Capítulo 29 / "Guerra territorial"
El espécimen traía todo el flow de macho alfa maquilero: camisa abierta hasta la tetilla, tenis Nike Shox, y mirada de "aquí todos me la pelan".
Se escanearon como dos gallos en un palenque clandestino. El ambiente se cargó de testosterona añeja, ego mal curado y celos maquileros.
—¿Cómo te llamas? ¿Bumanco? ¿Bumeco? ¿Burundango? ¿Cómo?
—Buchango —respondió, mascando su orgullo como tortilla tiesa.
—Te vas a ir a entrenamiento después de tragar. Mientras, ayúdale al otro materialista y ahí ve agarrando el rollo.
Juan tenía el carisma de una patada en los huevos. Un líder natural… del club de los lamehuevos. Buchango, con solo verlo, supo que ese vato venía con el chip del servilismo activado. Desde ese instante, le declaró la guerra no declarada por el dominio territorial y el aprecio de las hembras del área.
—Mira, él es “el Paisa” —dijo Juan, palmeando el hombro de un compa que venía arrastrando una caja como si fuera su cruz, y con rasgos faciales dignos de escultura prehispánica—. Es el otro materialista. Paisa, este es Buchango. Va a ser tu chalán. Explícale cómo está la onda antes de que lo lleven al curso.
—Mucho gusto, chamaco. Me llamo Yajairo. Sígueme —dijo con un tono tan costeño, que dejaría sin palabras al cangrejo de “La Sirenita”.
Ya en confianza, y sin más testigos, el paisa soltó la sopa.
—Pa’ su mecha, ese pochoto es un lamehuevos, no sirve pa’ otra cosa, paisa.
—Sí, ya me di color, viejón —dijo Buchango, echándole una mirada de “nos vemos en la salida” a Juan.
—Tú nomás síguele la corriente y todo estará bien pue.
—Simón, usted no se agüite, paisa.
El Paisa le estuvo taladrando el cerebro a Buchango durante cuatro eternas horas, echándole un choro mareador de todo lo que, según él, un buen materialista tenía que saberse al derecho y al revés. Pero Buchango, apenas y le pescaba una que otra idea, y era porque el Paisa hablaba con tantos regionalismos, que parecía que le estuviera leyendo un conjuro en náhuatl mezclado con alemán.
Mientras el Paisa hablaba de maniobras, jaibas, pallets y macacos, Buchango ya se había perdido en el minuto cinco, imaginándose cómo se verían sus hijos con Britany. Según él, usar guantes era cosa de princesas, y seguir instrucciones estaba reservado para vatos sin creatividad, sin huevos y mandilones. Buchango tenía una lógica sencilla pero contundente: "si el jale se hace, ¿Qué chingados importa cómo?".
Luego, sonó la campana sagrada: la hora de la comedera.
—Fuga, paisa, es hora de afilar el colmillo. Agarrar diez más, nomás no andes de gazmoño.
Buchango alcanzó a entender “hora de comer, diez minutos más”, así que se fue directo a buscar a Britany, su musa de leggings y botas con casquillo. No la encontró en su línea, así que dedujo que ya había salido al comedor. Al llegar, bingo: ahí estaba, al frente de la fila.
Ni tardo ni perezoso, se metió a la fila, como quien no debe y tampoco teme.
—Hola, esposa. ¿Cómo te va?
—¿Esposa? —dijo Britany, con cara de que algo olía raro.
—Acuérdate que así nos pusieron en contratación, ¿o ya te andas arrepintiendo?
—Ah, sí es cierto. Hola, esposo. ¿Cómo estás? Jijiji.
—¿Qué tal el jale? —soltó Buchango, mientras avanzaban en la fila.
—Pesado, como siempre. ¿Y tú?
—Bien, pura barrita.
—Qué suerte tienes, mijo.
—No es suerte, mija, por eso estudié... el arte de hacerme pendejo.
Soltaron la risa como dos compas que ya se deben una tanda, pidieron su tragazón de batalla y se sentaron como pareja en fondita de paso, en pleno cortejo sindical. El romance iba en turbo.
—¿Y neta duermen en camas separadas? —preguntó Buchango, tanteando el terreno como albañil viendo cimiento flojo.
—Sí, ya tenemos tres años así. Solo sigo ahí por las bendis, porque ellos lo quieren mucho.
—Qué triste caso, con lo chula que estás y ese vato ni en cuenta.
—Ya sé, sospecho que me pone los cuernos, pero ya ni me cala. Ya no siento ni la lástima por él.
—Pues tú dale por tu lado, mija. Capaz ni se entera el tarado.
—¿Verdad que sí? Ya me dieron ganas de portarme mal —respondió Britany guiñando un ojo.
Se les acababa el tiempo, pero el calor se quedaba. Como en telenovela de canal local, salieron de la cafetería caminando lento y sabroso.
—Gracias por acompañarme, me la pasé a gusto —dijo ella, bajando la mirada como quinceañera en la kermés.
—Ya sabes, hermosa. Tú dime rana y yo salto sin pensarlo.
—¡Qué ocurrente eres! Siempre me haces reír —dijo mientras Buchango se relamía los bigotes invisibles.
—Es que me enloquece tu sonrisa.
Britany sonrió, y Buchango, viendo la luz verde, metió segunda.
—¿Te espero a la salida?
—Sí, estaría bien.
—Entonces nos vemos en la máquina de sodas, chula.
—Hecho. Ahí nos vemos.
Y ahí se separaron, cada quien pa’ su chamba, pero Buchango flotaba como globo de feria, puro amor inflado con saliva de Britany. Como todavía le quedaban diez minutos (según él), se lanzó al baño con paso de galán que va tarde al casting.
Sacó su cepillo todo chueco y empezó la rutina: tallón, tallón y más tallón, como si el sarro se fuera a ir por voluntad propia. Se los cepillaba hasta tres veces por rutina, con la fe ciega de que el esmalte se iba a convertir en porcelana nomás de tanto sobárselo. Iluso, pero constante.
Regresó a su área como si nada, y ahí lo estaba esperando Juan, con cara de "ya traigo ganas de joder", y con otra persona que Buchango desconocía.
—Buchango, la entrada fue hace diez minutos —espetó con despotismo.
—Una disculpa, jefe. Es que los baños estaban llenos.
—Que no se repita, si no te mando a personal.
—No hay falla, viejón. Ya quedó.
—Todo tuyo —dijo Juan a la persona que lo acompañaba.
—Buenas tardes —dijo aquel sujeto, más tieso que papa de guisado maquilero.—Buchango, acompáñeme a la sala.
—¿A la sala? —preguntó Buchango preocupado, pensando que era la audición para una película porno.
—Sí, a la sala de entrenamiento.
Se le pasó el susto a nuestro héroe, ya que había temido decepcionar a la actriz con su bajo rendimiento. Al llegar, había seis fulanos más, todos con el corte de pelo patrocinado por la barber del barrio y camisas medio abiertas. Buchango pensó: Estos son de mi raza.
Uno traía rolando en su cel una canción que estaba pegando en ese momento. Así que Buchango no pudo contenerse en lanzar su frase, para socializar con los de su especie.
—¡Súbele, compa! Que se escuche hasta la caseta.
Pero el gusto duró lo que un taco en quincena. Llegó el instructor con voz de locutor de radio, y mató el ambiente de un solo saludo.
—Buenas tardes, soy Demetrio González, yo les impartiré los cursos básicos de materialista.
Con esa pura línea, tumbó más cabezas que sicario en guerra de plaza. Después de cinco minutos, Buchango ya estaba cabeceando como pollo despescuezado. El mal del puerco hacía estragos.
Fueron horas eternas. Salió sin recordar ni su nombre. El examen lo copió, como Dios y la maquila mandan.
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