Capítulo 28 / "Corre Forrest"



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Llegó a su casa directo a mandar la solicitud a Britany y echarse un sueño, ignorando a su familia.

—¿Qué pasó, mijo? ¿Sí conseguiste la chamba? —preguntó Kimberly preocupada por el futuro de la alacena.

—A huevo, mija. Te platico mas al rato, que traigo un chingo de sueño.

Así se quedó dormido, y no despertó hasta las 10 pm, solo para cenar y volverse a quedar dormido.

Al día siguiente, Buchango ya iba tarde desde que abrió los ojos. ¿La culpa? De unos pinches tenis que amanecieron con tremenda caca de perro pegada en la suela. Se puso a lavarlos con más amor que el que le echó al bautizo de su hijo. No se lavó el hocico, pero los Nike piratas quedaron al millón

Aun así, llegó al punto justo a tiempo… o eso creyó él.

Y ahí cayó en el pecado original del nuevo ingreso: no esperó al camión. A las 5:40 am ya estaba pateando piedras, viendo el reloj de su “Armandi” edición tianguis.

—Nel, ya valió verga, me voy al cantón, y al rato marco pa’ que no digan que no avisé.

Regresó como alma en pena, le echo un palenque a Kimberly, y después se durmió como si no le debiera a Coppel.

A las doce del día, el cerebro le hizo “clic”:

—¡El trabajo!

Marcó a RH, haciéndose la víctima.

—Buenos tardes, recursos humanos para servirle.

—Buenas tardes. El camión nunca pasó. Soy de nuevo ingreso, hoy era mi primer día.

—¿Puede proporcionarme el número de camión y recorrido?

—Sesenta y nueve, Marraneras etapa cuatro.

Después de un par de minutos en espera, le confirmaron la razón.

—Bueno, el camión pasó a las 5:45, eso reporta el coordinador.

La cara de Buchango se torció como un trapo mojado. Rabia pura.

—¿Entonces cuánto tengo que esperar o qué chingados? Llegue allí desde las 5:35

—Quince minutos antes y después de la hora que le diga el chofer. Y si no pasa, marca al coordinador. Pero ya no es hora para quejarse.

—¿Y me van a pagar el día?

—No.

Le colgaron como a un promotor de Telcel. Se quedó viendo la tele con cara de idiota, tragando aire y checando el celular como si fuera oráculo.

No le quedó de otra más que hacerse pendejo el resto del día en su casa. Checó su celular para ver si Britany le había confirmado la solicitud de amistad, pero se llevó una decepción, al ver que esta no la había aceptado.

Al día siguiente:

Esta vez salió igual de glamuroso, a la misma hora. Eran las 5:40. Estaba más confiado que diputado con fuero.

Pero otra vez… ni rastro del camión.

Marcó al coordinador con la voz quebrada.

—¿Ya pasó el camión de Marraneras?

—Sí. Hace diez minutos.

Se le escapó el alma por unos segundos.

—¿Y ahora qué hago? —pregunto Buchango preocupado.

—Otro camión pasa por el arroyo a las 5:50.

Buchango no pensó en reaccionar. Se echó una bendición, corrió como si hubiera sonado la campana del lonche, y cruzó el baldío con más agilidad que un niño robando mangos. Llegó al puro pedo y se trepó al camión, jadeando como asmático engripado.

Ya arriba, se dio cuenta del horror: se le olvidó echar desodorante, pero no le importó mucho. No había morritas buenas cerca, así que sacó su celular y puso corridos tumbados como si fuera DJ de pecera. Las rolitas de los Temerarios del chofer, no le llenaban el alma.


Cantaba con sentimiento y sin miedo al ridículo, hasta que… ¡batería baja! Fin del concierto, y descanso para los pasajeros que ya estaban por lincharlo.

Se durmió de inmediato, con la cabeza bailándole como adorno para el tablero del coche. Cuando despertó, el camión estaba vacío. Ni chofer, ni almas vivas. Solo él, su baba en la manga, y el inicio real de su jornada como soldado maquilero.

Aún faltaban cinco minutos para checar, así que Buchango—como buen adicto funcional— se fue a echar un taquito de cáncer para que le bajara el ansia. Ya encarrerado el ratón, también se echó un taquito de ojo con las hembras que iban ingresando, esas que entraban como en pasarela, aunque muchas llevaban el uniforme más tieso que tortilla olvidada en el comal. Luego fue a la cafetería, porque Buchango no se mueve con la panza vacía.

—¿Qué le sirvo? —le preguntó el de la barra, mientras rascaba el sartén con una pala que ya había visto mejores días.

—Huevo, frijoles y un cerealito, viejón —ordenó Buchango, como todo un conocedor del menú.

El clásico combo del proletariado: huevos revueltos, frijol refrito y cereal genérico que cruje más por rancio que por tostado. Se lo tragó en cinco minutos, como si el Apocalipsis le hubiera rozado el pescuezo. Fue por segunda ronda sin pena ni gloria, tragando como si su alma estuviera en huelga de hambre desde los noventa. Antes de irse, agarró un puñado de servilletas y un par de limones y se las echó al bolsillo. Hasta la fecha, nadie sabe por qué los maquileros hacen eso. Algunos dicen que es por trauma generacional. Otros, que por puro deporte.

Hizo una parada en el baño para lavarse los dientes, y contrarrestar el fétido olor, que emanaba de sus axilas con el pegajoso poder del limón.

Ya en la línea 8, Buchango preguntó por el supervisor, pero le dijeron que andaba en junta— seguramente afinando estrategias bien pendejas en alguna sala, con PowerPoint y Excel de por medio. Como buen vago certificado, Buchango se dio a la fuga para hacer lo que mejor sabía hacer cuando no trabajaba: ver nalguitas.

Justo cuando creía que el día no podía mejorar, apareció Britany, con su uniforme bien pegado y su carita de “soy la inalcanzable que todos quieren”. Era obvio, que dos tres machos frustrados ya le habían levantado el ego con halagos y piropos.

—¡Buchango! ¿Cómo estás? —dijo ella, fingiendo sorpresa.

—Al millón, plebita. ¿Y tú?

—Bien. Ayer me dejaste comiendo solita —reprochó con el tonito de drama romántico de novela turca.

—Ya sé, mija. El camión no pasó.

—Ajá, el camión. Seguro te quedaste bien entrepiernado —soltó con tono triste.

—Nel, ni dormimos en la misma cama —respondió Buchango, recargándose en la pared como si eso le sumara verosimilitud a su historia.

—Hoy sí vas a comer conmigo, ¿verdad?

—¡A Wilson que sí, mija! Dime rana y yo salto.

Britany se rió con toda la garganta, como queriendo que las demás se enteraran que ya tenía vato, aunque fuera Buchango el elegido. El ego del vato se fue al cielo, pero pronto volvió a la Tierra al ver el reloj.

Ya eran las 8:10 y Buchango volaba de regreso a la línea, como si trajera un cuete bien metido en el culo. Al llegar, el supervisor ya estaba ahí, con su cara de licenciado frustrado y mirada de “me cagan los nuevos”.

—Buenos días —saludó el jefe, con la voz más fría que las tortillas del comedor.

—Buenos días, patrón —respondió Buchango, disimulando el cardio.

—¿Por qué llegó hasta ahorita?

—Me dijeron que usted llegaba a las ocho.

—Sí, pero usted debía estar esperándome hace 10 minutos.

—Fui a RH a entregar unos papeles del Infonavit —mintió sin tartamudear, como todo un campeón estatal del embuste laboral.

—Está bien. Te presento a tu jefe de grupo: Juan —dijo el supervisor, señalando a un compa que parecía su clon maldito.

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