Capítulo 12 / "Perreo intenso"
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—Está bien, papá, no pasa nada —respondió la mayor, con una sonrisa de “ya chingué”.
—Denle vuelo a la hilacha, que hoy salimos tarde —remató Chuy—. Ah, y no le hagan caso al cabrón ese, tiene novia.
Porque sí, un macho alfa en celo no duda en vender a sus crías con tal de mantener libre la pista de baile para él solo. De regreso, todavía le dio un zape a JR:
—No te me quieras pasar de verga con mis hijas, cabrón.
JR ni entendió; la bocina estaba tan alta que parecía que traía un jet despegando en la oreja. Mientras, el tío volvió a su objetivo, sonriendo como gato que ya probó la leche.
Las hijas, felices como si hubieran ganado un viaje a Cancún:
—Ya se armó, mi papá nos dejó tomar —le soltó Kendra a JR.
—Al millón, plebitas —dijo el compa—. Démosle recio, que la noche es joven.
En eso, Buchango regresa del OXXO sudado como perro encerrado en coche:
—Aquí están los cigarros, tío.
—Gracias, mijo. Oye, te andaba buscando JR —mintió el maestro del engaño, mientras encendía un cigarro.
—Ah, pues voy con él. ¿Me regala un par?
—Claro, campeón, llévate cuatro.
Movimiento perfecto: buchangazo fuera de la jugada. El tío volvió a la cancha con más tiempo para meterle verbo a Jessy.
Buchango llego con JR y se puso a pistear, pero el morro ya andaba inquieto por regresar con Jessy. Se inventa la excusa de ir por otro cigarro, y al llegar con las chicas las vio aburridas:
—¿Qué pasó, plebitas? ¿Se andan durmiendo o qué?
Jessy, con cara de “ya basta”:
—Cámbienle a la música, siempre las mismas rolas, y bájenle tantito que ni se oye uno mismo.
Bere, mirando a Buchango como si fuera postre:
—Pon reggaetón, pa’ perrear un rato.
El tío Chuy hizo cara de Don Ramón emputado, pero Buchango ya estaba moviendo piezas: se llevó un seis con JR y conectó su cel. Primera rola y pum: todas moviendo la cadera como si les pagaran por hora.
Ahí estaban: JR con las primas, Buchango lidiando con la amiga, y el tío Chuy pegado a Jessy, restregando ese bulto orgulloso de semental heroico.
Todos andaban como en fiesta de rancho con grupo en vivo: felices, borrachos y sudados… menos Buchango, que traía encima a Bere como si fuera mochila mal acomodada. La morra no lo soltaba ni para rascarse, hasta que después de dos rolas ya andaba bofeada y aflojando el ritmo. Fue ahí donde Buchango, más vivo que un coyote en gallinero, aprovechó para colarse frente a Jessy. Y ahí, señores, se armó la batalla de machos alfa: ella se volteaba y restregaba el queso en el fierro de uno y del otro sin compasión. Mientras uno saboreaba gloria, el otro tragaba bilis; era como ver un partido donde cada gol era dolor ajeno.
La molcajeteada duró seis canciones completas —y para cuando el DJ improvisado bajó la música— todos estaban más calientes que burro en primavera. Como dice un buchón de esos que se sienten corrido viviente: la plebada estaba “alterada y arremangada”, listos pa’ que hasta el más tímido sacara los pasos prohibidos.
El tío Chuy ya había tirado la promesa de “portarse bien” a la basura; a esas alturas era ganar o morir. Cantaba rolas románticas mirando fijo a Jessy, abrazándola cada treinta segundos y, muy “sin querer queriendo”, rozándole un chicharrón con la mano. Buchango le hacía segunda, convirtiendo la peda en un duelo a muerte por el tesoro escondido de Jessy.
La cerveza volaba como agua de tinaco, y en menos de hora y media ya nomás quedaban cinco botes flotando en un charco de hielo derretido. Buchango, sin miedo a Dios ni al qué dirán, agarró las últimas cuatro, se las echó a la bolsa del pantalón y fue con el tío Chuy.
—Tío, ya se acabaron las birrias —balbuceó Buchango, zigzagueando como carrito de súper sin rueda.
—Vamos por el pisto que traigo en la troca, mijo. Acompáñeme.
—¡Fierro!
—Ahorita venimos, ricuras. No se vayan a ir, ¿eh? —soltó el tío Chuy en tono borracho, tirándose la cerveza encima como si fuera perfume.
Se fueron abrazados hasta la camioneta, tambaleando. Ahí, el tío Chuy abrió la puerta y, con la vista vidriosa, le soltó la misión secreta:
—Ey, mijo… la neta, ando bien cachorro con esta morrita y ocupo que me hagas un paro.
—Pues depende, tío… —contestó Buchango con desconfianza.
—Mira… vamos a hacer unas aguas locas bien pasadas de lanza. Aquí traigo el garrafón, nomás pídele unos Zucos a tu compa JR; que sean cuatro, del mismo sabor… —decía el tío mientras sacaba la nutria y regaba la llanta.
Buchango lo miró resignado, ya sabiendo que esa noche le tocaría comer las sobras.
—Claro que sí, tío. No hay pedo…
—Espérate, cabrón… cuando me aviente mi grito de mariachi, esa es la señal: te llevas a la gordita con JR o a donde quieras, y en menos de cinco minutos me pelo con Jessy.
—Pero… ¿y si mis primas le dicen a mi tía? —intentó alegar Buchango, buscando una salida honrosa.
—¿Puedes o no puedes, cabrón? Lo demás es mi bronca.
—Sí, tío… yo me llevo a la gordita un rato.
El rostro bravo del tío se suavizó y le soltó un abrazo de esos que huelen a Tonayán.
—Eso es todo, chingao… por eso te quiero un chingo. Es más, voy a hablar con el inge pa’ que te hagan maistro.
Con la traición ya firmada y el garrafón bajo el brazo, regresaron con JR a contarle el maquiavélico plan. JR estaba de lo más feliz, acaramelado con las hijas del tío Chuy, contándoles una de sus “gloriosas” historias.
—Y así fue como perdí la virginidad —remató JR.
—Ah, qué chido, cabrón… pero tenemos cosas más importantes que discutir —tronó el tío Chuy, apareciendo por detrás con cara de perro bravo—. A mis reinas les vale madre cuándo te florearon el asterisco.
El silencio cayó como balde de agua helada. JR, sin más remedio, se empinó lo que quedaba de su bote, listo pa’ lo que viniera.
—¿Qué pasó, parientes? ¿Todo bien o qué? —soltó JR, con la voz temblorosa y el hocico seco, como si acabara de ver a la llorona. Hasta la peda se le bajó del puro susto.
—Sí, viejón… valió verga, se acabaron las birrias. Traemos pa’ hacer unas aguas locas, pero nos faltan los Zucos —contestó Buchango, mostrándole a JR el legendario Helicopterito de mezcal, girando como trompo de feria.
—En corto, pariente. Mi jefita fue hoy al mandado, ¿cuántos ocupan?
—Mínimo cuatro del mismo sabor —metió el tío Chuy, acomodándose el paquete con toda la confianza del mundo, como si sus pantalones slim de Coppel fueran vitrina.
—Dejen voy en chinga a ver de cuáles hay y me los traigo.
JR salió disparado rumbo a la cocina, moviendo las chanclas como si trajera carrera clandestina contra el diablo. Mientras tanto, el tío Chuy se acomodó con sus hijas, esperando a que el compa regresara. Buchango, que ya iba directo pa’ donde estaba Jessy con toda la fe del mundo, sintió de pronto el manazo invisible del destino:
—¿A dónde vas, cabrón? —tronó el tío Chuy—. Vamos a esperar a tu compa.
Buchango dio la media vuelta como perro regañado y se sentó con ellos, tragándose las ganas.
—¿Cómo se la están pasando, mis reinas.
—Bien, papá… tranquilas, casi no hemos tomado —contestó la mayor, hablando como si trajera tres hielos atorados en la lengua, mientras la otra se quedaba callada, con una cara de “acabo de ver a Satanás bailando cumbia”.
—Si se sienten mal o quieren descansar, me avisan.
—Sí, papá, no te preocupes… ya nos sabemos cuidar.
—Ándele pues, y no le hagan mucho caso a ese cabrón, ¿eh? Es bien mujeriego, no sabe respetar.
Casi se arranca la lengua de un mordisco por la hipocresía, pero justo en ese momento apareció JR, trayendo en la mano el botín: un puñado de sobres de polvo que harían del resto de la noche un recuerdo borroso.
Buchango y el tío Chuy se levantaron en chinga. El objetivo: preparar el elixir prohibido, ese que, con suerte, no te dejaria ciego.
—Solo encontré tres de piña y uno de coco.
—Pues que se armen unas pinches piñas coladas a la verga —dictó sentencia el tío Chuy, arrebatándole los sobres a JR.
Diez minutos después, con más mentadas de madre que instrucciones de cocina, la poción ancestral estaba lista. JR, siempre creativo, sacó vasos improvisados: veladoras recicladas de San Judas y de varios santos, pa’ que protegieran el estómago.
—Quedó perrona —dictaminó el tío Chuy, después de un sorbo que le borró las arrugas del hocico.
Dato cultural innecesario: Las aguas locas son el equivalente mexa a jugar ruleta rusa con el hígado: baratas, traicioneras y letales. Primero te aflojan la lengua, luego las piernas… y al día siguiente la dignidad.
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El tio Chuy le va a poner unos vergazos al buchango se ve venir
ResponderEliminarSe esta poniendo bueno el ambiente ojala inviten pa la siguiente,
ResponderEliminarMuy bueno
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