Capítulo 21 / "Los hermanos"


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—Una disculpa, homie… yo nomás me defendí —dijo Kevin, medio apenado.

—¿Seguro que es tu carnal, pariente?

—Más seguro que el IMSS, viejón —afirmó Buchango, ayudándolo a levantarse.

—Arre, no hay pedo. Yo pensé que íbamos a madrear a este bato, por eso me aventé como toro —contestó JR.

—Vieja, tráeme el seis que está en el refri —dijo Kevin, con tono de patrón de rancho.

—Simón, ahí vengo —contestó ella sin chistar.

—¿Y tú qué has hecho todo este tiempo, viejón? —preguntó Buchango.

—Pos me peleé con mi jefe porque me traía cortito con la escuela y no me dejaba juntarme con mis compas. Y pues me salí del cantón.

—Mira nomás, coincidimos: yo tampoco terminé la primaria y mi jefa nunca me dijo nada de con quién me juntaba.

—Yo dejé la uni porque me metieron a una carrera que ni me gustaba. Yo amo el rap, carnal, y a eso me quiero dedicar.

—Así debe ser, viejón. Uno hace lo que quiere, no lo que la gente le dice. ¿Y cómo supiste de mí?

—Pura intuición… y una foto vieja que tenía mi jefe con la dirección atrás. Ah, y un ruco bien chacal me habló un día, diciendo que me conocía.

—Ah, sí… el tío Chuy. Nos dijo que te vio.

—¿Es hermano de tu jefa?

—No, es un compa de la familia, pero siempre le he dicho tío.

—Ah, ya. ¿Y tu jefa te habló de mí?

—Nunca… hasta que el tío Chuy dijo que te había visto. Ahí decidí buscarte.

—¿Y qué dijo mi jefa?

—Quiere verte, viejón.

—Pues fierro, mañana le caemos. Me da nervio, ni me acuerdo de ella.

En eso llegó la morra con las cervezas, bien frías, con escarcha como tobillo de albañil. Buchango tragó saliva, y hasta le tronaron las tripas.

—¿Tienes hambre o qué, güey? —bromeó Kevin.

—Ni hambre me dio en el jale con todo este pedo.

Los cuatro rieron, se sirvieron y la plática se alargó como tanda de karaoke. Entre trago y trago, se les fue el tiempo, hasta que JR —que nomás escuchaba— se dio cuenta de algo cuando ya estaba oscureciendo…

—A la verga, pariente. Ya es tarde, fuga al cantón.

—Fierro, viejón —dijo Buchango, levantándose como resorte viejo—. Nos vemos pues, carnal, que acá la señorita ya se quiere ir.

—¿Qué pues, pariente? ¿Señorita? Señoritas ni las monjas, mijo.

Los tres soltaron la carcajada como si se hubieran echado un pase invisible, y luego se despidieron bien contentos.

—Cuídense, cabrones —les gritó Kevin, mientras ellos se metían en la oscuridad perturbadora postapocalíptica del barrio, donde nomás faltaban zombis y el perro del vecino que siempre ladra a las tres de la mañana.

Al dar la vuelta, sopas: un grupito de malandros estacionados en la esquina como si fueran cono de tránsito. Los bolsillos y celulares de nuestros buchones empezaron a sudar frío, y el corazón casi se les sale al ver que los cholos les clavan la mirada como perro con hambre viendo bistec.

—Ya valió madre, pariente, nos van a tumbar —susurró JR, con las patitas temblándole como licuadora mala.

—No los voltees a ver y camina rápido, viejón.

Pasaron por la otra acera como perros regañados, cabeza agachada y dignidad en la bolsa. Pero ahí estaba el dilema: si les sacaban la vuelta del todo, era como mandarles una carta firmada que decía “síganme y róbenme”. Mejor pasar por enfrente y rezar pa’ que estuvieran distraídos viendo el Facebook gratis de Telcel.

—¡Ey, cana! Présteme cinco varos —lanzó uno, con voz lenta y rasposa, como de fumador empedernido.

Ni se esperaron a la segunda frase. Buchango y JR arrancaron como si regalaran gasolina en la esquina. Entre piedras, polvo y gritos, los malandros les dieron una correteada que ni el Usain Bolt con diarrea.

Llegando a su casa, la jefa de Buchango lo recibió como detector de mentiras humano.

—Oye, cabrón, ¿ya le fuiste a dar una vuelta a tu novia? No quiero que vengan sus papás a estarme chingando.

—El jueves voy, jefa, relájese.

Buchango se tiró en la cama viendo un póster de su ídolo musical. Ya se veía con su carnal el diez de mayo, cantándole a la jefa con una bocina Bluetooth a todo volumen, empinándose un Buchanans en año nuevo, y pisteando en baby showers o piñatas como todo buen compa que no conoce la palabra “moderación”.

Durmió como con una gran alegría en su corazón, hasta se olvidó de hostigar a las muchachas guapas de sus redes sociales.

Llegó el jueves, y Buchango amaneció tan emocionado que hasta madrugó sin que la alarma lo escupiera de la cama. El plan era ver a su “hermano” en el trabajo, pero JR no estaba en la parada. Ni sombras de él. Buchango se arriesgó a gastar sus diez pesitos de saldo y le marcó, pero directo a buzón. Le dejó un mensajito por Messenger:

<<Viejon k paso estaz vien>>

Ya en la parada del camión sin albur, le preguntó al tío de JR:

—Oiga, viejón, ¿no sabe si JR va a venir a jalar hoy?

—Nel, morro. Ayer lo vi y me dijo que le dolía la cabeza. Capaz que se enfermó.

—A lo mejor y sí, al rato le marco a ver qué pedo.

Tres paradas después, subió Kevin con la morrita, saludando como si fueran compadres de toda la vida.

—¿Qué tranza, carnal? ¿Cómo amaneciste? —preguntó Kevin, con sonrisa de niño bueno que ya vendió dos focos y una batería en la chatarra.

—Al millón, viejón. Listo pa’l desorden.

—Esa es la actitud, loco. Oye, ¿y tu compa?

—¿JR?

—Simón, el vatillo de ayer.

—Ah, ni idea. Creo que no vino a chambear.

—Capaz que ayer me pasé de verga. Ojalá y no sea por eso.

—Nah, a lo mejor amaneció crudo; ese güey es bien pisteador.

—Pues qué culo, ni nos invitó.

Se rieron como si no tuvieran deudas ni jefes tóxicos, y siguieron planeando el reencuentro de Kevin con su madre.

Ya en la maquila, eran inseparables: desayuno, comida y salida. Como pandilla de secundaria, pero con salario mínimo.

Eso pronto encabronó al jefe de grupo, un amargado de esos que si él no es feliz, nadie más puede serlo.. No bajo su mando. Les veía igual que uno ve las llamadas de “promoción especial” de la compañía telefónica.

Llegando la hora de salida, Kevin estaba nervioso, fumándose los cigarros como si fueran papitas. No recordaba a su madre; la vida lo había separado de ella desde morrillo. La emoción le revolvía el estómago. Una vez, cuando tenía diez años, un tal Tío Chuy le llevó un balón, pero su papá se lo quitó para regalarle uno “mejor”. En realidad, la madre de Buchango había mandado a ese emisario improvisado, porque aunque fuera una bruja sin corazón, todavía guardaba una pizquita de amor por sus crías… muy escondida, como billete olvidado en chamarra de invierno.

La hora cero por fin llegó. Se bajaron del camión y, con las patas medio entumidas, los tres caminaron unas cuantas cuadras hasta llegar al rancho… perdón, a la “casa” de Buchango.

—Aquí está su humilde jacal, viejones, pa’ cuando se les ofrezca —dijo Buchango señalando su casa improvisada.

Kevin se quedó de a seis. Él se imaginaba una casa humilde, sí, pero no esta chingadera que parecía set de la película “Voces inocentes”. Si el cuartucho que habían rentado con su morra le olía a rancho de puercos, esta madre le decía “novato”.

—¿Qué pasó, mijo? Vamos a entrar con tu carnal —lo jaló Rocío, agarrándolo del brazo como pa’ que no saliera corriendo.

Una lágrima se le escapó a Kevin mientras caminaba con la morra, siguiéndole el paso a su hermano. Llegaron a la puerta y Buchango se asomó por la cortina, con pose de espía de barrio.

—Shhh, espérenme aquí. Dejen entro y le digo que salga —susurró, poniéndose el dedo índice en los labios.

Abrió la puerta como si no pasara nada.

—¡Jefa! —gritó desde la entrada.

—No tengo cigarros ni feria, hijo de la chingada —tronó la voz de su madre desde su cueva oscura.

—No, jefa, no vengo a pedirle nada… le traje una sorpresa.

—Ay, mijo, no te creas… me quedan dos cigarros, ¿quieres?

—No, jefa. Está afuera su regalo, pero déjeme le tapo los ojos.

—Ay, mijo, qué emoción, ¿qué será?

Buchango le cubrió los ojos con esas manos que traía impregnadas a huevo sudado, y la llevó hasta la puerta. Afuera estaba Kevin, temblando como si lo fueran a pasar al paredón. Era difícil saber si sudaba o lloraba.

—¡Sorpresa! —le destapó los ojos.

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