Capítulo 15 / "Induccion"

 

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A lo lejos, unas luces de colores se acercaban como si viniera la caravana de Coca-Cola. Pero era verano, así que no. De pronto, rugió un motor diésel con más vida que esperanza, atiborrado de luces LED, vidrios polarizados, cumbiones a todo volumen y un letrero en el parabrisas que decía "El Patrón".

Buchango y JR se quedaron boquiabiertos. Pasar de ir en la caja oxidada de una troca bajo el sol, a subir a un camión que parecía de Rápido y Furioso versión barrio, era un salto de calidad.

Cuando se abrió la puerta, un olor a lavanda les acarició la nariz. Por dentro, aquello era mitad cabina de DJ, mitad barra de bar: luces moradas, cortinas azules para dormir a gusto y bocinas más grandes que el futuro de cualquiera ahí.

Se subieron, gritando para escucharse, mientras el chofer —un loco que claramente gastaba la mitad de su quincena en el camión— sonreía como si fuera piloto de avión. Al llegar a la maquila, se dieron cuenta que todos los camiones eran así: mismos lujos de luces y cortinas, solo cambiaban el nombre estampado, el color de las luces y la música.

Continuaron la odisea, siguiendo al tío de JR, hasta topar con la caseta de la maquiladora. Ahí mero, donde te revisan hasta el alma para ver si eres digno de romperte el lomo por un sueldo de miseria.

—Fórmense aquí, el guardia los va a pasar ahorita para los exámenes. Sí trajeron lo que les dije, ¿verdad? —soltó el don, bajándose los lentes oscuros como si fuera detective de película chafa.

—Ah, sí, sí… a huevo, tío —contestó JR, todo confundido, como si le hubieran hablado en ruso.

Desde donde estaban, se veía una fila tan larga que hasta parecía que regalaban boletos pa’ ver a Peso Pluma. Así que nuestros dos valientes, con la paciencia de un borracho esperando que abra la tiendita, se formaron.

—¡A la verga, pariente! ¡Qué chingonas las naves de los choferes! —soltó JR, ilusión de niño viendo piñata.

—Al millón, viejón… estaría vergas jalar de chófer —contestó Buchango, todavía con la mirada perdida, soñando con manejar un camión con luces de antro.

—¿Viste a la plebita que iba enfrente cotorreando con el chófis?

—Simón, estaba bien buena… esos vatos han de tener plebes pa’ aventar pa’ arriba.

—Hasta se han de aburrir de tanta carne —remató JR, sonriendo como si ya se las estuviera imaginando.

La fila avanzó y por fin les tocó.

—A ver, ustedes dos, síganme, por favor —dijo el guardia, con un acento costeño que parecía que en cualquier momento iba a cantar “La Bamba”.

Entraron junto con veinte más, hasta una sala llena de raza que parecía castigo de la primaria: todos sentaditos, callados y con cara de “¿qué chingados hago aquí?”. De la nada, entra una doña con una charola llena de lonches y aguas gratis.

Ni sus jefas los trataban así.

Después de empacarse el desayuno, llega una morra y se presenta:

—Buenos días, bienvenidos a JUVITEC mi nombre es Mirna. Conforme vayan llenando sus solicitudes las dejan aquí en mi lugar.

Y todos con cara de “sí, sí, mija, lo que sea, pero dame trabajo”. Les dio solicitudes, plumas negras y desapareció.

Todos llenaron sus solicitudes, hasta el don que no sabia leer. Una morra se las llevo. De pronto, la puerta se abrió y entró una enfermera que comenzó a nombrarlos como si fuera directora de escuela:. Hora del temido antidoping.

Ahí fue cuando JR recordó lo que le había encargado el tío: traer orina limpia en un condón para hacer la trampa. Pero el muy cabrón… la había olvidado.

—No mames, pariente, valió verga —susurró JR, blanco como papel de baño barato.

—¿Qué pasó, viejón?

—La pinche orina… se me olvidó decirte que mi tío dijo que trajéramos miados limpios.

—¡No mames, viejón! ¡A la verga! ¿Y ahora? —Buchango se agarró la nuca, sintiendo el sudor frío.

Ahí estaban, mordiéndose las uñas, cuando a Buchango se le prendió el foco (o más bien la vela, porque luz no había).

—Ya sé, viejón… vamos a comprarle a alguien. Yo traigo veinte varos.

—¿Y si se agüitan?

—Nel, ¿cuánto traes tú?

—Cincuenta, pariente.

—Con setenta la armamos, viejón… le pagamos a uno y que nos dé pa’ los dos.

JR quedó tan impresionado que hasta le soltó una palmada:

—Pues si nomás la cara tienes, pinche Buchas.

Consiguieron una botella vacía y empezaron a estudiar candidatos.

—Mira, ese vato se ve enterote, como que no le pega a nada.

—Va, ten los cincuenta y caile tú.

Buchango se acercó al tipo.

—Buenos días, viejón.

El otro lo miró de arriba abajo con cara de “¿qué me quiere este mugroso?”.

—Buenos días —respondió seco.

—Mire… mi compa y yo necesitamos orina pa’ pasar el antidoping, le damos…

—Ahorita no, joven. No estoy de humor —lo interrumpió, con voz de diva.

Buchango volvió derrotado.

—¿Qué pedo, se armó?

—Nel, el vato se portó bien mamón.

—Sí guaché… se me hace que es jotillo.

—No creo, viejón.

—Por eso te bateó… deja voy yo.

JR, sin miedo al éxito, se desabotonó tres botones de la camisa, agarró la botella y se sentó al lado del vato

—Oye, mijo… tírame un paro, porfa —le dijo en voz baja, como si estuviera negociando droga.

Aquel vato también volteó con la misma jeta de perro callejero pa’ ver a JR, pero nomás lo barrió con los ojos y, de repente, le cambió la cara por una sonrisa coquetona.

—Ay, qué atrevido tú… ¿Qué se te ofrece, mijo?

—Regálame media botella de tus meados, y yo te regalo otra cosa —le soltó JR, guiñándole el ojo como si fuera final de telenovela.

—¿Y qué me vas a regalar? —preguntó todo sonrojado, aquel hombre afeminado.

—Pos tráeme lo que te digo… y te digo.

El vato de modos raritos se levantó como si lo hubieran llamado pa’ cobrar la tanda, le guiñó el ojo a JR y se fue con paso apretadito rumbo al baño. JR se fue a sentar con Buchango, sonriendo como político en campaña, mientras Buchango lo veía incrédulo, como si acabara de ver un ovni aterrizar en la maquila.

—A la verga, viejón… ¿cómo le hiciste?

—Ese güey era puto, compa… nomás era de seguirle la corriente.

Buchango estaba pasmado. La maña de JR pa’ embaucar gente estaba a nivel “todasmías” avanzado, categoría a la que apenas estaba aspirando el tío Chuy con sus técnicas del siglo pasado. Los dos se quedaron esperando hasta que aquel sujeto regresó con la Coca de piña en la mano.

—Aquí está lo que me pediste, mi rey… ahora sí, dame lo mío —musitó, entregándole la botella mientras se mordía los labios como quinceañera nerviosa.

Buchango aguantaba la risa con los labios apretados, y JR, bien sereno, como si estuviera en un velorio.

—Te voy a dar mi número, me mandas mensaje y ahí nos ponemos de acuerdo… ¿arre o qué?

—Ay, sí, mijo.

JR agarró un papelito y, sin que Buchango se diera cuenta, apuntó el número… pero el de Buchango. El otro, feliz como niño con paleta, se fue a su lugar.

—Ya se armó, pariente… al primero que le hablen, se la lleva. Y usa nomás la mitad, ¿eh?

—¡Buchango López Caste! —tronó sonó en la sala.

—A la verga, viejón, soy yo… ahorita caigo.

Buchango escondió la botella en el pantalón, formando un bulto tan descarado en la entrepierna que la enfermera lo miró de reojo con cara de: “¿Será carne o contrabando?”. Tras el examen de la vista, llegó la prueba chingona.

—Pásele al baño, orine en este vaso… y sin cerrar la puerta.

Sin miedo al éxito, Buchango se metió. Quiso abrir la botella pa’ vaciarla, pero la pinche enfermera lo traía bajo vigilancia con el rabillo del ojo.

—Viejona… me pone nervioso, ¿se podría voltear tantito?

La señora, más por pena que por otra cosa, se dio la vuelta un momento, y Buchango hizo la jugada maestra.

—Listo, viejona… aquí tiene.

—Eso sería todo, joven… siéntese y espere a que lo llamen.

Buchango salió sintiéndose agente secreto, pero apenas se sentó cuando escuchó:

—¡Arnulfo Ríos!

—¡Ahí voy! —contestó JR, apenado por que lo llamaran por su nombre tan culero.

La enfermera lo traía enfocado como dron militar. JR se levantaba lento, tanteándose los bolsillos pa’ ganar tiempo. Buchango cachó el pedo en chinga: sacó la botella, aflojó la tapa, la aplastó sin miedo a que el líquido se le chorreara en la mano, y se la pasó a JR con un apretón de mano digno de pacto de sangre.

—Suerte, viejón…

La pelicula de “Los ilusionistas” se quedaba pendeja ante esta ilusión. JR pasó a la enfermería, y Buchango se sentó a esperar su regreso como si fuera visita conyugal. Pasó media hora y nada… Buchango ya se imaginaba lo peor: “Capaz y este güey ya me puso en la cruz”. La gente empezaba a cuchichear.

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