Después de lo que te hizo? —dijo el señor, con voz quebrada, como si estuviera en el final de una novela turca.

La mamá de Buchango, que ya estaba lista para morder orejas, escuchó el drama y pensó: “¿Qué chingados hizo este cabrón ahora?”

—¿Pues qué le hizo mi hijo, oiga? —preguntó, ya con el público reunido.

—Le voy a ser honesto, señora… su hijo embarazó a mi hija.

La doña abrió los ojos como platos.

—¿Pero cómo, si ni la circuncisión tiene?

Unas risas burlonas —de esas que te taladran la autoestima— se dejaron caer entre la bola de mirones que se habían arrimado nomás para chuparse el drama. Nuestro héroe sintió cómo la vergüenza le subía como diarrea mal cuidada, así que agarró su mochila y se metió a su “casa” (llamarle casa era como decirle “chef” a alguien que hace maruchan). Cabeza agachada, como perro regañado.

—¡Buchango! ¡Ven pa’cá, cabrón! —le gritó su jefecita al verlo meterse, con ese tonito que usaba cuando estaba a nada de aventarte la chancla voladora—. Si quieren, pásenle, porque aquí ya hay muchos pájaros en el alambre —soltó, echándole el ojo a los vecinos metiches que hasta habían dejado de ver la novela por el mitote.

—Me parece bien, señora —respondió el papá de Kimberly, medio calmado—. Y disculpe el circo, me ganó el coraje.

—No se apure… pásele a lo barrido —dijo la señora, sin saber que ahí no se barría desde el sexenio de Fox.

Adentro, el cubil estaba pa’ llorar. Olor a humedad con fritanga, piso terroso, y una vieja tele que sólo se veía en tono azul. Ahí estaba Buchango, tirado en una silla, viendo fijo como si estuviera analizando la existencia… pero no, nomás estaba ido.

—¿Por qué no me habías dicho nada, hijo de la chingada? —tronó su mamá, dándole un par de cachetadas que hicieron eco en la sala.

El papá de Kimberly sonrió de gozo. Esa mano abierta la sintió como propia, como cuando ves que al bully por fin le meten un madrazo en la secundaria.

—¡Eh! ¡Te estoy hablando! ¿Por qué no me habías dicho nada? —seguía la doña, jaloneándolo como si fuera trapeador.

—¡Yo tampoco sabía, mamá! ¡Te lo juro! —chilló nuestro héroe, cubriéndose como boxeador malo en el tercer round.

La señora se quedó fría. Sabía que su hijo era un desmadre, pero también sabía cuándo mentía… y aquí le sonó sincero.

—Mire, señora —dijo el papá de Kimberly, con voz de fiscal—. Yo nomás vine a entregarle a mi hija. Si los dos ya se sienten bien grandecitos para andar haciendo chamacos, pues también son grandecitos para hacerse responsables.

—Claro que sí, que vea que no es fácil criar un hijo —contestó la doña, sin que le cayera el veinte de que ella misma había criado a Buchango con más ganas de irse al bailongo que de criarlo.

Kimberly, viendo la mugre en las paredes y ese olor a pobreza con cigarro, trató de negociar:

—Pero, papá, también podríamos vivir allá con ustedes…

—No, mi reina —cortó el señor—. Es responsabilidad de su marido darle un techo.

Kim bajó la cabeza resignada, y justo ahí, Buchango se levantó como si de repente le hubiera entrado el espíritu de Pedro Infante. Se le puso enfrente, mano en el hombro, mirada seria.

—No te preocupes, Kim. Voy a trabajar duro para que nada les falte. Te lo prometo.

Kimberly lo vio y pensó: "Pos igual y no es tan ojete".

—Bueno —saltó el papá—, se casan la próxima semana.

—¿No es muy pronto? —titubeó Kimberly.

—No pienso tener un nieto bastardo —sentenció, cerrando el trato como notario de barrio.

Y así quedó. Ambos aceptaron sin ganas pero con cara de que “pos ya qué”. Después de una sopa aguada y un vaso de Coca de 2 litros en vaso desechable (gentileza de la suegra), Kimberly y su papá se fueron, perdiéndose entre la polvadera.

—¿Ya ves lo que ocasionaste, pendejo? Entre más grande, más pendejo —remató la mamá, cerrando la puerta.


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Comentarios

  1. Me encanta el pequeño pero sublime detalle de romper la cuarta pared jaja

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