Capítulo 18 / "Dia de calamidades"
Capítulo anterior Aquí
Al día siguiente, arrancó el “entrenamiento” en la maquilona. La raza que estaba ahí reunida era la pura crema y nata de los que habían sobrevivido al antidoping, a las pruebas y a la cruda del día anterior.
Cholos, tekatos, crickosos, doñas bigotonas, dones panzones, morros mecos, luchonas con uñas de tres colores, buchones con más oro que dientes, e intentos fallidos de fresa… ahí estaban todos, formados como si regalaran despensas. Un zoológico humano listo pa’ que los nuevos patrones les pusieran correa y les enseñaran a no morder.
La raza empezaba a “socializar” —o sea, a chismear de pura mierda—: gallos, drogas, chambas donde los habían corrido, cuernos que habían puesto y recibido, mordidas, tranzas, y hasta de sus gloriosas hazañas sexuales. ¿A quién chingados le importaba todo eso? Pues a nadie, pero ahí estaban, sacando pecho como si les fueran a dar premio.
Al poco rato, dos fulanos en batas negras les mataron la plática. Entraron como vampiros de Infonavit y se plantaron al frente.
—Buenos días, muchachos —saluda uno con tono de maestro de catecismo.
—Buenos días —contestaron todos, como si tuvieran ensayado el coro.
—Yo soy Pepe de entrenamiento, y hoy los vamos a llevar a la línea pa’ que vean el producto y las instalaciones. Fila de hombres, fila de mujeres, y sigan a mi compañero Paco.
Mientras la gente se acomodaba, Buchango y JR hacían un escaneo de arriba pa’ abajo, radar en modo “morritas chidas”. La emoción les hervía; parecían recién salidos del anexo.
—¿Ya viste a la del pantalón negro, pariente? —susurra JR, dándole un codazo.
—Simón, viejón. Está al millón, pero ese malandro que la trae pegada parece su vato… no se le ha despegado en todo el rato —responde Buchango, bajándose los lentes pa’ tener mejor vista panorámica.
—Podría ser, pero mi tío dice que aquí todos somos solteros… así que uno puede tener su señora en casa y una morrita chida en la maquila.
—¿Una nomás? —dice Buchango, frunciendo ceja con sonrisa de villano—. Las que se dejen, viejón, las que se dejen.
Caminaron rumbo a producción y les pegó el contraste: toda la gente trabajando seria, sin cheve, sin caguamones escondidos, sin corridos tumbados retumbando… nomás el ruido de las máquinas y una rolita de banda que sonaba débilmente en unas bocinas viejas.
El recorrido parecía de turistas pobres: todos viendo de un lado a otro, mientras el entrenador explicaba áreas y funciones. Buchango y JR, caminando como si trajeran rozaduras en las ingles, iban tirando miradas seductoras como galanes turcos de serie barata.
Llegaron a un área rara, sin gente, con mesas puestas al azar.
—Aquí van a estar aprendiendo, y muy seguro aquí se quedan. Voy a nombrarlos y me dicen “presente” —avisa el entrenador.
Empieza la lista.
—¿Alma Marcela Silva?
—¡Presente!
—Elvio Laó?
—¡Presente!
—¿Eloc Ochón?
—¡Presente!
Todo normal hasta que…
—¿Kevin Salazar?
—¡Presente!
Buchango clava la mirada en el pelón tatuado con ropa floja. Se llama igual que mi carnal, piensa, y se le empiezan a cruzar los cables. Le entra esa jaqueca rara que te da cuando quieres pensar, pero tu cerebro no está acostumbrado a tanto esfuerzo. Se queda viendo al morro, sacando teorías locas, tanto que el entrenador tiene que repetir su nombre dos veces.
Si no fuera porque JR le mete un codazo, ahí queda como estatua.
—Ándale, pariente, te hablan.
—Ah… sí. ¡Presenté! —responde Buchango, todavía con la cabeza ida.
JR lo nota raro.
—¿Qué tienes, pariente?
—Ese vato se llama igual que mi carnal y me sacó bien de onda, viejón.
—No estarás pensando que es tu carnal…
—Pos no sé, viejón. Lo único que sé es que se llama Kevin
—Nah, pariente, ni se parecen. Ya te dije, a la salida lo buscamos.
JR le da una palmada en el hombro y Buchango respira más tranquilo. Al final, razón tenía: Kevins hay un chingo en el mundo… y la probabilidad de que ese malandro tatuado fuera familia, era casi igual que encontrarte un jefe de línea buena onda.
—Tienes razón, viejón. Ese vato no puede ser mi carnal… y aunque lo fuera, está bien culero el cabrón —soltó Buchango, como quien confirma que el agua moja.
Cuando terminaron de pasar lista como si fueran ganado, los acomodaron en unas mesas de lámina. Y de pura chiripa, a nuestros héroes les tocó sentarse juntos, codo con codo, como buenos compas de guerra. Le dieron duro al jale, cada quien fingiendo que sabía lo que hacía, hasta que llegó la hora más esperada de todo maquilero en estado salvaje: la hora de la comida.
Salieron disparados como perros de rancho cuando oyen abrir la bolsa de croquetas, nomás para descubrir qué joya gastronómica les habían preparado los del comedor. Ese día tocó papas mal cocidas y un guisado tan pálido e insípido que parecía que lo habían hecho de castigo. Y aun así, los cabrones repetían plato. Porque claro, para Buchango, que toda su vida había sobrevivido a base de Maruchan y refresco tibio, aquello era como banquete de quinceañera. Comían rápido para tener tiempo de echarse un taquito de cáncer —cigarro barato sabor cereza— y bajar la comida.
En el área de fumadores, ¡madre santa!, se topan al mismísimo sujeto que se llamaba igual que el hermano de Buchango… y, como si fuera comercial de cerveza, traía de la mano a una morrita tan buena que parecía ilegal.
—Mira, pariente, tenías razón. Ese vato trae a la morrita esa —dijo JR, con los ojos pelones como si hubiera visto llover billetes.
—A huevo, viejón, yo no me equivoco. Esa morra está demasiado deliciosa pa’ ese güey… apenas pa’ Miguelito —murmuró Buchango, babeando como perro frente a carnicería.
—Se la voy a tumbar, pariente, me vale verga. ¿Vamos a ver quién se la baja o qué?
—Fierro, viejón. Le entro. ¿Qué apostamos? —respondió Buchango, sin despegar la vista del chasis de la dama.
—El que pierda picha un veinticuatro de ultras.
—¡Fierro! En corto, viejón.
Tras degustar sus cigarros de baja estofa, regresaron al jale como si fueran ejecutivos de alto nivel, completando la jornada sin sospechar que toda esa semana había sido puro entrenamiento. El lunes que venía les esperaba la neta: carrillón, verguiza y un desgaste físico que ni en la obra… pero con la gran ventaja de que aquí no trabajaban bajo el sol y hasta les daban prestaciones, ¡un lujo!
Al salir, ya con el reloj checado y el sudor pegado como tatuaje, estaban echándose otro tabaco afuera del transporte cuando:
—Mira, viejón, ahí viene la morrita sabrosa y su vato —dijo Buchango, empujando a JR con el codo.
—Qué Ricarda está, pariente, la neta —contestó JR, tragando saliva.
No le quitaban la mirada, esperando que la morra les regalara aunque fuera una mueca de interés, pero nanai: antes de que pasaran frente a ellos, se subieron al mismo camión que nuestros protagonistas. El malandro, al notar las miradas calientes de nuestros héroes, les aventó una mirada de “se me calman o los acomodo a chingazos”.
—¿Viste, pariente? Pinche vato se nos quedó viendo bien vergas —dijo JR, inflando pecho. —Me ha de tener envidia por estar más carita que él.
—Déjalo, viejón. No sabe que le vamos a tumbar la morrita… ¿sí viste cómo me sonrió antes de subir? —mintió Buchango descaradamente.
—Sí, pariente… se ve que a la plebita le gusta el pedo —le siguió la corriente JR, para no agüitarlo.
Ya en el camión, JR aprovechó el pasillo estrecho para pegarle un llegue con la cadera al cholo.
—Fíjate, pendejo —ladró el malandro.
—Abrase a la verga del pasillo, pinche mugroso —soltó JR, sin dignarse a mirarlo.
El cholo se iba a parar a repartir cátedra de golpes, pero la morra lo agarró del brazo y le susurró:
—No les hagas caso, amor, necesitamos el jale… tíralos al león.
Así que se calmó, y nuestros compas se fueron hasta atrás, a prender el altavoz con corridos tumbados y hablar puras sandeces a todo volumen.
Conforme avanzaba el recorrido, Buchango empezaba a sentir que el estómago se le encogía. Quedaban pocos pasajeros cuando, de pronto, el camión se detuvo y la parejita se bajó… a unas cuadras de su casa. Demasiadas coincidencias.
Cuando por fin llegaron, Buchango seguía con cara de que le habían robado hasta las ganas de vivir, tan serio que hasta JR lo notó.
—¿Qué rollo, pariente? ¿Dónde empezamos?
—No, viejón… la neta gracias de a madre, pero hoy no traigo ni pila ni ganas. Mañana le damos, ¿cómo ves?
—No hay pedo, pariente. Descansa pa’ que andes al millón, y cualquier cosa me echas un grito.
—Sí, viejón, con un sueñito me aliviano —remató Buchango con un bostezo tan largo que hasta un burro lo habría aplaudido.
—Fierro pues, pariente, estamos en contacto.
Se despidieron y Buchango se fue a su casa, pero traía entre ceja y ceja la duda del hermano misterioso. Ayer no le había preguntado nada a su mamá porque andaba encabronado, pero hoy… hoy sí le iba a sacar la sopa aunque fuera a gritos.
Capítulo siguiente Aquí



Muy amena la historia del buen buchango gracias por publicar cada fin de semana
ResponderEliminar