Capítulo 16 / "Antidoping"
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Hasta que se abrió la puerta, y JR salió sonriente.
—¿Qué pedo, viejón? Te tardaste un chingo.
—No me vas a creer lo que pasó…
—A ver, suéltala.
—Pues que cuando me tocó mear… se me cae la botella. Y que la enfermera me ve y me suelta: “¿Qué es esto, joven?”. Yo no sabía qué decir, así que le solté la neta: “Oiga, esto era pa’ mi compa… es bien drogo y no iba a pasar el antidoping, ayúdeme, se lo ruego… haré lo que me pida”.
—¡A la verga, te mamaste! ¿Y luego?
—Espérate, que aquí viene lo sabroso… que se me inca enfrente y que se me prende como becerro sin uña. Y pos yo dije: ¿a quién le dan pan que llore? Que la pongo en cuatro, ahí mero, en la taza del baño y…
JR se dio cuenta que ya todos en la sala estaban estirando oreja, así que cortó la transmisión… dejándonos con el chisme a medias, como siempre.
—¿Y pues ya sabes lo que pasó, pariente? Ahora no tenemos que preocuparnos por el antidoping.
—Salaverga, viejón… yo traía mi historia, pero no mames, la tuya está más perra.
Buchango dudó de la versión de JR. Aquello sonaba al guion de una película porno barata que ya había visto en el ciber, pero luego se acordó de lo que pasó con el gay de la Coca de piña… y pos quién sabe, igual sí traía algo de verdad la novela. Lo dejamos a su criterio:
¿Ustedes creen que la doctora sí le sacó brillo al micrófono de JR?
Cuando ya todos habían pasado el filtro médico, un bato empezó a recitarles las reglas y políticas de la empresa. Treinta minutos de puro sermón, luego firmar contrato, luego otra mini capacitación, hasta que llegó lo bueno: la comida. Los llevaron al comedor, donde les sirvieron unas plastas de frijoles tristes, arroz apelmazado y chicharrón con papas en salsa verde. Para Buchango, aquello era banquete de gala; él sentía que lo trataban con el mismo lujo que a un CEO… nomás que sin el sueldo.
Antes de darles su gafete, les hicieron un recorrido por la maquila. Ahí estaban, boquiabiertos: aire acondicionado, pisos limpiecitos, y lo mejor… la fauna femenina. Aquello parecía catálogo de cerveza: había para todos los gustos y tallas. JR y Buchango sonreían a cada hembra “calificada” según su ojo de barrio, caminando con el pecho inflado, como si trajeran una cubeta llena de de agua en cada brazo.
Al final del día, ya contratados y con la moral alta, salieron a buscar el camión que los acercaria a su cantón. Y otra vez, taco de ojo de ida y vuelta. Ahí confirmaron la ley de la maquila: el depredador más hocicón o con más varo se quedaba con las hembras que quisiera. En el camión, puro chisme sobre lo visto. Bajaron junto al tío de JR, en el mismo punto donde todo empezó en la madrugada.
—Mañana hay que estar aquí diez minutos antes, pa’ no andar a las carreras viejón.
—Tú eres el que se queda dormido, a la verga, pariente —soltó JR riendo.
—Fierro pues, viejón. Yo ya voy a mi cantón a tirar barrita.
—Fierro, pariente. Ahí nos guachamos.
Cada quien agarró su rumbo. Cuando Buchango iba llegando, vio a su jefa saliendo con una bolsa de basura, que bien podía camuflarse con el resto del tiradero que había en el “jardín”.
—La maquila está bien perra, amá… tienen transporte de lujo, cafetería y va…
—Me habló el papá de tu novia, que vayas a verla, qué porque se puso mala —le cortó la inspiración su madre, como quien cambia de canal a la de a huevo.
A Buchango le cayó la noticia como cubetada de agua helada.
—¿Pero cómo? ¿No te dijo qué tiene?
—Pues si tú no sabes, yo menos, baboso.
La doña se metió y lo dejó ahí, pasmado, viendo cómo un perro en la calle desmenuzaba un pañal usado como si fuera un pollo rostizado. En eso salió de nuevo, con bolso al hombro.
—¡Ándale, cabrón! Vamos a ver qué le pasó a mi yerna.
Buchango sospechaba que la preocupación de su madre no era por cariño, sino por puro morbo de ir a ver la casa de los papás de Kimberly. Veinticinco minutos de caminata bajo el sol después, llegaron a un fraccionamiento nuevecito, de esos que huelen a crédito bancario. En la caseta les dieron acceso, y la doña entró con los ojos brillando: casas grandes, fachadas de revista… aquello la llevó a sus tiempos de sirvienta, cuando se robaba cucharas y seducía a sus patrones para ganarse un varo extra.
—Ya vi por qué dejaste panzona a esa morra tan rápido.
—No, jefa… yo ni sabía que la morra tenía varo.
A la doña se le dibujó una sonrisita perversa, soñando con una casa con fuente y cochera techada.
—Nomás no te olvides de tu madre cuando vivas en una de estas, ¿eh? Tú sabes lo que he sacrificado por ti…
Puro choro mareador, pero Buchango se lo tragaba entero, como siempre.
Caminaron hasta la casa de Kimberly. Tocaron el timbre y esperaron bajo la sombrita. La madre de Buchango no paraba de moverse, como si trajera hormigas en el calzón.
—Oye, hijo… ¿y tu suegra es más bonita que yo? —preguntó mientras se acomodaba el pelo y levantaba el pecho frente al reflejo de la puerta.
—No sé, amá… pero sí es más grande que usted.
—Pues ahorita veremos.
Escucharon pasos adentro y se callaron. La puerta se abrió y apareció la mamá de Kimberly. Lo primero que vio fue a la madre de Buchango, y como no la reconoció, soltó con cara de pocos amigos:
—Ahorita no, señora… ya tenemos sirvienta.
Esa frase le cayó a la madre de Buchango como patada de burro en la espinilla. Nomás le faltó medio segundo pa’ soltarle un jalón de greñas y trapearle la fachada con su propio cuerpo, pero antes de que sacara las uñas, Buchango se metió a cortar el pleito.
—Buenas tardes, seño… venimos a ver a Kimberly
—Oh, sí… eres tú.
Se notaba que la visita le había movido el tapete. La incomodidad le brotaba más que el sudor de un albañil a las doce del día.
—Pásenle a la sala… dejen le hablo a mi hija —dijo la señora, abriendo la puerta con esa sonrisa de compromiso que nomás usan las suegras en modo "no me caes pero aguanto vara".
—Muy amable… con permiso —respondió la madre de Buchango, aventandolo pa’ colarse como si fuera su casa.
Se dejaron caer en la sala. Idalia, con mirada de tasador de empeño, escaneaba cada mueble y adorno. Mientras tanto, le restregaba el trasero al sillón como si quisiera apagar un incendio. Aquello estaba más cómodo que cualquier colchón que hubiera manoseado en sus días de sirvienta; según ella, era como sentarse en las nubes… aunque con callos en el trasero.
—Ah no, mijo… estos sillones están con madre —soltó la señora, recostándose y quitándose los zapatos llenos de tierra.
—Sí… cuando vengo con Kimberly, no me quiero ni parar —dijo Buchango, cerrando los ojos como si estuviera en un spa.
En eso regresa la mamá de Kimberly, cargando un par de botellas de agua, y se queda tiesa al ver el cuadro: consuegra con patas al aire y yerno echado como patrón. Se ruborizó más que el agua radioactiva de fresa de la maquila. Pero la vergüenza no era idioma que la familia López Caste entendiera.
—Ahí viene Kimberly… traje agua por si gustan —murmuró, y se fue como si le urgiera ir a chismear por WhatsApp.
Apenas salió, la madre de Buchango siguió en lo suyo:
—Mira nomás qué cortinas tan perras, mijo. Yo quiero unas así pa’l diez de mayo —dijo, mientras se despellejaba los pies encima del sillón.
Buchango ya no aguantó.
—Ya cálmese, jefa… la van a torcer con sus chingaderas.
—¿Qué tiene, mijo? Si al cabo esto también es tuyo, ¿no? —contestó, manoseando un elefante dorado de la mesa de centro.
Antes de que Buchango le soltara un “no mame”, apareció Kimberly bajando las escaleras, sobándose la panza de cinco meses. La señora dejó el elefante y sacudió los pellejos del sillón.
—Hola, preciosa, ¿cómo estás? Mira nomás qué bonita la pancita.
—Un gusto verla, señora. Ya casi cuatro meses desde la última vez… —respondió Kimberly, fría como témpano, aguantando las palmadas hipócritas de su suegra.
Kimberly no traía cara de buenas noticias. Se dejó caer en el sillón y soltó la bomba:
—Señora, aquí delante de su hijo, quiero decirle que en estos cinco meses, nomás me ha venido a ver un par de ocasiones. No me está ayudando en nada. Quedamos que me acompañaría a las citas del seguro, y ni eso ha podido hacer.
—No es cierto… tú no me quisiste decir cuándo eran —respondió Buchango, ya buscando pretextos.
—Después de la tercera dejé de avisarte… total, ni ibas.
—Es que salgo tarde del jale… si salgo temprano, no me pagan.
—Ni que fueran todas las semanas, además… ni dinero me das. ¿En qué te afecta? —remató Kimberly.
Buchango iba a soltar otro “es que…”, pero su madre, que en eso de voltearle el chirrión por el palito era campeona, se metió:
—¿Cómo que no le estás ayudando a tu señora, Buchango? —preguntó, fingiendo indignación.
—No, má… no me sobra con lo que me dej…
—Pero nada, jovencito. Yo no crié a un irresponsable. A partir de la próxima semana, vas a venir a ver a tu esposa todos los fines y le vas a dar lo que necesite pa’ sus estudios.
—Mamá, pero si tú…
—¡Pero nada! Ya no digas más, porque me voy a enojar… y te voy a echar a la calle por desobligado.
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