Capítulo 27 / "Suspenso en contratación"
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En eso, entró un hombre de traje prístino, cabello bien peinado, perfumado hasta los calzones, y con la seguridad de quien camina como si supiera todos los secretos del horóscopo. Era el licenciado: alto, blanco, elegante y con movimientos tan delicados que parecía levitar.
Las hembras enloquecieron como fans colegialas de grupo de K-Pop. Hombres como ese solo se veían en la televisión. Britany por su parte, dejó la butaca como si hubiera caído una tormenta torrencial sobre su asiento.
—¡Muy buenos días a todos! —saludó el licenciado, con una tonalidad que rasgaba entre lo agudo y afeminado.
—¡Buenos días! —corearon todos, en modo borrego.
—Mi nombre es Francisco Charte Villanueva, pero ustedes pueden llamarme Paco Charte.
Se hizo un silencio digno de velorio. El tono afeminado y los ademanes nivel “coreografía de OV7” activaron el radar del chismecito. Buchango soltó una risita de esas que huelen a homofobia pasivo-agresiva, mientras otros intercambiaban miradas como si nunca hubieran visto a un gay en su vida.
—A ver —continuó el licenciado con la mano en la cintura—, el que no traiga todos sus documentos, hágame el favor de abandonar la sala. Mañana todavía estaremos contratando.
En ese instante, a Buchango se le heló el alma. Se acordó que no traía comprobante de domicilio. ¡Sopas, mi Buchis! Y cómo iba a traerlo, si en su cantón todo era "GRATUITO", así, entre comillas bien puercas. O mejor dicho: robado. Luz de un diablito, agua de la toma rota del vecino, y hasta el internet era Roberto.
Usando la única neurona activa que le quedaba, sacó su mejor as bajo la manga: su labia.
—Oyes, mija, se me olvidó el comprobante y la neta me urge la chamba. ¿Me prestas el tuyo y le decimos al licenciado que vivimos juntos? ¿O te agüitas?
Britany lo pensó, con cara de "esto suena a multa, pero también a plan de viernes".
—No sé, ¿Y si nos tuercen?
—No pasa nada, chula. Tú me pones como tu esposo y yo a ti como mi esposita. Al cabo ni se nota.
—Bueno, está bien —aceptó ella, como quien firma un contrato con el diablo, pero por necesidad.
Y así, mis estimados, fue como Buchango y Britany se hicieron pareja oficial, sin beso, sin anillo, sin cena... nomás con un comprobante de CFE.
Después de entregar sus papeles, el licenciado les repartió un examen.
—Tienen media hora para contestarlo —dijo mientras se acomodaba con más estilo que influencer de maquillaje.
A Buchango se le puso el alma de corbata. Apenas sabía escribir su nombre viendo el INE. Había dejado la secundaria en primer grado... de ebriedad. Literal.
Veinte minutos después, llevaba apenas quince preguntas contestadas y ocho con garabatos. Entonces, vio a Britany con ojos de súplica.
—Mija, ¿tienes las respuestas de la quince a la treinta?
—Sí, cópialas desde ahí —respondió ella, inclinando la hoja con disimulo y protegiéndola con su bracito flácido.
Buchango sintió el verdadero amor. Porque en su especie se dice, que la mujer que te pasa las respuestas del examen, es digna de llevarla a vivir a casa de tu madre.
Terminó la media hora, y lo que siguió fue lo peor para muchos: el temido antidoping.
Buchango tragó saliva. Si bien sólo se prendía su gallito los fines con los compas, igual sabía que tenía que fingir pureza. Por eso, la noche anterior se había empinado un litro de vinagre blanco, confiando su destino en un tutorial que vio en TikTok.
Aguardó el resultado con el alma temblando. Ni siquiera pudo seguirle tirando el rollo a Britany. De pronto, escuchó la sentencia:
—Buchango López.
“Ya valió madre”, pensó, mientras su espíritu ya recogía sus cosas para irse.
—Te hablan, menso —dijo Britany, dándole un codazo, para regresarlo a la Tierra.
—Ah, sí... ahí voy.
Se paró con pasos de funeral, mochila en mano y tragando nervios como si fueran chicles.
—Buenas tardes —saludó el licenciado, sonriendo con falsa cortesía.
—Bu-buenas tardes, li-licenciado —Buchango estaba a dos tragos de vomitar su corazón, con todo y el vinagre de la noche anterior.
—Lo noto nervioso. ¿Todo bien?
—Sí, to-to-todo bien...
—Bueno, vayamos al grano. ¿Usted ya había trabajado aquí?
—Sí, hace como dos años.
—¿Qué puesto tenía?
—Materialista.
—Tenemos una vacante. ¿Le interesa?
Y en ese instante, se le iluminó el alma. Casi se pone a llorar. Le dieron la chamba. Por un momento pensó en besarle las manos blancuzcas al licenciado y pedirle que le diera un beso.
—Fierro, estaría al millón —respondió con el entusiasmo de quien gana una tanda sin haberla pagado.
—Preséntese mañana con el supervisor Carlos Carrilla en la línea ocho. Estará a prueba tres meses, así que no falte.
—Sí, claro que sí. Muchas gracias, licenciado.
—Por nada. Mañana le entregamos su papelería.
—Gracias otra vez. Nos vemos mañana.
Y así, raza, fue como Buchango resucitó de entre los muertos laborales, se estaba ligando a Britany y había sobrevivió al examen... todo con puro verbo, vinagre y osadía.
Buchango salió de la oficina con una sonrisa tan grande que parecía anuncio de clínica dental, pero de las que arreglan bocas de caballo. Su dentadura, un mosaico amarillento y chueco, brillaba bajo el sol como si tuviera vida propia, y esa sonrisa, se estiró todavía más en cuanto divisó a su presa: Britany, la reina de los leggings transparentes.
—¡A que no sabes qué! —dijo Buchango emocionado.
—¿Qué pasó?
—¡Me dieron la vacante de materialista!
En ese momento, todos los aspirantes voltearon, no porque les importara mucho la noticia, sino porque aquellos dos hablaban como si estuvieran voceando las ofertas del supermercado. Desde que empezaron a platicar, todos sabían que Buchango le traía ganas a Britany, y no precisamente para hablar de nóminas.
—¡Qué padre! Me alegro mucho por ti… pero eso significa que no nos va a tocar en la misma línea —dijo Britany, poniendo carita de perrito abandonado.
—¡Está hasta mejor, mija! Así salgo a la hora que tú salgas a comer. Ya sabes, los materialistas tiran mucha barra.
—¿Me lo prometes? —preguntó Britany, haciendo pucheros que habrían hecho llorar a un payaso.
—¡Te lo prometo, meto!
Y así, como si se tratara de una novela de Televisa de horario estelar, los dos quedaron flechados y reclutados el mismo día. Desayunaron juntos en la cafetería, se contaron lo que no venía al caso, y luego vinieron los cursos de inducción, donde Buchango se la pasó cabeceando como gallo borracho. No recordaría ni una palabra. Lo único que retuvo, fue el color del calzón de Britany.
Ya casi al final del día, Buchango, tan concentrado en el cortejo que llevaba, se le olvidó completamente que tenía esposa: la sagrada Kimberly.
Al salir, fueron con el coordinador de transporte, para que les indicara qué camiones los acercarían a sus domicilios, y después de tan inesperada aventura, llegó el momento más triste del día: la despedida.
—Nos vemos mañana, chulo.
—Hasta mañana, guapa. Al rato te mando la solicitud al Face.
—Sí, la acepto en cuanto me llegue.
Se despidieron con un beso en la mejilla, de esos que hacen temblar el anillo matrimonial. Buchango subió al camión flotando. Ese día había ganado la vacante de sus sueños... y estaba a nada de aparearse con un mujerón de extravagantes y jugosas carnes.
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Rifado jajajaja jajajaja jajajaja ...
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