Capítulo 31 / "Primer Round"
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Entró a la maquila con el pecho inflado y la actitud de un ganador. Desayunó en verguiza y se fue al área de trabajo, por fin llegando temprano como adulto responsable.
Ahí se topó con Juan, el jefe de grupo, el mismo que traía cara de gerente frustrado de Cinépolis.
—Buen día, viejón.
—Buen día. ¿Listo para la chingota
—¿Chingota? —inquirió Buchango, medio sacado de onda, como si le hubieran ofrecido meterse al narco.
—Sí, güey. Hoy no vino el Paisa. Como quiera, ayer te explicó cómo corría el agua, ¿o no?
—Sí, pero bien poquito, no le entendí mucho.
—Pues ni modo, pá. Hoy vamos a saber si te quedas o te vas.
Buchango tragó saliva con sabor a impotencia. Quería romperle la madre ahí mismo, pero pensó en Britany y en su nueva vida lejos del fracaso. "Otra día será, perro", se dijo entre dientes.
El sudor ya le escurría desde la frente hasta el fundillo, el desodorante ya se había rendido, ante el monstruo bioquímico que emanaba de su cuerpo. Corrió de un lado a otro como gallina sin cabeza, pero aún así no fue suficiente.
La línea de producción se detuvo por falta de material, y ahí estaba el pinche Juan con el supervisor, listos para humillarlo como si fueran jueces de un reality de cocina.
—¿Qué pasó, señor? —preguntó el supervisor con cara de fastidio.
—Perdón —dijo Buchango, cabizbajo. —se me olvidó poner el material por andar contando en almacén, pero ahí está en el pallet. Juan lo pudo haber arrimado.
Juan lo fulminó con la mirada.
—Yo no soy el materialista, mijo. Ese es su jale.
—Pero tú sabes que soy nuevo y ando solo, puedes tirarme paro.
—Que te ayude Dios, yo soy tu jefe, no el gato.
Buchango se sintió como una olla exprés a punto de reventar. Iba a soltarle un chingadazo, pero el supervisor intervino con diplomacia de borracho en quince años.
—A ver, a ver, ya estuvo bueno de pleitos. Discutiendo no solucionamos nada. Discúlpame, Buchango. No sabía que andabas solo. Juan, ¿Por qué no me avisaste lo de Yajairo con tiempo?
—Me acaba de marcar para decir que no vendrá.
—Ayúdale a surtir la línea porfa.
—¿Qué le ayude? pero si…
—¡Mijo, no le estoy preguntando, le estoy dando una orden! —tronó el supervisor, cortándole el hocico a Juan.
Buchango sonrió como niño travieso que se salió con la suya. Juan se puso rojo, pero no de pena, sino de puro coraje homicida.
El resto del día fue una madriza para Buchango. Ni en la obra lo habían explotado tanto, pero ver a Juan chingándole lo hacía sentir que valía la pena cada gota de sudor y cada resoplo de sus axilas vengativas.
A la hora de la comida, salió disparado como burro desbocado hacia la cafetería. Tenía que alcanzar a Britany antes de que lo reemplazara por un vato con carro.
—¡Buchango! —gritó Juan desde atrás.
—¿Qué?
—No se dice “qué”, se dice “mande”. Respete a sus superiores.
—¿Mande? —respondió Buchango, revoleando los ojos.
—Recuerda llegar a tiempo, que esta vez sí te llevo a personal.
—No.
Y con esa palabra tan simple, tan hermosa, se dio la vuelta y lo dejó hablando solo como idiota.
Ya en la cafetería, Britany lo esperaba como premio de consolación. Buchango pidió su comida y se sentó con ella, sudado, cansado, pero contento.
—¿Qué pasó, mijo? Hoy saliste más tarde.
—Es que el otro materialista no vino y me dejaron solo pa’ toda la línea. Ando en verguiza.
—Ah, qué cargados. ¿Y tu jefe sabe?
—Sí, pero le valió verga. Es bien culo.
—Ay, pobrecito mi flaco. Qué mala onda.
—Lo bueno es que el supervisor lo puso a ayudarme. Hubieras visto su cara. Me estaba cagando de risa.
—Ten cuidado con el jefe. No te conviene de enemigo.
—Me pela la verga ese güey, se cree la gran cosa por traer su radio y andar de barbero con el supervisor.
—Yo nomás digo. Oye… ¿no hueles algo raro? Como a taquitos de barbacoa con un chingo de cebolla.
—No —respondió Buchango, bajando las axilas discretamente.
—¿Y luego qué, mija? Cambiando de tema, ¿te espero a la salida también hoy?
—Sí, claro. Igual donde nos vimos ayer.
Buchango no volvió a levantar las axilas, ni para espantar las moscas mientras comía. Sabía que andaba aromatizando el ambiente con su esencia de venado acorralado, así que mejor aplicó la técnica del murciélago: con alas cerradas, no huele nada.
Después de tragar como marrano en engorda, y de acompañar a Britany a su línea, (con la esperanza de que no notara el tufazo a humanidad fermentada), ya no le dio tiempo ni de tallarse los dientes ni echarse el clásico limonazo. Se fue directo a su área de trabajo, pues tenía a Juan montado en la nuca desde la mañana.
Y al llegar, sí, ahí estaba el desgraciado, parado como estatua de juzgado, nomás vio llegar a Buchango y ¡zas! que voltea a ver su reloj con más drama que juez en reality show.
A Buchango le hervía la sangre. Nada más castroso que un cabrón que te esté midiendo los pasos con el reloj, como si uno fuera preso en horario de patio. Diez minutos después, llegó el supervisor acompañado de otro espécimen.
—Juan, Buchango —dijo en tono neutro—, Tito le va a echar la mano a Buchango lo que resta del turno.
El famoso Tito. Veterano en la maquila, cabrón para el jale, pero más atascado que un baño de concierto. Ese güey nomás no subía de puesto, porque tenía más reportes por acoso, que puntos en Infonavit.
Buchango, que ya traía una guerra en el estómago, suspiró con alivio. Por fin podría ir a tirar el cake que venía cargando desde hacía rato. Aquello ya era una emergencia código marrón.
—Ahí le dejo material, viejón —dijo a Tito, mientras caminaba como pingüino en desespero—. Ahorita regreso, voy a regañar al chaparrito de blanco.
—¿Chaparrito de blanco? —preguntó Tito, entre confundido y preocupado.
—Sí, a ponerle un cagadón —dijo Buchango con una sonrisa maquiavélica.
Ambos rieron como idiotas, compartiendo el gusto por lo escatológico.
—Va, yo me encargo. Pero no tardes mucho, que también traigo al enano bailando cumbia.
—Ya está, pariente. Vuelvo en corto.
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