Capítulo 30 / "El Chofis"

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Al llegarse la hora de salida, se fue directo a la máquina de sodas. Compró dos cocas: una pa’ él, y otra light pa’ la futura dueña de su tiempo extra. Se acomodó a ver el paisaje femenino y ahí salió ella: sonriendo como si el turno no hubiera existido.

—Hola, precioso —dijo mientras le plantaba un beso en la mejilla.

—Hola, preciosa.

—Pensé que no vendrías.

—¿Y perder la cita con la morrita más guapa del turno? Jamás.

—¿Tienes mucho tiempo esperándome?

—Nah, unos cinco minutillos. Mira, hasta la Coca sigue fría —respondió Buchango, entregándosela como quien ofrece el corazón.

—Ay, no te hubieras molestado. Gracias.

—Eso y más te mereces, chula.

Britany, conmovida por el detalle, guardó el refresco en su bolso; directo pa’ las bendis.

Caminaron hacia el camión de ella como si fueran en cámara lenta, echando plática de esas que dan risa y alas.

—Este es mi camión.

—Órale, ¿Sí se llena machin?

—Un poco. Espérame, deja apartó asiento.

Subió como la reina del transporte, puso su bata y bolso en un asiento, y ya con eso nadie se atrevería a arrimarse. Ese lugar ya tenía dueño. Buchango nomás sonrió, sabiendo que poco a poco, se ganaría ese lugar a lado de ella.

—¿No hay pedo porque venga a encaminarte? —preguntó Buchango, con la sutileza de un albañil con altavoz.

—No, nadie del camión me conoce.

—Fierro, pues.

—Igual no tiene que haber problema, si no estamos haciendo nada malo.

—Pues sí, aparte, somos esposos aquí, nadie tiene que decir nada —dijo Buchango, soltando una risita tan pendeja, que todos los espectadores dijeron “¡no mames!”.

—Ya sé, qué abusado me saliste.

—Bueno, mija, voy a buscar mi camión, porque todavía no sé ni dónde se pone, imagínate.

—Sí, está bien, ahí platicamos por Face.

Se despidieron de beso, y él se fue directo con el coordinador de transporte, a averiguar cuál era el carruaje que lo regresaría a su madriguera.

Una vez arriba del camión, se dio cuenta que ya nomás cabía él y su dignidad, que venía de pie. No quedó de otra más que treparse en el primer asiento disponible, junto a una embarazada. Sacó su celular y, como buen espécimen, puso sus corridos a todo volumen, mientras texteaba por Free Facebook con Britany, porque claro, el amor no conoce megas.

El camión arrancó con toda la enjundia, y como buen DJ frustrado, el chófer puso sus rolas aún más fuertes, haciendo que Buchango tuviera que rendirse y quitar su “música”.

Al cabo de un rato, entre tanto movimiento, aire caliente y olor a sobaco, quedó dormido como bebé. Cuando abrió los ojos, ya se había pasado cuatro cuadras, como si el camión fuera el DeLorean de Volver al Futuro.

—En la esquina, por favor, chofis —grito apurado, tambaleándose mientras caminaba hacia la puerta.

—A las cinco y media paso mañana, carnalito, pero caígale unos diez minutos antes, pa’ no dejarlo —contestó el chofis viéndolo desde la cima de los escalones.

—Ya está, viejón. Gracias.

Al llegar a su casa —más bien su caja de cartón mejorada—, levantó la cortina que hacía de puerta, y se encontró con la clásica estampa familiar: Kimberly tirada en la cama scrolleando su celular, mientras Natapluma jugaba con unos tenis que deberían estar en cuarentena.

—¡Ya llegué, plebes!

—¿Cómo te fue, amor?

—Bien, bien, pero en la mañana se me volvió a pelar el camión.

—¿Y luego, flaco?

Ahí le soltó su versión alternativa de los hechos, con todo y edición: Britany fue reemplazada por “un compa”, y los culitos por “conversaciones laborales”. Después, cena rápida, duchazo a jicarazos y a mimir.

El día jueves llegó, anunciando la pronta llegada del fin de semana, cuando Buchango despertó con esa alegría del mundo, ya que el sábado era día de fútbol, cheves música y peda extendida, hasta que la patrulla llegue.

Salió a esperar su camión, y al subir y no divisar lugares disponibles, se sentó en el asiento prohibido: ese que dice “preferencial”, pero que Buchango considera “invitación abierta”. Nadie dijo nada, quizá por respeto… o por creer que el compa tenía alguna discapacidad mental.

Buchango, sintiéndose en confianza, empezó a sacarle plática al chofer, como quien quiere vender Avon:

Qué tranza, mi Chofis. ¿Qué tal el jale, viejón?

—Lo de siempre, mijo. Ya te la sabes.

—¿Y sí está chido jalar de chófer?

—Más o menos. Nos traen como burros, pero el diésel lo compensa.

Dato cultural innecesario: muchos chóferes huachicolean el diésel de los camiones, lo venden por debajo del agua y con eso arman la peda.

—¿Sí le entra a la cheve?

—¡Maaa! Pa’ eso me pinto solo.

—Al millón. Ahí un día cáigale. Yo vivo por las Marraneras, se pone buena la pisteada. Caen mis primas, mi cuñada, pura bandida al millón y desmadre tranquis.

—¡Ajas! Ya me convenciste, pero las presentas, ¿eh? No quiero mermas.

—Simón, viejón. ¡Les encanta el desmadre a esas morras!

Siguieron platicando como si fueran compadres de años. Tocaron temas de alto nivel cultural como: drogas, mujeres, fiestas, música y hasta descubrieron que compartían el mismo sueño: ser policías municipales. Porque en su mente, ese era el siguiente nivel de vida. Nada mejor que ser un pendejo con placa y arma.

Al llegar a la maquila, Buchango todavía traía ganas de seguir cotorreando con el Chofis, pero el deber lo llamaba... o al menos el temor a que lo corrieran por enésima vez y regresar a la construcción, a trabajar de sol a sol.

—Ahí nos guachamos, viejón. El Buchis López pa’ lo que se te ofrezca, si te paran los polis o el tránsito, me marcas y en corto lo arreglamos, tengo vara alta con el comandante.

Puro pedo. La “vara alta” de Buchango no era más que la anécdota del primo de un amigo, que una vez le vendió un cigarro suelto a un judicial, pero eso sí, él lo vendía como si fuera el sobrino del secretario de seguridad pública.

—Ya estás, carnalito. Al rato nos ponemos de acuerdo pa’ la peda.

—Claro que sí, viejón. Nos vemos.

En su cabeza, Buchango ya lo había integrado a la manada. Aunque apenas se conocían, el Chofis se convirtió en su “hermano de leche”. Según él, era de esos vínculos mágicos que solo los alcohólicos funcionales entienden.

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